relato por
Rafael González Tejel

 

 

A Iván y María


I. EL CRÍTICO

 

Los días que tengo que ir al trabajo sigo siempre el mismo ritual. Intento documentarme sobre la obra que voy a ver. Ahora con Internet todo es más sencillo. Busco información sobre la compañía, el reparto, el director y el texto. No demasiada, intento no profundizar y especialmente no leer nada que pueda influirme o me haga tener una predisposición positiva o negativa hacia el espectáculo. Me afeito, comento con mi mujer, Isabel, detalles de la obra, compruebo que tengo la invitación y preparo el bolígrafo y el cuaderno donde tomo notas. Normalmente voy andando al teatro. Me gusta llegar con tiempo, fumarme un cigarro antes de entrar y una vez dentro ocupar mi butaca, ni muy cerca ni muy lejos del escenario. Leo el programa de mano [3], compruebo el tipo de público que me rodea y es entonces cuando empieza la obra.

La de crítico, como he dicho, es una profesión complicada. Tengo que trasladar mi punto de vista sobre lo que he visto con eficacia y respeto. Escribo para los lectores, no para los amigos, la gente del teatro o la moda del momento. De ahí que surjan malentendidos, porque hay muchos intereses en juego. A veces me han enviado regalos personales a casa, me han invitado a fiestas con mujeres espectaculares e incluso he recibido alguna que otra amenaza. Pero nunca me había pasado nada como lo que sucedió aquel día.

Recuerdo que aquel día desayuné un café con leche en vaso, muy corto de café y con leche caliente, y un donut de chocolate. Me llamó por teléfono un antiguo compañero, también crítico. Le acababan de despedir. En su periódico había recortes económicos por la crisis y el primer lugar por el que habían empezado a quitar puestos de trabajo era la sección de Cultura. Al fin y al cabo, ¿quién necesita un crítico de teatro?

De la Puerta del Sol al Teatro Español tardé cinco minutos. Cuando llegué a la entrada del recinto [9] percibí que no iba a ser una noche más. Detecté el ambiente previo a las grandes funciones. Los asistentes eran básicamente treintañeros [10] de clase media-alta y mucha gente mayor, lo habitual. Me gusta el público de Madrid, tan cálido y entregado. Adoro su forma de ir al teatro como quien va a una fiesta, sin darle demasiada importancia, y las largas conversaciones que se producen en los bares cercanos cuando termina la obra.

Ahora sé que no debería haber hecho ninguna de las tres cosas.

 

II. EL DIRECTOR

Todos mis amigos pertenecen a la profesión. El teatro me ha dado tanto, bueno y malo, que sería aburrido hacer una lista. Incluso una vez me provocó un amago de infarto [12]. Fue durante un ensayo, mientras preparábamos una versión moderna de El castigo sin venganza [13], de Lope de Vega [14]. Antes yo era un director visceral. Me pasaba los ensayos corrigiendo hasta el más mínimo detalle. No podía dejar nada a la improvisación. Todo debía estar perfectamente planificado. Estaba muy encima [15] de los actores, siempre dando órdenes, no paraba ni un segundo. Era pura emoción. Aquel amago de infarto hizo que me tranquilizara, que viera que hay otra forma de dirigir, con más calma, sin la necesidad de gritar ni de dar órdenes a cada instante. Mis actores y ayudantes se alegraron de ese cambio. Mi corazón también.

Durante mi carrera profesional he conocido a todo tipo de gente, rara, egoísta, con talento, influyente o enigmática. Pero nunca a nadie como Carlos Lafuente. Sin lugar a dudas, lo que pasó aquella noche con Lafuente ha marcado toda mi trayectoria. Hasta entonces apenas le conocía. Debo decir que leía todo lo que escribía. Los que nos dedicamos a las artes escénicas leemos todo lo que se escribe de nosotros. El que diga lo contrario, miente. Somos gente sensible, no nos gustan las críticas, incluso cuando sabemos que tienen razón. La opinión de Lafuente siempre fue muy influyente. Si escribía bien sobre tu espectáculo podía atraer al público. Si ocurría lo contrario, si no le gustaba o veía aspectos negativos, el futuro se volvía muy negro.

Tener todo a favor nunca será suficiente.

 

III. EL CRÍTICO Y EL DIRECTOR

 

Media hora después, Carlos Lafuente abre su ordenador portátil. Está en un pequeño despacho del sótano [19] del Teatro Español. Sin reflexionar demasiado, empieza a escribir. Parece que tiene las ideas claras. Escribe rápido, aunque de vez en cuando consulta la libreta. En ese momento entra en la sala Pedro Cérber. Lafuente no le ve, sigue escribiendo.

—¿Cómo?

—Cierto. Al texto le falta el repaso definitivo. Ahora si me disculpa, tengo mucho trabajo y poco tiempo.

La pregunta del director llama la atención del crítico, que se gira y responde.

—Se lo agradezco. Quería hablar con usted desde que le vi entrar al teatro. No esperaba su presencia.

—Llevo mucho tiempo queriendo hablar con usted y no había manera.

—He estado durante toda la función observándole.

—Quería averiguar qué estaba pensando de la obra. Descifrar cada uno de sus movimientos para saber si le estaba gustando o no. Le he visto rascándose la cabeza, he analizado sus parpadeos [24], la forma en la que movía las manos… No he llegado a ninguna conclusión. Por eso estoy aquí. Quiero saber qué le ha parecido.

—¿No me quiere decir qué le ha parecido? —el tono del director es de enfado.

—No me ha entendido. Quiero saberlo ahora.

La conversación va aumentando la intensidad. El crítico toma otra vez la palabra:

—No le voy a coaccionar [25], si es lo que insinúa [26].

