relato por
Caleb S. Medina

 

Y

a habían pasado dos meses, no teníamos alimentos y nuestro semblante era más amargo y miserable que el de un mendigo de toda la vida, el descenso de humanidad en nosotros era aterrador, un perro callejero sufre hambre, es verdad, pero es psicológicamente libre.

Los más débiles y enfermos morían, no podían vivir con solo el pan duro que ofrecían diariamente, otros, tal como pretendían aquellos monstruos, nos manteníamos vivos o por lo menos respirando. Dormíamos, comíamos y nos movíamos únicamente y a duras penas lo necesario para no morir.

Pero la recompensa del valiente tarde o temprano se ha de ver, solo quien resiste el trayecto puede disfrutar la llegada. Todo esto pensaba con lágrimas en mis ojos, mientras tenía frente a mí un jugoso filete de carne y un buen vino. Vistiendo aún mis ropas de prisionero, sentado y observando el plato, ¿Sentía hambre? ¿Felicidad o nostalgia?

Mis compañeros se sentaban a mi lado, tenían cada uno su plato, exactamente igual al mío. No había alegría en sus rostros, de hecho sus expresiones eran exageradas pero irreales, era ver aún la angustiosa efigie de la obra de Munch frente a frente. Engullían sus platos como animales, susurraban palabras incomprensibles. Observé a mi derecha y había una cara conocida, a mi izquierda otra, a mi derecha otra, a mi izquierda mi esposa invitándome a comer, a mi derecha algún compañero devorando la carne, tomándola con las manos para mayor facilidad. Todo mi entorno se movía rápidamente y yo, estaba quieto, observando mi plato, largo tiempo.

Un cuadro con una inscripción en la pared llamó mi atención: «El tiempo es largo para quien soñó primero y corto para quien no se decide a seguir sus sueños». Era una frase común de almanaque, no era profunda ni de interés, de nuevo centré mi mirada en el plato.

Es verdad que no había comido bien, que llevaba tiempo deseando un platillo como aquel que estaba frente a mí —en ese aspecto la frase era real, qué largos habían sido estos dos meses, soñando saborear algo decente—, pero ahora que se había acabado todo, un sin sabor atacaba mi alma ¿Soñar? ¿Perseguir sueños? El mundo era muy cruel como para aferrarse a las frases que cualquier publicista puede escribir, personas que no han vivido el infierno.

Solo alguien que hubiera vivido esta tortura podría escribir con propiedad ese tipo de frases. Quien sueña puede ser buen literato, puede escribir frases como esa y puede pasar el tiempo viviendo en otro mundo. Pero únicamente quien resiste y sufre puede cambiar la realidad, puede tener descanso… puede obtener su filete. Quería saborear la victoria, no engullir la cena como cualquier cerdo, no había resistido la miseria para vencer como animal.

Lentamente acomodé la servilleta, tomé los cubiertos, mientras a mi alrededor los cerdos seguían devorando desesperadamente su porción, chillando, no entendía nada, quise poner mayor atención a sus ruidos. Uno se sentía especialmente dirigido a mí. Mi amigo, un judío que había soportado los dos meses conmigo me gritaba: «¡Come rápido!, te hará bien, ¡pronto nos despertarán!, ¡sabes que está prohibido soñar!».

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Caleb David Saldaña MedinaCaleb David Saldaña Medina, es un psicólogo nacido en Villeta, pueblo de Colombia. Actualmente estudia una maestría en Ciencias Cognitivas en La Universidad Autónoma del Estado de Morelos.  Ha publicado textos  literarios como de divulgación científica. Pertenece al taller Lobo Estepario y Revista literaria Scriptoris de la Facultad de Educación de la Universidad Minuto de Dios. Dentro de sus influencias se encuentran nombres como Edgar Allan Poe, Herman Hesse y Osamu Dazai.
Contactar con el autor: calebsal777 [ at ] gmail.com


Ilustración relato:
Fotografía por TheDigitalArtist / Pixabay [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiarn.º 97 / marzo-abril 2018MARGEN CERO™Aviso legal

 

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