relato por
Leonardo Moreno

 

J

ennifer Brown silenció las risas con su presencia. Caminaba despacio, moviendo su cabello. Se detuvo a saludar a sus amigas. La habías soñado tantas veces, antes de conocerla, imaginado su piel bronceada, el cabello color marrón, los ojos delineados, habías intentado tantas veces hablar con ella, despreciado por su apatía amable, insistías en acercarte, no sólo a ti te había despreciado, también a todos los del colegio, no era sólo su belleza, ella te enseñó a enamorarte, a ti que te hacías el fuerte, tú que eras el líder de la cuadrilla. Julián la observó al pasar, siguiéndola con la mirada; en su rostro se dibujó una sonrisa mientras posaba el brazo sobre la espalda de El Bobo. Entonces cometiste el pecado de tu vida, te convertiste en el verdadero bobo, lo lanzaste a sus brazos, pero es cierto, quién lo hubiera imaginado, si era tan ridículo, tan insignificante. «Camacho dice que no eres capaz de tocarle el…», se detuvo. Su cuerpo se retorció, dominado por el sentimiento de burla: «que no eres capaz de tocarle los glúteos». Aún recuerdas su mirada, inocente, las voces animándolo, tus palabras al oído, demoniacas. El Bobo dio algunos pasos e intentó marcharse. Julián lo tomó de la camisa en un movimiento brusco, empujándolo con fuerza hacia Jennifer. No imaginaste que allí la perderías para siempre, las manos chocándose en los glúteos, la voz agitada disculpándose, los rostros indignados de Ángela y Karen, la voz de ella diciendo no importa, acercándosele, mimándolo, empezando a amarlo como tú hubieras deseado que te amara, pero aún no lo presentías, todavía celebrabas la broma, luego los encontraste en la cafetería, su mirada atenta en él, encantada por la ternura infantil, tomándolo de la mano con orgullo.

Camacho entró en el salón. Se paró delante del grupo, risueño, complacido en su rol de delator. Escucharon sus palabras con júbilo y corrieron hasta el patio. Los encontraron jugueteando, no fue necesario verlos aquel día, los viste luego y cien veces más, besándose, queriéndose, siendo felices, dejó de ser una novedad, se acostumbraron a su amor absurdo, tú no lo hiciste.

Julián se acomodó a su lado. Tomó su mano y le entregó las flores. Había temido que intentara marcharse pero permaneció inmóvil. Sus primeras palabras fueron temerosas, pronunciadas con una voz débil y entrecortada. Se acomodaba la camisa e intentaba parecer sereno. Le habló del profundo amor que sentía hacia ella. Aunque pensaba no hacerlo, le habló del Bobo, de la broma que había querido jugarle. Su tono era cada vez más apresurado. Jennifer lo escuchó atenta. Cuando sonó el timbre, se levantó lentamente. Lo miraba amable, natural, como si no hubiera entendido o no le importara ninguna de sus declaraciones.

No volviste a hablarle, se terminó el año y luego el colegio, continuaban juntos, vinieron mujeres, permaneciste solo, pensando en ella, en él, en ellos, contabas los días y los meses, apostabas que pronto terminaría, te sorprendiste al ver pasar el tiempo, no terminaba, llegó el anuncio, no lo creíste, decías no creer, sabías que era cierto, envidiabas a El Bobo, te culpabas, maldecías a El Bobo, estuviste allí presente, tenías que estarlo, la viste llegar, arrastrar el vestido, lo viste, gordo, blanco, repugnante, escuchaste las palabras del padre.

Julián se levantó de la silla. Un estruendo de murmullos invadió el lugar. Caminó en medio de las bancas con la mirada absorta en la pareja. Te culpabas, era sólo una broma, deseabas devolver el tiempo, lanzarte tú sobre ella. Jennifer lo saludó sin ningún gesto de sorpresa en el rostro. No te había entendido antes, no lo hacía ahora. Con un tono indiferente repitió las palabras del sacerdote. Por supuesto ibas a hablar, todos te escucharían. Julián extendió los brazos, dio media vuelta mirando hacia el público y luego ubicó las manos alrededor de su boca: «Nadie se enamora porque le toquen los glúteos. ¿Acaso usted no entiende que esto es estúpido?». Dos hombres lo tomaron de los brazos. Esperaste a verlos pasar en el carruaje, ella te saludó sin saberlo, no te despediste en aquel instante, no te despedirías luego, devolverías el rumbo de la vida.

