relato por
José Antonio Santos Redondo

 

 

E

ran exactamente las nueve cuando llegué; un ángulo limpio y recto en el reloj tras el mostrador de recepción. Sofía había insistido:

—¡El primer día hay que causar buena impresión!

Y me había hecho levantarme diez minutos antes de lo normal, hacer el desayuno para los dos, y me había dejado en la puerta del bloque de oficinas mientras ella seguía hacia su trabajo en la escuela.

La recepcionista era una morena tímida, demasiado maquillada, con una cara bonita excepto por dos dientes de conejillo que sobresalían cada vez que sonreía. Me presenté, dije que estaba recién contratado y durante un segundo le cruzó la cara una expresión que yo creí horror:

—¡Pero Elena no está! Tiene vez en el médico, no llegará hasta media mañana.

Elena era mi jefa y  la persona que había decidido contratarme. Por un segundo pensé que por una vez no era yo el que estaba quedando mal, y lo interpreté como un buen presagio. Las manecillas aún eran un ángulo perfectamente suizo en el reloj, un disco blanco y gris con una manecilla roja colgado sobre la pared blanca tras el mostrador, centrado de tal forma que quedaba exactamente alineado con el centro del mismo, las lámparas del techo, la alfombra, la puerta de entrada, las dos mesitas y los cuatro sofás de la zona de espera, las dos ventanas a ambos lados de la recepción, y también, a veces, los dos dientes de conejita de la recepcionista y su peinado tan formal de raya al medio. Ahora lo vi en la placa que llevaba enganchada a la blusa, se llamaba Rebeca. El minutero dio un salto brusco, como con un chasquido, y todo se deshizo.

—Pero dejó ayer instrucciones de que te fueras instalando. Ven —continuó, y durante un instante apartó la mirada como si no quisiera seguir—, es en el despacho de Fran.

Marchamos a un lado del mostrador de recepción y la seguí a través del edificio. En esta ala las oficinas se extendían a ambos lados del pasillo separadas por tabiques de cristal con persianas. Desde el pasillo uno podía ver los cubículos alineados uno junto al otro a lo largo del edificio, casi todos vacíos a esa hora todavía. Rebeca se detuvo junto a una puerta cerrada: aquel cubículo en concreto estaba a oscuras, con la persiana del ventanal corrida. El sol tempranero que se colaba a rachas por entre las lamas de la persiana mostraba algunas pelusillas de polvo sobre el escritorio. La puerta se negó con un chasquido cuando Rebeca quiso abrirla.

—No me lo puedo creer —dijo exasperada, y luego repitió, en otro tono—: No me lo puedo creer.

Y dio media vuelta para volver hacia la recepción. Me habría molestado el que se marchase así sin dar explicación, pero al correr daba unos saltitos muy graciosos. En todo caso volvió a los pocos minutos con un manojo de llaves en la mano. Rebuscó un momento, introdujo una llave en la cerradura y por fin se abrió la puerta. El despacho estaba solo, a excepción de uno, dos rayos de sol de final del verano que iluminaban un escritorio, una silla con ruedas, un par de estanterías, un ordenador, una impresora, un marco de fotos, muchos papeles, catálogos y archivadores apilados sobre los estantes, en cualquier espacio libre del escritorio, en algunos precarios montoncitos por el suelo. Acababa septiembre, pero dentro aún olía a verano: a plástico caliente y tablero contrachapado oscuro, y papel encerrado, y con algo de imaginación, a agua y arena.

—Éste era el despacho de Fran —me dijo Rebeca en el mismo tono en que antes había repetido «No me lo puedo creer», y sin esperar más me contestó la pregunta que creía que ya me estaría haciendo aunque por supuesto yo no podía ni imaginar quién era Fran ni por qué me daban su despacho ni por qué iba a querer preguntar nada:

—Fran está muerto. Un accidente.

Se fue, dejándome a solas con Fran en el despacho vacío.

 

Intenté instalarme como pude entre los restos que había dejado el anterior ocupante. No, no eran restos. Abrí la persiana hasta que el cubículo estuvo tan blanco como los demás, mostrando ahora que la habitación estaba llena de papeles y cubierta por el polvo de más de un mes, pero aquellos papeles no eran restos. Dejé mi maletín como pude en un hueco entre dos montones de papeles junto a la pared. Me senté: la mullida butaca de oficina resopló, casi exasperada, o extrañada de verme. Eché una mirada a las paredes: estanterías llenas de papeles y catálogos, junto a la puerta una lámina enmarcada que rezaba «Plano de la isla-Montaña, 1929» y «Paul Klee Zentrum, Bern». Una foto de una playa solitaria.

Miré el escritorio: un post-it pegado en medio de la pantalla del ordenador: «Llamar a P. 16-7-13». Podía querer decir que había que llamar a P. el 16 de julio pasado o que el post-it había sido pegado el 16 de julio. En todo caso P. llevaba ya dos meses sin esperar aquella llamada. Sin pensar, arranqué el post-it, lo arrugué y lo tiré en la papelera a medio llenar de más papeles arrugados y cubiertos de polvo. Dejó una baba pegajosa en medio de la pantalla que no fui capaz de quitar frotando con la manga.

