artículo por
Alfonso Blanco Martín

 

He leído bastantes diálogos de Platón. He leído bastante sobre Platón y sobre su obra. He leído bastante a favor del pensamiento de Platón. He leído bastante en contra del pensamiento de Platón desde dos puntos de vista: respecto a lo que dejó en herencia y ha influenciado la vida humana desde su desaparición hasta hoy mismo; y respecto de lo que él erradicó con su pensamiento, todo el legado previo a su obra.

Tengo mi propia versión de lo que su obra aportó, que escribí hace años y con la que continúo estando de acuerdo:

Platón es el gran maestro del espíritu y el pensamiento, quien me descubrió que la literatura y la filosofía podían ir de la mano y que un texto bien escrito que pretende y consigue ser comunicativo no es universal sino que crea la universalidad.

Pero todo esto que expongo no es el centro de lo que quiero desarrollar aquí, aunque sirva de introducción, y más si recordamos que se considera a Platón el padre de la filosofía, aunque él, en un perfecto giro de su inteligencia comunicadora solo se muestre como el hijo de la filosofía de Sócrates, el que la puso por escrito (en la mayor parte de sus diálogos el protagonista es Sócrates), convirtiendo su pensamiento en la expresión del pensamiento de su maestro.

Y ese juego entre maestro que no escribe por decisión propia (como exponente de su propio pensamiento dialogante en directo, diálogo a partir del cual el interpelado por Sócrates llegará al conocimiento verdadero gracias a las preguntas de quien no quiere denominarse maestro y que decía, según Platón, ejercer de partera, como su madre, para facilitar el «dar a luz» ideas verdaderas por parte del interpelado). Ese juego, decía, entre maestro y discípulo, que es la obra de Platón, ya forma parte del tema que aquí pretendo tratar y que, como en el trabajo de la partera, empieza a salir a la luz por sí mismo en esta larga introducción.

Estamos acostumbrados a hablar sin pensar de la filosofía de tal o cual autor, o de la filosofía de un grupo social o político, o incluso de la filosofía particular de cada uno de nosotros. Es una forma de expresión válida porque centra algunos enfoques interesantes respecto a momentos históricos, comportamientos y pensamientos tanto individuales como sociales, pero es una manera de expresarse que se aleja del origen etimológico de la propia palabra griega: amor a la sabiduría.

Sí, claro, se puede opinar que hay distintas formas de amar y que esa posibilidad avalaría la utilización del término filosofía en el sentido apuntado más arriba, pero parece poco natural que ese sea el fin buscado cuando se habla de amor y de sabiduría.

El amor es el sentimiento fundacional (basado en la pulsión más extraordinaria y aguda de los humanos, la sexualidad) de todo el entramado de relaciones que han convertido a los humanos, precisamente, en la especie más apabullantemente arrolladora y desconcertante de las que pueblan la Tierra.

La sabiduría es el horizonte al que nunca se llega pero al que apunta el conocimiento, la inevitable acumulación de datos y las relaciones que poseen o podrían poseer entre sí, por el que todos pasamos, pertenezcamos al lugar y cultura al que pertenezcamos, desde el nacimiento hasta, cuanto menos, la madurez.

Platón mismo, su obra, la herencia de Sócrates (y tras ellos todos los filósofos que han existido hasta hoy), enseña indirectamente que el amor a la sabiduría, que la filosofía, no está del lado de estar de acuerdo con su enfoque, con sus conclusiones políticas o educativas, con su manera de enfrentar el mundo y con su reconocimiento o no de que pensamiento y acción son una y la misma actividad, sino que está del lado de que el amor a la sabiduría, incluso a un acercamiento a la sabiduría que partiera de un conocimiento de enfoque antiplatónico, es una actividad tan propia y genuinamente humana como la que más, y creo yo que hasta el punto de que solo es comparable con ella la actividad poética, entendiendo como tal un enfoque metafórico y simbólico que solo poseemos los humanos gracias al lenguaje, aunque sus manifestaciones puedan aparecer en otros ámbitos que el de la palabra, como ocurre con el arte en general.

Filosofamos cuando reconocemos que nuestro punto de vista no es más que uno más de los existentes y de los posibles, cuando no damos nada por supuesto o cerrado aunque seamos capaces de defenderlo y desarrollarlo como si no hubiera otra posibilidad.

Filosofamos cuando inventamos posibilidades estructuradas de convivencia y somos capaces de aceptar que solo se completan con carne y sangre humanas, con pasiones humanas, con las limitadas e inventivas prácticas humanas.

Filosofamos cuando lo evidente no nos basta y entramos en el camino de la búsqueda aun sabiendo que, como la sabiduría, nunca se alcanza su final, simplemente dejamos caminos abiertos para que los filósofos que nos sigan sean capaces de continuar avanzando más allá de ellos o, incluso, de borrarlos como bifurcaciones, innecesarias como todas, a las que lo único que no se les puede arrebatar es su capacidad de crear el mapa del mundo humano, el mapa a través del cual se accede al conocimiento de que estamos bordeados de límites pero somos capaces de modificar su forma permanentemente.

 

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Alfonso Blanco Martín: «Nací en Madrid en 1959, soy licenciado en Historia del Arte y trabajo actualmente como informático. Estudié en Madrid y París y me gusta recordar que he trabajado eventualmente en Panamá y en Paraguay. Escribo desde hace treinta años. Leo desde siempre. No puedo separar ambas actividades aunque, evidentemente, la lectura es la primera. A estas alturas de la vida, de mi vida, no podría ni querría abandonar ni una ni otra. Y Escribo para recrear algo más que lo evidente. No me gusta lo evidente. Creo que pensamos, hablamos, escribimos, investigamos, para superar lo evidente, para buscar o hallar eso que antiguamente se denominaba La Verdad. Se va a publicar próximamente mi colección de cuentos Los Dioses en París, y quizá pueda ver publicadas algunas novelas que todavía no lo han sido».


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  ILUSTRACIÓN ARTÍCULO: Fotografía por Alfonso Blanco Martín ©

 

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