relato por
Marco Minguillo (*)

 

E

l hombre, acostado sobre una dura cama y tapado con una vieja manta de alpaca, escucha el golpe de las olas y el jubiloso graznido de las gaviotas. Imagina sus vuelos y giros acrobáticos; sus arrojadas en picada, saliendo victoriosas con la ración de la mañana.

Al mismo tiempo siente frío. Mucho frío. Y es que la niebla espesa, opaca, se arrastra sigilosa, se mete en la casa traspasando las paredes, cobijándose en los huesos.

Un día más. ¿Cuánto ha pasado ya? ¿Qué cosa es el tiempo? Tal vez un puñado de segundos, de minutos, de horas, de días, de años, de siglos echados a los ojos.

Contempla las vigas despintadas del techo, cierra los párpados y se cubre el rostro. Imágenes, voces, luces, sombras, pasos acelerados, van apareciendo de a pocos, desordenadamente, en su cabeza. El umbral entre la realidad y la ficción se difumina. Llega un instante en donde no sabe si sueña, recuerda lo soñado o lo vivido.

Jaime, María, Andrés, Ana, José, Waldo y Dora llegaron puntualmente, en pequeños grupos, al punto de encuentro: una austera vivienda ubicada en el norte de Lima.

Esteban, otro de los convocados, ingresó, inusualmente, con diez minutos de retraso. Para el grupo los minutos equivalían el tránsito riesgoso entre la libertad y el encierro o entre la vida y la muerte. La tardanza era fieramente criticada.  «La hora es la hora, compañeros. Ni un minuto más, ni un minuto menos». Palabras que habían escuchado en infinidad de reuniones y encuentros.

Se habían cerciorado que nadie los siguiera.

Era una noche apacible. El barrio, como toda la zona, semejaba un seco bosque de esteras, paredes a medio construir y calaminas.

Se acomodaron en una pieza que la dueña de casa empleaba como dormitorio, cuyo olor y penumbra daba la sensación de estar en una madriguera de topos.

Iniciaron la reunión. Jaime, con una voz pausada, convincente, retransmitía los saludos del Comité Central. Su voz les hacía recordar a muchos: provincianos con seseos de quechuablantes, aves emigradas, marginalizadas en la capital.

Los otros, como petrificados, escuchaban atentamente; sentados, unos en el borde de una maltrecha cama y otros en bancos de madera. Tres moscas revoloteaban un candil que reposaba sobre el cajón vacío de frutas.

Esteban, quien miraba fijamente al rostro de Jaime, de pronto, por observar la luz proyectada en sombra sobre la pared sin tarrajeo, se distrajo y, por breves segundos, se perdió en sus pensamientos.

«¿Cómo estará Eva? ¿Habrá retornado de la universidad? ¿Y ahora qué dirá cuando me vea llegar otra vez tarde a casa?».

Miró las caras: tres mujeres y cuatro hombres.

Dos rostros conocidos. El de Jaime, quien desde el momento que se incorporó a la organización, impactado por la presencia constante de ésta en su centro de estudios, fue quien le dio la bienvenida. Con el tiempo, después de participar en diversas actividades públicas y acciones clandestinas, Esteban concluyó que Jaime era uno de los mandos en esa zona.

Otro rostro conocido fue el de Dora; flaca, pequeña, de tez trigueña, estudiante de pedagogía. Él había notado su presencia en la biblioteca, en las aulas y en los corredores de la universidad. Pero a los otros no los había visto antes de esa noche. Esto podría ser debido al estilo de trabajo que caracterizaba a la organización: se laboraba en células, grupos pequeños cuyos integrantes debían conocer sólo a su mando inmediato; se empleaba el seudónimo y las relaciones humanas eran de compañeros y no de amigos. El caer en el «amiguismo» era un cáncer que podía corroer la organización y la seguridad de sus miembros.

«No te demores, hijo, trata de venir pronto a casa. Eva necesita tu apoyo, esa chica está cada vez más delgada. Y ya sabes lo que el médico le recomendó: alimentarse bien, para que no complique el embarazo…». «¿Quiénes serán los otros compañeros? ¿De dónde vendrán?».

Seguidamente de la ronda de saludos, propios de la formalidad militante, Jaime empezó a transmitir la directiva del Comité Central que se debía llevar a las diferentes bases. Profundizaba en los motivos de la reunión y del porqué era trascendente esa noche.