Fuera empezaba a llegar gente. No hasta aquel despacho al final del pasillo, pero podía oír los pasos de mis nuevos compañeros, el tintineo de las lámparas fluorescentes al encenderse y el ronroneo suave de los ordenadores arrancando. Preferí esperar a que Elena llegase e hiciese una presentación formal. Pensé que sería buena idea empezar a familiarizarme con lo que estuviese haciendo mi predecesor, causar una buena impresión, esas cosas. O al menos dar la impresión de estar haciendo algo. Arranqué el ordenador. Me pidió contraseña, claro. Además, creía que yo era Fran. «Bienvenido, FRAN. Por favor introduce nombre de usuario y contraseña». Fran estaba muerto. En accidente. Sin muchas opciones, examiné el escritorio. Abrí los cajones: más papeles sueltos, carpetas llenas, libretas, lápices, rotuladores, grapadora, quita grapas. En el primer cajón había un taco de tarjetas de visita, aún sin abrir, unas 200 tarjetas color marfil con el logotipo de la empresa, a nombre de Francisco… Director de…, todas idénticas, blancas, platónicas, un cubo sólido y perfecto envuelto en una lámina de plástico totalmente lisa que esperaba en vano que alguien la rompiera. Sostuve el bloque en mi mano unos segundos, sopesando si tirarlo también a la papelera: toda aquella perfección estaba condenada a no ser usada nunca. Al final lo volví a dejar en el cajón. El ordenador seguía llamándome FRAN de forma muy educada. En los demás cubículos se oía ya el zumbido sordo que es el ruido de fondo inevitable en una oficina grande. Seguí buscando.

Había una foto junto al ordenador: un marco ancho y pesado, de plata con relieves, mucho más grande que la foto que contenía. Una pareja feliz sonreía a la cámara ante un fondo de colinas verdes, nubes blancas y cielo azul, con un lago y un pueblecito con una iglesia de cúpula bulbosa surgiendo en una esquina como en una miniatura medieval: mirando a la cámara, una mujer alegre y generosa, con hoyuelos en las mejillas, ojos verdes y una camiseta violeta. Rodeándola con el brazo había un hombre igualmente alegre con gafas de sol y una poblada barba pelirroja que le colgaba sobre la camisa hawaiana. Cogí la foto: el marco era mucho más pesado de lo que parecía. La pareja siguió sonriendo en un día veraniego en la montaña —se veían los bastones de senderismo y las mochilas a un lado—. De forma totalmente predecible, cayó sobre la mesa un papel que había estado encajado entre el marco y la foto, con una secuencia de números escrita a mano en tinta violeta.

 

El ordenador me dio la bienvenida: «Hola, FRAN. Tienes 50+ mensajes sin leer». Dejé otra vez sobre la mesa a Fran y a la mujer, tan alegres. El escritorio del ordenador estaba casi vacío y bien ordenado: unos pocos programas esenciales a la izquierda, algunos documentos pendientes a la derecha: Fran ganó puntos en mi apreciación. Como fondo de escritorio, una foto del Golden Gate tomada desde lo alto de una de las torres, de tal forma que la perspectiva forzada hacía parecer al puente un mecano carmesí adentrándose en una galaxia de niebla.

La mayor parte de los 50 mensajes habían sido enviados el 16 o 17 de Julio pasado. Después no había más que spam y algún proveedor despistado.

 

Abrí el Facebook: no lo habían cerrado, ni habían cerrado sesión, y me preguntaba: «¿Qué estás pensando, Francisco?», Francisco no pensaba nada. Yo no pensaba nada. La foto del perfil era la misma que descansaba sobre la mesa. En el chat aparecían varios amigos conectados: me desconecté rápidamente, no quería preocupar a nadie con mi resurrección inesperada; con la resurrección inesperada de Fran.

Mientras tanto habían llegado ya un par de personas hasta aquel extremo del pasillo. Podía ver la sorpresa en la cara de cada uno al ver a alguien en el despacho de Fran, sentado ante su ordenador, durante un segundo antes de ver que yo no era Fran, que no tenía una poblada barba pelirroja ni era alto y ancho ni la clase de persona que hacía  senderismo durante las vacaciones por Austria o Suiza. Sólo era yo, Óscar. Supuse que todos se sentirían muy decepcionados durante un segundo o dos pensando que Fran habría vuelto antes de verme a mí.

Cuando llegó Elena yo ya me había puesto al día. Llegó muy azorada, una mujer esquelética, muy maquillada y mucho más joven de lo que parecía, que entró en el despacho casi tropezándose con la puerta para así poder disculparse cuanto antes:

—Ay, dios, perdona, te juro que no me acordé para nada, ya tenía la cita cerrada y…

Cerré el Facebook de Fran —no había podido resistir la tentación de dar otra mirada, como quien se cruza en la autopista con un accidente de coche— y le aseguré de la forma más afable que no pasaba nada, que Rebeca había sido supersimpática y superatenta, y que ya me había instalado muy bien en aquel despacho y que ya estaba poniéndome al día con…

Miró al ordenador, al montón de papeles, a la lámina de Klee enmarcada, y tuvo que apoyarse un instante en la mesa:

—Veo que te han dado el despacho éste… Fran era alguien…

—Alguien muy querido, por lo que veo  —completé sonriente y amable.

—Sí —repuso mirando a la ventana, pero no por ella—, alguien muy querido y que nos dejó por muy mala suerte… muy mala suerte…

—Ya me han contado —respondí, comprensivo, mi voz ligeramente más suave.

—El coche, que es un peligro. ¡Un peligro! Hay que ir con cuidado —entonces recordó a qué había venido y dijo: ¿Qué has estado haciendo hasta ahora?

—Oh —contesté—, he estado revisando estos papeles. Poniéndome al día y viendo cómo están los proyectos…

—¿Te han presentado al equipo?

—Todavía no —repuse—. Preferí esperar a que llegase la jefa —y terminé con una risilla nerviosa bastante convincente.

