artículo por
Moisés Cárdenas

 

Hace algunos años cuando era niño, en una tarde de llovizna, vi a una mariposa amarilla posarse sobre los árboles. En ese momento no entendí su mensaje. Pasaron los años y continué viendo sucesivamente mariposas amarillas, hasta que un día me regalaron la novela del escritor Gabriel García Márquez, Cien años de Soledad. Abrí sus páginas y fui atrapado por sus letras. Cuando terminé de leerla, miré todo a mí alrededor y comprendí que vivía en Macondo. Desde aquel día nunca pude salir de él y supe que había sido atrapado por las mariposas amarillas.

Gabriel García Márquez, nuestro querido «Gabo», (Aracataca, Colombia, 6 de marzo de 1927; México, 17 de abril de 2014) dejó en nuestras manos la novela Cien años de soledad, llena de magia y alquimia para hacernos habitantes de Macondo. Porque Cien años de soledad es una obra cumbre para la historia americana, ya que en ella se recogen los diversos aspectos fundamentales de nuestro vasto continente.

En Cien años de soledad, aparece un mundo donde la vida está hecha de misterios, ilusiones, muerte, pecados y prohibiciones. Y sin duda Macondo es ese lugar donde todos nacimos, crecimos y moriremos.

En cada lugar de Latinoamérica hay un Macondo. No hace falta abrir la novela para imaginárnoslo. Sin duda será como aquel bello pueblo de Aracataca donde el calor del Caribe pone a todos a dormir, solo algunos viejitos se sientan en la vereda bajo la sombra y algún muchacho que se baña hechizado en el río de los recuerdos.

Ese Macondo que surgió de los sueños de los grandes bardos para ocultarlo en las manos del misterio, ¿será que nos desvela? ¿Verdaderamente hemos nacido en él? Es que si «Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo» [1].

Su génesis nos transporta a un transmudo sin retorno. Y nos encontramos sin querer, como el nombre del pueblo Salsipuedes de la novela Canaima de Rómulo Gallegos, así como ese nombre; nos encontramos todos los lectores, que nos trasmutamos hacía Macondo, dejando a un lado nuestro lugares de orígenes reales para convertirnos en sus habitantes.

El Macondo que narra García Márquez representa sin duda a algún típico pueblo caribeño de Colombia, con calles polvorientas y cierta precariedad ¿acaso en toda Latinoamérica no hay algún pueblo con esas condiciones? Estoy convencido que desde Tijuana hasta la Patagonia se podría encontrar un pueblo como él. Probablemente tejido de historias, de encuentros, de amores, desilusiones, procreaciones; pueblos construidos por ambiciosos, emprendedores y soñadores, tal como lo fue José Arcadio Buendía quien era el más emprendedor de la aldea, llegando a organizarla y convertirla en un lugar habitable. En la misma novela se expresa:

«[…] En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto». [2]

«La felicidad arropó a los seres de Macondo en donde la muerte no se respiraba en el aire». En un párrafo podemos encontrar que el personaje José Arcadio expresa: «[…] somos tan pacíficos que ni siquiera nos hemos muerto de muerte natural».

En la novela los habitantes no pensaban en la muerte que les era ajena, hasta que llegó la primera muerte en manos de Melquíades, cuando este dejó de respirar y todos en Macondo entraron en la oscuridad. De igual modo, muchos pueblos reales de Latinoamérica cuando se fundaron, pensaron que serían eternos, hasta que los alcanzó por así decirlo los primeros gritos de la muerte. Es allí donde se cumplen las palabras bíblicas del Génesis 3:19 «Porque polvo eres y al polvo volverás». (Génesis, 1987, p. 10). En nuestro transitar por Macondo nos encontramos con un tiempo de tranquilidad, sosiego y felicidad, pero luego estas tres cosas se convierten en dolor, angustia y tragedia. Es ahí cuando entendemos lo que decía Miguel de Unamuno, «la tragedia intrínseca del hombre es su misma condición humana» (Unamuno, 2008, p. 07).

