relato por
Juan S. Sabogal Parra

 

A

brí los ojos, allí estaba frente a mí aquella pantalla, no sé cuánto tiempo había estado frente a ella, esperando que pasara el tiempo, perdiéndolo… —dirían algunos—, pero en realidad lo que perdía era dinero, no sé cuántos billetes había cambiado por inútiles créditos en la tragamonedas.

«Buen nombre tiene esta máquina —pensé mientras seguía oprimiendo el dichoso botoncito spin— describe a la perfección lo único que sabe hacer comer y comer dinero nada más, ¿no lo cagará en algún momento?».

Aún tenía créditos suficientes para algunas horas más apostando… o, bueno, perdiendo que es lo mismo para mí, todo el tiempo que llevo en este lugar y aún no he ganado una sola vez; en el ambiente, a lo lejos, se logra percibir que alguien no tiene tan mala suerte como yo, ha sonado la alarma de ganador ya varias veces.

«¿Será que sólo conmigo este cacharro es fiel a su maldito nombre, tragamonedas…?».

Intento levantar la mirada hacia el lugar donde suena la dichosa máquina avisando que alguien tiene un premio, sin embargo no logro ver nada, y además soy el único que se inmuta frente a ese sonido. De pronto, de la nada, y como si todo estuviera controlado, llega una hermosa mujer con unos bocadillos y una bebida, justo cuando comenzaba a sentir un poco de hambre; se podría pensar que son muy amables al darnos alimento y traerlo justo a nuestro puesto, pero no, esto es como cuando al cerdo se le alimenta muy bien con el único fin de degollarlo llegada la hora; a nosotros nos traen todo para que no nos levantemos o quitemos la mirada de la pantalla que tenemos al frente, de esta manera aseguran que nuestro dinero continúe entrando a sus bolsillos.

«¿Por qué elegirán mujeres tan hermosas para pasar dando comida o cambiando el dinero para las máquinas?» —me pregunté aun cuando en realidad no me importaba la respuesta.

Estaba en lo mío, hundido en el juego para no sentirme hundido en la vida fuera de este lugar, de hecho cuando se podía fumar me parecía más relajante, pero las nuevas leyes lo prohíben.

«…Malditas leyes, prohíben todo lo bueno, ya no puedo ser un cerdo total apostando, comiendo y fumando, sólo puedo ser un cerdo a medias…».

Cuando la hermosa joven terminó de pasarme el alimento del momento veo al fondo a una anciana, tal vez tenga unos 80 años o menos y la vida no la trató como se esperaba, su mirada no se aparta de la pantalla, no tengo idea del tiempo que llevará allí sentada, pues no había movido mi cabeza más que para intentar ver al afortunado ganador, que por cierto se fue o dejó de ganar, hace un buen rato las alarmas se detuvieron; de repente la anciana me mira, no sé qué hacer, intenté sonreírle un poco en son de buena suerte para sus jugadas, pero su mirada demuestra que ella ya terminó las jugadas importantes y perdió, me entristece verla, pero me entristecería más conocer su historia.

«…Aunque en este lugar nadie quiere conocer a los otros, simplemente se viene para intentar concentrarse en el juego, como una excusa para estar solo y ahogar las penas sin la necesidad de terminar oliendo a alcohol…» —pensé mientras la anciana continuaba viéndome.

La anciana vuelve a lo suyo, mientras a mí el juego me dejó de importar un poco, ahora pienso en esas personas que me rodean, la mayoría tiene esa mirada, triste, vacía, tal vez es esa la mirada de la gente cuando ya no hay futuro alguno por el cual luchar; en ese momento entra una pareja de noviecillos y todos los observan por el ruido que hacen, las risas y la felicidad que expresan no son normales en este lugar; felicidad en un lugar que bien podría hacerle competencia a una funeraria buscando cuál de los dos tienen más saturación de muerte y desolación; la parejita elige sentarse justo a dos puestos de donde estoy.

«¿Quieren restregar su felicidad en mi tristeza?» —me pregunto, aunque no creo, no les conozco y dudo que mi vida le importe a un desconocido.