Me levanté, le di la mano como el viernes anterior, me llevó por otro pasillo a otra sala donde me esperaban mis nuevos compañeros: creo que ya había visto a alguno pasar antes por delante del despacho. Todos encantadores, claro. Todos muy simpáticos. Todos me miraron y vieron que no era Fran. Me pusieron al día, tomé notas. Podía sentir a Fran en medio de la discusión mientras me contaban las cosas que habían ido haciendo con él y que habían quedado interrumpidas el 16 de julio, o quizá el 17.

 

Cuando llegué a casa Sofía me preguntó:

—¿Qué tal ha ido? —mientras sonreía y me daba un abrazo muy fuerte. Y yo contesté, devolviéndole un abrazo bastante aceptable:

—Pues muy bien. Están encantados conmigo y parecen buena gente.

Y seguí, como haciendo un chiste:

—Y me han dado el despacho de un muerto.

Pero mientras se lo explicaba pensaba en el taco de tarjetas del cajón, sólido, perfecto, tenso, inútil. De todas formas ella ya no me escuchaba.

 

Al día siguiente empecé en serio: conocer compañeros, ponerme al día, reuniones interminables. Eran todos muy buena gente, y llegué con los años a conocerlos muy bien y a apreciarlos mucho. Ellos también a mí. Sigo siendo buen amigo de uno o dos. Para ellos ya soy Óscar, el Óscar. Fran es apenas un recuerdo cada 17 de julio. Pero esa mañana en la primera reunión («Hola, éste es Óscar, se va a incorporar al equipo de este proyecto para… Y va a retomar el trabajo que estaba haciendo…») yo aún era para ellos más bien translúcido y borroso, una presencia que les entorpecía el seguir viendo a Fran cada día entre el montón de papeles que invadía el despacho.

A la vuelta volví a reparar en la foto junto al ordenador. La mujer sonreía de forma quizá algo forzada.

—¡Hola! —oí una voz desde la puerta—. ¿Dónde está Fran?

El hombre no era muy alto, llevaba un  traje azul oscuro y una corbata roja decorada con cachorritos gualdas. Debía de haber pasado ya los cuarenta y haberlo aceptado dejándose ser rollizo. Era menos aceptable su calva de tonsurado, y una combinación de bigote y perilla que le hacía parecer un pintor barroco de segunda fila, así como unas gafas de montura dorada que habrían estado muy de moda hacia 1993. En la mano llevaba un maletín tan diminuto que parecía la maqueta de un maletín. Lo que contesté fue tan cierto como innecesario:

—Fran no está.

—¿No está?

—No, soy Óscar. Soy su sustituto.

—¿Ya no está Fran en la empresa? —repuso sonriente, pero sorprendido mientras miraba a la fotografía junto al ordenador. La perilla y el bigote barrocos parecían moverse autónomos y sorprendidos por el despacho.

Me levanté y le di la mano:

—No, no está. Le sustituyo yo. Es mi primer día. Encantado —sin avisar, casi me chafa la mano con un apretón brutal.

—Pues vaya. Quería haberlo saludado antes de vacaciones. Yo soy Luis Ramos de —nombró a un proveedor—. Estaba buscando a Elena y ya te digo, quería pasarme a saludar a Fran. Pero ya veo que no está en la empresa. Supongo que si eres nuevo no sabrás qué le ha pasado. ¿Ha dejado la empresa? Qué raro, si estaba encantado…

Me pareció más cruel darle las noticias de la muerte de un desconocido a otro desconocido que si Fran y yo hubiéramos sido amigos, o si Luis Ramos y su perilla hubieran sido conocidos míos.

—En fin —continuó con una sonrisa excesiva y fingida que le hizo pasar de pintor barroco a morsa—, voy a ver dónde está Elena, ya le diré que pase mis saludos a Fran. Encantado, y ya nos veremos.

 

Le dejé irse sin más que una inclinación de cabeza. En cuanto se alejó cogí la foto y la metí en el cajón, junto a las tarjetas. Arranqué el ordenador y creé una nueva cuenta de usuario. Pero no borré la de Fran. A él no le iba a servir de nada y yo no iba a mantener con vida a Fran guardándolo en una esquina del disco duro, y menos cuando ya estaba empezando a adueñarme de la que había sido su oficina. Pero no quería borrarlo definitivamente, y desde entonces todos los días, el ordenador esperaba educadamente a que FRAN u ÓSCAR introdujesen su contraseña. Pero era siempre ÓSCAR.

Pasaron las semanas. Fui conociendo a mi compañeros, y poco a poco fui rellenando lo que había dejado Fran con mi trabajo, aunque a veces podía  ver cuando entraban en mi despacho cómo miraban el Klee colgado de la pared, y algunos de los montones de papeles que no había encontrado tiempo para revisar. El retrato seguía en el cajón. Nunca le mencionaban, y si lo hacían se interrumpían al momento y cambiaban de tema. A veces aún venía hasta aquella ala de las oficinas algún proveedor o cliente que no hubiese venido desde antes de julio pero ya conociese la historia, y podía notar la conmiseración en su mirada cuando pasaban ante el despacho y me veían teclear en el ordenador de Fran, sobre la silla de Fran, entre los papeles de Fran.

