relato por
Luis A. Ruelas Silva

 

M

e siento en un banquillo frente a la barra, me quito el sombrero de fieltro y lo dejo a un lado del tazón que hay a mi derecha, llamo al barman; «un whisky en las rocas». El sujeto junto a mí mete la mano al tazón y la saca dejando caer algunos maníes sobre mi sombrero; llamo de nuevo al barman: «una servilleta por favor», le digo con una apagada voz. «Si no quieres que tu lindo sombrero se ensucie quítalo de la barra», me grita una voz chillona a mi derecha. «Eso es, quítalo antes de que te rompa los dedos y manche de nuevo tu puta gorra de vagabundo». Tomo la servilleta y limpio la sal que queda en mi viejo sombrero marrón.

La noche continúa y se hace más lenta mientras más sorbos doy a mi vaso. Los recuerdos me invaden; de pronto… el banquillo se convierte en una silla metálica atornillada al suelo, los puños de mi camisa se transforman en cadenas que sujetan firmemente mis manos a ella, el sabor metálico de la sangre me llena la boca, mis treinta y siete años se vuelven dieciocho; de nuevo revivo la pesadilla. «Aceptaron a pagar veinte mil», grita una voz al fondo de la habitación; «Pues ahora quiero sesenta mil», contesta otra a mis espaldas a la vez que el sonido de la madera golpeando el piso me avisa de que un bate será el siguiente en la fila. Un golpe seco en mi hombro me hace gritar con una voz aguda. «¡Grita como niña el marica!», no logro distinguir quién me lo dice y no me interesa. Un par de golpes más en las piernas y el bate cae ensangrentado al suelo, yo me desmayo. Regreso de golpe al bar.

—Un whisky más por favor —le digo al barman cuando pasa frente a mí con un par de cervezas.

—Si  lo  quiere  debe  darme  las  llaves  de  su  auto, señor —me contesta con una sonrisa.

Le doy las llaves y él se lleva mi vaso vacío. Me percato en ese momento de que la sección de la barra frente a mí se ha inundado a causa de la cerveza derramada por el hombre a mi derecha. Una fortuita casualidad pienso, un declive accidental de la barra. Con un pase rápido de mi mano, arrojo el líquido de vuelta a su dirección de origen; un par de gotas cae en el cuello del hombre de voz chillona quien, a su vez, gira la cabeza y me dirige una mirada furibunda; sus compañeros de tragos lo calman tomándolo por los hombros y lanzando insultos contra mí. El ambiente vuelve a la normalidad pasados unos segundos y yo me concentro ahora en mi nuevo vaso de licor. Un sorbo más, la mente se me nubla.

«Aceptaron pagar los sesenta, sólo piden que vuelva cuanto antes», grita de nuevo la voz al fondo de la habitación. Una luz de esperanza me llena el alma, «saldré vivo de esta» me repito constantemente. «Escuchaste eso mariquita, tus putos papis van a pagar por ti», me dice la otra voz fingiendo un tono suave. Un dolor desgarrador me hace lanzar un fuerte grito. Miro mi mano izquierda: está destrozada, la cabeza metálica de un martillo había caído sobre el dorso, aplastándola contra el metal de la silla; una masa informe y sanguinolenta fue lo que pude apreciar cuando quitó la herramienta. «Será igual que siempre Rich, tomamos el dinero y dejamos el cadáver», mi corazón se hiela. El tipo que llevaba, lo que a mí me parecieron, cuatro horas golpeándome, se alejó dos pasos de mí y alzó los brazos lanzando un bostezo; «Bueno, ve por la pistola, tú lo rematas y yo te ayudo a cargarlo en la camioneta», cuando terminó de hablar se acerco a mí, sacó una navaja automática y comenzó a surcar mi frente hasta llegar a la mitad de mi mejilla; todo se oscureció.

 

Tres años de terapia psicológica, de nada sirven cuando el verdadero problema no es el miedo al recuerdo sino la sed de venganza. Mi vaso es llenado nuevamente con licor ámbar y con un sólo sorbo es vaciado al instante. Una sensación de seguridad me llena a la par que mi garganta arde con el licor. «Esa cicatriz hace que tu cara se vea como la de un personaje de películas de acción», me dice una linda muchacha que se ha sentado a mi izquierda; la miro, le sonrío y estoy por girarme por completo cuando el sujeto a mi derecha me interrumpe:

—Aléjate de ese anciano, preciosa, yo tengo algo mejor para ti justo aquí —dice el imbécil mientras gira su banquillo y da palmadas a sus piernas.

