relato por
Mario Garrido Espinosa

 

L

as historias de amor entre consultores informáticos son tan tristes como la propia vida que llevan. No hay esperanza ni futuro, sólo el presente y es un presente que puede cambiar en cualquier momento de manera radical. De la noche a la mañana, el ingeniero informático tiene que mudar su horario, sus compañeros, su lugar de trabajo y su cometido por un cambio de proyecto repentino en otro departamento de distinto mercado, actividad o industria. Para todo vale. Al programador o analista se le exige esta versatilidad y predisposición, mientras ve en su salario y promoción profesional la mayor de las firmezas, constancia e imposibilidad de cambio. Hablo, por supuesto, de España.

Pues en ese presente se encontraba nuestro protagonista, llamémosle Marcio (que es nombre poco frecuente y, así, cualquier parecido con la realidad será coincidencia). Estaba destinado desde hacía unos días a un nuevo proyecto en la sede madre de la Multinacional ADRIN Sistemas. Ahora tendría que dedicase a implementar procedimientos de tramitación electrónica con una herramienta que no había visto en su vida. Esto es sólo un ejemplo dentro de nuestra historia ya que, sepa el lector, que los consultores informáticos españoles son gente que sirve para todo. Hoy, por ejemplo, diseñan complejos sistemas documentales y mañana administran entornos sobre Linux, sin que entre medias medie, valga la redundancia, formación alguna, ya que esta última cuesta dinero y el margen se resiente. Basta con que esos sistemas documentales pretéritos corrieran sobre este sistema Unix para que a los ojos de  los  que deciden  dónde acoplar a los trabajadores de la informática —para los directores, números de empleado sin rostro a los que colocar lo más rápido posible—, ya sean expertos en este sistema operativo o cualquier otro con nombre parecido. Tal es el estudio que se hace para asignar una persona, a la que en lenguaje gerencial deberemos llamar recurso, a una nueva actividad.

Pues justo ahí andaba nuestro consultor, Marcio, haciéndose con su nueva realidad, con sus nuevos compañeros, con el edificio y con las distancia hasta su domicilio, que, por cierto, era enorme. Con todo, la parada de autobús que le llevaba al Metro se situaba delante de la puerta de la oficina. Una vez dentro del suburbano tenía por delante 21 paradas, tantas como gramos perdemos cuando morimos y que nuestro protagonista cubría con dos trasbordos. Así, emergía a la calle por la boca de la estación de Chelua (que no existe, también inventada, como el propio Marcio), donde esperaba uno de los tres autobuses que le podían dejar en casa; pongamos que eran el 551, el 385 y el 785. Y esta era la mejor opción, pero a costa de gastar hora y media por viaje.

En la parada inicial del periplo siempre estaba la misma gente a la misma hora y el autobús pasaba puntual a menos cinco. Así, todos los días, esperaban dos chicas, la una agarrada a la otra, la una hablando y la otra asintiendo, la una ciega y la otra con los ojos verdes más bonitos que Marcio recordaba. En eso se fijó, un día tras otro. En eso y en su sonrisa, porque diré que en su conjunto la chica, que demostraba un comportamiento muy cívico hacia su compañera invidente, no podía ser calificada de enorme belleza. Era más bien gordita; no tanto como para llamarla obesa, pero le sobraba algún kilo aquí y allí; nada, por otro lado, que no pudiera remediarse con ejercicio y dieta. El pelo era de un color vulgar y parecía a menudo estar despeinado; incluso sucio, sin estarlo. Su cutis necesitaría de alguna pasada de Photoshop para llegar a estar libre de impurezas. Pero, es verdad, cuando sonreía se volvía muy guapa: dos hoyuelos y la representación preciosa y precisa de una belleza  limpia,  clásica  en  el  sentido  renacentista; y, además —no sólo es opinión de Marcio—, tenía unos ojos de un color verde claro insultantemente bonitos. Creo que es la segunda vez que lo digo.

No había nunca ningún contacto, pero uno y otro se miraban, no paraban de hacerlo, en la parada, al subir al autobús —no digamos si se cedían el paso al entrar—, al bajar, en el camino hacia el metro y por último en el andén. Eran miradas furtivas, rápidas, más de Marcio que de ella, todo sea dicho. El final de este juego llegaba cuando el tren aparecía ruidosamente. Cada uno situado a dos vagones de distancia, siempre en la misma posición, eran engullidos por el convoy y perdían hasta el día siguiente el contacto visual.

