relato por
Axel Blanco Castillo

 

-D

ebes comenzar tú, Juan Carlos.

—Ah, sí —carraspeó—, oye amor ¿cuándo llega tu esposo?

—Eso no importa bebé, tenemos todo el día.

Juan Carlos enmudeció por unos segundos, nunca había sido bueno para la actuación. Ella le dijo con gestos que no lo echara todo a perder.

—…Oh sí, pero, ¿cómo sabes que no vendrá?, ¿acaso te lo dijo?

Sofía explota en una risilla desbordante por el titubeo de Juan, su mala adhesión al papel.

—No, gafo, ese estúpido trabaja horas nocturnas. Quiere reunir suficiente para llevarme a la playa.

Juan la interrumpe incómodo: —¿Y tienes que decir cosas reales, Sofía?, eso de que trabajo de noche y…

—Papi, podemos usar todo lo que nos dé la gana, es un juego.

—Ah carajo, no importa entonces, sigue pues…

—Y cómo te iba diciendo cariño, el muy zonzo pagó la deuda del hotel.

—¿El hotel Emperador?

—Sí, ¿lo recuerdas?, nos dimos unas cogidas divinas ese fin —Juan se encogió de hombros y le siguió el juego.

—Ah sí, cogimos rico… Y ¿cómo lograste convencer al pendejo ese de que pagara?

—Bueno, le dije sobre unas viejas amigas del colegio que organizaron un reencuentro esa noche, justo en el hotel. Ja ja ja ja, me creyó hasta la última frase. Incluso me llevó en su carro hasta la puerta del Emperador.

Juan soltó algo incómodo que se le atravesó repentinamente en la garganta: —¿Esa vaina pasó de verdad Sofía?, ¿me fuiste infiel?, porque es verdad que te llevé al hotel ese por el reencuentro con tus compañeras. Coño, no puedo creerlo, eres una descarada vale.

A Sofía le dio un ataque de tos extraño. Y balbuceó algo con una voz quebradiza y nerviosa que Juan no comprendió. Luego rompió en carcajadas.

—Tú sí que eres gafito Juan, si sólo estamos jodiendo. Nuestro propósito es calentarnos y terminar en la cama, chico.

—Pero Sofff…

—No, no quiero que interrumpas más —Sofía comenzó a sobarle el pene encima de la ropa—. Me vas a decir que esto no te gusta, ah, reconócelo.

—En veinte años sigues poniéndomela dura, sabes que sí —entonces ella estiró la liga de su interior y la soltó. Sintió como si recibiera un azote en el miembro.

—¡Ay, coño, Sofía, qué te pasa!

—¿Duele verdad?, por eso es que debemos reinventar nuestra sexualidad. Veinte años de conformidad, siempre lo mismo Juan. Yo te la chupo y luego me la metes hasta acabar y eso es todo. Parece mentira que eso nos haya mantenido juntos por tantos años. Quiero que uses más tus manos, tu boca, aguantes más tiempo para acabar.

—La relación es más que sexo chica. Yo te amo. ¿Eso no cuenta acaso?

—Sí, pero la doctora Nancy sostiene que la pareja no es sólo amor. También hay que hacer cosas nuevas en el sexo. Simular roles. La rutina es una de las grandes causas de la separación en los matrimonios —Juan sonrió. Para él la doctora Nancy era una clase de ninfómana feminista.

—Te he dicho que no veas ese programa. Distorsionan las vainas. Además esa doctora lo que le gusta es una tiradera. Ay, que si el chaca chaca en el desayuno, en el almuerzo, la cena, el chaca chaca gourmet.

—Eres un vulgar, Juan Carlos. ¿No entiendes que debemos trabajar en nuestra sexualidad verdad?

—Mira mami, por mi parte yo estoy bien con lo que haces en la cama. Me gustas. Me enciendes. No sé qué es lo que te dio a ti. ¿Será que no te gusta lo que te doy? ¿No te gusta lo que te hago? —ella lo miró fijamente  por  unos  instantes, sin decir nada. Y entonces lo soltó—: ¿Y qué es lo que tú dices que me haces, Juan?

—Bueno yo… yo te agarro, te acaricio un poco por aquí, algo por allá, te doy unos besitos en el cuello, unas palmaditas en tu espalda, cosas así…

Sofía movió la cabeza: —Es que ya ni sabes qué decir Juan Carlos. Te has convertido en un técnico del sexo sin una pizca de creatividad. Tan elemental como una estrella porno. Y no voy a discutir más contigo, desde ahora si quieres chuchita tendrás que seguir mis reglas.

