relato por
Lauren Honrado *

 

 

¡Cuán larga es la noche del tiempo ilimitado
si se compara con el breve ensueño de la vida!
A. Schopenhauer

 

Un día de 194[ ] **

Veamos. Yo era escritor, o al menos pretendía serlo. Vivía en una buhardilla alquilada de la calle… [ilegible, varias tachaduras]. Una noche, al regresar del turbio y mustio café en el que solía malgastar mis horas, empecé a notarme indispuesto, muy indispuesto, de modo que decidí, contra mi costumbre, acostarme directamente, sin escribir una línea, convencido de que un largo y reparador descanso era justo lo que necesitaba. Le adeudaba ya una fortuna al sueño, así que me entregué a él. Y sí, en efecto, soñé, pero no un sueño cualquiera.  

Lo que voy a relatar a continuación es aquel episodio nocturno, aprovechando que éste sobrevive aún en mi memoria.

Veamos. Todo empieza con una sensación de vértigo. Es decir, al principio no hay corporeidad. No hay nada salvo esta sensación. Mas luego aparece una cumbre inhóspita, cortada a pico, y yo me encuentro como abandonado sobre ella, como si alguien me hubiera simplemente dejado allí. El espacio es tan reducido, tan minúsculo, que apenas si caben a la vez dos pies humanos. Tal es la precariedad de mi situación que me veo obligado a hacer agotadores equilibrios sobre una sola pierna. Mientras, vientos de procedencia desconocida y muy poco arbitrarios, diríase casi que con voluntad e inteligencia propias, pretenden persuadirme de la sencillez del salto. Yo me resisto. Tengo miedo. No a morir, sino a dejar de soñar —porque sé que estoy soñando—. Grito. Imploro. Muevo los brazos. Me tambaleo. [¿]Quién, entonces, desde la noche superior, tiende hacia mí esta enigmática escalera, invitándome a ascender? [¿]Quién o qué, en el límite, me alarga una mano, una incierta alternativa? Sin demora, tomo la escala e inicio el ascenso. Conforme gano altura los vientos moderan su cólera. Me detengo y miro hacia abajo. Nada. Los peldaños que acabo de pisar ya no existen. Reemprendo, sin más, la marcha. En adelante me dedico tan sólo a subir, a seguir subiendo y subiendo, hasta el final.

El final. Allí tengo que encaramarme a una nueva planta o plataforma. Mis pies se alegran de tentar la [¿horizontalidad?] [y] la dureza del altísimo firme. Palpo en lo oscuro, doy un paso y enseguida me topo con una puerta. Lo sé, tras algunas maniobras de [¿averiguación?], en cuanto mi mano se cierne sobre el pomo.

A la unánime contorsión le sigue un chasquido; al cauto empuje, un crujido quejumbroso. Después, el filo brillante de la luz me ciega con un corte limpio y suave.

Cruzo el umbral, y la puerta se cierra tras de mí [¿]Quiénes son aquellos seres que danzan? [¿]De dónde procede esta música trepidante, veloz, hermética, que los mantiene como en estado de éxtasis? [¿]Qué hacen allí esos globos cristalinos, relampagueantes, alzándose sobre los hombros, justo donde debiera habérsele asentado a cada cual una cabeza? [¿]Cómo entender los siniestros resplandores, ese tráfago azul [de] rayos que se produce en el interior de cada globo?

[¿]Y el murmullo? [¡]Oh, me es familiar y a la vez indescifrable! Conversan entre ellos, por descontado; pero, [¿]cómo?, [¿]acaso telepáticamente?

Sin darme tiempo a mayores reflexiones, el murmullo torna en alboroto; al segundo, el alboroto torna en griterío; seguidamente, el griterío en estruendo; luego, el estruendo en detonación, la detonación en trueno inagotable, y, por fin, he de protegerme los oídos.

De acuerdo, me digo, ya he tenido suficiente.

Me vuelvo. Ni rastro de la puerta por la que he entrado. Sé que es un sueño, así que trato de despertar. Cierro los ojos y aprieto los puños. No hay manera.

Pronto me veo engullido por la [¿multitud?]. La música enajena cada vez más [a] los espasmódicos bailarines, que se juntan y estrechan impidiéndome cualquier posible vía de escape. Caigo al suelo cien veces, mil, hasta ser un caída y no un hombre que grita y se angustia y consume el aliento a torpes bocanadas. Acorralado, mi desesperación se me enrosca como una caricia depredadora, ciñéndome [y] ahogándome igual que un músculo tenazmente preciso.

Entonces, de golpe, cesan la música y el trueno[, y] la febril concurrencia, como cumpliendo un ritual o una costumbre, prorrumpe en vítores y aplausos, a la vez que se aparta y, poco a poco, va despejándome el camino hacia la salida. Echo a correr por [ilegible], mas una fuerza [ilegible] enlentece de pronto mis piernas hasta casi convertirlas en extremidades inútiles. Me invade la impresión de estar luchando bajo [el] agua, de que apenas si logro avanzar un par de pasos. Aun así, no sé cómo, puedo aproximarme a la [ilegible] manilla, llegando justo a rozarla con la punta de los dedos: el torso inclinado hacia delante, el brazo agónicamente extendido; sin embargo, no termino de alcanzar mi propósito. Intento, claro, pedir auxilio, mas ahora mi voz es mucho menos que un susurro. De improviso, la puerta se abre. Hago un último acopio de potencia y de valor y consigo arrojarme al otro lado.

