relato por
César J. Sánchez

 

L

a sugerencia fue erótica y de un talle inusual. Veíamos cómo los carros pasaban rápidamente frente a nuestros ojos por aquel puente tan largo. El sol se ocultaba y el clima era cálido.

Era mediados de abril, el mes de tu nombre. Yo había surgido de algún pantano, portaba mi lanza y mi escudo Mochicas. Te hablaba más en inglés. Cuando entré por primera vez a tu casa, saliste en bata sin nada debajo. Pregunté dónde estaba tu baño. Eran alrededor de las 4:30 a.m. y tu cabello estaba enmarañado. Subí las escaleras y entré por la cortina que me llevó al inodoro. Oriné.

A las afueras, los cerezos florecían con gran esplendor. La gente se movilizaba por las calles con prendas ligeras, algunos caminaban a sus mascotas sin ganchos. Por la ventana podía observar claramente el quehacer infantil de los más. De pronto volteé y allí estabas tú. Me hablaste con amabilidad y con la bata abierta, mostrándome todas esas zonas impredecibles.

Me senté en una colcha y emprendí una conversación sobre la curación ayurvédica. Tú cambiaste el tema, diciéndome que al día siguiente habría una maratón de esparcimiento de amor por medio de abrazos interminables. Yo sólo pude asentir. Miré el techo y vi un sinnúmero de polillas de escarcha, cristalizadas como si ya fueran fósiles.

Mi corazón se había hundido en la capital del terreno. Seguías hablando del propósito de propagar el amor por los recovecos del pueblo, andando y sentenciando a los que se oponían a tus deberes. Ibas con una amiga después de enseñar yoga. Asentí. Saqué mi librito y me puse a garabatear. Después me dormí.

 

* * *

 

No recuerdo haberme levantado tan tarde. Cuando lo hice, salí a merodear por las calles, a reconocer esta urbe que había recorrido un año antes. Me impresionó la variedad de ornamentos que prevalecían colgados a los postes: pancartas, cintillos de colores dorados y plateados, orquídeas. En la plazoleta del centro encontré a gente filmando unos bailes de suma transgresión. Conocía bien la psicología emprendedora de la plebe. En su mayoría gustaban de beber y fumar en círculos. Eso sí, disfrutando sin emitir disturbios bajo los nogales.

Al regresar a tu casa, me di cuenta que aún no arribabas de tu quehacer amistoso. Los vientos se recortaron cuando entraste por la puerta. Me preguntaste si quería un abrazo. Yo te dije ok. Me apretujaste muy fuerte hacia tu cuerpo. Algunas zonas resplandecieron, se amotinaron y se arrullaron. Paso seguido me propuso a que yo prepare una sopa para el día siguiente.

Esa noche nos sentamos en círculo y compartimos canciones de la India como si fueran villancicos. Tocaste tu tazón de cristal y me tradujo los trances que llevaba en el pecho. Al amanecer nos desplegamos. Éramos once en total. La recolección de criterios fue repartiéndose junto a una ensalada de frutas. Qué apetecible. Se había truncado el espasmo. Comimos. Nos estrechamos sobre los almohadones. Fuimos felices con la música que salía de los parlantes.

Ya por el día nos dispusimos a concretar los obsequios a los cuerpos de agua de la capital. Nos mirábamos jóvenes aún. Conversamos sobre temas que no venían al hilo del método. Tocabas tú la flauta sobre los jardines y detrás de la gigantesca estructura presidencial. Después, apropiándote de mi anhelo, proferiste un aullido que me tonsuró el músculo romántico. Ahí supe que nunca estaríamos juntos, a pesar de que quisieras que perforase tu esbelta figura con mi matiz de mago andante.

 

* * *

 

Había pasado un mes de mi estadía en la capital y ahora ya estaba programando mi retorno. Sería sin tu conocimiento. Ajá. Eso es grave. Terminé de acomodar mi mochila para ir de una vez, el cansancio recorrió cada fibra de mi cuerpo. Uno de mis amigos franceses estaría manejando su Volvo blanco. Recién le había cambiado las llantas. Para él, el motivo por el cual íbamos al sur, a la capital más que nada, era para ligarse a unas cuantas colegialas en los bares. El esperaría sentado hasta que una de ellas se embriagase a poco menos del límite de la inconsciencia para poder llevársela al carro, y pum. Ya lo tenía planeado. Yo no le dije nada. Yo sólo estaba yendo para calcinar unos rubros y darle mi tributo al escritor recién fallecido.