Cuando Ana, aquella joven de ojos chispeantes y pómulos desafiantes, expresó conformidad con la directiva y disponibilidad con el plan, Esteban sintió un sudor helado que brotó de su frente. Las gotitas empezaron a bajar en hilillos por las mejillas, el cuello y se arremolinó con el calor de su pecho. Se pasó la palma por encima de las cejas, con prudencia, y se echó hacia atrás el mechón de pelos lacios.

«Me faltan dos semestres para culminar la carrera». «¿Cómo estará Eva?…». «Sí me oriento en la zona, ¿qué coartada emplearé?». «¿Será hombrecito o mujercita?». «¿A qué hora llegaré a casa?…».

Le llegó el turno a Andrés. Él parecía un poco mayor que el resto. Era alto, relativamente fornido, la barba sin afeitar le endurecía el rostro. Su aguda voz desentonaba con su contextura. En medio de las siluetas y las palabras, resaltaban sus manos gruesas, toscas, que aleteaban como palomas nocturnas en la austera habitación.

¿Quién sería Andrés? ¿De dónde vendría? ¿Tendría esposa e hijos? ¿Cómo se habría incorporado a la organización? ¿Estudiaría? ¿Trabajaría? ¿Viviría en la clandestinidad?

La mirada de Andrés era profunda, certera. Tras esos ojos achinados y misteriosos se reflejaba una personalidad militante. Aquella personalidad que Esteban ansiaba adquirir, y que ahora le generaba tormentas en la vida familiar.

Andrés pidió precisiones a Jaime sobre el plan, las coartadas, los caminos de salida, el punto de encuentro después de la acción.

«¿Y no ha llegado su hijo, señora Maruja?». «¿Nacerá mi bebé sano o enfermo?». «No creo que pueda aprobar el curso de estadística social, tengo demasiadas faltas». «Este Andrés qué bien expone sus ideas. ¿En cuántas acciones habrá participado? ¿Habrá estado en trinchera…? Se nota que es un compañero con experiencia».

Los minutos pasaban con el revolotear de las tres moscas que no se cansaban de estrellar y estrellar contra el vidrio del candil. La habitación olía a humedad, a sudor, a tierra, a cascajo.

José tomó la palabra. Tenía la cara de niño huesudo y los brazos largos. Un reloj de cuarzo, de esos que se compran en la venta ambulatoria, le resaltaba de la muñeca izquierda. José, mientras manifestaba su posición con respecto al plan, depositaba la mirada en la hoja de papel que Jaime tenía entre las manos. Con el contraste de la luz se traslucía un croquis con puntos y flechas rigurosamente elaboradas. Era la condensación escrita del plan y la directiva efusiva del Comité Central.

―Hola, Esteban.

―Hola, compañero Alberto.

―Lo necesitamos urgente, urgente, compañero. ¿Usted se nos pierde, no?

―Sí, compañero, pero es que mi compañera está embarazada y tengo algunas contradicciones con mis padres. Usted comprende…

―Está bien compañero, eso lo conversaremos después, con más calma. Ahora tenemos necesidad de su participación. ¿Puede?

―Sí, compañero. Claro que puedo…

―Bueno. Tiene que ir al lugar que usted conoce. Allí lo esperará Jaime.

―Está bien compañero. Allí estaré».

«Por qué le dije que sí al compañero Alberto. No sé qué hacer. Por un lado tengo a Eva con un embarazo complicado y por el otro a la organización». «¿De qué trabajaré para alimentar a nuestro crío? Mis padres me exigirán que culmine los estudios y trabaje cuanto antes. Pero la organización, la lucha, los compañeros también me necesitan…». «Qué compañera tan simpática».

Era el turno de María. Tenía el cabello largo, lacio, negro, y unos dedos inquietos con uñas extremadamente cortas. Sus cejas gruesas le daban cierta seriedad y temperamento al rostro. Ella hablaba claro, pausado, enfatizaba cada palabra. Por la manera como esbozó los saludos y su posición frente al plan, Esteban dedujo que María era una compañera de temple y experiencia.

Mientras Esteban contemplaba la cabellera de María, que caía desordenada sobre unos hombros delgados, curvosos, Waldo empezó a esbozar su ritual verbal. Ritual verbal que le hizo recordar a  Esteban sus inicios en la escuela del grupo de apoyo, algunos años atrás y semanas después de haberse incorporado a la organización. Ritual verbal que se fue enriqueciendo con estudio ideológico de los clásicos del marxismo y con participación en tareas de propaganda: pintado de consignas políticas en paredes públicas, reparto de volantes, elaboración de banderolas, presencia en marchas…

Waldo era morocho, de contextura menuda, llevaba gafas y tenía el cabello corto como de un aplicado estudiante secundario. Su voz se quebraba en cada oración y traía consigo un cantito y una melodía que evocaba a los habitantes del norte peruano.

