relato por
Juan J. Sánchez González

 

A

unque iban a comprarle su regalo de reyes, Lolo no parecía entusiasmado. Bien sujeto a su silla de seguridad, contemplaba con asombro el brumoso paisaje a través de la ventana trasera del coche. Las calles del pueblo se habían diluido en aquella densa niebla. De vez en cuando, aquella sustancia grisácea y húmeda se condensaba en formas que le eran familiares, como el coche blanco de su abuelo, el luminoso escaparate de la tienda de ropa de su tía Irene, en el que parpadeaban diminutas luces de colores que inflamaban la niebla con su inquieto titileo, la verja azul de su guardería, solitaria sobre un denso fondo de grisácea nada… Eran cosas que conocía muy bien, cosas que veía casi todos los días, pero que aquella tarde, inesperadamente, flotaban sobre aquel vago fondo gris, liberadas de su existencia cotidiana, liberadas del fastidioso orden en que solían presentarse a su vista. Los grandes ojos marrones de Lolo, brillantes bajo los castaños mechones de su cabello, miraban con ansiedad y sorpresa, como si acabasen de descubrir una realidad oculta tras el aspecto sólido y aburrido que habitualmente presentaban las cosas, una realidad insospechada de la que nadie le había hablado hasta entonces, ni siquiera en la guardería, donde las cariñosas maestras se empeñaban en que aprendiese el lugar que ocupaba cada cosa en ese mundo que no le gustaba.

Ni Antonio, atento al volante, ni Paula, ensimismada en sus pensamientos, habían advertido el entusiasmo que reflejaba el rostro de su hijo. Sentada en el asiento del copiloto, en completo silencio, su cara de niña, enmarcada por su larga melena cobriza, reflejaba preocupación. No dejaba de darle vueltas a lo que acababa de sucederle en la guardería, cuando fue a recoger a Lolo. Mientras le colocaba el abrigo, varios niños la señalaron gritando que era la madre del tonto. Esas palabras corrieron de boca en boca y pronto las coreaba toda la guardería. Fue necesario que Juana, una de las cuidadoras más veteranas, hiciera callar a los niños regañándoles. En la mirada entre compasiva y acusadora que le dirigió esa mujer, Paula había creído reconocer el mismo reproche que había escuchado en boca de sus amigos y familiares cuando se quedó embarazada de Lolo a los diecisiete años. Ella, que hasta entonces había sido una niñata despreocupada que solamente se ocupaba de sus caprichos, debía hacerse cargo de un niño. No se lo pensó mucho, decidió asumir sus nuevas responsabilidades con la misma testaruda perseverancia con que antes se peleaba con su madre para que le comprara un vestido o un bolso. Antonio, su novio, dando a sus palabras un desacostumbrado tono de ruda solemnidad, le aseguró que se portaría como debe portarse un hombre de verdad. Ese aprendiz de mecánico de veinte años, alto, delgado, tan trabajador como juerguista, asumió su paternidad con una seriedad un tanto patética que le hacía hablar y comportarse como si fuera el héroe de un culebrón. Palabras como responsabilidad y deberes, que nunca habían formado parte de su vocabulario, estaban presentes en casi todas sus conversaciones, dando a su rostro moreno y delgado una enfática expresión de dignidad. Para demostrar que no hablaba en vano dejó de salir. Suya fue la idea de comprar una casa pequeña que, con unos cuantos arreglos que podría hacer él mismo con ayuda de su padre albañil, sería suficiente para los tres. A Paula le gustó la idea, hacerse cargo de una casa y de un niño callaría todas las bocas que en el pueblo la acusaban de ser una niñata irresponsable.

Pero lo cierto es que Paula se había obsesionado con la idea de que no estaba haciendo bien las cosas, de que se había precipitado a la hora de asumir unas responsabilidades que le venían grandes. Además, su excesivo orgullo, su afán por demostrarle a todo el mundo que se bastaba por sí sola para criar a su hijo, le hacía muy difícil pedir ayuda… una ayuda que estaba segura de necesitar. Lolo no era como los demás niños. Le gustaba estar solo, siempre rehusaba la compañía de otros críos. Tampoco le gustaba que le besasen ni que jugasen con él. Todo su afán parecía consistir en que le dejasen solo y tranquilo. Sin que Antonio lo supiera, Paula había llegado a consultar al pediatra, quien le había asegurado que Lolo era un niño completamente normal. Pese a ello, no lograba quitarse de la cabeza que su hijo tenía algún problema, sospechas que parecía confirmar la inocente crueldad de los niños de la guardería.