—¿Usted, señor Carlos Lafuente, se atreve a hablarme de ética?

El director se muestra cada vez más agresivo. El crítico sigue sentado. Tiene un texto que escribir y cada vez menos tiempo. En ese instante el director saca de su bolsillo un papel. Parece ser una página de un periódico. Está arrugada. Se la enseña al crítico y habla:

—Sí, recuerdo la obra, aunque no demasiado bien.

Por primera vez en la conversación el crítico se pone nervioso. Le tiembla la voz.

—Llegó a escribir que era un teatro insoportable…

—¡Algo de humanidad! —grita el director. Su enfado ya es visible.

—Quiero saber qué piensa de la obra de esta noche.

—No le ha gustado y no quiere decírmelo. Hay muchos días de trabajo en este espectáculo.

—¿Y usted ha escrito teatro para opinar como lo hace?

—Toda.

Tras la frase pronunciada por el crítico, el silencio reina en la pequeña sala del Teatro Español. El ordenador sigue encendido. El crítico ya ha dejado de escribir. Un minuto después, el director toma la palabra.

—Así de primeras, no.

—No me siento responsable.

—Esto ya está pasando un límite. Déjeme escribir, por favor, ya tendremos tiempo para hablar.

La petición del director sorprende al crítico. Nunca en su larga trayectoria profesional alguien le había pedido algo similar. No sabe cómo reaccionar.

—Sí. Escribirla. Sé de otros compañeros que lo hacen. Indirectamente, pero lo hacen.

—Le voy a decir qué es lo que le pasa. Es un fracasado. Por eso escribe crítica. En realidad le gustaría estar donde estoy yo, dirigir, recibir los aplausos del público, triunfar…

—Apártese y déjeme escribir. Estuvo a punto de acabar con mi carrera. Me lo debe —exclama el director. El crítico piensa cómo salir de una situación cada vez más complicada.

—¿Ignorar mi montaje? Eso sí que no…

—Escribirá lo que yo diga.

—Llevo siete años esperando este momento. No voy a dejar que me arruine la fiesta.

—Pocos días después de escribir la crítica de su espectáculo, recibí una llamada de arriba [29]. Alguien, un político, había telefoneado y el director de mi periódico reclamó mi presencia.

—Entré al despacho de mi director y, por sorpresa, me cambió de sección, fui a la de música clásica. Tres meses interminables hasta que no pude más y me marché.

—Ahora ha llegado mi momento. Mañana saldrá esta crítica, la leerá mucha gente y su espectáculo no tendrá ni presente ni futuro.

—Déjeme decir la verdad sobre mi obra.

—Mi verdad.

—Mi éxito…

Los dos personajes se quedan cara a cara [30]

Es la noche del estreno y la obra, definitivamente, ha entusiasmado.


 


[1] El País: periódico español. Es el periódico no deportivo de mayor difusión en España.
[2] Puesta en escena: trabajo que consiste en convertir un texto dramático en una representación teatral.
[3] Programa de mano: folleto gratuito que informa sobre lo que espectador va a ver en un teatro.
[4] Teatro Español: teatro público de Madrid, propiedad del Ayuntamiento, que se inauguró en 1895.
[5] Plaza de Santa Ana: plaza del centro de Madrid, famosa por su ambiente y sus terrazas al aire libre.
[6] Hora de cierre: hora límite a la que debe estar terminado un periódico.
[7] Plaza de España: plaza situada en el centro de Madrid. También da nombre a una estación de metro.
[8] Sol: plaza muy visitada por los turistas en el centro de Madrid. Da nombre a una estación de metro.
[9] Recinto: espacio, sala.
[10] Treintañeros: personas que tienen entre 30 y 39 años.
[11] Tablas: escenario de un teatro.
[12] Amago de infarto: problema relacionado con el corazón. Fase inicial de un ataque al corazón que finalmente no se produce.
[13] El castigo sin venganza: obra teatral escrita por Lope de Vega en el siglo XVII.
[14] Lope de Vega: destacado poeta y dramaturgo clave del Siglo de Oro español (siglos XVI y XVII).
[15] Estar encima de alguien: controlar, vigilar a alguien de cerca.
[16] Ganarse a pulso algo: conseguir algo con mucho esfuerzo.
[17] RESAD: Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, fundada en 1831 y una de las más importantes de España.
[18] Conformarse: darse por satisfecho.
[19] Sótano: planta subterránea de un edificio.
[20] Libido: término médico y psicológico que hace referencia al deseo sexual.
[21] Esdrújula: palabra cuya sílaba fuerte es la antepenúltima.
[22] RAE: Real Academia Española. Institución especializada en léxico, gramática, ortografía y lingüística.
[23] Perder los nervios: no saber controlar una situación que pone nervioso.
[24] Parpadear: abrir y cerrar los ojos repetidamente.
[25] Coaccionar: actuar  para obligar a alguien a que diga o haga algo.
[26] Insinuar: dar a entender algo indicándolo ligeramente.
[27] Arruinar la carrera de alguien: causar el final de la trayectoria profesional de una persona.
[28] Secundario/a: actor o actriz que no ocupa un papel principal.
[29] Llamada de arriba: aviso procedente de un superior o de una persona de relevancia.
[30] Cara a cara: quedarse dos personas una delante de la otra, mirándose.
[31] Teatro alternativo: tipo de teatro en el que predomina lo artístico sobre lo económico. Normalmente se representa en salas más pequeñas que el teatro comercial y tiene formatos más arriesgados.
[32] Naranjo 33: centro cultural artístico multidisciplinar situado en el barrio de Tetuán de Madrid.
  

 

Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

portada biblioteca relato Rafael Gonzalez Tejel

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