artículo por
Salomé Guadalupe Ingelmo

 

OBJETIVOS:

Partiendo de la faceta más personal de José Martí, sobre la que indaga la película José Martí: El ojo del canario [1], el presente artículo procederá a analizar someramente el despertar del compromiso social —ligado indisolublemente al despertar de un pensamiento político, y al tiempo paralelo al sentimiento de pertenencia a una nueva identidad nacional— en el joven Martí. En un segundo momento se argumentará la absoluta vigencia de buena parte del pensamiento martiano, así como su utilidad en la difícil coyuntura por la que, al otro lado del océano, atraviesa la Europa contemporánea.

 

 MARTÍ Y EL NEGRO OJO DEL CANARIO

Crecer es siempre un proceso doloroso. Pero resulta aún más doloroso para aquellos que se ven obligados a hacerlo demasiado deprisa.

Cantaba Martí en sus Versos Sencillos:

 

XXV
 
Yo pienso cuando me alegro 
como un escolar sencillo, 
en el canario amarillo, 
¡que tiene el ojo tan negro! 
Yo quiero, cuando me muera 
sin patria, pero sin amo, 
tener en mi losa un ramo 
de flores, ¡y una bandera!

Es precisamente en estos versos donde encontramos la clave del curioso título de la película José Martí: El ojo del canario. La elección por parte de Fernando Pérez no resulta baladí, pues el director se muestra interesado en examinar, en concreto, la infancia y adolescencia de Martí: ese periodo en el que se forja el carácter y convicciones del personaje; ese periodo que después justificará el surgimiento de la figura heroica. Ese periodo, además, en el que el protagonista tomará conciencia de que las circunstancias políticas y sociales de su país le exigen madurar rápido, demasiado rápido, y renunciar a la infancia y adolescencia despreocupada que cualquiera debería poder gozar.

Precisamente por eso el poeta propone la antítesis entre el amarillo —símbolo de vida y júbilo— del plumaje del canario y lo negro —representación de pesar e introspección— de su ojo. Porque por encima del placer está el deber. En Martí, a juzgar por sus escritos, siempre, por encima de cualquier cosa, el deber. Y es él mismo quien, ya desde muy joven, siendo apenas un niño, censura su natural alegría para no olvidar jamás que ésta no puede tener cabida hasta que los suyos no hayan logrado justicia y libertad, lo que desde el punto de vista político se habrá de plasmar en la independencia.

Si bien los versos de Martí resultan herméticos, la clave de su interpretación parecería encontrarse, a mi juicio, en la estrofa sucesiva: en la que el poeta anuncia su deseo para cuando le llegue el día de ese inevitable último viaje. Lo primero que cabe destacar es que, premonitoriamente, Martí sospecha que habrá de morir sin patria. Y parece que a ello se resigna, siempre que a cambio pueda morir también sin amo. Es decir que el poema prevé que no habrá de ver llegar la independencia con sus propios ojos, como en efecto sucedió, ya que lamentablemente cayó en combate casi al principio de la contienda, el 19 de mayo de 1895, y el fin de la misma no habría de llegar hasta 1898. Solo tres años más y habría podido contemplar los frutos de su esfuerzo. Si bien es cierto que habrían sido tres años más en una salud ya duramente castigada. En cualquier caso, para Martí la rebelión, si bien sólo una vía hacia un fin que es la independencia, constituye en sí un paso esencial y digno de celebrar: lo importante es no vivir bajo un yugo, aunque aún se esté en el proceso de alcanzar la libertad. Este sentir se refleja en varias ocasiones a lo largo de la película José Martí: El ojo del canario, tomando forma concreta en la aversión del pequeño y joven Martí hacia los gestos de sumisión. «Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan», afirmaría en la vida real el Martí adulto. Así, cuando su padre se enfurece contra el viejo Tomás por la estrecha amistad que ha comenzado a entablar con su hijo, el niño Martí le grita al siervo que no siga rogando clemencia de rodillas. «Prométame una cosa, Tomás, no vuelva a arrodillarse nunca más ante nadie», llega a pedirle después. Martí rechaza ese género de gestos a veces en un intento de defender la dignidad de la persona —lo que le llevaría a asegurar: «Deben cultivarse en la infancia preferentemente los sentimientos de independencia y dignidad»—, de todas las personas —«Dígase Hombre y ya se han dicho todos los derechos»—, y otras, con el fin de preservar su propia integridad moral, su propia coherencia. Incluso en tiempos en los que lo realmente difícil era no abjurar de las propias creencias. Así, en medio de la represión colonial, solo la desesperación de su madre le arranca un tibio «viva España». Un gesto que no estará dispuesto a repetir, afrontando la pena por sedición, o más concretamente por infidencia, con tal de no volver a retractarse de sus convicciones. De hecho para él la apostasía constituye tal vileza que lo que ocasiona su condena es, precisamente, una carta dirigida a un amigo y correligionario que, tras las primeras represiones sangrientas, había decidido abandonar las actividades clandestinas a favor de la independencia.