Sofía se puso unos chores cortísimos y una franela blanca translúcida con unos pechos medianos que no habían perdido su forma juvenil. Su abdomen plano, terso, y de una porosidad debido al frío del aire acondicionado quedaba al descubierto. En el centro, la hendidura de un ombligo imperfecto pero atractivo. Era una mujer cuyo cuerpo se mantenía firme a pesar del paso de los años. Nunca aparentaba la edad y en plenos cuarenta y seis, parecía de treinta o treinta y dos años.

—No vas a salir así a la calle, Sofía, además son las diez de la noche.

Ella se calzó las cholas y le dijo que si quería chuchita tendría que jugar su juego. Juan le bloqueó el paso en la puerta.

—Déjame pasar gafo no voy a salir del edificio.

—Te pueden ver los vecinos, coño. No, no me interesa, no vas a salir y punto —ella lo besó y le metió la lengua hasta la garganta.

—Nadie me va a ver tontito, los vecinos casi ni salen y menos a esta hora. Es sólo un segundo, prepárate para que me abras… Y por favor sígueme el juego, si no, me acuesto a dormir y no cogemos, ¿está claro?

Juan se quitó de la puerta y ella salió y cerró. Luego de unos segundos sonó el timbre. Juan abrió y Sofía se le guindó al cuello.

—¿Cuánto tiempo tenemos para que llegue tu esposa cariño? —Juan sonrió. Coño la verdad que las mujeres son una locas—. ¿No me recuerdas papi? Soy Glenda tu vecinita del 202. La que buceas por la ventana todas las noches.

Juan no podía creer la vaina. Cómo podría saberlo ¿no?, pero saber qué… que de verdad te buceas a la del 202, Juancito, no todo el tiempo claro, algunas noches, cuando la desgraciada llega del trabajo y se quita la ropa frente a la ventana. Aquellas tetas de encanto y unas nalgas paraditas pellizcadas por unas pantaletas de encaje que siempre se pone, a veces negras, otras blancas… Sofía lo besa con una lengua traviesa. Lo lleva hasta la sala y lo lanza al mueble.

—Mírame, cariño.

Juan está pensativo tratando de convencerse de que existen las casualidades. Ella se quita el shorts y distingue otra extraña casualidad, la pantaleta también es negra y de encajes.

—Carajo, Sofía, nunca te había visto esa pantaleta negra… te queda muy bien.

—Cariño, yo no soy tu esposa, recuerda que soy Glenda.

Juan comienza a meterse en la fantasía. Uf, esa Glenda sí que está buena… Pero la doble no está nada despreciable. Sofía gatea sobre la alfombra y se introduce como una pantera al cuarto sin dejar de mirarlo. Juan está duro como mármol. Pero algo no le encaja en la trama.

—Otra cosa Sofía, si eres la vecina y nunca has entrado al departamento, ¿cómo es que sabes dónde está el cuarto?

—Recuerda que soy Glenda papi y… ay no molestes, estoy muy excitada, cállate —Sofía lo besa en los labios y va descendiendo lentamente. Cuando llega al cuello lo succiona como si quisiera beberle la sangre.

—¡Carajo cómo duele! Mira, si quieres ser Glenda tienes que hacerlo más real.

Sofía se detiene y lo mira con ojos asesinos.

—Juan Carlos, se supone que Glenda también vive en el edificio y sabe que todos los apartamentos fueron construidos de la misma forma.

—Nena, pero la disposición de los espacios es una vaina distinta. Si Glenda viene a visitarme cómo encontrará el cuarto.

—Cómo que viene a visitarte, Juan. Ay mijo no sé qué mosca te picó, pero recuerda que esto es sólo un juego. Mucho cuidadito porque tú no me has visto bien arrecha, Juan Carlos Apolinar González.

Sin decir más palabras, Sofía se mete en la ducha. Sale, y se viste con esos antiguos harapos que se ponía cuando trabajaba. Camisa manga larga y de cuello, bléiser azul, falda del mismo color y tacones, cabello peinado con secador, muchísimo maquillaje, sobre todo en los ojos y labios, y ese pachuli repugnante que sólo a ella le gusta. Salió de nuevo del departamento. El timbre sonó enérgico y Juan abrió.

—Señor Juan, cómo está… ¿se acuerda de mí?, soy la profesora Norma. Le doy inglés a su hijo Raimundo. Juan la mira y sonríe. Qué vaina les dará a las mujeres después de los cuarenta, chico. De verdad es como una enfermedad mental, algo que no han descubierto ni los médicos.