Yo, por mi parte, me pongo de pie, tomo su cerveza, la levanto sobre su cabeza y empiezo a derramar el líquido sobre él. Mientras la cerveza lo empapa, viene a mi cabeza el final de aquel recuerdo:

Me despierto mirando hacia el suelo, aún atado a la silla metálica. La sangre gotea desde mi frente, mi cabello se balancea empapado en la sustancia carmesí. La voz del sujeto que antes escuchaba al fondo de la habitación se acercaba, al principio no distinguí sus palabras, pero cuando estuvo más cerca logré entenderlo: «¿Cómo es que se cargaba esta cosa? No importa, este imbécil ya esta más muerto que mi abuela», se inclinó sobre mí y entonces cometió su más grande error… un sonido metálico tintinea en mis oídos, segundos más tarde mis brazos y piernas están libres de la fría silla. Mi corazón se acelera y mis manos se estremecen, el debió notarlo pues de inmediato se aleja de mí e intenta sacar el arma de su cinturón; después de lograrlo intenta cargarla pero la inexperiencia se hace notar, una bala se atora en la recamara provocándole un grito de frustración y un «Maldito cabrón» en respuesta. Yo, por mi parte, estiro mi brazo y tomo el martillo que antes había destrozado mi mano y que ahora está tirado junto a una pata de la silla. Lanzo un golpe con todas mis fuerzas que asesta directo en sus genitales haciendo que mi opresor caiga de rodillas, me levanto tambaleándome y, viéndolo directo a los ojos, le doy un golpe en las sienes dejándolo tirado en el suelo inconsciente; con la sangre hirviendo de ira, me inclino sobre el sujeto y dejo caer un golpe tras otro. No se cuánto tiempo pasa hasta que me levanto a causa de un sonido, el otro sujeto se acerca a la puerta, el desgraciado que me ha estado golpeando está al otro lado de la puerta, no dejaré que se vaya. Me coloco detrás de la puerta con el arma ya bien cargada del otro sujeto, la puerta se abre lentamente, el tipo se queda helado al ver la masa sanguinolenta e inmóvil en que se convirtió su compañero. La euforia me invade, pongo el arma temblorosa en la nuca de mi torturador, noto el escalofrío que lo recorre; una plegaria tras otra me lanza, yo las ignoro todas y entonces… bajo el arma, no pude jalar el gatillo, no tuve el valor necesario. «¡Lárgate!», le grito con todas mis fuerzas; el tipo se tambalea y se aleja agradeciendo y prometiendo tantas cosas como se le ocurren. «No te estoy dejando ir, te estoy dando la libertad para después cazarte como a un animal», le grito cuando está a punto de llegar a final de pasillo por el que está huyendo, se gira hacia mí y noto la pálida expresión de miedo en su rostro, apunto el arma de nuevo hacia él para amenazarlo; el sujeto llega a la puerta al final y se larga tan rápido como puede.

Han pasado cerca de quince años desde entonces, me uní a la policía y me convertí en detective, todo por venganza. Ahora estoy aquí, viendo las últimas gotas de cerveza caer sobre la cabeza del idiota de la barra, viendo cómo se levanta y me toma de las solapas de mi abrigo, sintiendo su mirada furibunda y cómo sus amigos me rodean rápidamente, escucho a la mujer detrás mío huir dando taconazos.

—Ahora si te la ganaste viejo hijo de puta —me dice salpicándome la cara con su saliva.

Lo miro a los ojos, me paso la mano sobre la cara para limpiar su asquerosa saliva y le digo —Te lo dije desgraciado, te dije hace años que te daría caza como a un animal.

Su cara refleja duda por un momento, pero no pasa mucho hasta que sus ojos se abren y se desorbitan, el sudor se mezcla con la cerveza que lo empapa, de sus pantalones empieza a escurrir un liquido amarillento, el olor a orina es fuerte; su mandíbula cae a la par que su brazos y sus amigos se burlan de él. «Que sucede amigo, ¿te da miedo este sujeto?». La imagen que sigue a aquella escena es perfecta, el sujeto huyendo de mí, corriendo hacia la puerta chillando como cerdo, las luces de las patrullas iluminando su patética silueta. Una llamada anónima nos había dado la pista que necesitábamos, Policía atrapa banda de secuestradores dirán mañana los periódicos; al ver el dibujo hablado del líder insistí al jefe de la comisaría que me permitiera hacer el arresto, él conocía mi historia y me lo permitió diciendo además: «Lo atraparás, y te daré un obsequio más cuando todo termine».

Aquí estoy ahora, encerrado en la sala de interrogatorios con el sujeto que me destrozó la mano izquierda, el desgraciado que marcó mi vida con la cicatriz hecha con una navaja. No hay cámaras y dos de mis compañeros más cercanos vigilan la puerta. Supongo que esto no aparecerá en mi reporte al final del día, en fin, hora de divertirse.

 

imagen separadora relato Noir

 

Luis Antonio Ruelas Silva. Es un autor mexicano.
(Esta historia Noir, aquí publicada, forma parte
de una serie de relatos con el mismo estilo).

Contactar con el autor: blackfox159 [at] hotmail.com

 

Ilustración relato: Paolo Monti – Serie fotografica, Paolo Monti [CC BY-SA 4.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)],
via Wikimedia Commons.
 
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