relato por
Eduardo Enrique Pimienta

 

L

a mierda en las calles, corren voces centelleantes que espantan los vidrios templados de las casas de la gente de otra parte, a veces es sábado, pero siempre aquí cae domingo, con todo su peso pesado que hace doler la barriga y dan ganas de empinarse el canasto de cerveza en la esquina donde fían. Los domingos son mis días, es cuando toca calle, cuando mi peinado va por delante de mi sonrisa, el quiubo mijita, el besito andeniado, el salude mono, todas aquellas palabras llenas de alevosía. Hoy en día se puede apreciar todo un enorme paisaje lleno de agonía, las nubes se pintan de día, aunque caiga la noche y sus estrellas, la pandilla entera, nadie da cuenta, la luna está desplazada al costado donde no se puede ver, ella ha hablado demasiado, ha entrado en conflicto con el ser y estando en conflicto no se puede, no aguanta loco, no aguanta.

Ayer fue sábado, porque no salí a callejear, no saludé a nadie, me escondí bajo las sábanas, esperando el día que sigue, pero a mí no me dejan en paz, me tocaron la puerta como tres veces, pero aun así no salí de mi refugio al goce. ¡No salgo sábado!, gritaba desde mi cama. Salga bobo, que hay fiesta. Nunca me interesaron las fiestas, y menos de gente que no conozco, yo ando con mis buitres, gente sin ganas, absortos en la nada, pendientes de quien deja para echarnos las jetas por lo que sea. No quiero fiesta de nada, deberían saber que no salgo sino los domingos, me hielan las venas sacar las manos fuera de esta sábana, dejen de insistir y váyanse a su fiesta mañana me cuentan, todo bien. Que nada, Mono cagetas. Tengo que tener mi espacio, mis cuatro paredes y mis cigarros, los buitres no entienden que yo necesito estar consciente y que con ellos lo único que se me ocurre es tirarme en la fuente del parque a contar las gaviotas del cielo, a ver si se baja alguna y me cuenta un cuento, como los de mi abuelo.

Les decía a los buitres la otra vez que había caído en desconcierto, que un tal Miguel Ángel Prieto había venido desde muy lejos y me lo había encontrado en el cementerio, yo visitaba mis muertos, el leía epitafios y los anotaba en una libretica roja, me acerqué como el que no quiere la cosa, y me habló de que ese era su oficio, que era el encargado de escribir epitafios para los muertos. A mí me interesó el asunto y lo invité a un trago, el tipo aceptó y me siguió contando de la epitafiología, le dije que me gustaba ese trabajo y que quería aprender, Miguel Ángel era un tipo buena gente, y me dijo que me enseñaba si le daba posada en mi casa y yo gustoso acepté.

La epitafiologia es tan simple como compleja, trata de sintetizar en una frase la vida de un ya no es. ¿Un qué?, Un ya no es. Me explico que nosotros los vivos somos, y que los muertos ya no son, por lo que el oficio del epitafiologo cobra importancia, porque das un propósito a un ya no es. Me dijo, que para darle un propósito a algo tocaba entender, y que cuando lograra entender era fácil interpretar el propósito de un ya no es y así era el método para obtener el epitafio preciso.

Yo por mi parte lo intenté y Miguel Ángel me animaba a continuar, me tenía paciencia, decía que a pesar de que yo era muy viejo para eso, agarraba las ideas rápido como un niño, que eso me beneficiaba, que él empezó a los seis, pero que no dejara de practicar porque la práctica hace al maestro. Los buitres no entendían nada de la historia, había pisado su frenético pensamiento y lo había arrojado a la incertidumbre. Aun así, continúe contando.

Lo que me inquieta sucedió cuando llegó mi primera práctica en campo. El ya no es estaba fresquito. Un muchacho de veinte, la vida por delante, según lo indagado por la policía lo mataron para ajustar cuentas, el tipo como que debía plata y no pagaba. La familia llamó a Miguel Ángel de inmediato y nos pusimos a trabajar en el caso. Primero la policía no nos dejaba pasar, pero Miguel Ángel mostró el carnet que lo acreditaba como epitafiologo. Este mono me acompaña. Y listo, todo bien. Pasamos la zona acordonada y entonces vimos el cadáver, un muchacho moreno, de pequeña estatura, de jeans viejos, camiseta del Deportivo Las Tapitas. A este le gustaba el fútbol, ¿no, Miguel? Miguel se sonrió y me dijo que ya empezaba a entender el asunto y que anotara todo lo que viera. Miguel no dejaba de escupir en el suelo, y yo empecé a sentir cómo mi saliva se hacía viscosa entre mis dientes y mi lengua. Me agaché para mirar más de cerca, y entonces vi cómo la bala había entrado en su cerebro y lo había hecho pedazos, cómo había dejado sus restos esparcidos por el suelo y las paredes, me dieron ganas de vomitar, pero Miguel Ángel me contuvo porque es de mala educación y falta de respeto con la familia del ya no es, me tragué las ganas y volví a mirar al ya no es, llevaba tatuajes en los brazos, leyendas que decían: Dios nos da lo que queremos en manos equivocadas. Mierda este tipo parece que era caco. Miguel Ángel me hacía señas para que me callara porque había pensado en alto, una costumbre que no se me quita. Me incliné para ver de cerca los tatuajes, y de su oreja empezó a salir un gusano verde y delgado, tan delgado como un fideo, me espanté y llame a Miguel Ángel para que viniera a ver, Miguel Ángel sonrió como sólo lo hace él y me felicitó. Fresco mono eso es natural, dichoso usted que ha podido descubrirlo. Pero, ¿eso qué es? Mono eso es una jaula, cuando uno ya no es queda atrapado por la nada y la nada le designa a uno una forma animal o vegetal, todo para darle continuidad a la existencia, coja el gusano y métalo en esta cajita para dárselo a la familia como regalo. Me incliné de nuevo y tomé el gusano con mi mano, lo deposité en la cajita azul que me daba Miguel Ángel, la cerramos y le pusimos un moño plateado. En una tarjetica Miguel Ángel escribió el epitafio, que decía: Yace en el redondo cúmulo de las emociones, el que mira a lo lejos y echa a rodar sus intenciones. Entregamos la cajita y nos fuimos a beber cerveza con la plata del trabajo. Miguel Ángel me dijo que se iba después del último sorbo, que me había enseñado bien y que sabía que me defendía, que me quedara tranquilo que volvía algún día. Pero la verdad es que yo me he quedado intranquilo. ¿Y que te tiene intranquilo Mono? Es que no he dejado de sentirme una jaula. Que va Mono, usted lo que tiene de jaula lo tiene de planta, no le vemos rejas, Mono. Mierda, y me dieron ganas de ser jaula, y saque una 38 cargada, y maté a los buitres que me acompañaban y volaron hacia las nubes, hacia las gaviotas que devoraban las nubes de terciopelo azul, entonces ya no soy, nunca fui, no era, y me sentí entre rejas arrojando pan para que me vieran en este pedazo de mierda, basta de sufrir, basta de gozar, la verdad es que cualquiera se siente reja ajena.

 

 

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Eduardo Enrique Pimienta León. Es un joven escritor, radicado en Colombia. Escribe desde muy temprana edad, pero es ahora cuando está publicando las cosas que ha escrito, colaborando en un pequeño blog conocido como Foolers Group.

Contactar con el autor: eddyryam[ at ]gmail.com

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Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 91 / marzo-abril de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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