Pasaron algunos años, llegó María del Mar, la voz amable, los correos, las palabras atentas, sus piernas largas, las noches de buen sexo, tú pensabas en Jennifer, pensabas en El Bobo, en ella, en él, en ellos, tenías el trabajo deseado, ¿eras feliz?, no lo eras, apenas se percataba de tu tristeza, no podías hacerlo, su llanto, el adiós, la nostalgia, piel blanca, cabello rojo, piel negra, alta, rubia, fea, linda, prostituta, doctora, no recuerdas sus nombres, fueron muchas, llegó María Fernanda, lo olvidaste todo, día de camping a los treinta, las tardes en el apartamento, la ilusión de los hijos, los aniversarios, cada mes, cada año, la felicidad rebosante de ella, el rostro de tus padres.

María Fernanda tomó un bocado, se limpió los labios con la servilleta, bebió un trago de champaña, acomodó los cubiertos en la mesa; luego lo miró de frente, ansiosa. Julián continuó la comida, intentando aplazar aquel instante.

—Pensé que nunca te atreverías a hacerlo —dijo ella.

Julián levantó por fin la mirada.

—La terraza es bonita, pero la comida no es tan buena —pronunció en un tono indiferente—. Ahora cualquiera abre  un  blog  en  internet  y  te  manda  a  un sitio como  este —intentó bromear.

—Tu  madre  me  ha  dicho  que  lo  tienes  todo preparado —lo interrumpió ella.

—Podemos viajar mañana mismo si lo deseas. Tal vez en Italia encontremos una verdadera pasta italiana.

—Dijo que compraste las argollas.

—Creo que te quiere más que a mí —pronunció Julián, jugueteando con los cubiertos en el plato—. Es una buena mujer. Sólo que a veces se toma demasiadas atribuciones.

—No vas a decirlo, ¿cierto? —dijo María Fernanda, con una voz tenue que se entrecortó—. Sabía que no lo harías.

Fue la última vez, nunca más regresó, tu madre te culpaba, hasta cuándo seguirías con ese absurdo, ¡acaso no entiendes que ella tiene una familia!, no era una familia para ti, era El Bobo, lanzado a sus glúteos por tus manos. Extrañaste a María Fernanda, no pensaste que lo harías, intentaste encontrarla, pasaron varios años, llegó una carta, se había casado, era feliz, no te alegraste por ella. La voz de tu madre, no te mentía, la había visto en un café, caminaban de la mano, le acariciaba la barriga, nacerían bobos como él la maldijiste.

Julián se frotó las manos en un gesto inconsciente. Tocó la puerta. Una niña de cabellos negros salió a recibirlo. Desde el interior de la casa se escuchó una voz. Julián siguió, tomó un asiento. Una mujer con un bebé entre sus brazos apareció luego; sonreía de manera espontánea.

—Disculpe la espera —se excusó—. Los niños de ahora son más inquietos. Se llama Manuel —dijo, jugueteando con la criatura—, que significa Dios con nosotros. Cuando nació, los médicos dijeron que no podría salvarse. Disculpe que le cuente estas cosas, tal vez no le interesen. Ella es Alison —tomó a la niña de una mano—. Es la primera en su clase. La mejor en matemáticas, aunque en religión cuestiona demasiado. Mi esposo los ha educado muy bien. Ahora él no se encuentra. Tiene un local en el centro, su propia tienda de música. ¿Pero a qué se debe su visita?, no lo he dejado hablar, disculpará usted.