 

Un día, ya avanzado el otoño, me subí al ascensor al llegar a las nueve, y justo detrás de mí entró otra empleada. Me saludó sin saludarme como suele hacerse en los ascensores, y subimos juntos hasta mi planta, mientras ella seguía hacia arriba. Oh, era ella: el mismo peinado, los mismos pendientes, el mismo cuerpo ligeramente rechoncho. Pero la cara era distinta, es decir, era claramente la misma cara, incluso aunque no llevase gafas de sol como en la foto, pero podía ver cómo empezaba a marcarse alguna arruga más en las mejillas, cómo en unos meses el contorno de los ojos se había empezado a convertir en una línea de trincheras para sus arrugas. No puedo asegurar nada sobre la mirada perdida: estábamos en un ascensor y eran las nueve de la mañana. Nos bajamos en el mismo piso, frente a Rebeca la recepcionista (que estaba siempre en la misma posición, perfectamente alineada con el reloj, la ventana y el ascensor y las dos mesas, y que estaba siempre cuando yo llegaba, y seguía cuando me marchaba por la tarde, y que por lo que a mí respectaba dormía y vivía no ya tras el mostrador, sino en la misma silla), y nos fuimos cada uno por su lado.

 

El Klee se titulaba: Plano de la isla-Montaña, y en él una línea verde quebrada se cerraba sobre sí misma en una serie de espirales que se retorcían y quebraban sobre un fondo que, como tantas veces en Klee, parecía vibrar de forma muy sutil, como papel de regalo barato. Si uno no se fijaba demasiado, las líneas concéntricas daban efectivamente la impresión de un mapa topográfico, a sabiendas de que es imposible un mapa topográfico en el que una sola línea se curve y se extienda ininterrumpidamente a lo largo y ancho de todo el territorio. Me gustaba aquella contradicción entre la verdad del cuadro y la verdad de lo que decía su título, la simplicidad de la línea verde groseramente trazada sobre un fondo que vibraba y saltaba. Y sabía que a Fran le había gustado y lo había estado mirando muchas veces mientras intentaba trabajar como yo. A fin de cuentas, me habían contratado para sustituirlo y para hacer su mismo trabajo. Unos días antes Elena había venido al despacho a discutir algunos asuntos, y viéndome mirar el cuadro había mencionado:

—A Fran le encantaba. Decía que mirarlo le ayudaba a concentrarse cuando estaba atascado en algo. Yo no sé qué le veía, la verdad.

—¿Lo compró él?

—Claro —respondió ella—. ¿Qué creías, que ya estaba aquí desde siempre? Se lo compró en la Fundación Klee, en Berna. Fuimos de viaje a una feria hará tres o cuatro años, y el último día hicimos algo de turismo. Cuatro años, sí. Aún me acuerdo de que tuvimos que esperarlo porque le había encantado visitando la exposición y estuvo como media hora revolviendo en la tienda hasta que lo encontró —Elena sonrió otra vez viendo el cuadro, y luego abruptamente me dio el informe que había venido a traerme y se fue.

 

Un día, ya a mediados del otoño, estaba charlando con Elena en la sala del café cuando por fin me hablaron de él. Elena era algo mayor que yo, y había conocido a Fran desde que éste había entrado en la empresa. No recuerdo cómo nos llevó hacia él la conversación, pero después de varias horas en una reunión extenuante para resolver alguna cosa nimia del proyecto, removiendo yo la cucharilla del café y ella la del té, la conversación siempre se volvía errática y con saltos improbables. Aun así, estoy seguro de que cuando dije: «¿Pero qué le pasó a Fran?», sonó para ella como un non sequitur especialmente violento, como si por la puerta hubiese entrado alguien desnudo. Me miró un instante sin beber su té, removió un poco el azúcar y dijo:

—Un accidente de tráfico.

Pero ya sabía eso, ella ya me lo había contado. No lo dije, pero ella continuó, aprovechando que no había nadie más:

—Julio pasado, poco antes de las vacaciones. Salió de casa a dar una vuelta. En una recta debió de perder el control del coche y chocó contra un árbol…

La mirada se le perdió. No quise insistir más: por lo que a mí respectaba Fran no era más que una lámina de Klee colgada en la pared, y el recuerdo de una foto guardada en el cajón del escritorio, y un cameo cada mañana al arrancar el ordenador. Ese día volví a trabajar tras la pausa del café y al abrir el cajón buscando una grapadora di la vuelta a la foto para no seguir viendo a la mujer sonriente y el pueblecito bávaro, o tal vez austriaco, o suizo.

 

Así fui conociendo retales de Fran. A veces aparecía, de refilón, en el calor de la discusión en  alguna reunión del proyecto:

—Pues Fran me mencionó alguna vez que (una marca de la competencia) había empezado a experimentar con eso, lo sabía porque era colega de su representante aquí y…

Esto fue al poco de llegar yo y fue como si durante un segundo la madera clara y el metal y el vidrio luminoso de la sala de reuniones se hubieran engrisecido, mientras Juan, que era quien había mencionado a Fran, callaba y luego seguía hablando de otra cosa con la misma sonrisa.

Echando un cigarrillo después de salir por la tarde, apoyados Elsa, Elena y yo contra la pared del edificio de oficinas:

—¿Fumas negro? —dijo Elsa—. Eres la segunda persona que conozco que fuma eso después de Fran.

No me gustó tener algo como aquello en común con Fran. Absurdo, claro, pero aun así a veces me sentía un intruso en aquel despacho y aquella empresa —doblemente absurdo porque todo el mundo me había dado la bienvenida y se había portado muy bien conmigo— y odiaba aquella sensación de que alguien hubiera estado antes en mi lugar. Nos gusta pensar, a fin de cuentas, que somos indispensables de alguna manera. Pero me gustaban demasiado el tabaco negro —dijera mi novia lo que dijera— y el cuadro de Klee, que parecía pintado sobre un papel de empaquetar barato.