Ambos permanecían callados y serios, mirando al frente, a las calles brumosas por las que avanzaba el coche con lentitud. Acababan de discutir. Al llegar a casa, Paula se había echado a llorar. Antonio quiso tranquilizarla restándole gravedad al asunto. Sólo consiguió exasperarla todavía más. Su mujer le acusaba de no ser consciente del problema. Como sucedía en las pocas ocasiones en que discutían, Antonio callaba, dejando que Paula se desahogase. También a él le preocupaba lo raro que era el niño, pero confiaba en que, con la atención y los cuidados necesarios, los problemas acabarían resolviéndose.

Hacía tiempo que habían planeado ir esa tarde al centro comercial para comprar el regalo de reyes de Lolo. Era la única tarde que Antonio iba a tener libre antes de las Navidades. Pero lo cierto es que a Paula, con el disgusto, se le habían quitado las ganas de ir a ningún sitio. Antonio tuvo que convencerla, estaba seguro de que salir un rato de casa les vendría bien a los dos. Desde que nació Lolo apenas salían.

Antonio conducía con precaución, no recordaba el pueblo sumido en una niebla tan densa. Era una temeridad salir a la carretera en una tarde como aquella. La luz de los focos se dispersaba en la bruma a pocos metros delante del coche, que carecía de antinieblas. Paula, asustada, rompió su mutismo para expresar el mismo temor que sentía su marido. Antonio se volvió un instante hacia ella con una media sonrisa en su flaco rostro moreno.

—No te preocupes, en peores plazas he toreao.

Era una mentira piadosa, pero la media sonrisa era sincera, aquellas palabras de Paula le demostraban que su enfado había pasado.

Dejaron atrás las calles del pueblo. La estrecha carretera comarcal se adentraba en un denso vacío de niebla en el que sólo lograban divisar el agujereado asfalto por el que se deslizaba el coche. Los extensos campos de viñas y olivos que rodeaban el pueblo habían desaparecido por completo. Recorrieron varios kilómetros sin cruzarse con un solo coche hasta el desvío que conducía hacia el centro comercial. De pronto, a la derecha del coche, en el borroso fondo de la niebla, prendió un fuego estático y frío. Eran las luces que iluminaban la inmensa caja de hormigón y hierro que albergaba el centro comercial. En el parking encontraron aparcamiento con facilidad.

Tras cruzar las puertas automáticas del vestíbulo, el mundo recobraba su acostumbrada solidez bajo la forma exuberante de un centro comercial en plena campaña de Navidad. Tras la desolada línea de las cajas, todas cerradas a excepción de una que atendía a un solitario cliente, una histérica cascada de coloridos carteles en suspenso amenazaba con precipitarse sobre los desiertos pasillos flanqueados por estantes atiborrados. El silencio del centro comercial era cubierto por las dulces voces de un coro infantil que entonaba villancicos. Dependientas vestidas de Papá Noel con minifalda recorrían sobre patines los extensos corredores, ágiles y rápidas, como apremiadas por una urgencia que desmentía el tranquilo ambiente del establecimiento.

Los tres se internaron por uno de los pasillos, directos a la sección de juguetes. Paula vestía un ligero abrigo blanco que, desabrochado, dejaba entrever una minifalda vaquera y un ajustado top azul. Antes de ir a recoger a Lolo a la guardería, se había pasado una hora maquillándose delante del espejo, dando color a sus delgadas mejillas pálidas y acentuando las sombras de sus ojos pequeños y almendrados, de un intenso color azul. Llevaba de la mano a Lolo, que parecía su hermano pequeño. Antonio comprendió que esa salida al centro comercial era para su mujer un modo de compensar el aburrimiento de tantos días sin apenas salir de casa, entregada en cuerpo y alma al cuidado de su hijo. Al menos él, en el taller, hablaba con mucha gente, aunque también hacía mucho tiempo que no salía, ni siquiera para unas cañas.

El niño miraba a su alrededor con indiferencia. No parecían impresionarle esos colosales desfiladeros de envases multicolores por los que avanzaba junto a sus padres. Ambos hablaban sobre cuál sería el juguete más conveniente para su hijo. Paula quería que fuese un juguete que le ayudase a hacer amigos, Antonio prefería que fuese su hijo el que decidiese.