―Hola, compañero Esteban, llegó puntual.

―Así es, compañero Jaime. Alberto me informó que me necesitaban, y bueno, aquí estoy.

―Qué bien, compañero. Usted se nos perdió varias semanas, pero como ya le debe haber comentado Alberto, estamos urgidos de su contribución.

―Está bien, compañero ¿De qué se trata?

―Se tendrá que sacar una tarea importante, pero hemos tenido una baja. A un compañero del grupo de destacamento lo detuvieron en una batida y necesitamos cubrir ese puesto con  una persona que tenga experiencia y conozca el lugar. No podemos suspender la tarea, es directiva del Comité Central. De inmediato pensamos en usted, ¿sabe?

―Gracias, compañero, por la confianza depositada en mí.

―¿Usted conoce la casa de Eduvigia?

―Sí, compañero.

―Bueno, allí nos encontraremos esta noche, a las ocho. No falle».

La voz de Waldo se entremezcló con el llanto de un niño que le decía a la dueña de casa:

―Mamá, mamá, el Eustaquio me quitó mi colcha y tengo frío.

―Ya cálmate. Cálmate, hijo. Tu hermanito Eustaquio está bien cansado, se levantó temprano a ayudarme con la carreta para ir al mercado. Ven, acomódate aquí junto a mí. Yo te abrigo, yo te abrigo.

Repentinamente volvió el silencio y, sin pensarlo, el grupo también se calló unos segundos.

Las tres moscas seguían estrellándose contra el candil.

Dora tomó las riendas por algunos instantes.

«Qué me iba imaginar ver a Dora en esta reunión. Parecía sólo una ratona de biblioteca que estudiaba para maestra. Me alegra verla. La organización realmente da sorpresas. Se ve que ella maneja bien las reglas de la clandestinidad…».

Un hilo de palabras airadas, indicándole que era su turno, sacó a Esteban del letargo. Titubeó, pero al instante retomó el discurso aprendido con el correr de los años. Por algunos minutos trató de olvidar a la familia y a los estudios. Expresó su disponibilidad por sacar la tarea adelante.

La voz de Jaime, como la persiana de una ventana, empezó a descender y demarcó la etapa final de la reunión, distribuyendo las funciones que le correspondía a cada uno.

«Sólo debo cubrirle la espalda a Dora y esperar la señal de María».

«¿Qué te gustaría que sea, hombrecito o mujercita? Eva, Eva,  el sexo no es importante, lo único que deseo es que nuestro bebe nazca sano o sana. El resto no me importa».

Los miembros del grupo salieron de la vivienda igual como ingresaron: sigilosos, en parejas, evitando despertar sospechas. El ladrido de algún perro coronó la noche. Los grillos daban un concierto sinfónico.

Se trasladaron a otra casa, ubicada en la zona donde se llevaría a cabo la acción.

«Ya deben de estar por llegar los autos con los fierros». «¿Y qué pasa si en ésta me quedo?». «¿Qué dirán mis padres y Eva?». «¿Podré ver a mi crío?». «¿Y a qué hora llegarán los fierros?». «Realmente me está dando miedo». «Carajo, Esteban, nada de miedo, todo saldrá bien, todo saldrá bien». «¿Podrá dormir Eva sabiendo que todavía no llego?». «¿Y mis viejos, estarán preocupados?». «Aguanta los nervios, aguanta los nervios. No te dejes traicionar por ellos. Todo saldrá bien. Todo saldrá bien».

«Qué buen trabajo hicieron los otros compañeros. Los carros que trajeron están buenos. Deben ser carros de patucos». «Yo viajo con José, Ana y Dora. José manejará. ¿Qué tal lo hará? Un compañero del contingente de apoyo llevará al resto en el otro». «Este fierro está bien aceitado. No pesa. Está livianito».

Protegido por el manto de la noche, un automóvil se estacionó cerca a un poste sin luz. Un segundo automóvil se cuadró a corta distancia del primero, en una esquina, haciéndose invisible.

La carretera desolada, quedaba enfrente del mar. Corría una brisa fría, olía a sal, a pescado. No muy lejos se escuchaba la ida y venida de las olas que le daban musicalidad a las piedrecillas de la orilla.

