poemas por
Magali Alabau

 

En Nueva York nos encontramos
los diferentes, los iguales, los estrafalarios.
Nos acoge Manhattan en hoteles baratos.
Nadie en este hotel deja propinas.
Un elevador tan rutinario,
tan desgastado, traslada el resquemor
o una ilusión a medias.
Pido el nuevo desayuno americano.
Se despliegan continentes de hielo,
vasos limpios, sudorosos de frío,
sobre una mesa de vinil casi perfecta.
La camarera sabe tu destino
y te invita al especial más abundante:
toast with butter, ham and eggs
marmalade and coffee.
Uno siente ser alguien en esta mesa.
Así y todo, otra de mí sale,
tímida, medio muda,
ni tan inteligente ni curiosa.
Debe ser el vestuario servil.
Oír, no hablar ni decir.
Hay que acostumbrarse a conversar
con señoras que insisten enseñarte
las costumbres del nuevo continente.
A la hora de lunch te asignan un asiento
y te sugieren cómo agradar al jefe.
Te informan quién gobierna,
a qué departamento perteneces,
cuál es el rango dentro del comité.
Te haces cómplice para que te protejan,
y diariamente inventas: qué aretes tan bonitos.
Te informan quién es quién en la oficina.
Te preguntan qué hiciste antes,
en cuántas factorías trabajaste.
Con sonrisas forzadas
y con autoridad de escalafones,
te recuerdan que ya estás en otro mundo.
Nunca contarás tu verdadera historia.
La congoja púrpura tejerá estrategias
para tus melindrosos juegos.
No entienden siquiera de qué hablas.
A todas esas sinfonías sonríen advirtiendo
que hay que ponchar a las ocho la tarjeta,
que si llegas un minuto tarde
te han de apuntar en la libreta,
otra libreta también de disparates.
La inglesa que se cree la directora
del pequeño gavetín de refugiados,
tiene la tarea de entrenarme.
Me coloca un cartucho en la cabeza,
para que no mire hacia el teclado,
Y se ríe y se dobla de risa.
Pienso tanto en la sabiduría de mi madre.
Sus martilladas clases de mecanografía
despreciadas por mí, financiadas
con un sueldo tan precario.
Me repito, una y otra vez,
al menos, ahora pagan
por este entrenamiento.

separador poema Los días

 

Los días

 

Este cuerpo extraño
qué es durante el día,
sino gestos sin voluntad,
oración que comienza
y no termina.
Vaso de agua que no intenta
ahogar ninguna pena.
Luna llena de coyotes,
platinada noche
con estrellas que aúllan.
La oreja en la ventana,
las ramas desnudas,
invierno que amedrenta.
Cortinas cerradas,
entre el deseo y el miedo.
Camino por la sala,
coloco el teléfono muy cerca,
por si acaso.
Aquí no hay
ninguna alfombra azul manchada,
ni sangre en las almohadas.
Guardo el monedero
por si el ladrón llegara
así y todo, esta corazonada,
este olor a gasolina,
luego a nada.

Los días pasan.
Se agrietan en los muebles.
Cada uno de ellos me recuerda
el sabor del basurero.
¿A quién le importa?
Ni a la tierra ni al mar,
ciudadana prestada.
No hay espejos.
Las palabras se insinúan.
La víctima, atenta y servicial
fue golpeada brutalmente
en plena madrugada.
La herida le abrió el cráneo,
milenaria vasija
de ofuscados pensamientos.
En el suelo de la calle
había sangre todavía.
Rojo líquido incrustado.
Ripio rojo en el cemento.
Noche larga imaginando qué hacer
con el peso del día.
¿Un buen samaritano?
¿Depravado asesino?
Horas aburridas cavilando.
Su memoria, floreros, un raro altar
de confederación de muertos y de velas.
Lo único vivo es un pájaro enjaulado,
y el reguero del siniestro.

 

imagen poema La casa

La casa

 

Vamos a recorrer los cuartos en que anduvimos
juntas
las casas,
las sombras,
la noche, el mosquitero,
los zumbidos.
También la madrugada
y los patios.
Había dos patios,
uno grande donde las gallinas,
las chivas y el perro caminaban,
había el cementerito verde
donde entre dos o tres matas de clavel
nacían ajos.
Había una ventana y mirábamos
y de ella al patio un tramo.
Imaginemos un autobús solitario
que nos pasea entre los cuartos.
La sala, entramos.
Se esconden las caras al vernos llegar.
El sillón dando vueltas, nos sentamos.
Lo imaginamos de carrusel y polvo.
Abrimos la ventana y la otra ventana
y cerramos las ventanas.
Los muebles son negros.
La mesa tiene mantelitos bordados.
Observamos los muñecos,
la bailarina, el elefante,
la jirafa y los tres reyes mosqueteros.
La peluquería improvisada,
los cepillos, la acetona, los algodones,
el pelo cortado en el piso es la alfombra,
los espejos, tú y yo.
Los bombillos arriba y te digo:
no enciendas la luz, las cucarachas bailan.
Los patines tirados, dos de un mismo pie.
La saleta guarda los fantasmas
que se esconden detrás del sofá,
el radio callado dice que es de noche.

 

 

imagen párrafo poemas Magali Alabau

 


Magali Alabau
. Nació en Cienfuegos, Cuba. En 1986, la Editorial Maitén de Chile publicó su primer libro de poemas, Electra, Clitemnestra. Ese mismo año, la Editorial Rondas de Madrid publicó La extremaunción diaria. Ganó el Primer Premio de poesía de la Revista Lyra en 1988 y obtuvo la beca Cintas en 1990. El Instituto Latinoamericano de Poesía en New York premió en 1992 su libro Hermana, publicado por la Editorial Betania, en Madrid. En 1993 Ediciones Torre de Papel publicó Liebe. Su libro Dos Mujeres fue publicado en octubre de 2011 por la Editorial Betania y su poemario Volver salió a la luz en 2012. Vive en Woodstock, NY.

Contactar con la autora: baumala1[at]hotmail.com

 

📸 Ilustración poemas: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 88 | septiembre-octubre de 2016
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