relato por
Fran Montaraz

 

La boca del metro arrojó a la calle otro vómito más de pasajeros. Todos salían al exterior abotonándose los abrigos y envolviéndose los cuellos con bufandas y pañuelos, como si, cual Jonás, hubieran surgido desnudos del sofocante estómago de una ballena. Subían las escaleras rápidamente, ávidos de respirar el aire gélido de la tarde invernal. Había llovido, y el pavimento de la plaza brillaba bajo las farolas anaranjadas.

En uno de los húmedos bancos de madera próximo a la boca del metro, Marina esperaba sentada con su elegante abrigo negro y un pañuelo rojo alrededor del cuello. Apenas divisó a Roberto entre los que se dispersaban ya por la plaza, se levantó y se acercó a él. Sin saludarle, le agarró del brazo y le condujo hacia el café más cercano, situado bajo el pórtico de un edificio de la plaza. Se trataba de un lugar acogedor del que en otro tiempo habían sido clientes habituales

—Ven —le dijo—, hace un frío terrible.

Marina abrió las puertas del local, y los cristales de las gafas de Roberto se empañaron al penetrar en la cálida atmósfera. Se las quitó y, mientras las limpiaba con un pañuelo, ella se sentó en una de las mesas próximas a la barra y encendió un pitillo. Se desabrochó el abrigo. El pañuelo descansaba sobre el mármol de la mesa: parecía una serpiente roja sobre una lápida reluciente. Roberto se sentó a su lado y se desembarazó de su cazadora de cuero marrón, que colocó en el respaldo de la silla.

—Por fin te has dignado a verme. ¡Te he escrito más de diez mensajes! —dijo Roberto con vehemencia—. ¿Por qué no me has contestado?

Marina bajó los ojos y los fijó sobre el mármol blanco. El mismo camarero de entonces se acercó y les saludó con frialdad. Escribió en una libreta lo que los señores clientes iban a tomar. Cuando se alejó, Roberto repitió la pregunta, pero los ojos de Marina seguían fijos en la mesa. Al cabo de unos minutos, el camarero volvió con una bandeja metálica en la que descansaban un bourbon doble y un café. Los depositó sobre la mesa y, con una sonrisa hueca, colocó la cuenta debajo de un servilletero. Se alejó sin contestar al «gracias» de Marina, que vertió el azúcar en su taza y comenzó a mover con la cucharilla, sin mirar a Roberto.

—¡Qué te pasa! ¿Por qué no me hablas? —exclamó él con impaciencia.

Marina alzó la vista y lo miró moviendo la cabeza a los lados, como si negara algo.

—No cambias —le dijo con desdén—: siempre te ha costado aceptar la realidad.

—Ya sabes cómo soy, ¿por qué iba a cambiar ahora?

Los labios de Marina se apretaron en un gesto de rabia.

—Escucha —le dijo mirándole con desafío—, deja de escribirme, deja de llamarme. Tienes que entender que estoy con otra persona, y a veces no puedo disimular.

—Pero ¿por qué no puedo hablar contigo, aunque estés con otro? ¿Acaso ya no puedes tener amigos? —preguntó él de una manera irónica que irritó más a Marina.

—¡Pero tú no eres un amigo, Roberto! —exclamó Marina, alzando la voz.

El tipo trajeado de la mesa contigua dejó de leer el periódico y los miró durante unos segundos.

—¡Qué mirará ese idiota! —dijo Roberto también en voz alta para que el otro lo escuchara, y bebió su bourbon de un trago.

Pidió otro al camarero. Lentamente, acercó su silla a la de Marina.

—Ya  sé  toda  esa  mierda…  —-murmuró,  y  se  quitó  las  gafas—,  pero  qué  quieres  que  haga  si  no  puedo olvidarte —añadió tomando una de sus manos y besándola.

Marina apartó la mano y cerró los ojos.

—No me hagas esto —susurró ella con tono de lamento, e hincó los codos sobre la mesa apoyando las manos en las sienes.

Roberto comenzó a acariciar su hermosa melena rubia, cuyas ondas brillaban con matices de plata bajo las lámparas del café. Ella se dejaba hacer.