Se abrieron las puertas y salieron sombras, desperdigándose, camuflándose.

A varias cuadras de allí se acercaba una patrulla militar ejecutando su ronda cotidiana.

Simultáneamente los miembros del grupo miraban impacientes sus relojes. Estaban a la expectativa de la mujer de cabello largo, quien daría la señal. Los segundos corrían y ellos esperaban, esperaban, esperaban…

 

Un agudo dolor en el brazo y la pierna altera el torrente de imágenes, voces, luces, sombras, siluetas… Se destapa el rostro, aturdido, sudoroso, y sus ojos se reencuentran con las vigas despintadas del techo. ¿Sueño, pesadilla o experiencia vivida? Vuelve a sentir la pegada del frío. Otra punzada en el muslo derecho le obliga a examinar su cuerpo. Manchas de sangre seca resaltan en la sábana. ¿Sueño, pesadilla o experiencia vivida?

Súbitamente escucha pisadas. Son varios. Susurran. Se acercan. Uno de ellos levanta la voz, sollozante, entrecortada:

¡Hice todo lo posible, todo lo posible, compañeros, pero el pánico me asaltó por algunos segundos y me adelanté a la señal, saboteando la tarea, saboteando la tarea!…

Al mismo tiempo, ¿sueño, pesadilla o experiencia vivida? mirándose los vendajes con ira y evocando los cuerpos caídos de María, Andrés, Dora y Esteban, Jaime levanta la cabeza e hinca las pupilas en el rostro despavorido de Waldo.

 

(*) Este cuento forma parte del libro Al borde del camino, publicado en Madrid en marzo de 2011.

 

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El realismo social en la prosa de Marco Minguillo

por Víctor Montoya

    

Los relatos de este libro, de prosa pulcra y amena, son la expresión de un espíritu inquieto por los temas humanos, cuyos conflictos encuentran su mejor asidero en una propuesta que desafía la frivolidad y deja constancia de que la ficción tiene también su punto de partida en una realidad compleja y contradictoria, que no deja indiferente a ningún lector acostumbrado ya al discurso poético y narrativo de este autor peruano, quien conoce el drama que azota a los desposeídos de su tierra natal y los avatares del inmigrante en Suecia, donde escribió la totalidad de su breve pero intensa obra literaria.

A medida que nos adentramos en las páginas del libro, se advierte que Marco Minguillo puso especial énfasis en las descripciones de los paisajes, las situaciones y los personajes, con el desparpajo de quien está consciente de que un libro debe ser transparente como la radiografía del alma, sin que por ello los pensamientos dejen de ser embellecidos por la imaginación y enardecidos por la experiencia.

Si Al borde del camino es un buen ejemplo de la literatura de compromiso social y realismo concreto, Madriguera de topos, trazada con pinceladas autobiográficas, tiene la fuerza de ubicarnos en los años de la represión política y la vida clandestina de los jóvenes militantes de izquierda en un Perú que durante decenios se desangró bajo gobiernos civiles y militares.

Por el otro, sin descuidar el sentido del humor que, a pesar de la ironía y el contrasentido, es un buen recurso en materia literaria, el autor nos narra las experiencias de algunos inmigrantes ilegales enfrentados a la distorsión de una nueva realidad, donde todo se torna en dificultad, incluso el vehículo de comunicación que constituye el idioma, como ocurre en Sueños, pesadillas y escondidas; un relato que se convierte en un regio alegato de las aspiraciones y esperanzas de los inmigrantes anónimos, como la de ese personaje que, al mismo tiempo que disfruta de sus «Vacaciones de verano» en el Mediterráneo, vive añorando a su país, puesto que en cada lugar y espacio, incluidas las situaciones de vida o muerte, encuentra similitudes con la tierra que lo vio nacer.

El relato Para arriba y para abajo, hecho de necesidades y penurias, nos enfrenta a la cruda realidad de que los humanos y su entorno inmediato forman parte de una sociedad que desprecia a los excluidos, quienes, por mucho que se esfuerzan por superar su situación existencial, no lo consiguen en un mundo cada vez más hostil y competitivo. La ciudad de Lima es sólo un ejemplo para darnos cuenta de que en las zonas suburbanas sobreviven las prostitutas, los pandilleros carteristas y los mendigos andariegos al amparo de la luna, mientras en las casuchas de lata y cartón se violan los derechos más elementales de los menores de edad, convencidos de que al día siguiente todo seguirá igual. Marco Minguillo, acaso sin proponérselo, nos recuerda que la pobreza multiplica la pobreza y la podredumbre humana, lejos de las zonas residenciales y el despacho de las autoridades gubernamentales, se expande por los barriales como sargazos en el mar.