Cuando  Marcio  se  veía  atraído  por  una  mujer  le  miraba  las manos —también escrutaba otras partes de su anatomía, vamos, donde el astuto lector ya sabe—. Buscaba alianzas, así de simple. Un anillo fatídico de esos hacía que la mujer atractiva pasara a serlo menos. Era un hombre algo chapado a la antigua, respetuoso con las tradiciones, o no quería buscarse nuevos problemas, alguna de las tres opciones; o las tres. Si la mujer de ojos verdes —llamémosla Verónica, aunque siéntase libre el lector de elegir otro nombre si éste no le gusta—, hubiera tenido uno de esos anillos en su mano, aquí habría acabado la historia.

Pero la historia continúa…

 

2

 

Marcio se llevaba la comida de casa y como casi todos los ingenieros que trabajan en ADRIN Sistemas almorzaba en el deprimente, abarrotado y mal ventilado comedor de la planta menos  uno  del  edificio  de  oficinas  principal.  Varios  años  de subidas   de   sueldo   cero   para   casi   todos  los   empleados —imposibles de justificar si se consideraban los millones de euros de beneficios declarados a la Comisión del Mercado de Valores, año tras año— habían mermado el poder adquisitivo de los trabajadores y Marcio no era una excepción. Como tantos otros, un buen día decidió dejar de comer de menú del día y pasar al deprimente, aunque más sano, ‘tupper’. Así, en el comedor, fue como vio a Verónica en otra mesa. Compartía la velada con la chica ciega y otras dos mujeres que no paraban de cotorrear. Ella no se fijó en él esa primera vez, pero al final, con el día a día, los dos fueron conscientes de que trabajaban en la misma empresa. Y a la hora de la comida, entre cucharada y cucharada del contenido de la fiambrera, se buscaban con la vista; Marcio lo hacía siempre, ella a veces, todo sea dicho.

Y esa fue la primera de las coincidencias.

Un día Marcio vio a Verónica en el intercambiador de autobuses de la estación de Chelua. Cogió un autobús que iba en dirección contraria al suyo. Casualidad, pensó. Pero al día siguiente estuvo muy atento a sus movimientos durante el viaje de vuelta del trabajo. Y pudo ver cómo hacía el primer trasbordo, igual que él. Pero en el segundo la perdió; quizás se había bajado en alguna de las paradas que separaban un trasbordo y otro. Al día siguiente se centró en la lectura de su libro y distraído se montó en el autobús 551 y, de bruces, la vio dos personas por delante de él. Verónica se sentó y él pasó de largo a un asiento de la parte trasera. El corazón le iba a toda máquina. ¿En qué parada se bajaría? El autobús avanzaba hacia la parada de Marcio y ella seguía sentada. Si se baja en la mía le digo algo, pensaba Marcio… Pero finalmente se bajó él sólo en su parada. La cabeza le daba vueltas. No paraba de especular.

Al día siguiente fue Verónica la que se percató de que Marcio hacia el mismo itinerario que ella. Muy distraída tendría que haber sido para no darse cuenta, ya que nuestro héroe cada vez era menos discreto al mirarla, al buscarla, al cruzarse o al pasar por delante. La mujer se quedó esperando en la parada del 551 (uno de las líneas que peor funcionaban en la ciudad) y Marcio montó en uno de los otros dos autobuses, que también le llevaban a su casa, daban menos vuelta y tenían una frecuencia de paso bastante superior que la del 551. Con todo observó cómo su perseguida encendía un cigarrillo y fumaba tranquila, sabedora de que el autobús tardaría lo bastante como para acabarlo e incluso encender otro. Cuando el 785 pasó por su lado, ella puso la pose más femenina que permitía su anatomía y echando una larga calada ignoró el paso del vehículo. Marcio, desde la sucia ventana donde se había situado, no la quitó ojo.

Ella lo sabía.