Mi amigo y yo poseíamos el coraje de proseguir sin ningún límite. Recordábamos los momentos en que obtuvimos los papeles desde que descansamos sobre los oleajes de contacto político. Afirmamos que no lo hacíamos por el petróleo. Entonces, con la frente en porcelana, íbamos despacio por la autopista. Después él aceleró. La ruta no mostró tráfico. Llegamos al barrio chino sin contratiempos. Eran las 8 p.m. Nuestra labor: reportar los incidentes de beodas damiselas. Mi amigo se llevó una palma a la frente, limpiándose el sudor.

Entramos a la primera cantina. Mi amigo, al parecer, llevaba binoculares en sus córneas. Bajo el brazo, una libreta. Amarrado a su cuello, una cámara fotográfica. Manos a la obra. La noche convocaba a una diversidad de estudiantes a sus recintos alcoholizados. La gente fumaba cigarrillos eléctricos. El mundo había cambiado desde la última vez que lo vi.

Aparte de una chiquilla gritona, quien se quejaba de que su cerveza tuviera mucha espuma, no hubo tanto furor desarrollándose allí dentro. Así que salimos y entramos a una bodega donde compraríamos agua de coco. Nuestra sed era gatuna. Aquí dentro ocurrió algo inesperado. Me encontré con tu mirada observándome desde el estante de la leche. Al instante comprendí que si no escapaba de la escena sería carnada para tu apetito de tiburón. Lancé un billete de cinco en la repisa, el cajero hindú me guiñó y salí con la velocidad de un guepardo a la calle. Tú me seguiste detrás. Parecía que con una rapidez de liebre intacta. Mi amigo felizmente recogió el celular que se cayó de mi bolsillo.

Dueña del vasto territorio de mis sueños. Yo sólo soy un escribano que intenta hacerla grande. Tú lo sabías. Mi preocupación no residía en el éxito ambulante. Pero mis travesías quedarían estampadas en la memoria de los hombres. Por eso voy siempre de cabeza a la lucha.

«Un carbomb, con una rodaja de naranja, por favor», le pidió mi amigo al cantinero.

Esta era su hora de trabajo. El se la pasaba entrevistando a quienes encontraba más risueños, con el propósito de rellenar su sitio en la red con retazos de opinión pública. Ni siquiera se inmutó cuando te vio perseguirme para poseerme. Sorbía el su trago, placenteramente, escribía lo que observaba en cada mesa del local. No bostezó. Sus ojos viraban alocados, buscando racimos de información que le propinasen condimento a la página y con lo que la audiencia pudiera saborear sus delicias. Tal vez haya pensado en escribir la historia de una persecución. Nadie lo hubo de saber.

Por mientras yo estaba escondido detrás de un pórtico de una peluquería cerrada. Trataba de respirar en silencio, tú te acercabas poco a poco. Yo sudaba. Al instante viste cómo el vapor de mi respiración delataba mi ubicación. La noche estaba templada y ponderaba cierta neblina. Corriste a mi encuentro. Consecuentemente me arrastré como una comadreja para salir del agravio y empecé a dar zancadas. No tenía rumbo.

 

* * *

 

La policía rondaba las calles del ghetto en la capital. Estaba a buen resguardo, lejos de tus manos psicópatas. Eran las 3 a.m. Mi amigo iba por su séptimo carbomb. También estaba deleitando su paladar con un plato de almejas al horno. Yo debajo de un puente, acostado en las rocas, escuchando Pink Floyd a la distancia en conjunción con los ruidos del río. Sabía que tú estabas por allí merodeando. Me empezó a dar frío. Había salido disparado de la bodega con una playera manga larga, muy delgada para el clima ventoso que ahora me zarandeaba.