—Ah sí, es usted la señorita Norma, la recuerdo de aquella reunión de representantes…

—Está en lo correcto señor Juan.

—Pero no sé si pueda mantener una conversación con usted señorita, do not speak english.

—Ja ja ja ja, despreocúpese que todo lo que le haré será en spanish. Pero es necesario que me diga algo, ¿no está su esposa verdad?

—No, no, claro que no —Sofía en el papel de Norma es deliciosa, mi cremallera es un muro de contención. Norma entra viento a todos lados—. Qué hermoso departamento tiene, lo felicito señor Juan.

—Está a su completa disposición, señorita.

—¿Puedo sentarme?

—Como guste —Sofía lanza una mirada pícara a Juan mientras se inclina acentuando lo más posible sus glúteos. Él le gustaría ser ese mueble. Su boca acuosa comienza a tragar saliva. Su pulso simplemente se eleva. Toda la sangre de su cuerpo migra velozmente a su entrepierna. La profe, ya sentada, cruza las piernas y le dice que en realidad no ha venido para hablar de su hijo, sino de lo que siente por él.

—Sé que siempre me devora con sus ojos cuando va al liceo, señor Juan, y, aunque trate de disimular, no puede engañarme. No se ponga nervioso, me gusta que lo haga señor Juan, me excita, me pone como una loba. Había planificado esta visita desde la última vez que nos vimos en la reunión de representantes —Juan no se explica de dónde Sofía saca tanto parlamento. Es como si se hubiera aprendido un guion cinematográfico sólo para esa ocasión. Movido por la trama de lo que parece ser una telenovela amateur, se sienta a su lado y la besa. La profesora se le monta encima y con una mano palpa su pantalón ubicando la cremallera. Pero se decepciona porque su miembro está laxo. Parece una goma macilenta incapaz de mantenerse erguida.

—¿Y ahora qué pasa chico?

—No sé, Sofía, no me parece bien que imites a la profesora de nuestro hijo. ¿No te preocupa que se afecte nuestra relación?

Sofía explota: —¡Qué mierda es lo que te pasa, Juan! ¡Sólo es un juego!

—Está bien Sofí, que no se diga más entonces…

—Parece que no quisieras estar conmigo. Me estoy esforzando pero tú sólo buscas pretextos.

Los ojos de Sofía se ponen rojos, húmedos, está a punto de llorar. Se quita la ropa, se va al baño. Se mete bajo la ducha. Pero de nuevo el agua no apaga el deseo de un orgasmo. Juan, boca arriba sobre la cama, piensa en la verdadera razón de su disfunción. Una nueva coincidencia. Coño le atinó otra vez. Cómo pudo saber que me gustaba esa profesora. Que cuando la veo mis ojos se escapan detrás de sus nalguitas erguidas. La voz de Sofía interrumpe sus meditaciones. Le habla desde el baño.

—Mira Juan, esta es tu última oportunidad para coger…

Sale del baño con el pelo batido, se lo ha pintado de un castaño claro con tintes de efecto rápido. Lo único que lleva encima es un vestidito que llega al principio de los muslos. El rostro muy bien pintado y todo ese aspecto de loquita divina le hace recordar a Angie Cepeda en la película Pantaleón y las Visitadoras. Sus ojos le brillan. Su pene se vigoriza como un superhéroe de historietas.

—¿Sabes quién soy verdad?

A Juan ya no le importa quién pretenda ser esa mujer. Quizás sea Olga y él un jodido capitán del ejército peruano. Pero más allá de esa breve ilusión, lo único que quiere es estar allí. La única certeza que experimenta es que no podría vivir sin ella.

 

línea división cuento Axel Blanco Castillo

 

Axel Blanco CastilloAxel Blanco Castillo. Caracas en 1973. Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Ha estado en permanente ejercicio docente desde 1998. Algunos de sus cuentos han sido publicados en portales literarios. Es autor de los libros: Más de 48 Horas Secuestrada y Otros relatos, por amazon.com, y Al Borde del Caos en proceso de impresión por El Perro y la Rana. Administra el blog Historietas y otras Veleidades (https://axelblanco1973.wordpress.com/).
Contactar con el autor: axel_blanco1973 [at] hotmail.com

 

Ilustración relato: Fotografía por Mamen Moruno Nadal ©
(De su muestra en Almiar  VER EXPOSICIÓN).

 

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