Al internarse entre estantes llenos de juegos de mesa, puzzles y todo tipo de juguetes educativos, Lolo señaló con insistencia una pizarra magnética situada en la balda más baja de su derecha. Tenía unos cuantos garabatos dibujados en su blanca superficie lustrosa. Antonio se la acercó. El niño la cogió entre sus manos, observándola con el mismo asombro con que contemplaba la niebla a través de la ventana del coche. Antonio hizo correr una pestaña por un lateral de la pizarra, borrando los trazos dibujados. Aquello hizo que Lolo, admirado, abriera mucho su boca, haciendo reír a sus padres. Antonio sacó un lápiz magnético alojado en un hueco lateral, unido a uno de los vértices de la pizarra por un cable ondulado, y comenzó a dibujar un redondel en cuyo interior garabateó un par de ojos, una nariz y una boca sonriente, diciéndole que era su madre. Lolo se echó a reír mientras decía que aquello era niebla. Antonio y Paula se miraron extrañados, sin saber qué quería decir con ello. Su madre comenzó a explicarle que era una pizarra para dibujar. También ella corrió la pestaña y deshizo el dibujo, realizando un nuevo garabato parecido a un coche. Lolo se empeñaba en llamar niebla a la pizarra y no se dejaba convencer de otra cosa. Al fin, su padre, resignado, se alzó de hombros, preguntándole si le gustaba, a lo que el niño asintió efusivamente.

—Bueno, pues parece que ya ha elegido, este año los reyes le regalarán niebla.

Paula no respondió inmediatamente, contemplaba a su hijo con el ceño fruncido en ligeras arrugas verticales, dudaba. Comenzó a negar con la cabeza mientras hablaba:

—No me parece un buen regalo, una pizarra no sirve para jugar con otros niños.

—Pero es lo que a él le gusta —respondió tajante Antonio, mientras volvía a borrar la pizarra y a realizar nuevos garabatos.

—A veces creo que no te das cuenta de los problemas que tiene Lolo.

Ambos cruzaron una mirada tensa. Antonio se puso en pie, dejando la pizarra en manos de su hijo.

—Claro que me doy cuenta, pero intento no sacar las cosas de quicio…

Paula estalló en una sarta de nuevos reproches contra su marido, alzando la voz hasta el punto de atraer la atención de una de las dependientas que recorría el pasillo sobre patines. Antonio, abochornado por la escena, agachó la cabeza, esforzándose por controlar el tono de su voz.

—Sólo intento no exagerar, ya sé que Lolo tiene problemas para relacionarse, pero como los tienen muchos otros niños sin que por ello haya que tratarlos como a enfermos.

—Tú no estabas allí cuando todos los niños le llamaban tonto…

Antonio conocía a su mujer lo suficientemente bien como para saber que en semejante estado de nervios sobraban las palabras. No quería montar una escena en mitad del centro comercial. En silencio, arrebató a su hijo la pizarra magnética y echó a caminar por el pasillo, dejando a Paula sola con el niño. Lolo comenzó a llorar, gritando que quería niebla. Paula se agachó, intentando tranquilizarle besando su cabeza. Era inútil, el niño no dejaba de llorar.

Los tres se internaron por otro pasillo atestado de muñecos de conocidos personajes de dibujos animados. Al fondo, un amplio cartel verde, colgado sobre ambos estantes, mostraba en grandes letras amarillas «SÉ UN HÉROE», título de una película de dibujos animados que por entonces cosechaba un gran éxito de taquilla. Los estantes estaban repletos con los muñecos de sus personajes, destacando entre todos ellos sus protagonistas, la bella Leonie y el jovencito Mike, metamorfoseado en el hombretón musculoso y amarillo en que lo transformaba la poción mágica que le daba su hada madrina. Esa poción no sólo tenía la extraordinaria virtud de hacer de un joven enclenque un hombretón dotado de una fuerza portentosa, sino que, además, sustituía su enfermiza timidez por un encanto irresistible que hacía caer en sus brazos a todas las chicas, incluida Leonie, la bonita y popular princesita del instituto. Convertido en superhéroe, Mike salvaba al mundo de las fuerzas maléficas que lo amenazaban, encarnadas en seres deformes y solitarios.