Macondo es un pueblo de Latinoamérica, y hasta la misma Latinoamérica toda es un «Macondo». En este lugar nos reunimos en palenques para vivir momentos edénicos, ver los avances del fuego de la vida, la unión del eros y los placeres mundanos como el progreso. Ese progressus que va hacía la acción de ir adelante, mejorando la condición humana. El progreso de disponer a los habitantes de bienes y servicios para ayudarlos a hacer una mejor vida. Pero cabe la pregunta, ¿ayuda el progreso? ¿Todos los problemas se resuelven con el progreso? ¿Macondo en Cien años de soledad se benefició del progreso? Queda en cada uno de nosotros meditar sobre estos interrogantes, no obstante el progreso emergió de la mano de soñadores y emprendedores, como lo fue José Arcadio Buendía.

En Latinoamérica, muchos pueblos se fundaron por hombres de las características de José Arcadio Buendía, hombres visionarios. Gracias a ellos, los pueblos se convirtieron en recintos de felicidad y alegría, donde las libélulas gravitaron en el cosmos. Muchos pueblos germinaron de la tierra llegando a crecer con la llegada del tren o con el buen llamado progreso. Así como en Cien años de soledad, con el tren se pudo alcanzar los inventos, los adelantos y conocer las noticias del mundo, pues él levantó la economía con la llegada del hielo y contribuyó para traer los cambios.

La vida cambió. La algarabía se adueñó de los habitantes. En las hermosas páginas de la novela leemos:

«[…] y vieron hechizados el tren adornado de flores que por primera vez llegaba con ocho meses de retraso. El inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo». [3]

Muchos pueblos de Latinoamérica, no son más que el macrocosmos de Macondo mismo. Estos pueblos nacieron, crecieron, progresaron con la llegada del tren y murieron con su retiro. Por citar algunos ejemplos: se cuenta que el pueblo de La Fría situado en el Estado Táchira Venezuela, nació como consecuencia de la creación y la puesta en marcha del Gran Ferrocarril del Táchira. Los sonidos del tren hicieron que en La Fría se diera un intercambio humanístico, cultural y comercial que potenció la economía del café. Pero con el pasar del tiempo solo quedó el solitario silbato de la locomotora en el recuerdo de los tachirenses, en viejas fotos color sepia, y el eco de la vieja estación allá en la calle 2 con carrera 6 y 7 de La Fría.

También puedo mencionar al pueblo de Deán Funes, ubicado en la provincia de Córdoba, Argentina, que prosperó con los sonidos del tren, convirtiéndolo en centro de distribución de carga de mercadería y pasajeros hacía el norte del país. En los días del tren en Deán Funes, todo era alegría en los rostros de sus habitantes porque con su llegada se impulsó el trabajo, la economía y la cultura; creándose un cine-teatro. Así como en el Macondo de Cien años de soledad, el teatro era el ímpetu de progreso, construido por Bruno Crespi quien permitió que las compañías españolas incluyeran el teatro en sus itinerarios. De igual modo, el teatro en Deán Funes trajo bellas obras para el deleite de sus espectadores.

Recordando los pueblos que progresaron con el tren, tengo en mi memoria el Ferrocarril de Santa Marta, en Colombia, que llegó hasta el pueblo Fundación. Este tren ayudó a conectar la región trayendo la magia de los objetos, cosas, inventos. El sonido de este ferrocarril fue un atractivo para Santa Marta, donde el sol del Caribe colombiano vibró en el cielo. Pero también es melodía, canción como lo expresó Rafael Escalona: «y entonces me tengo que meter en un diablo al que le llaman tren, ay, que sale por toda la zona pasa y de tarde se mete a Santa Marta» [4].

Hay tantos ejemplos de pueblos que progresaron con el tren. Seguro aún hoy existen pueblos con esos trenes y quizá otros ya han desaparecido o decaído cuando el silencio se llevó los rieles.

Muchos pueblos de Latinoamérica se beneficiaron con la llegada del progreso, pero también sintieron su fiereza. Como lo vio el coronel Aureliano Buendía: «nos estamos volviendo gente fina» [5].