Es cierto que la encontraste bella, tal vez como quince años antes, el mismo color de cabello, la piel dorada. No te habías percatado hasta entonces, su voz era chillona, sus ademanes vulgares, odiaste sus colores fosforescentes, su muletilla en el hablar. «Disculpará usted» repetías burlándote, podrías contratarla para lavar camisas. Ella era feliz, te habías desencantado, todo acabaría por fin y para siempre. Decidiste empezar de nuevo, te recibieron en el bufete, eras un buen abogado. Te vestías con trajes elegantes, siempre colores oscuros, llevabas un reloj suizo, un auto convertible. En el bar bebías con José y Paulina, Nicolás y Eliana, Natalia y Sebastián. Eras el alma de la fiesta, reían con tus bromas sobre el noviazgo, el malestar del matrimonio, la importancia de llamarse Julián y ser soltero. Podrías tener una novia, sugerían ellos. He tenido demasiadas, respondías. Los mirabas desde el pedestal de la experiencia, renunciabas al amor, el romance, la ilusión de un futuro para dos. En las noches se desvanecía el entusiasmo, no podías conciliar el sueño. Los viste casarse a pesar de tus bromas, los viste alejarse, los viste compadecerte sin decírtelo. La efusividad duró poco, también la nostalgia. De nuevo estabas allí, solo, orgulloso de ti, el auto convertible. Tardabas una hora en afeitarte, cientos en comprar los trajes, algunas en el gym, el spa, la sala de masajes. Caminabas, como caminan los protagonistas de película, en medio de la multitud, sereno, plácido, exultante, soberbio, fatuo, pomposo, ridículo, satisfecho. Los teléfonos sonaban, te adelantabas a Beatriz, atendías tú mismo la llamada, te gustaba tu trabajo. Ganaste el pleito más famoso en la ciudad, conseguiste diez mil para la viuda, te buscaban en las revistas, los periódicos. Llamó el señor Gobernador, los dueños de las casaquintas, aún contestabas el teléfono, abrías la puerta, no era sólo el dinero siempre fuiste millonario. Se apareció una mañana, el semblante distraído, ¿te había buscado en la guía telefónica?, ¿te había admirado en una valla mientras iba en el metro?, ¿te había buscado porque siempre fue tu amor imposible?

—¡Cómo explicarle! —dijo—. Disculpará usted. Mi esposo tenía su propia tienda de música. Hace poco una cliente se encontraba buscando un saxofón. Mi esposo se disponía a enseñarle uno cuando resbaló… Le tocó los glúteos sin querer. Disculpará usted. La mujer enloqueció, lo ha demandado.

Te querías tirar al suelo para estallar de la risa, la perdería de la misma forma como la había alcanzado, no moverías un dedo por el Bobo, dirías que sí para atraparla, te conmoviste. La mujer había denunciado abuso sexual; exigía en compensación una suma equiparable al precio de la tienda. En un ataque de nervios el Bobo se declaró culpable. El caso se resolvió varios meses después. Fue un proceso lento, invadido por el absurdo propio en nuestras vidas. La familia agradeció tu gesto, te invitaban a la casa, desayunabas con ellos, no te recordaban, nunca lo hicieron, preguntaron por tu infancia, tu colegio, tus parejas, inventaste una vida para ellos, querías arrojar el plato, decirles ustedes se conocieron por mi culpa, por mi broma, ¿acaso no lo recuerdan? Terminé por convertirme en su amigo. Me gustaba llevar los niños al parque. La pequeña Alison era siempre muy tierna. Se subía en mi espalda y fingía cabalgarme. Manuel en cambio padecía el mismo trastorno de sus padres. En cada encuentro debía recordarle mi nombre. Te gustaba imaginar que eran tus hijos, los hijos ansiados con Jennifer, llegaste a quererlos, a creer tu propia mentira. Un domingo no regresaste. Pasaron quince años.

—Un Martini de la señorita —dijo el barman.

Julián volteó la mirada en un gesto de cortesía. Era un hombre de cincuenta y dos años, de caminar erguido, bien conservado. A pesar de no ejercer su profesión, llevaba siempre traje, un reloj elegante. Durante mucho tiempo había visitado aquel bar sin pretender hablar con nadie. Con un orgullo oculto sabía que era motivo de conversación en las mesas. Las jovencitas se interesaban por él; decían encontrarlo interesante, un poco misterioso. La mujer saludó desde el otro lado de la barra, esperó un instante, se puso de pie y se acomodó a su lado.

—Me llamo Alison —dijo, estirando una mano bronceada y larga.

La reconociste enseguida, tenía aún el rostro infantil, las mismas facciones de su madre, ¿acaso venía a saludarte?, ¿recordaría los juegos en el parque?

—El feminismo no es sólo una ideología moderna —pronunció—. Es también acercarse a un hombre y saludarlo, sin esperar a que lo haga primero —terminó la frase con una sonrisa corta, espontánea.

¡De qué demonios hablaba! Permanecías absorto mirándola, fascinado, su mismo color de cabello, podría ser Jennifer cuando salieron del colegio.

—¿Crees que soy bonita? Déjame adivinar. Tienes cincuenta, tal vez cincuenta y dos años. Tengo veintiuno. Si quieres podríamos ir a otro lugar.