Lo primero que sentí al despertar fue un dolor agudo machacándome las sienes. Dos berbiquís invisibles agujerándome el cráneo. Mi frente estaba sudorosa. Mi corazón estremecido.  Creo  que  algo  me oprimía  el  pecho.  Me  giré  y vi —estoy recordando— cómo penetraba por la ventana el resplandor mortecino de la luna, cómo proyectaba sobre el cuarto su [¿geometría?] de luz fría y mansa. Después, tras un rato en vela, debí de volver a dormirme.

No he vuelto a despertar.

Ahora vivo aquí, entre ellos, y a juzgar por mi excelente integración se diría que ya soy uno más dentro de la [ilegible, tachado]. Quizá siempre lo fui, sólo que lo ignoraba. No sé. Puede que incluso toda mi vida anterior haya sido un sueño y que, aquella noche, no me durmiera irreversiblemente sino que, en verdad, despertara por completo. De todas maneras me es indiferente. Soy feliz. Aquí todo es holganza, festejo y agasajo. El libertinaje circula cual moneda. Trabajar, lo que se dice trabajar, trabajamos muy poco; sólo en aquello que nos divierte y beneficia a nuestros egos. Ignoro si existen otras comunidades, pero en la nuestra, de cuando en cuando, tenemos el honor de contar con un nuevo hermano. Es curioso: todo aquel que llega a este lugar por vez primera reacciona de la misma forma, tal y como reaccioné yo: huyendo igual que un conejillo asustado. No obstante, al cabo, todos regresan, y lo hacen  para  quedarse  definitivamente.  El  otro  día,  sin  ir  más  lejos —aunque aquí el día y la noche son puras entelequias—, apareció una cara nueva. El aire familiar de sus facciones llamó poderosamente mi atención. Conocía al propietario de aquel rostro. [¡]Oh, sí, por supuesto, lo conocía! Se trataba del Dr. C., mi médico, quiero decir, mi antiguo médico. Lo cierto es que su visita fue breve y, como ya digo que ocurre invariablemente en estas ocasiones, a él no le resultó nada agradable —para nosotros, en cambio, siempre es motivo de júbilo la incorporación de un nuevo prójimo, aunque a la postre, comoquiera que éste se muestre aterrado, terminamos por ayudarle a encontrar el camino de regreso—. Naturalmente, me adelanté a saludarlo, pero, teniendo en cuenta su reacción, presumo que no sólo no me reconoció sino que yo debía de tener un aspecto horrible. Ahora que lo pienso… [¡]Qué estúpido! En esta [¿dimensión?] uno tiende a prescindir de la lógica y a darse al olvido con suma facilidad… Sospecho que los elegidos, los futuros hermanos, en su primer acceso a nuestro mundo —si bien desconozco la causa—, no ven nuestros verdaderos rostros —los de siempre, [los] de nuestra vida anterior, quién sabe si los auténticos realmente— sino, en su lugar, los mismos globos cristalinos, contenedores de rayos, que a mí tanto me sobrecogieron. Tal vez así se explicarían algunas cosas. Estoy seguro [de] que el presente escrito me ayudará a no olvidarlas del todo y [de] que dentro de muy poco el Dr. C. y yo volveremos a encontrarnos en este paraíso.

 

 

* El texto que aquí transcribo apareció entre las amarillentas páginas de los Tipos psicológicos de C. G. Jung, en la 1.ª edición de Sur (Buenos Aires, 1936), con versión castellana de Ramón de la Serna. Nunca olvidaré la cara del tipo que me vendió el ejemplar, en el Rastro. Parecía salido de la mismísima escuela de sicarios del cártel de Medellín. Cuando llegué a casa junté las pequeñas hojitas, diseminadas a lo largo del libro, que en un principio había tomado por simples apuntes. Además, descubrí que el volumen había pertenecido a la biblioteca de una institución mental, porque así lo consignaba el sello estampado en una de las páginas de cortesía. Después, luego de ordenar y releer el relato, su menuda y apretada letra, me atreví a añadirle el título y la cita. Al supuesto librero, por cierto, jamás lo he vuelto a ver.

** Entre corchetes, las expresiones que faltan, las que están dudosas (entre interrogaciones) o resultan ilegibles, en cuyo caso se detalla.

 

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Laurentino Honrado de la Torre (Zamora, 1980). Licenciado en Historia y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Ha sido investigador en el Departamento de Literatura Española y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Valladolid. Asimismo, ha ejercido como profesor de Crítica Literaria en dicha Universidad. Ha publicado varios trabajos relacionados con el campo de su investigación. Desde el punto de vista creativo-literario, hasta el momento, no ha publicado más que un pequeño relato en la revista española Ariadna R.C. (www.ariadna-rc.com/numero61/lab54.htm). Por lo demás, es un autor absolutamente inédito que ha escrito desde siempre, sobre todo poesía (y algún que otro relato). Acaba de abrir un blog de crítica literaria, bajo el pseudónimo de José Joaquín Zobra, con el nombre de Música bajo las uñas: http://musicabajolasunas.blogspot.com.es/

Contactar con el autor: laurenhonrado [at] hotmail.es

Ilustración relato: Imagen digital por Óscar Poliotto ©
(De su muestra, en AlmiarVER EXPOSICIÓN).

 

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