Los niños se peleaban por esos juguetes. En cuanto los vio, Paula decidió comprarle a Lolo un muñeco del portentoso Mike. Sin reparar en los demás juguetes, arrastró a su hijo hacia el fondo del pasillo, indiferente a sus berridos y pataleos. Intentó que Lolo cogiera entre sus manos uno de aquellos muñecos amarillos de inmenso tórax y anchos brazos, pero el niño se resistía con todas sus fuerzas, gritando que quería niebla.

—No le gusta, está claro que no le gusta, y además es muy caro, feo y caro, una auténtica estafa. Se lo meten por los ojos a los críos y por eso abusan —dijo Antonio, complacido de poderse tomar la revancha.

—Cuando los demás niños quieran jugar con él porque tiene el muñeco ya verás si le gusta.

Las palabras de Paula no admitían réplica. Renunciando a que su hijo cogiera el muñeco entre las manos, se irguió, apretando el juguete bajo el brazo izquierdo contra su costado y dirigiéndose decidida hacia las cajas, tirando con la mano derecha de Lolo, que no paraba de llorar.

—También es mi hijo, digo yo que tengo derecho a opinar.

—Créeme, es lo mejor para Lolo —Paula se detuvo, girándose hacia su marido, que permanecía inmóvil en mitad del pasillo. Esta vez el rostro de Paula no reflejaba esa tozuda resolución que tanto irritaba a Antonio, sino una fragilidad que acentuaba su aspecto de niña—, si es por el dinero renuncio a comprarme algo estas Navidades, pero hazme caso, a Lolo le vendrá bien este juguete para ser como los demás niños.

A estas alturas de su relación, Antonio había asumido que, por cabezonería o persuasión, su mujer siempre acabaría saliéndose con la suya y que, en lo esencial, era todo un calzonazos. Pero, quizás, en esta ocasión no le faltase razón. Si no conseguían que Lolo se relacionase con los demás niños, si no conseguían que fuese uno más, uno como cualquier otro, acabaría siendo uno de esos tipos raros y solitarios de los que se ríe todo el mundo. Si algo le había enseñado la vida es que, para sobrevivir en este mundo puñetero, es necesario aprender a ser como todo el mundo, a querer lo que todo el mundo quiere y del modo que lo quiere, y que un héroe sólo es un tipo como cualquier otro que quiere lo mismo que cualquier otro pero que lo consigue mejor. Paula tenía razón, había que buscar los medios para que Lolo dejase de ser un niño solitario y comenzase a ser como los demás, y si para eso era necesario comprarle ese muñeco feo y caro, pues se le compraba. Ya empezaría a gustarle cuando los demás críos se le acercasen para jugar con él.

De regreso a casa, con el coche avanzando por la carretera comarcal, sumida en la bruma y el anochecer, el joven matrimonio permanecía callado. En el asiento de atrás, Lolo, sujeto a su silla, más tranquilo, observaba de nuevo con ojos fascinados, a través de la ventana, la niebla que disolvía la sólida realidad y que guardaba la promesa de mágicas visiones, de otro mundo más ligero y libre. A su lado, el muñeco del musculoso Mike permanecía olvidado. Antonio observó la escena un instante, a través del espejo retrovisor. Aunque estaba de acuerdo con la decisión de su mujer, no dejó pasar la oportunidad de resarcir su orgullo herido y murmuró:

—Definitivamente parece que nuestro hijo no quiere ser un héroe, sólo quiere jugar con la niebla.

 

 

imagen relato Sé un héroe

 
Juan José Sánchez González. Autor extremeño, natural de Villafranca de los Barros (Badajoz). Es presidente de la Asociación de Amigos del Museo Histórico de Villafranca de los Barros, desde la que se publica la revista digital El Hinojal (ISSN 2341-3093).
Tiene publicados diversos relatos en las revistas literarias Ariadna RC, Almiar, Narrativas, Relatos sin Contrato (RSC) y Pluma y Tintero, además de en antologías como El Vuelo de la Palabra, el cuento en Extremadura en 2015, en la 1.ª Antología de relato corto publicada en mayo de 2015 por Serial Ediciones y Palabras Contadas de La Fragua del Trovador.

 

Contactar con el autor: ret50jon [at] hotmail.com

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El baile de las sombras | El reflejo | El trastero

 

Ilustración relato: Fotografía por Ribastank / Pixabay [public domain]

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Revista Almiarn.º 87 | julio-agosto de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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