No es malo el progreso y que lleguen cambios, traiga invenciones y nuevos objetos para nuestra admiración visual y de uso. Recordemos que cuando el tren llegó a Macondo por medio de Aureliano Triste, comenzaron a verse en el pueblo el gramófono, el teléfono, los globos cautivos, y otros inventos. Estas cosas hacen mella en los habitantes: «Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas alimentadas por la planta que llevó Aureliano Tristán […]» [6].

Sin duda alguna, el progreso contribuyó para cosas buenas pero también para males. Bien lo expresó el filósofo Rousseau, refiriéndose a lo que trae el progreso «seres materialmente ricos y técnicamente poderosos pero moralmente deleznables» [7].

Como seres que habitamos en Macondo, prosperamos y sufrimos en nuestro transitar. Somos habitantes melancólicos, navegantes en el olvido y la memoria. Somos habitantes que viajamos juntos a las mariposas amarillas en el florecer de la vida pero también en la destrucción. Macondo llegó a la destrucción por su maldición y sus pecados. Latinoamérica también ha llegado a su destrucción por la misma forma de actuar y pensar, en donde los hombres que habitan el suelo han usado al continente para su propio provecho.

En este «Macondo» donde nacemos, crecemos, envejecemos y morimos; rigen nuestras vidas los designios de la adivinación, el mito, el sufrimiento, la ilusión y el sueño. Estos sentimientos son tan arraigados en el alma de todos nosotros como macondianos que nos hace volvernos a nosotros mismos. Porque Latinoamérica toda, en cada pueblo, tanto en el más conocido y en el más recóndito, es un «Macondo». No importa que no tenga la vegetación exuberante del Caribe, no importa si tiene lluvias torrenciales o lluvias escasas. Porque en toda la vasta geografía, hay pueblos de las características de Macondo, ya que en todos ellos el recuerdo y la nostalgia son parte de la cotidianidad, el dolor, la tristeza y la memoria que habita en el ser latinoamericano.

Todas las familias que conviven en algún «Macondo», reflejan esa forma de ser. Como diría Luis Javier Carmona: «La familia Buendía es una típica familia latinoamericana perdida en la extensión geográfica y que de alguna manera interpreta factores sociales fundamentales» (Carmona, 2011, p. 217).

Puedo asegurar que lo es, ¿qué familia latinoamericana no ha vivido en un pueblo que ha crecido y que luego ha caído en el olvido? Muchos pueblos ha sido victimas de guerras por la conquista del poder, ¿qué pueblo no ha tenido caudillos, avaros de conquista y seres militares repugnantes? Todo «Macondo», ha tenido fuerzas oscuras que han llevado a erigir coroneles, algunos maliciosos y otros quizá fuertes como el Coronel Aureliano Buendía, pero también habitantes del laberinto de los hombres.

¿Qué pueblo latinoamericano anclado en algún rincón del continente no ha tenido en las familias relaciones incestuosas e indecorosas? Como dice el dicho «pueblo chico, infierno grande». Y estos pueblos por su forma de vivir el «Ser», están condenados a desaparecer. Todo en la vida es cíclico, el todo va desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Porque estamos también condenados a desaparecer, a menos que el tiempo despierte nuestra conciencia y sepamos corregir los errores que también han sido nuestros, de todos los habitantes de «Macondo», y lleguemos a la transformación de los sueños y no ser seres estáticos del pasado. Mientras no lleguemos a comprendernos y entendernos, no podremos escapar a nuestro destino. Tenemos que salir del insomnio, para no seguir siendo seres helados en todo lo que nos acontece día a día, a menos que seamos habitantes masoquistas y sufridos.

No obstante, todo está en los deseos y pasiones que tengamos para salir de la «peste del insomnio», buscando la necesidad de crear para recordar, como lo hizo José Arcadio Buendía, quien tuvo la idea de construir la máquina de la memoria: «Lo imaginaba [el artefacto] como un diccionario giratorio que un individuo situado en el eje pudiera operar mediante una manivela, de modo que en pocas horas pasaran frente a sus ojos las nociones más necesarias para vivir» […] [8].

Siempre he dicho, que los latinoamericanos somos olvidadizos y nos gusta tapar los recuerdos, dejando a la intemperie los momentos dorados pero no aprender de ellos, para guardarnos en un rincón entre la vida y la muerte, porque sabemos de una manera inconsciente que destruimos las huellas del «Ser», ocultándonos en el temor más grande de la humanidad, el olvido.

