artículo por
Juan J. Melo Fierro

 

I

 

Escalas zigzagueantes que se agitan y contraen bajo el pulso rítmico de una partitura cuyas notas traducen sonidos que semejan al áspero resuello de una cimitarra o el chasquido de un latigazo, seguido de espirales armoniosas que ascienden y descienden a ritmo de vértigo sobre sí mismas, en parabólicas acrobacias como buscando lugar en lo infinito. Tal impresión no aparece más que allí donde se hace ostensible la música de Paganini, cuyo voltaje sonoro se halla precedido por una cromática de emociones que van de la tristeza al éxtasis, de la desolación al paroxismo. Las notas que se desprenden de su violín poseen una fuerza convulsiva, como desgarradora, acompañada de una cadencia dulce pero nutrida de un júbilo siniestro, como si cada uno de sus pizzicatos arrancara voces, quejidos, estertores a las cuerdas trepidantes de su Guarnerius. Ningún músico ha sabido entregarse con tal magia, ritualidad y belleza a su instrumento como aquél. Dotado de una naturaleza prodigiosa, pero enrevesada como ambivalente, la exquisitez de su espíritu creador actúa en contraste con la fealdad de su cuerpo. Enjuto, ligeramente encorvado, las manos híperextensas, los hombros apuntando al cielo; trae impreso a su faz un rictus mórbido, amenazador como la risa de una navaja en la yugular del insomne. Embozado en su paletó negruzco, desvaído y un sombrero de copa coronado a su cabeza; vuelto hacia la mirada de «los otros» su cuerpo se proyecta como un ente espectral, histriónico, umbrío, tal si fuese un exacto facsímil de Mr. Hyde.

Amante de las sombras y los sepulcros siente una irreprimible atracción por las atmósferas lúgubres. A menudo, su silueta se recorta sobre el corazón de las paredes, suspendida entre los muros de obituarios, morgues y cementerios, puesta la mirada en las gélidas losetas de un quirófano, o en el silencio ocre de una sala de autopsias. No solo por simple delectación hacia lo mórbido sino por esa necesidad clarividente de internarse a otros ámbitos perceptivos; pues allí donde una retícula común mira cuerpos exangües, vísceras o materia putrefacta la agudeza sensorial de Paganini descubre sonidos mágicos, resonancias encantatorias. Quizá por ello, aunque sus formas compositivas pasan por el dominio magistral de una técnica, ante el violinista de lo oscuro no hay fuerza creadora que no vaya unida a lo ultraterreno ni genialidad acompañada de sus arrebatos y desmesuras.

 

II

 

Huraño y repulsivo, sensual y voluptuoso —pese a su aspecto patibulario— la música que evoca, a decir del poeta Heine, «es una escritura plástica de sonidos que desfilan como una hoguera coloreada de sombras». Bajo su influjo, pone en trance a duquesas y cortesanas cuyos fluidos hormonales se encienden en irreprimibles deseos de posesión y lujuria. Los auditorios y salas de conciertos en Viena, Londres o París ceden al dominio hipnótico de su presencia espectral cuya sombra irrumpe en el escenario como una marea de fuego voraz y fulgurante, acompañada por las turgentes formas de un Guarnerius o Stradivarius. Tal si emergieran de una dimensión ignota, hombre e instrumento parten a fundirse en un solo abrazo, a semejanza del círculo mortal de un Uróboros que se devora a sí mismo. En una alucinación visual de sonidos —sobre el fondo de un telón oscuro— se elevan aves sanguinolentas o sierpes en llamas, cuyos ecos fúnebres y melodiosos hienden el aire de espanto y ternura. Bajo el estrepitoso movimiento de su arco, todo su ser parece arrancarse en contorsiones frenéticas y giros epileptoides, que sólo se detienen tras la tensa pausa de un staccato y vuelven impetuosos seguidos de armónicos dobles y una tesitura que se dilata y expande en más de tres octavas, sobre una ejecución vertiginosa de hasta doce notas por segundo. Afluente sonoro impulsado por una fuerza magnética que asciende en volutas zigzagueantes y petrifica el auditorio entre rictus de júbilo, éxtasis y llanto.