Hablando con Elena en su despacho, una tarde de principios de invierno en que ya había oscurecido y fuera de su ventana se veían las lucecitas de las fábricas vecinas como píxeles en un monitor quemado, y ocasionalmente las luces de un coche o un camión moviéndose entre lucecitas como naves en un mata marcianos:

—Fran estuvo aquí hace seis meses proponiendo algo parecido a lo tuyo, y ya entonces le dije que aquello no era factible.

Pero   siguió  hablándome  sin   inmutarse, explicándome —supongo— cosas ligeramente distintas a las que le hubiese explicado a Fran seis meses atrás.

Así que a veces entraba en el despacho y veía (claro está que no veía) a un Fran que ya no era simplemente una barba y una camisa hawaiana y un Klee, sino que tenía algo más de textura y de volumen, alguien que parecía haber enfocado el proyecto de la misma forma que yo —es decir, al revés que Elena, y entonces empecé a entender porqué me habrían seleccionado a mí—, que intentaba dejar de fumar así que sólo hacía la pausa del pitillo cada dos días, que escuchaba Hardcore de tapadillo poniendo videoclips en Youtube con el volumen tal que él podía escucharlo confortablemente pero no se oía desde el pasillo —aunque el Hardcore sea un género, con sus gritos, sus guitarras y sus muros de distorsión, que exige poner el altavoz a 11 y disfrutar del picor en los tímpanos—; al que le gustaba imitar —a veces delante de él— el peculiar acento del Jefe. A veces seguía encontrando en algún cajón detritus de su paso por el despacho: un paquete de chicles arrugado y  rosa y chafado, todavía con un chicle dentro, rígido y seco como una tiza, anotaciones sobre cosas que me resultaban más enigmáticas cuanto que las conocía tangencialmente, un lápiz roído hasta la mina, caído tras la estantería grande.

Una semana después —o así—, Elena me encargó que recuperase unos documentos:

—Deben de estar en alguna carpeta de las que ya estaba antes.

Era un eufemismo que cada vez oía más. Antes. Del 17 de julio pasado.

Revisé todas las carpetas que pude encontrar, y no eran pocas: si en algo se diferenciaba Fran de mí era en que tomaba nota y guardaba todo obsesivamente. Aun meses después seguía encontrando papeles con anotaciones en los sitios más inverosímiles del despacho, como bajo la alfombra sobre la que rodaba la silla, o cuidadosamente doblados, y apoyados en precario equilibrio sobre el reposabrazos de la silla Wassily que se asoleaba en una esquina junto a la ventana. Pero a pesar de pasarme una mañana revolviendo papeles y rebuscando entre carpetas, no pude encontrar los documentos que me había pedido Elena.

Realmente no eran necesarios: podía sacar los datos que necesitaba con un par de llamadas a la factoría y cotejando unas bases de datos que ya tenía localizadas. No sería más de un par de horas de trabajo. Claro que, recordé, si Fran los había redactado, aún podían estar en su sección del ordenador en el otro mundo que dejaba a un lado cada mañana (HOLA, FRAN Y OSCAR).

Me bastó aquello: reinicié el ordenador y volví a buscar el recorte de papel con la contraseña oculto en el  marco, que después de tantos meses ya estaba en el fondo del cajón sepultado bajo varias carpetas y bolígrafos sin carga. Esta vez dije a la máquina que era FRAN, y de nuevo apareció el Golden Gate, y el escritorio ordenado, programas a un lado, documentos al otro, éstos prístinos y sin polvo  alguno que dejara surcos al pasar la mano.

Desordenado como era yo, desde que había llegado había adoptado también la misma costumbre de ordenar así mi escritorio.

Aún tuve que estar un buen rato rebuscando entre carpetas y subcarpetas escondidas en el interior del ordenador: Fran había sido demasiado ordenado, y la carpeta de documentos del trabajo era como cualquier otra cosa demasiado sofisticada: un laberinto con una lógica perfectamente clara sólo para aquél que lo hubiese creado.

Fue una de esas cosas inconscientes: ¿Pensamos siquiera cuando abrimos el explorador y miramos el Facebook un segundo? No, y así me encontré, sin pensar, mirando de nuevo la vida de Fran desde dentro en lugar de reiniciar el ordenador y volver a mi escritorio. Seguía preguntándome: ¿Qué estás pensando Fran?

Pero aquella vez, Fran era sólo un nombre y la información —sin  mucha  conexión  aún  con  el  nombre  o  con nada— de que había muerto en un accidente, y ahora era también el Klee, y las mentiras a Sofía, y los silencios y las miradas perdidas a veces de mis compañeros de proyecto, y la calva del vendedor viniendo a mi despacho a propósito a contarme una historia truculenta y falsa —fuese verdadera o falsa—; y la mujer rubia en la foto y en el ascensor.

Pero cada día, Fran era menos todo aquello, porque iba repartiéndose cada vez más entre todo aquello y entre todo el tiempo que seguía pasando, que nos seguía pasando desde el julio anterior y una recta y una rama. Así que, me dije, quizá estoy haciendo una buena obra que no ayudará a nadie ni a nada.

La foto del perfil era la misma que descansaba en mi cajón. No era Austria ni Suiza ni Baviera: «Con Olaya…. en Bolzano, Italia, 28/8/2012».  Había una docena de comentarios: todos sobre lo guapos y afortunados que eran, de gente cuyos nombres no decían nada.

Había un último comentario, posterior en un año al penúltimo: era un smilie sonriente. Tardé un poco en darme cuenta de que quien lo había puesto era Elena, mi jefa en horario laboral, comprobé con sorna.

Tal vez había querido poner un smilie triste y se había equivocado: pasa todo el rato, con los paréntesis uno al lado del otro.