 

3

 

Y así pasó un mes, quizás más. En el intercambiador de autobuses de Chelua, Marcio se situaba en una zona intermedia entre las tres paradas de autobús, todas situadas en la misma acera, contiguas y separadas por unos 25 metros. Ella le observaba mientras fumaba de forma disimulada, atenta a qué autobús cogería hoy. Hasta que un día fallaron tanto el 385 como el 785 y Marcio hubo de montarse también en el 551. Verónica se sentó en la parte trasera, junto a la ventana, dejando el asiento de su lado vacío y Marcio, sin pensarlo, se sentó junto a ella.

—Hola, perdona… Tú, ¿trabajas en ADRIN? ¿Verdad?

Fue lo primero que se le ocurrió, no calibró si era un comentario torpe o no, si sonaba espontáneo o ensayado… Dio igual porque la conversación fluyó de una manera absolutamente natural, como si fueran amigos que se conocieran de toda la vida y, en verdad, llevaban estudiándose a distancia desde hacía semanas.

—Pues sí, ya me había fijado que hacíamos el mismo camino todos los días —dijo ella—. Menudo peregrinaje.

—Bueno, yo de todas formas intento coger uno de los autobuses verdes, porque este es terrible —dijo Marcio, refiriéndome al ineficaz autobús 551.

—A mí me tiene negra, es lentísimo, tarda una eternidad en salir… Además, parece que para el verano van a quitar autobuses.

—Entonces será como si no existiera… ¿Por dónde vives tú? ¿Los autobuses verdes no te van bien? ¿Eres del barrio?

—Yo soy de la zona de Chelbanraca pero hace poco nos mudamos a la zona del PAU…

«Nos mudamos». Marcio intentó hacer cábalas sobre el alcance de esas dos palabras fatídicas: se mudó, sí, pero ¿con quién? Con sus padres, con  su  marido,  con su pareja, con su mascota, con una amiga —acaso imaginaria—… Su mirada volvió a recorrer las manos de Verónica en busca de alianzas. Nada.

—Yo  me  mudé  hace  cinco  años,  debí  de  ser  de  los  primeros —informó Marcio—. Pero soy de este barrio de toda la vida.

Hubo un silencio pero no fue incómodo. Con todo, las dos cabezas trabajaban para encontrar un nuevo tema de conversación. Por fin, Marcio retomó el diálogo.

—Y ¿en qué proyecto estás tú?

—Yo trabajo en el departamento de Servicios Generales. Con las nóminas, las liquidaciones de gastos y todo eso… En Morado 3.

—Yo ahora estoy en Negro 1, Administraciones Públicas, pero soy de Soluciones Tecnológicas.

El edificio principal de ADRIN tenía cinco pisos, pero muchos bloques. Cada bloque se distinguía por un color. Así, existía un bloque azul y otro añil, con lo cual los hombres cuando tenían que ir al bloque azul 1, por ejemplo, el cincuenta por ciento de las veces terminaban en añil 1, porque es bien sabido que para los hombres sólo existe el azul —a lo sumo azul oscuro o claro— y no esas invenciones malignas del tipo añil, cielo o celeste. Azul, nada más.

—En realidad mi departamento está en la otra oficina —informó Marcio—, pero estoy aquí cedido mientras dure el proyecto actual…

ADRIN tenía muchos edificios de oficinas. Era una multinacional con más de 48000 empleados, pero en concreto, en el pueblo de las afueras de la ciudad donde se ubicaba el edificio principal, había un segundo edificio que en el pasado había pertenecido a otra compañía. Esta había sido absorbida por la todopoderosa ADRIN, sin duda, la mayor empresa nacional de su género en el país.

—Pues mejor, ¿no? Porque si ésta está lejos, la otra oficina no te cuento.

—Pues sí, encima está peor comunicada, no hay nada alrededor, ni un mísero restaurante… Por no hablar de una farmacia, por ejemplo.

—Sí, parece que les gusta poner los edificios de oficinas en sitios inhóspitos y alejados de la ciudad. Nos pasamos media vida para llegar y volver y la otra media metidos en un gueto donde sólo hay más oficinas y si quieres salir a comer, el restaurante será carísimo aprovechando que es el único —dijo Verónica casi sin respirar, como si fuera un discurso que ya había dicho en otras ocasiones. Omitió lo de «y además la comida será una mierda», porque aunque esta aseveración siempre formaba parte de la frase, hoy no quería parecer demasiado ordinaria. Pero Marcio le leyó el pensamiento y, aunque de manera también suave, dejo constancia del hecho:

—Y encima lo que te dan para comer es poco y malo.