Con arreglo a los estigmas de su tiempo, su inusual virtuosismo se colocará fuera de todos los parámetros normales, de todo estándar convencional; pues ante la multitud Paganini es una anomalía, un engendro prodigioso y es, precisamente, en lo anómalo donde encuentra la magnitud de su genio, que no sólo responde a su innata capacidad de creador sino que cobra monstruosa medida en la conformación anatómica de su cuerpo. Sea que haya o no padecido el Síndrome de Marfan —a semejanza de las articulaciones de un inmenso arácnido— sus manos alcanzan una longitud de trece pulgadas, de modo que los tentáculos de sus dedos hiperflexibles recorren el brazo del diapasón —sin mayor complejidad— hasta la escotadura sinuosa de su violín que arroja sonidos restallantes, estremecedores, dirigidos por un ente espectral que invoca al asombro como al enigma.

 

III

 

Quizá por ello, la Iglesia unida a los prejuicios medievales de la época —finales del siglo XVIII— encontrará en la música del compositor un influjo siniestro cercano a la posesión demoníaca, lo que inducirá a creer que Paganini tenía un «pacto» con el diablo. Fructífero acuerdo que el músico sabrá aprovechar con creces para su entera vitalidad y regocijo, más aún en una atmósfera envuelta de presagios y conjuros donde el genio y la excelsitud superan el dominio de las convenciones y se colocan en terrenos de lo sobrenatural y proscrito. Si  Paganini  tuvo  un  pacto  con  el  diablo —como  reza  la leyenda— de ello se deduce que las fuerzas del mal siempre son propicias para un creador en la medida que prospera su talento a límites exorbitantes. El justo valor se encuentra allí donde lo maléfico es a lo sublime como lo divino a lo macabro, lo que prueba que la estirpe de Satán no es destructiva o virulenta —como se supone— sino abiertamente creadora y Paganini lo es tanto por su caudal inventivo como por el uso magistral de sus técnicas violinísticas.

En contraste con los casos de posesión demoníaca como la del pintor Cristóbal Haitzmann —a quien Lucifer somete bajo una terapia de tormento sin dejar de asumir su presencia dominante y avasalladora— en el compositor genovés el diablo retrocede sobre sí mismo ante su música volcánica e incorpórea. Pese a que le confiere un don a cambio de su espíritu, éste escapa a sus fuerzas, se substrae a su influjo e introduce en un ámbito dimensional que sobrepasa los límites de lo diabólico. Al igual que las fugas de Bach, las sonatas de Mozart o el adagio de Albinoni sus fluidos sonoros –a guisa de doseles- se elevan sobre las bóvedas traslúcidas o infernales con un esplendor impetuoso que recorre el espacio hacia lo desconocido. Pues la música de Paganini es un despliegue exultante de energía, un púlsar de actividad potencialmente creadora que trasciende las fronteras de lo humano. Lejos de tomar sitio en una región, cultura o latitud geográfica se desliza en lo intangible; su música no es terrenal, es cósmica, estratosférica. Por ello, la sombra que se yergue tras el telón de una sala de conciertos es algo más que una entidad demoníaca, el cuerpo que la proyecta parte a fundirse en una fluencia creadora, desbordante, impulsada por un espíritu vertiginoso que está más allá del bien y el mal.

 

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Juan Jacobo Melo Fierro. Escritor, crítico y ensayista ecuatoriano (1973). Magíster en Literatura Hispanoamericana. Algunos de sus trabajos ensayísticos han sido publicados en distintas revistas literarias tanto en Ecuador como en España, Chile y México. En el año 2012 obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Limaclara en la república de Argentina; Premio al Mérito Internacional, Ministerio de Cultura del Ecuador, diciembre 2012; Jurado Internacional «Ana María Agüero Melnyczuk», Buenos Aires, Argentina, junio 2015; Premio Letras de Iberoamérica, Ciudad de México, agosto 2017. Obras publicadas: Eros, o la plenitud oculta del ser, Revista Almiar (Margen Cero), Madrid, marzo 2017; Breve exégesis del último hombre, Revista Ariadna, Madrid, septiembre 2011. Signos de la transgresión. Editorial El Conejo, Quito, 2012. Entre Nietzsche y Montalvo. Revista Aqueronte, Buenos Aires, octubre 2013. Parte de su obra ha sido traducida a los idiomas inglés y francés.

 CONTACTAR con el autor: jmelopantarei [at] hotmail.com

Ilustración artículo: PalacioReal Stradivarius1, By Håkan Svensson (Xauxa) [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/)], via Wikimedia Commons.

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Revista Almiar – n.º 96 / enero-febrero de 2018MARGEN CERO™Aviso legal

 

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