Ya que estaba continué revisando. Fran y la mujer rubia con unas orejas  de  reno  postizas  en  una  cena  de navidad.  Fran  en  la  playa —sorprendentemente musculoso sin camisa hawaiana, y cubierto de un vello rojizo y uniforme—, Fran con traje y corbata en lo que parecía una boda. Fran, con la barba más corta, en lo que reconocí como una cervecería de un centro comercial no muy lejos de allí, con una mano alrededor del hombro de la mujer rubia. Fran, haciendo muecas sentado ante este ordenador en esta silla, un día de verano, sin barba, algo más gordo, llevando camisa y corbata. A un lado —donde ahora estaba el archivador— aparecía un trozo de una Elena más joven y aún más delgada. Algunas fotos que parecían escaneadas de un Fran obeso y lampiño en alguna fiesta universitaria, rodeado de mujeres nórdicas y eslavas, o frente a alguna catedral gótica europea, de noche, nevando, todos en la foto en equilibrio inestable.

A Fran le gustaba: The Wire (por supuesto), Breaking Bad, Mad Men, The IT Crowd, Los Simpson. Un montón de grupos suecos, finlandeses y canadienses de metal y hardcore con nombres que me parecieron tan incomprensibles como su música. El Barcelona, El Arsenal, los Seattle Supersonics, el Stade Français de rugby. Le inspiraban Alan Turing, Carl Sagan, Galileo, Albert Einstein y Nikola Tesla. Sus libros favoritos eran El señor de los anillos, Criptonomicón, Lovecraft, Canción de Hielo y Fuego, Crónicas de la Dragonlance, Una breve historia del tiempo. Parecía un buen tipo y me gustaría hablar con él sobre cómo ya le valía a Wenger seguir ahí después de años sin ganar nada arrastrándose por la Premier, o cómo los dos últimos de CdHyF eran un crimen contra la literatura y la Amazonia. Me gustaría.

 

Los comentarios en el muro se extendían y se extendían. Los de arriba, más recientes, sonaban ya melancólicos: «Te habría gustado ver…»; «Me he acordado hoy de ti…». A medida que iba bajando y bajando y leyendo más comentarios se iban volviendo más oscuros, más rebelándose contra algo. En la tarde del 17 de julio hasta había alguien diciendo: «Por dios que no sea cierto».

También había un comentario a las tres de la mañana de este último día de Año Nuevo, sólo unas semanas atrás, de una tal Olaya: la foto de perfil mostraba sonriente, muy sonriente, a la mujer del ascensor. Era otro smilie sonriente. El alcohol, la tristeza, las teclas tan juntas.

Algo avergonzado por estar revisando Facebook en horas de trabajo —como si nadie más lo hiciera— estaba ya listo para irme con lo que había venido a buscar, cuando oí la familiar campanilla del chat.

Hola

fran?

Cerré a todo correr la ventana, reinicié el ordenador, volví a mi barrio, HOLA ÓSCAR.

 

Con todo poco después empecé a convertir en hábito el volver a visitar a Fran dentro de su lado del ordenador. Cada vez que Elena o el proyecto me demandaban buscar algún documento que hubiera hecho él ya no me molestaba en buscarlo entre los papeles que parecían moverse y reproducirse por sí mismos por cada rincón del despacho, sino que me mudaba a HOLA FRAN y pasaba un rato rebuscando entre sus carpetas —nunca llegué a entender realmente con qué lógica estaban ordenadas— y curioseando entre su vida suspendida. Estaba registrado en un par de foros —cuyos miembros nunca iban a saber que había muerto— y una vez hasta caí en la tentación de escribir un mensaje o dos como si fuese él (No: Me di el placer).  A  veces  alguien  escribía  aún  en  su  muro  de Facebook: o  bien  gente —cada vez menos— recordando algo melancólicamente, o bien gente que no captaba lo que querían decir los anteriores e invitaba a Fran a un cumpleaños o a jugar al Candy Crush. Un día vi que todos los mensajes de la mujer rubia en el muro habían desaparecido, junto con su nombre en la lista de amigos. Poco a poco los mensajes iban a menos, y pronto el muro pasó a estar sólo lleno de bots y spam.

A veces se me escapaba alguna mención en casa, hablando del trabajo con Sofía. En algún momento empecé a hablar de él como si aún estuviera vivo y fuese otro compañero más, como Elena, como Juan, como el proveedor calvo del bigote barroco cuyo nombre nunca recordaba. No sabía si Sofía me estaba siguiendo el juego o si —como era normal en ella— ya no se acordaba, o pensaba que estaba hablando de otra persona, porque el primer día le había dicho:

—Y me han dado el despacho de un muerto.

—¿Un muerto?

—Un tal Fran. Un tipo anchísimo, con barba. Parece que murió en un accidente justo antes de las vacaciones.

Pero a veces yo llegaba del trabajo a mediodía, y cumplíamos con la danza de cada día de hola que tal yo muy bien y tú pongo la mesa ponla sí que esto ya está y nos sentábamos alrededor de un arroz con pollo o pescado frito o carne estofada con unas patatas fritas empapadas de salsa o la pasta con berberechos y pimientos tan deliciosa que cocinaba Sofía y que ningún italiano habría aprobado. Y todos los días, mientras la radio en la cocina hablaba en sordina de algún escándalo de corrupción o alguna masacre en Oriente Medio o el Cáucaso Sofía me preguntaba:

—¿Y qué tal hoy? —mientras me servía el plato.

Y yo contestaba, como un NPC en un videojuego de rol, una de cuatro o cinco frases predefinidas:

—Va avanzando la cosa con los chicos.