Una chica se sentó junto a mi amigo. Él, a pesar de estar visiblemente intoxicado, aún podía enhebrar vocablos encima de la hoja de su cuaderno. Creo que escribía sobre la atmósfera del restaurante y cómo infundía en su método de pensar sobre las muchachas de altos tacones. La chica le preguntó qué escribía. El le dijo: «Teorías de panspermia, inmigración colateral, diatribas contra las empresas de petróleo en el noroeste del continente. En fin, una mescolanza de opiniones que me da el transeúnte común al preguntarle su opinión». La muchacha se quedó boquiabierta, sin proferir otra palabra, solamente parpadeaba muy rápido. Después ella dio un suspiro y puso su mano en el hombro de mi amigo. «Eres fenomenal. Se nota que trabajas duro y disfrutas con lo que haces», le dijo.

Me había tapado con una bolsa limpia de basura. Buena cubierta contra el viento. La fogata que hice duró un par de minutos. De repente, te vi hacer un bungee jump desde la parte superior del puente y me encontraste, así tendido. Demoré casi tres segundos en reconocer tus ojos y el designio de mariposa florida de tu atuendo. Luego, para tu silueta, otros dos más. Me erguí y salí despavorido. Esta vez pensé en irme más lejos de cualquier estructura creada por el hombre.

Mi amigo descansaba sobre un sofá dentro del local. Ya nadie estaba autorizado a servirle más tragos. Aún tenía su cuaderno abierto, el lápiz le colgaba del cuello de su camiseta. Algunas chicas pasaban y lo veían, esbozaban sonrisas compasivas y luego le daban una palmada en el hombro. Levantaba la vista de vez en cuando, como si esperara a que yo aparezca por la puerta en cualquier momento.

La realidad era otra. Yo atravesaba los médanos con mi indumentaria rasguñada por las ramas y los arbustos en los que tuve que zambullirme para perderme de tu vista, aunque sea momentáneamente. Igual tú me seguías, virabas por donde yo viraba, mascabas la alfalfa que yo mascaba. No imaginé ser perseguido por tantos tramos. En aquel momento quise volar. Pero mis pies, ya cansados, gravitaban con potencia hacia el centro de la tierra.

Mi amigo se despertó con un chaparrazo de agua que le tiró una prostituta. Estaba en la calle. El dueño de la cantina tuvo que cerrar y cargó a mi amigo a una zona oscura, recostándolo a un lado de la acera.

«Despierta, muñeco», le dijo la mujer. «Te gustaría un pedazo de esto?», prosiguió mientras se levantaba un poco la falda.

Mi amigo volvió a sus cinco sentidos, se levantó y miró a la muchacha de pies a cabeza. Se retiró sin dirigirle la palabra. Decidió finalmente ir en mi búsqueda.

No supe dónde me encontraba. Mis alrededores estaban oscuros. Olvidé lo que estuve haciendo, yo creí que estaba corriendo. No podía mover mis brazos: estaban atados a un tubo frío y mis piernas estaban ajustadas entre sí por algo grueso. Después olí ese aroma de yerbas orientales en proceso de incinerarse, y me dije «Tú me tienes a tus anchas». Una leve silueta apareció por las cortinas. Eras tú.

Las manifestaciones son conspicuas, el engranaje que el lenguaje de las masas oculta es muy obtuso. Por eso nadie supo que tú y yo nos esfumamos al hacer contacto corporal. Lo único que se sabe es que mi amigo entró a tu casa (él ubicó tu dirección en el mapa de mi celular con el alfiler que allí puse) y sólo pudo encontrar bastante humo en el sótano. No hubo ningún rastro de nosotros. Puede ser que la pasión de tu hendidura haya traspasado las barreras de lo material con su potencia. Por eso es que ahora estamos en este cuarto blanco, hecho de luz y con almohadas de nubes. Yo yazgo con una sonrisa amplia, nivelada. Tú estás desnuda a mi lado. Intento recordar lo que ha pasado entre nosotros.

 

separador La perseguidora

 

César J. Sánchez (Trujillo, Perú; 1989). Cursa sus estudios primarios en esta ciudad costeña. En el ’98 se muda a Lima donde reside hasta el 2002. Aquel año se traslada a Nueva York, el estado en donde vivió durante los siguientes 13 años. Se licenció en Estudios de Literatura Hispánica en Hunter College en Manhattan (2012). Después de ser un trotamundos, se dispone a cursar una Maestría en Literatura en la Universidad de Barcelona. También practica las artes plásticas..

Contactar con el autor: luze721[ at ]gmail.com

 

Ilustración relato: Fotografía por jarmoluk / Pixabay [public domain]

 

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