relato por
Jordi Juncà

 

L

a luz del sol se dividía en múltiples rayos afilados como la lengua de la serpiente. Alrededor del astro rey, el cielo no acababa de decidirse entre la desnudez del azul o la elegancia del gris, y su reflejo convertía al mar en una superficie interminable de aluminio. El agua intentaba resistirse al impulso del viento, que lo obligaba con determinación a precipitarse sobre la orilla. Ella se ondulaba y sus ondulaciones pretendían alcanzar el horizonte, pero siempre terminaban desfragmentándose en múltiples gotas y extendiéndose sobre la arena tostada, entre la espesura de la espuma blanca y el bramido de un animal vencido.

Ferrando se mantenía tendido sobre su tabla. El soplido del viento componía tal vez la primera canción, tan sencilla y al mismo tiempo imposible de descifrar. Escuchaba el diálogo del que un hombre no puede más que ser testigo,  la discusión entre la espuma salada y el aire invisible. Como siempre entre ellos, el surfista creía que su presencia mantendría el equilibrio de los elementos que no hace tanto tiempo fueron dioses poderosos. 

Ferrando comprendía que no era fácil olvidar un pasado tan célebre, y en cierto modo les profesaba ese respeto que todavía merecían. No era el único. Aquella mañana, como tantas otras, los surfistas se habían adueñado de la playa, y el color plateado del mar se veía interrumpido por el negro del neopreno y las quillas; además, los colores azules, verdes y rojos de los detalles de las tablas se entremezclaban con el mar, como si se tratara de una paleta cuyas pinturas se hubieran utilizado quizás en demasiadas ocasiones. 

En realidad Ferrando esperaba a la gran ola y no era la primera vez. Los demás solían conformarse con estar en el momento preciso en el lugar indicado. Se limitaban a esperar aquel momento en el que la ola se tensaba de tal forma que no iba a sostenerse durante mucho tiempo. Entonces aparecían en la cima las primeras pinceladas blancas que recordaban a la nieve que se resiste a fundirse, y en seguida el agua se retorcía formando en su seno un hueco inhóspito y voraz, rugiendo tan fuerte que el interior del pecho de los hombres vibraba como lo hace el espacio vacío de una guitarra. 

Para Ferrando, no obstante, aquello no era suficiente. Tenía la certeza de que un día vería la gran ola y la reconocería al instante. Estaba preparado para la ocasión, pero todavía no había distinguido la forma inconfundible de la ola perfecta. Se sentaba sobre la tabla y sus piernas se mantenían en remojo, relajadas, pacientes. Oteaba el horizonte y a veces se distraía con las gaviotas y sus alas extendidas tan inmóviles como si fueran de mármol. Las envidiaba porque sabía que ellas ya la habrían visto. Sabía que desde su lugar privilegiado no sería difícil identificarla. A pesar de todo, Ferrando no desesperaba. Los demás observaban junto a él el fin del mundo conocido, y se conformaban con cualquier oportunidad que se presentara en el sendero. La mayoría de los surfistas se amoldaban a la primera ola que interrumpiera la gran explanada de aluminio, pero él no era tan vulgar. A diferencia del resto, él tenía la paciencia necesaria.

Entonces las gaviotas agitaron sus alas que ya no eran de mármol, Ferrando se dio cuenta y siguió la dirección de sus miradas. De repente ya no existía nada más que aquella pared de agua iluminada por la luz cansada del atardecer. Se escuchaba, aun a metros de distancia, un rumor distinto a cuantos había oído antes. Se trataba de un discurso refinado, parecido al de las gotas de agua que se desprenden de las ramas de los árboles y se estrellan lentamente contra el césped ya empapado. Se trataba de la gran ola.

Ferrando se tendió cuan grande era sobre la tabla. La velocidad de ese monstruo crecía a medida que se acercaba, así que empezó a remar con los brazos a un ritmo que le pareció insostenible. La Tierra temblaba debajo del grueso manto que era el mar. Una inmensa cantidad de nieve empezaba a acumularse en la cima de aquella montaña impenetrable, y el surfista temió por un instante que se desprendiera y provocara un alud terrible. Se recompuso a toda velocidad. Era el momento que tanto había esperado y no podía permitirse fracasar, era el momento de surfear la gran ola. A escasos metros, ésta rugía como una fiera malherida y el pecho de Ferrando vibraba con más fuerza que nunca. Empezó a sentir cómo la gran ola lo succionaba, impidiéndole desplazarse hacia cualquier otra dirección. El surfista decidió no resistirse a la voluntad del monstruo, y entonces flexionó sus rodillas y se impulsó con sumo cuidado. Cuando había logrado tenerse en pie, la gran ola lo devoró con la misma facilidad con la que se rompe un jarrón al precipitarse sobre el suelo. En tan solo un segundo, la espuma lo rodeaba como si fuera un campo de algodón. Empezó a dar tumbos y se acordó fugazmente de las turbulencias que sufrió el avión en aquel viaje a las Bahamas. Los rayos del sol eran incapaces de atravesar la espesa capa de espuma, y la oscuridad se cernió como si fuera noche cerrada. 

Los demás surfistas fueron acercándose a la orilla y comentaban aquella ola y aquella otra. Aquel túnel, aquella caída sin importancia. Lejos de allí, Ferrando seguía debatiéndose entre la vida y la muerte. Seguía arrastrándose entre el agua y el viento, desorientado tras el continuado vaivén. No había escapatoria, empezaba a hacerse a la idea. Y ya agonizando, y en un último suspiro, se dijo que quizás debería haber empezado por esas otras olas más pequeñas, sí, pero al fin y al cabo menos letales.

 

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Jordi Juncà Mier de TeránJordi Juncà Mier de Terán (Barcelona, 1988). Es Licenciado en Humanidades y Máster en Creación Literaria, ambos títulos por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Hace cerca de un año inició su andadura en el ámbito profesional de la escritura, colaborando asiduamente con una publicación online joven llamada El Cotidiano; actualmente, escribe en las secciones de deportes y de cultura y, además, tiene experiencia en blogs propios de relato y poesía. Le gustaría seguir creciendo dentro del sector y aportar lo máximo posible, pues cree que ha llegado el momento de dar un salto hacia adelante en su carrera.

Web de proyectos del autor (en Calameo):
http://es.calameo.com/accounts/4015854
· Contactar con el autor: jordi.jmt [at] gmail.com

 

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 80 / mayo-junio de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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