Así, la conversación fue convirtiéndose en la clásica colección de lamentos del trabajador cuya sede de trabajo se ubica en el típico polígono de oficinas mal comunicado, lejos de la ciudad y mal acondicionado. Sepa el lector que entre oficinistas en general, e informáticos en particular, estos temas nunca generan debate porque todos están de acuerdo en que su puesto de trabajo está lejos de su casa y que o bien se comen largas horas de atasco o decenas de paradas de metro. El oficinista listillo, tras muchos años de trabajar en determinada sede, hará por comprarse su casa lo más cerca posible. En tal caso y en el plazo máximo de un mes será destinado a otra sede ubicada en la otra punta de la ciudad. Esto es matemático. Pero no nos distraigamos de nuestro asunto principal.

—Bueno, esta es mi parada. Encantado de haber hablado contigo.

—Adiós. Hasta mañana.

Y Verónica le regaló una de sus sonrisas amplias y preciosas.

Marcio bajó del autobús y se obligó a no mirar a la ventana donde estaba la chica. Se hizo el tipo duro. Nunca supo si ella le miró marcharse mientras arrancaba pesadamente el 551. Le daba igual. Estaba eufórico. Se sentía fenomenal, como un valiente. Había entrado a saco, quizás con algo de torpeza, pero todo había ido perfectamente. La conversación había sido cordial, nada forzada y, sobre todo, bastante prometedora. O eso quería pensar.

Al día siguiente, viernes, ella salía de trabajar una hora antes y no hubo contacto.

 

4

 

Marcio intentó documentarse sobre la chica utilizando las herramientas a su alcance. Tenía sólo dos datos: su nombre, Verónica, y que trabajaba en Morado 3, Servicios Generales. Desde la Intranet de ADRIN se podía entrar a una utilidad llamada Directorio. Desde aquí se accedía a cierta información de cualquier trabajador: nombre completo, número de empleado, teléfono, categoría, ubicación actual, etc. Como condiciones de búsqueda puso los únicos dos datos que conocía: nombre y ubicación. Aparecieron 14 personas, pero sólo había una cuyo puesto estuviera en Morado 3. En el campo ‘Función’ le asignaba el de ‘Soporte administrativo/Secretariado’. Era coherente con lo comentado en la conversación del día anterior. Marcio ahora sabía todo sobre ella aunque sólo laboralmente hablando. De momento se sintió satisfecho. Pero es aquí donde nuestro relato, amable y hasta bonito, se vuelve triste, como en realidad es la vida. La vida laboral, se entiende; bueno, también la otra…

Ese mismo día acudieron los dos a su cita en la parada del autobús, pero algo había cambiado. Ella, acompañada de su amiga ciega, le saludó fríamente y siguió hablando con su compañera. Cuando abandonaron el autobús (la invidente no cogía el metro y no se bajaba con ellos) Marcio intentó entablar algún tipo de conversación, pero Verónica se escudó en otra compañera que encontró en las escaleras mecánicas del metro y nada más se dijeron. Fue ignorado, exactamente igual que como si no estuviera. Marcio se apartó de las dos mujeres prudentemente hacia su posición habitual en el andén y abrió su libro. No se concentró mucho en la lectura durante el viaje. ¿A qué se debía este cambio tan radical? No encontraba ninguna explicación.

A partir de aquí los días fueron muy parecidos. Ella le rehuía de una manera casi patética y el pobre hombre no salía de su asombro. Un simple ‘hola’ en la parada de autobús inicial y después hora y media él leyendo su libro y ella escuchando su música por los auriculares; y tratando de evitarse, de no coincidir en el mismo vagón, de no esperar en la misma zona del apeadero. En una ocasión la chica llegó a salir del tren en Chelua tan rápidamente que no calculó bien en su escapada y chocó con otra persona. Casi lo tira al suelo. Se disculpó y salió disparada hacia la escalera mecánica. Marcio observó la escena con inmensa tristeza. No quería nada con él, estaba claro, ni siquiera la conversación intranscendente que se produce al compartir un viaje en los transportes públicos.