Con todo, y a pesar de los pesares, hay algunos que no pierden la ilusión de salvarse algún día de la miseria, ya sea por golpes de fortuna o gracias a la mano extendida de alguna alma piadosa. Esto es lo que se refleja en Para arriba y para abajo, donde se retrata la conmovedora historia de una niña, que un día tiene un desenlace relativamente feliz, al menos para el consuelo de los lectores ávidos de historias clásicas en el mejor sentido de la palabra.

En este libro, compuesto por ocho títulos de extensión variada, no podían faltar los relatos escritos con sorprendente hedonismo, como José y Manuel, Planes de primavera y Puerto de tránsito, en los cuales resalta una prosa poética, dejando que el lector se deleite más con el juego de palabras, los vestigios de la memoria y las pasiones encendidas. Queda claro que el hilo argumental de estos relatos, a diferencia de los tópicos que caracterizan a este género literario, da paso a una fuerte dosis de ludismo creativo y transgresión narrativa. Las palabras, en estos casos, son los signos de las ideas, pero no siempre las palabras tienen por fin la expresión simple de los pensamientos. Cuando se habla o escribe bajo la impresión de la emoción estética, sucede, y a veces es indispensable, que el artista literario se aparte de la fría, esquemática forma simplemente gramatical, sintáctica o semántica, para dar a los pensamientos formas más ágiles, armoniosas y poéticas.

El penúltimo relato, titulado El centrodelantero, que bien podía haber sido la llave para cerrar el libro tras de una apasionante lectura, lo revela como a un escritor fanático del fútbol. No es para menos, cuando se piensa que este deporte, que hace mucho dejó de ser un puro juego para trocarse en un negocio rentable, ocupa la mente y el tiempo de millones de seres cuyas vidas giran en torno al balón, que se parece a una bola mágica donde confluyen los sueños de quienes la practican de manera activa y de quienes la contemplan de manera pasiva. Ojalá el fútbol, como sucede en el relato, volviera a ser el deporte de todos, de los aficionados que juegan en los barrios y en las canchas pedregosas, sin importarles la fama ni el dinero, aunque todos, consciente o inconscientemente, escondan en lo más profundo de su corazón las ansias de conocer alguna vez el triunfo y la gloria.

Con este relato, estructurado sobre la base de un anhelo universal, Marco Minguillo consigue pegar un fuerte puntapié contra el balón literario, con la esperanza de marcar el gol deseado en medio de una tribuna de lectores que esperan lo mejor de su artífice de relatos reales y rotundos. Por mi parte, sólo me queda augurarle un venturoso viaje de la mano de su nueva criatura del alma.

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Marco Minguillo (Perú-1965). Egresado de la Universidad Nacional Federico Villarreal (Perú), estudios en Sociología, y de la Universidad de Estocolmo (Suecia), estudios en trabajo social.
Autor de Una noche de otoño y otros relatos (1998), Voces en tiempos de tormenta (2002), Diario de estaciones (2008) y Al borde del camino (2011).

Finalista en el I (1998) y II (1999) Concurso Internacional de Cuento A Quien Corresponda (México). Primera mención en el Concurso de Cuento Breve Santiago Dabove (Argentina, 2001). Finalista en el IV Concurso de Cuento Encuentro de dos Mundos (Francia, 2003).  Mención honrosa en el Certamen Internacional Terra Austral Editores (Australia, 2004). Miembro de la Asociación de Escritores Inmigrantes de Suecia.

Más de este autor, en Almiar: Puerto de tránsito (relato); La independencia inconclusa y las lecciones peruanas (artículo); Poemas (Mar de Poesías – n.º 9; 2008).

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Víctor Montoya nació en La Paz (Bolivia), en 1958. Su infancia y primera juventud discurrieron en el pueblo minero de Siglo XX-Llallagua, al norte de Potosí, donde se descubrió la veta de estaño más grande del mundo. En 1976 fue perseguido, torturado y encarcelado. Permaneció en el campo de concentración de Chonchocoro-Viacha hasta que, en 1977, fue liberado tras una campaña de Amnistía Internacional. Desde entonces reside en Suecia donde se dedica profesionalmente a la escritura. Una biografía más detallada del autor se encuentra publicada en Wikipedia.

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Revista Almiar – n.º 60 / septiembre-octubre de 2011

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