—Ha habido reunión con Elena y ha sido un coñazo…

—Estamos atascados, pero ya iremos avanzando.

—Pues Fran…

Para alguien en el mundo que además era por el momento la persona que más quería, Fran no era una imagen de dolor o un espasmo en el corazón al recordar, sino alguien vivo, tan banal, tan real como yo o como Elena. Un par de veces vino Sofía a visitarme a la oficina para darme una sorpresa o —más comúnmente— traerme algo que me hubiera olvidado en casa: Fran estaba siempre reunido o en un viaje. Yo siempre temía  que alguna vez preguntase por él a alguno de mis compañeros, pero de todas formas Sofía nunca se quedaba mucho rato —decía que no sabía cómo era capaz de trabajar a gusto en esos cubículos acristalados que eran hornos en verano y árticos en invierno, y en los que no había casi intimidad—, y de cualquier forma la existencia o no de Fran era algo más o menos ambiguo.

 

Quizá me sentía culpable por no haber conocido a Fran como el resto de mis compañeros, por estar ocupando una camisa hawaiana que me venía grande, y por eso lo que quería era archivar a Fran en el mismo sitio en que tenía archivadas otras cosas que sólo compartía con Sofía aunque ella no lo supiera: una canción de The National, un viaje nocturno y primaveral por la autopista entre Burdeos y La Rochelle, una habitación de casa rural en la que había una gotera dentro del armario, un paseo desde un restaurante hasta su antiguo piso ya unos años atrás, una borrachera de licor café en un pub de la ciudad vieja. Y ahora, también Fran. Con la misma irracionalidad perfectamente lógica con que era incapaz de ver la tele si la puerta del salón no estaba perfectamente cerrada, o con que tenía que echar exactamente tres cucharadas de café en la pausa de las 12, supuse que archivar ahí a Fran era algo que le debía.

¿O estaba compensando por la fotografía escondida en el cajón, por empeñarme sin razón alguna en mantenerlo aún vivo dentro del ordenador, como si yo fuese lo único que seguía atando a la vida a aquel desconocido?

 

Al día siguiente volví a coincidir en el ascensor con la mujer de la foto. Había adelgazado aún más. Tenía más color, pero menos maquillaje. Nos saludamos y charlamos del frío que hacía, de la lluvia, expresamos nuestra esperanza no muy convencida en que fuese a llegar la primavera algún día, nos dijimos: yo ahora voy por aquí, y yo por aquí, uno a cada lado del reloj suizo que daba las nueve y un minuto en un ángulo irritante.  En el despacho, recuperé la foto escondida o guardada en el cajón: realmente había adelgazado, y desde luego había perdido el bronceado.

 

Un día volvió el calvo por el despacho —seguía siendo incapaz de recordar su nombre—. Esta vez parecía incómodo por venir a hablar conmigo: no me sorprendió, ya que ocupándose de otro departamento no tenía realmente ninguna razón de trabajo para venir ya aquí. Nos saludamos, claro, repetimos las mismas frases rituales sobre tiempo, familia, trabajo. Yo estaba en medio de una de tantas crisis cuando parecía que el proyecto se iba a venir abajo y estaba casi deseando que Elena se diese cuenta y nos diese la liberación de aceptar que los últimos meses de trabajo se acababan de convertir en humo: le di la bienvenida al calvo tonsurado porque al menos me estaba ofreciendo cinco minutos de evasión, al tiempo que deseaba que se marchase cuanto antes y dejase de tocar los huevos porque, joder, estoy hasta arriba, joder, ya.

—Está bien el cuadro éste —continuó cuando ya se había agotado lo habitual—. ¿Lo has escogido tú?

Debía de haberlo visto mil veces mientras estaba Fran aquí.

—No, ya estaba aquí cuando llegué. Debe de haberlo comprado Fran, en paz descanse.

No sé porqué añadí esa fórmula que ya sólo usan los abuelos con gente a la que conocían o pretendían conocer bien, ni porqué introduje aquella imprecisión.

—En paz descanse, ¿verdad? —continuó con un tono repugnantemente didáctico—. Pobre chaval, con lo que le pasó…

Así que a eso venía. Bueno, no negaré que tenía curiosidad.

—¿Que le pasó? —contesté sonriendo con la mezcla justa de inocencia y curiosidad. Cinco minutos más antes de tener que seguir enfrentándome al pollo que tenía montado con Elena. Pero vete ya, pesado.

Se acercó a la mesa e inclinándose con un tono confidencial reservado a otro tipo de conversación, vocalizó perfectamente:

—Empalado.

—¿Perdón? —contesté, ahora con genuina sorpresa.

—Iba en el coche, creo que con la novia, no sé, bueno, lo leí en el periódico al llegar a casa el día que me dijiste que había muerto, iba en el coche —le dejé seguir—, y en una recta debieron de perder el control, el coche se fue contra un árbol y una rama baja…

—Comprendo.

—Ya ves. Qué horror. No sé si iba solo o qué, lo leí en el periódico.  En  la  web,  en  el  archivo.  El  archivo del periódico —continuó, como queriendo disculparse. Se le había ruborizado un poco la calva, y ahora parecía un lechoncillo adorable que llevase traje y corbata.

—Qué horror —respondí comprensivo—. ¿Iba él solo?

—No lo sé. La noticia no lo decía. Pero es posible que fuese con la novia. Con una rama en las tripas, ¿te lo puedes creer?