Te llevó de la mano, te subió en el auto, te hizo el amor, es cierto, no intentaste evitarlo.

La relación con Alison se desarrolló siempre de manera taciturna y bohemia. Nos encontrábamos en el bar, bebíamos uno o dos tragos (apenas lo suficiente para alcanzar un estado de placidez), y luego nos invadía el silencio… unas ansias profundas de caminar, volar, olvidarlo todo, ser invisibles. Nunca pude sentirme igual con otra persona. No la amabas de verdad, te encaprichaste, amabas a Jennifer, veías en ella su imagen. Le gustaba sentarse en mis piernas y dejarse acariciar el cabello; le gustaba desnudarse, hacerme el amor con los ojos abiertos; le gustaba recostarse en mi pecho exánime; le gustaba inventar historias eróticas para mí. Henry tiene el pene grande, músculos formados, me sube en sus hombros, mi cabeza hacia el suelo, es una sensación de éxtasis, me golpea en los glúteos, lo hace fuerte, sin percatarse en mi dolor, las mujeres no somos hormonales, Henry lo entiende pero no le importa, tal vez eso lo hace mejor amante.

—El feminismo no es sólo una ideología moderna —pronunció—. Es también disfrutar de tu cuerpo. La libertad es un principio esencial. Los hombres han pretendido dominarnos, ahora nosotros lo hacemos con ellos. Tus ojos parecen tan tristes. Deja de llorar.

¡De qué demonios hablaba! La escuché un momento, segura de su verdad ininteligible. Henry era tan real como nosotros dos. Nunca más volvimos a vernos.

¿Dónde vive Camacho? ¿Quién es Camacho? ¿Camacho recordará mi nombre?, ¿me recordará? ¿Dónde viven?, ¿quiénes son Ángela y Karen? ¿Dónde se encuentran todos?, ¿qué habrá sido de ellos? Los recuerdo, con nostalgia, con envidia. Pienso en María Fernanda. Pedir disculpas me resulta pretencioso. José y Paulina, Nicolás y Eliana, Natalia y Sebastián, llegué a odiarlos como a nadie, llegué a maldecirlos. He odiado muchas veces, he injuriado mi destino. Lo digo sin culpa, sin remordimientos. No pretendo hacer llorar a nadie. Me alegro de los males ajenos; equiparo su fuerza con los pesares propios. Ellos son felices pero tan pobres. Siempre he tenido mi auto convertible. Seguramente miran cuando paso. Eran un feliz matrimonio, ella le fue infiel, todas las mujeres son iguales, ninguna merece nuestro amor. ¿Qué es una ruptura ajena? Una fascinación indescriptible y excitante; el encuentro con un ser lejano, conocedor de tu soledad. ¿Te enorgulleces de tu espíritu miserable? ¿Quién eres? ¿Quién fuiste? ¿Quién serás? Jennifer Brown no recuerda tu nombre. Madre ya no está. Los amigos se fueron. Las mujeres se fueron. Todos se marcharon. Tienes sesenta y cuatro años. ¡Alison! ¿Quién fue Alison? Una maniática del siglo XX, una lujuriosa, un holograma. Pienso en ella con afecto. ¿Dónde se encuentran tus hijos? ¿Dónde se encuentran tus nietos? ¿Quién llorará cuando hayas muerto? ¿Quién pagará las plañideras? José y Paulina, Nicolás y Eliana, Natalia y Sebastián, ¿visitarán la tumba? No te importa su presencia, no te importaría la de tu padre, la de tu madre. ¿Quién es Jennifer Brown? Te repugnan sus senos gigantes, sus glúteos caídos, se te reveló hace mucho su natural desencanto. ¿Cuál es el concepto de belleza? ¿Cuál es el concepto de razón, absurdo, locura, estulticia? No fue Jennifer Brown, lo sabes, fue el símbolo, el capricho, el orgullo. ¿Quieres casarte conmigo? No lo hubieras dicho. La aborreces ahora, la aborreciste siempre. ¿Quieres casarte conmigo? Deseabas hacerlo, recuerdas la pasta, el restaurante italiano, tenías las argollas, compraste los pasajes. ¿Por qué duda ante la verdad el animal humano? ¿Eres feliz? La felicidad se encuentra sobrevalorada, pretensión de jóvenes hippies, primero se encuentra el deber, la metafísica, la trascendencia. ¿Por qué cuestionarnos? ¿A quién rendirle cuentas? ¿A quién impresionar con nuestras vidas perfectas? Es un buen Ingeniero, se casó muy joven, tiene una linda familia. Felicitaciones señor, su madre debe estar orgullosa, pregúnteme si me importa. ¿Por qué buscarla de nuevo? ¡Por qué!