Pero si aprendemos a ser buenos habitantes de «Macondo» quizá encontremos la creación. Esto ayudará a darle esperanza a nuestra tierra y a la dimensión en que vivimos, quizá estemos atrapados a habitar, como dice una parte de la novela: «No serán casas de vidrio sino de hielo, como yo lo soñé y siempre habrá un Buendía por los siglos de los siglos» [9].

En una de esas, quizá nuestra estirpe no esté condenada a la destrucción y tengamos una resurrección digna. O tengamos una segunda resurrección, para que se cumplan las palabras del Apocalipsis 21:4, «y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Apocalipsis, 1987, p. 1534).

Todo dependerá de nosotros, los macondianos que comencemos a buscar la felicidad y salir de nuestros letargos, a pesar de que se nos avecinen tiempos lóbregos, pero si se puede soñar y encontrar una ciudad ideal, tal vez encontremos en este «Macondo» la montaña que nos lleve a la ciudad ideal que quiso el filosofo Tommaso Campanella, y en ella podamos conectarnos con lo divino, lo mágico e insólito, en una vida ideal bajo la guía de un Gran Maestre. Por otro lado, quizá necesitemos en nuestro «Macondo» explorar más la alquimia, convirtiéndonos todos en grandes poseedores de metales para forjar mejor nuestra sociedad.

Es por eso que nosotros, los poetas, los escritores tenemos las mariposas amarillas en nuestras manos, tenemos el oficio de elevarlas al viento para que ellas lleguen desde el cielo con rosas esparciéndolas en nuestros campos verdes, y con estas rosas derretir el hielo. Todos podemos ser alquimistas y buscar en los metales como el oro y la plata el medio de prolongar indefinidamente la vida humana, por así decirlo y que nos saque de los errores y los actos fallidos que han llevado a Latinoamérica a vivir en penumbras.

Hay que reconocer que somos seres finitos, y solo Dios concederá la eternidad a su debido tiempo, pero de forma figurada, los poetas y los escritores estamos llamados a hacer de «Macondo» un lugar mágico de soles mediante la literatura y el amor por la cultura de nuestra tierra, arrojando sobre el río esperanzas y sueños. Podemos ser algún tipo de Melquíades y traer de los sietes mares instrumentos que nos ayuden a descifrar pergaminos, ojalá que en ese encontrar no sea para la destrucción sino para la eternidad.

Somos seres sensibles y habitamos como todos los mortales en «Macondo», navegando nuestra existencia. Sé que vendrán tiempos difíciles y oscuros, pero vendrá la luz y los cantos angelicales. Tal vez tenga que venir el espejismo para abrir la claridad, quizá sea cierta la frase: «[…] porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra» [10].

Quizá estemos confesos en la espera de los manuscritos que Dios está por enrollar, y tendremos luego que esperar la nueva construcción de las cosas y reconstruir mariposas amarillas. Mientras todo eso venga, entonces sentémonos en una tarde de siesta a escribir los recuerdos rescatados de los olvidos, quedémonos como dice la canción de Oscar Chávez: «Los cien años de macondo sueñan, sueñan en el aire, y los años de Gabriel trompetas, trompetas lo anuncian» [11].

 

Referencias bibliográficas:

– Artículo La idea del progreso, citado en xenesememes.blogspot.com.ar/2011/04/ la-idea-del-progreso-en-la-edad.html. (Consultado el 16 de septiembre de 2014).

– Barreto, Juan José. 2011. Imaginarios y Certezas. Trujillo. Fondo Editorial Domingo Miliani.

– García Márquez, Gabriel. Citado en monografias.com/trabajos14/cien-soledad/cien-soledad.shtml. (Consultado el 16 de septiembre de 2014).

Letras. El testamento, citado en colombia.com/musica/ especiales/escalona/letras.asp (Consultado 16 de septiembre del 2014).

– Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras. (1987). Brooklyn. Watch Tower Bible And Tract Society.

– Unamuno, Miguel. (2008). Del sentimiento trágico de la vida. Buenos Aires, Editorial Losada.