—Creo que es mejor que no nos veamos más —dijo súbitamente, y se puso el pañuelo alrededor del cuello. Sacó unas monedas del bolso y se levantó.

—¿Ya te vas tan pronto? Quédate y hablamos un rato más.

—No, Roberto, no hay nada de qué hablar. Quédate tú y emborráchate, como siempre.

Mientras Marina se dirigía a la salida, Roberto pidió una tercera copa, que bebió deprisa, y pagó la cuenta.

Salió del local un poco mareado, pero el aire fresco le infundió energía y caminó con rapidez hacia la boca del metro.

Vio a Marina algo borrosa en la taquilla, pagando su billete. Recordó, entonces, que había olvidado sus gafas sobre la mesa del café. Pensó que ya volvería a por ellas, y esperó a que Marina se perdiera por los pasillos malolientes que conducían al andén.

Allí, numerosos viajeros se agolpaban en torno a la línea amarilla que les mantenía apartados de la vía. Roberto sintió náuseas al abrirse paso entre ellos. Una arcada le devolvió un trago ácido de bourbon, que le raspó la garganta. Aturdido, buscó a Marina entre la multitud. Al fin la distinguió por el cabello rubio, cuyos bucles estaban ahora cubiertos por el abrigo negro, que reposaba sobre sus hombros. Se mantuvo algo apartado de ella. El calor le pegaba la ropa al cuerpo, pero no se quitó la cazadora. Escuchaba el sonido intenso de su corazón. Las sienes le latían a causa del alcohol.

El tren apareció en la estación. Los viajeros empezaron a moverse y a concentrarse en el borde del andén. En medio del tumulto, Roberto intentaba acercarse a Marina dando codazos y apartando con su cuerpo a los extraños que le separaban de ella.

Unos segundos antes de que el tren pasara por su lado, consiguió empujarla con fuerza a las vías.

A su espalda, escuchó gritos de pánico. Alguien cercano exclamó: «¡Dios mío!», y Roberto, como si acabara de despertar de una pesadilla, se sobresaltó. Un relámpago de miedo le recorrió el espinazo, y él también repitió: «Dios mío», pero en voz muy baja, como el eco moribundo de la voz que acababa de oír. Miró a su alrededor, y vio los rostros conmocionados de los pasajeros que empezaban a rodearle. Reaccionó y trató de huir apartando a la gente con violencia, pero un tipo alto le agarró del brazo. Roberto le propinó un furioso cabezazo y le tiró al suelo. Después, se precipitó hacia la salida.

Cerca de las escaleras que conducían a la salida, vio a Marina con el abrigo negro doblado sobre uno de sus brazos, y el pañuelo rojo, que se deslizaba como un reguero de sangre, sobre él. Roberto, confuso, se detuvo y ambos se miraron fijamente. El rostro de Marina se retorció de terror.

—Pero ¿qué has hecho? —le gritó—. ¿Qué demonios has hecho?

Roberto subió las escaleras a toda prisa y salió del metro. La enorme boca le escupió por segunda vez aquella tarde.

Corrió a través de la plaza, y penetró en un largo callejón oscuro. Un callejón largo y negro, como el abrigo de Marina. Corrió, sin saber adónde dirigirse, ni cuándo detenerse.

 

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Fran Montaraz (Madrid, 1965). Licenciada en Filología Hispánica por la Complutense, ha ejercido la enseñanza de idiomas durante veinte años. Siempre interesada en el relato corto, investigó, durante los años que ejerció como lectora de español en la India, la literatura contemporánea de este país. Publicó dos antologías de relatos de autores indios: Los confabuladores nocturnos (Siddharth Mehta, 1998) y Lihaf (Horas y Horas, 2001). Inspirándose en la literatura de transmisión oral africana, ha publicado recientemente Cuentos a la luz de la hoguera (Artgerust, 2014). Su colección de relatos La huida aparecerá en el 2015. Actualmente escribe una novela.

📩 Contactar con la autora: pacamontaraz [at] gmail.com

 

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiar – n.º 79 | marzo-abril de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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