Preferí no preguntarme por qué insistía tanto en aquella suposición. Podía perfectamente ir solo en el coche, y haber muerto solo. O haber tenido tiempo para una última llamada, con la rama clavada en las tripas a través de, ahora lo veía, el parabrisas, la barba, una camisa hawaiana naranja y violeta y varios centímetros de grasa corporal. O, pensé con crueldad después de que el viajante se hubiera ido mirando al Klee, igual había actualizado Facebook o publicado un twit. Joder, pensé. Óscar. Eres una persona horrible. Pero conociendo a Fran aquella parecía la clase de cosa que hubiera hecho:

 

@fvallejo: ¡No duele tanto como podría pensarse! (Y una foto, supongo que borrosa y mal encuadrada, ocultando malamente la mancha de sangre oscura que se iría extendiendo lentamente por la camisa hawaiana).

 

La clase de cosa que hubiera hecho Fran; perfectamente. El bueno de Fran. Plano de la isla-montaña, pensé mirando al Klee por milésima vez en aquellos meses: un juego, como todo lo que hacía Klee, pero muy serio, o a partir de algo muy serio. Claro que le había gustado tanto aquel cuadro.

 

Por entonces ya no visitaba tanto a Fran. A veces lo dejaba solo durante una semana o más, y cuando le hacía una visita quizá pasaba más tiempo mirando su lista de amigos y sorprendiéndome de quienes pudiéramos tener en común (y sorprendiéndome de que esa gente existiera, al menos en la semiexistencia del ordenador), o mirando vídeos o fotos que hubiese colgado: tenía que admitir que gracias a Fran había descubierto unos cuantos grupos interesantes, y poco antes de que Sofía y yo hundiésemos todo, recuerdo que me había mencionado que estaba sorprendida de que ahora escuchase hardcore «y todas esas guitarradas», como decía ella. Me di cuenta de que era la primera cosa que me decía en semanas a la que hacía caso.

La mujer morena (realmente era de un color castaño sucio, pero por razones de simetría será morena) había escrito a Fran varias veces durante los últimos meses: era ella quien me había ahuyentado el primer día. No había querido leer nada más de lo que me hubiera escrito: no quería que la señal de «leído» al final de la lista de mensajes me delatase (¿cómo?) o fuese a asustarla.

Pero aquel día me sentía hastiado. No de Fran, sino de todo en general. El proyecto había llegado a ese estadio en el que ya es cotidiano y por tanto no queda más que recurrir al pico y a la pala, y cada día de trabajo es melaza. Sofía era cada vez menos Sofía. El tiempo era desapacible y gris: como siempre en invierno en esta ciudad, pero todo lo anterior me hacía tenerlo en cuenta, y no tanto soñar con cuando llegase la primavera y el buen tiempo, como estar frustrado y airado porque no hubiese llegado ya pero fuese a llegar. Abrí el mensaje sin pensar, es fácil no pensar cuando la única acción necesaria es un movimiento mínimo del dedo. Leí. Leí los mensajes que la mujer morena llevaba meses enviando a Fran. Seguí leyendo sus conversaciones en sentido inverso. Leí de qué hablaban Fran y ella el día de su muerte, y en las semanas anteriores, hasta el primer mensaje de la conversación, unos meses antes del 17 de julio.

 

Fueron necesarios sólo dos clic de ratón: «Salir de mi cuenta» y «sí» cuando me preguntó si estaba seguro. Y así, sin forma de volver a entrar por no conocer la contraseña, maté definitivamente a Fran. Para asegurarme anoté en mi agenda para el día siguiente: «Hablar con Informática». Me haría el tonto, diría que no tenía ni idea de que todo aquello estaba allí, les pediría que lo borraran de una vez: si hay algo que un informático nunca sobreestima es la estupidez de sus clientes.

 

Poco antes de las navidades, Sofía y yo habíamos ido de puente desesperado a Madrid, y en el Thyssen me había regalado la lámina de un Kandinsky que me había gustado. Yo hasta había señalado a un par de los Klee de la enorme colección de expresionistas, diciendo que eran los favoritos de mi compañero Fran. Pero había preferido el Kandinsky: en él todo bailaba y vibraba con una sinceridad desarmante. No era más que color y forma sin ironía, sin las dobleces que había visto Fran en aquel Klee. Al volver la había mandado enmarcar y desde entonces estaba en una esquina del piso, apoyado en el suelo entre la estantería y el sofá

Al día siguiente de que  Sofía se fuese con sus cosas, cargué el Kandinsky en el coche y lo llevé a la oficina.

No sabía muy bien qué hacer con el Klee: no quería tirarlo, no tenía a quién dárselo, no quería que continuase en la oficina como el mayor recuerdo o el mayor detritus de Fran. Ahora que el proyecto iba por buen camino —de hecho mi parte en él estaba ya terminada, Elena estaba encantada y tenía un aumento en camino—, empecé a limpiar el despacho. Saqué varias cajas de papeles y las llevé al archivo. Llamé a informática para que hiciese una limpieza de mi ordenador. Descolgué el Klee y coloqué mi Kandinsky en su lugar. Descorrí las cortinas y moví la mesa y el archivador para tener mejor luz. Abrí los cajones y empecé a sacar capas sedimentarias de papeles: primero míos, luego otros más viejos. Éstos se fueron también al archivo o sobre todo a la papelera.

Quedaban el marco de fotos y el Klee. Los cogí y, uno en cada mano, me adentré en el laberinto de despachos al otro lado del ascensor, al otro lado de Rebeca y el reloj suizo.

 

separador bolitas relato José A. Santos Redondo

 

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 Ilustración relato: Fotografía por Unsplash / Pixabay [CCO dominio público].

 

biblioteca relato José Antonio Santos Redondo

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Revista Almiarn.º 85 | marzo-abril de 2016
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