Marcio asumió resignado este nuevo estado de las cosas, aunque no lo comprendía. Hubiera preferido un rechazo frontal y, a ser posible, con explicación. Él habría respetado la decisión de la mujer por mucho que le doliera o no fuera razonable. Pero es que no había empezado nada a lo que se pudiera dar término. Una conversación banal y justo después la imposibilidad de mantener una segunda charla. Los motivos de esta nueva situación se le escapaban por completo.

Y así, los viajes de vuelta del trabajo se convirtieron en algo desagradable, incómodo, infantil; de modo que ambos intentaban seguir otros itinerarios e incluso salir antes o después de lo habitual. Fueron días duros, sobre todo para él, pero ya hemos hablado de las servidumbres del oficio de consultor informático, de modo que semanas después el proyecto donde estaba Marcio se terminó y volvió a su oficina en el otro edificio de ADRIN.

No volvieron a coincidir de vuelta a casa.

 

5

 

Pasaron tres meses. Para Marcio había sido una temporada de mucho estrés debido a que su nuevo proyecto era un desastre —mala planificación, plazos imposibles de cumplir, desorganización, prisas, dirección irresponsable, trabajo en el fin de semana; nada nuevo por otro lado— y le había tocado hacer muchas horas extras para sacarlo adelante (horas y esfuerzos que no fueron compensados después, aunque este será otro cuento); incluso le tocó desplazarse varias semanas a trabajar directamente en las oficinas del cliente, ubicadas en una famosa, bella y turística ciudad de centro Europa. Con todo este trajín se olvidó por completo de Verónica, de sus ojos verdes y de esas formas redondeadas que, siendo algo rotundas, es verdad, tanto le gustaban.

Así que un día, siguiendo su rutina habitual, Marcio montó distraído en el 551, pues los otros autobuses no parecían que fueran a pasar en los siguientes minutos. Y allí estaba Verónica, sentada en su asiento de la parte posterior, mirando por la ventana. Quizás se hacía la distraída, quizás había visto a Marcio y disimulaba; en cualquier caso, el hombre se fue directo hacia ella y le toco el hombro. Verónica volvió la cabeza y desplegó una de sus preciosas sonrisas, ensayada o no, pretendiendo mostrar sorpresa.

—Hola, cuánto tiempo… —dijo Marcio.

—Pues sí. Me preguntaba qué había sido de ti…

—Cambié de proyecto y me llevaron a mi departamento. Desde el otro edificio suelo volver en el tren de cercanías y…

—Bueno, de todas maneras yo no he estado por la oficina en todo el mes pasado —interrumpió la chica—. Es que me he casado y hemos estado en Cancún de viaje de novios.

—¡Ah, sí! —acertó a decir él, intentando modular la voz. El color de la piel de su rostro empezó a tornarse blanco—. Pues… ¡Felicidades!

—Gracias.

Silencio. Muy incómodo.

—Yo hace años también estuve en la Rivera Maya y… —por fin consiguió decir Marcio, pero ya fue imposible articular una palabra más.

Entonces Verónica observó la triste cara de su interlocutor, suspiro y giró la cabeza, muy despacio, para terminar mirando distraída por la ventana. Marcio, por enésima vez, dirigió la vista a las manos de la chica. Lo había hecho muchas veces desde que la conocía, en el metro, en la parada del autobús de ADRIN, cuando estaban cerca… Hoy, sintió mucha tristeza al hacerlo. En su dedo anular había una alianza de oro. Bastante vulgar, por cierto.

línea relato Mario Garrido Espinosa

 

Mario Garrido Espinosa. Nacido en Madrid en 1972, es Ingeniero Técnico en Informática de Sistemas por la Universidad Politécnica de Madrid. En el terreno laboral ha formado parte en proyectos informáticos para varias compañías importantes. A pesar de su formación y actividad dentro del terreno técnico, su pasión es la literatura, escribiendo diversos cuentos y relatos de viajes. Su obra más ambiciosa es la novela de fantasía y humor El Reino de los Malditos, que en 2015 auto publicó en formato e-book.

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 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 87 / julio-agosto de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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