La parejita juega y juega, sonríen, se besan, y yo intento concentrarme en el poco dinero que me queda en la máquina, pero es imposible; su felicidad me irrita, miro a la anciana pero no se inmuta, pareciese como si el aparato hubiese eliminado ya sus sentidos y sólo pudiera oprimir spin; no hace más, eso y meter los billetes son los únicos movimientos que realiza y ha realizado el tiempo que lleva allí.

A la anciana ya poco le importa el entorno, a mi aún me importa y me están comenzando a irritar las sonrisas y risas de ellos, intento mirarlos con un poco de enfado a ver si comprenden que este no es lugar para sonreír, como quien pide en medio de un funeral algo de «respeto por el muerto», aunque el muerto no le diga gracias y en mi caso la maquina no me dará ganancia alguna por pedir respeto al sacro lugar de apuestas, lo hago buscando algo de tranquilidad.

Oprimo spin una vez más a ver si mi suerte cambia, pero no, sigo perdiendo más y más dinero; la anciana continúa allí, las mujeres hermosas continúan pasando con sus bandejas repletas de bebidas y bocadillos mirando quién de nosotros necesita alguna caloría para seguir moviendo el dedo y apostando.

He dejado de concentrarme en la pantalla, el espacio que antes me parecía inmenso ahora parece reducirse a un pequeño cuarto, las risas de la pareja suenan cada vez más cerca, aunque ellos no se han movido un solo asiento hacia mí. La anciana se levanta, creo que hace mucho no lo hacía, pero simplemente se dirige al baño, ya regresará para continuar con su juego, de pronto escucho algo, la chica con esa voz dulce y suave dice a su novio:

«Déjalo ya, vamos a caminar, si seguimos en este lugar tal vez terminamos como él…».

Giré un poco la cabeza al oír eso y noté que sus miradas se dirigían a mí, intenté hacer como si no me importase mucho, pero en realidad me sentí mal, y no me refiero a ese sentimiento de quien se enferma o de quien rompen el corazón, fue algo mucho más fuerte…

«Aquello que sentí es lo que siente un papel cuando está tirado en la calle y lo miran con asco —pensé—, pero… ¡qué estupidez más grande!, hasta mi mente ya debe andar mal».

Intenté concentrarme de nuevo en la pantalla, eché un vistazo a la esquina izquierda y aún decía «200 créditos», quise continuar sin pensar en esas miradas juzgándome, pero me fue imposible, ellos se marcharon con su alegría, interrumpieron mi oscura soledad; ya no están, pero igualmente me siento incómodo, el problema ahora no está en ellos, ni en la anciana, ni en el hombre que ganaba dinero, ni en las hermosas señoritas que pasan con alimentos, el problema está nuevamente en donde siempre ha estado, en mí.

«¿Cómo me separo de mí? —reflexioné con tristeza—, es imposible, no puedo, soy yo y no tengo más que este ser para existir».

«No puedo jugar más…».

En este momento mi mirada tal vez expresa miedo, pero nadie me lo puede asegurar, nadie me observa, intento ver mi reflejo en las partes plateadas del maldito tragamonedas pero siento miedo de verme, mejor no lo hago, procuro calmarme y respirar un poco, el aire me falta.

—¡Quiero salir! —grité. Pero nadie escuchó mi grito o a nadie le importó.

Caminar un poco me puede hacer bien, pero mejor no lo hago, cierro los ojos por un momento, los abro después de un rato y la pantalla sigue allí y aún no sé cuánto tiempo llevo aquí sentado…

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Juan Sebastián Sabogal Parra
. Estudiante de Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Distrital Francisco Jose de Caldas de la ciudad de Bogotá (Col), creador del blog Liberté de Pensée; amante de la literatura, la pintura, la fotografía y el cine.

 

 Web del autor: www.juansebastian.portfoliobox.es/inicio
Contactar
soadlibrepensador[at]gmail.com

 

 Ilustración relato: Slot machines 3, By Antoine Taveneaux (Own work) [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarnº 82 / septiembre-octubre 2015
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