– Chávez, Oscar. Macondo en vivo, citado en community.musixmatch.com/es/letras/ Oscar-Ch%C3%A1vez/Macondo-(En-Vivo) Consultado 16 de septiembre de 2014).

 

NOTAS:

[1] (Gabriel García Márquez, citado en monografias.com/trabajos14/ cien-soledad/cien-soledad.shtml. Consultado 16 de septiembre de 2014).

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] (Letras, El testamento, citado en colombia.com/musica/especiales/ escalona/letras.asp Consultado 16 de septiembre de 2014).

[5] (Gabriel García Márquez, citado en http://www.monografias.com/trabajos14/cien-soledad/cien-soledad.shtml. Consultado 16 de septiembre de 2014).

[6] Ibíd.

[7] (Articulo La idea del progreso, citado en xenesememes.blogspot.com.ar/2011/04/ la-idea-del-progreso-en-la-edad.html. Consultado el 16 de septiembre de 2014).

[8] (Gabriel García Márquez, citado en monografias.com/trabajos14/cien-soledad/cien-soledad.shtml. Consultado 16 de septiembre de 2014).

[9] Ibíd.

[10] Ibíd.

[11] (Chávez, Macondo en vivo, citado en community.musixmatch.com/es/letras/ Oscar-Ch%C3%A1vez/Macondo-(En-Vivo) Consultado 16 de septiembre de 2014).

 

separador Artículo Somos habitantes de Macondo

Moisés Cárdenas

Moisés Cárdenas. Nació en 1981 en San Cristóbal, Estado Táchira (Venezuela), es licenciado y profesor de educación mención Castellano y Literatura egresado de la Universidad de los Andes Táchira (Venezuela). Poeta y escritor. Ha ejercido la docencia en los niveles de educación secundaria y universitaria. Entre sus galardones cuenta con los siguientes: Reconocimiento por su constancia y aporte invaluable a la cultura de Venezuela otorgado por la Fundación Kuaimare del Libro Venezolano, San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela, Año 2006. Reconocimiento otorgado por la Universidad de los Andes, por asistencia a eventos internacionales en calidad de ponente, ULA, Mérida, Venezuela, Año 2006. Mención especial de Jurado en el II Concurso de Poesía «El mundo lleva Alas», Editorial Voces de Hoy, Miami, Estado de La Florida, Estados Unidos, Año 2009. Ganador XVI Concurso Nacional de Literatura (IPASME), con el trabajo titulado: El silencio en su propio olvido, Caracas, Venezuela, Año 2008. Segunda Mención en el V Certamen Nacional de Poesía y Cuento Breve «Ramón Emilio Charras», A.P.I. Artistas y Pensadores Independientes, Córdoba, Argentina. Año 2013. Finalista en el XXIX Certamen Nacional De los Cuatro Vientos Poesía y Narrativa Breve, e integrar con obras de su autoría la Antología Letras Argentinas de Hoy 2013. Buenos Aires, Argentina, Año 2013.
Obra: El silencio en su propio olvido (poesía) Ministerio de Educación, Caracas, año 2009. Duerme Sulam, (poesía) editorial Cecilio Acosta, Museo de Barinas, año 2007. Poemas a la Intemperie, (poesía) editorial Symbólicus, Córdoba, año 2013. Ha participado en la Antología bifaz, editorial Symbólicus, Córdoba, año 2013. Antología letras argentinas de hoy, editorial de los cuatro vientos, Buenos Aires, año 2013. Antología palabras de poeta compilada por Hernán Jaeggi, editorial babel, Córdoba, año 2013. Actualmente espera por una editorial para la publicación de sus poemarios En el mar habita el éter del amor y atrapasueños. Quiere publicar su primer libro de relatos titulado Contemplaciones. Ha publicado en diversos blogs y páginas de Internet. Actualmente realiza talleres de promoción de lectura para jóvenes y adultos y realiza conferencias en temas de literatura y cultura
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@ Contactar con el autor: viajesideral2 [at] hotmail.com

 Lee un relato, en Almiar, de este autor: Elementos

 

 Ilustración: Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiar – n.º 79 / marzo-abril de 2015MARGEN CEROAviso legal

 

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