La encontré en la casa donde había vivido siempre con El Bobo. Sentada en una banca del lado de la puerta, parecía oculta en medio de personas que entraban y salían en un desorden silencioso. No me detuve a saludarla. En el interior, provisto de los mismos muebles, ya viejos y rotos, de cuando Manuel y Alison eran niños, varias mujeres rezaban. Un pequeño, tal vez de cuatro o cinco años, sujeto a una mujer anciana, fue el único en percatarse de mi presencia. Su rostro tenía un gesto de natural timidez, pero su mirada, fija en mis ojos, revelaba un sentimiento de ira. Un poco después Jennifer entró en la casa. Caminó hasta un cuarto desprovisto de puerta, separado de la pequeña sala por una cortina. La seguí de manera inconsciente. El lugar se encontraba amoblado tan solo con una mesa y dos sillas; Jennifer había ocupado una, mientras la otra, a cierta distancia de la mesa, podía ser empleada sin moverla.

—Dicen que puede morir esta noche. Si Dios lo permite, verá la luz mañana. Disculpe que le cuente estas cosas.

Tomé la silla y me ubiqué enfrente suyo.

—Nunca lograbas recordarme —pronuncié con una voz tenue—. Siempre fue como encontrarnos por primera vez.

Afuera se escuchó un grito unánime. El pequeño de hace un momento entró enseguida. Lloraba sin ningún gesto en su rostro. Había muerto, vencías ahora. Jennifer lo tomó en sus brazos. A quién engañabas, murió viejo, murió feliz, murió con ella, ya era demasiado tarde para empezar tu propia vida.

—Julián es un niño valiente. No le gusta que lo vean llorar.

Julián, ¡se llamaba Julián!

Jennifer le acariciaba la cabeza. Luego el pequeño salió del cuarto. Lo hizo en un movimiento repentino, seguramente en busca de su padre.

—El único hombre de mi vida, nunca podré olvidarlo. No se imagina cómo logró conquistarme.

¡Se llamaba Julián! Podría ser el azar, la coincidencia. Tenía tu nombre, ella lo había bautizado, te recordó siempre sin saberlo.

—Mi nombre es Julián —dije—. Nos conocimos en el colegio.

—Fue en el colegio. Salía de clase cuando sentí sus manos en… Disculpe que le cuente estas cosas. En mis glúteos. Se disculpaba como un niño travieso.

Me levanté sin escuchar sus últimas palabras. Se llamaba Julián y nadie podría cambiarlo. Mi nombre, el de su hijo, había permanecido siempre latente. Tal vez alguna vez llegó a amarme; tal vez simplemente me agradecía su destino con El Bobo. Nunca pude tenerla. Ahora no me importaba. No me importaría nunca más. ¿Cuál es el concepto de felicidad?

 

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Leonardo Moreno. Profesional en Estudios Políticos y Licenciado en Literatura de la Universidad del Valle (Cali-Colombia). Ha publicado varios artículos en el periódico La Palabra, entre los cuales se destacan Ernesto Guevara. La desmitificación del héroe y La temeraria comunidad capuchina: una historia de fracasos, hilaridad y silencio. Leonardo MorenoTambién ha publicado diversos cuentos en revistas digitales: Tacha, Nacho, Nacho y Mateo ha vuelto a casa (Revista Sinfín), El mejor de todos los regalos (Revista Resonancias), Un cuento más sobre el absurdo, el humorcito, y los recursos literarios (Revistas Letras S5 y Almiar), y Por simples cuestiones literarias (Revista Narrativas). En los próximos meses editará ¿Un sueño realizado? (Revista Cronopios) y Dos Manueles para una Verónica (Revista Gavia). Tiene una novela inédita titulada Margarita no da a luz.
Contactar con el autor: leomor1000[at]gmail.com

  Lee otro relato (en Almiar) de este autor: Jacobo y yo

 

Ilustración relato: Some kind of path, By mr-art. (Own work)
[CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarn.º 80 / mayo-junio de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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