Esa importancia que da Martí a vivir sin amo, aunque al tiempo haya de morir sin patria, el verso en concreto Sin patria, pero sin amo, me recuerda poderosamente la famosa frase de Dolores Ibárruri, histórica líder del PCE: «Más vale morir de pie que vivir de rodillas». Frase que, en realidad, parece ser originalmente de Emiliano Zapata. Frase que, curiosamente, encuentra un paralelo muy estrecho en otra del propio Martí: «Vale más un minuto de pie que una vida de rodillas».

Y la independencia, en efecto, llegaría. La pérdida de las colonias supuso un punto de inflexión; un duro golpe para España, incluso para la intelectualidad española. La definitiva pérdida de las colonias propició una profunda crisis de identidad e incluso existencial en la sociedad española y los individuos que la componían. Pero al tiempo estimuló a parte de sus pensadores, que lejos de caer en la apatía y el pesimismo estéril, denunciaron activamente las deficiencias del sistema vigente. Deficiencias que, quien apreciaba la honestidad intelectual reconocía, no eran consecuencia de la pérdida colonial ni mucho menos, sino, por el contrario, más bien origen de la misma. Recordemos que España manifestaba una enorme división social entre una mano de obra barata y hambrienta y una minoría privilegiada y a menudo caciquil. En el plano político, el sistema se revelaba corrupto. En parte por las presiones de esa minoría privilegiada y en parte porque el régimen bipartidista implantado lo había propiciado. La educación y la cultura seguían siendo solo para algunos. Cierto es que, ante una situación tan funesta, ciertos intelectuales optaron, como los modernistas, por una suerte de escapismo, de evasión de la cruda realidad. No obstante otros, incluso sin ofrecer soluciones concretamente políticas, aportaron sugerencias para salir de la crisis. En este sentido Unamuno, que cree advertir las raíces de la decadencia en el falso patriotismo, el militarismo, los malos políticos y la apatía de los intelectuales, me parece de una sorprendente actualidad.

Como casi siempre, podríamos, o más bien deberíamos, aprender del pasado. Ya en su momento advertía Martí: «Los hombres políticos de estos tiempos han de tener dos épocas: la una, de derrumbe valeroso de lo innecesario; la otra, de elaboración paciente de la sociedad futura con los residuos del derrumbe». Ningún consejo parece más oportuno hoy en día, lo que demuestra que la visión política de Martí era penetrante —«Adivinar es un deber de los que pretenden dirigir»— y sus ideales, imperecederos. En este sentido, y volviendo a las similitudes entre nuestra situación actual y el clima generado por la crisis del 98, se me antoja oportuno citar unas palabras del presidente de Uruguay, José Mujica, en una entrevista concedida recientemente a una cadena de televisión española [2]. Unas palabras que constituyen, a mi entender, un perspicaz análisis sobre el clima en el que Europa, más unas partes del continente que otras, está viviendo la actual crisis. Dice Mujica: «Europa tiene la pasión de haber sido… y ya no ser. Haber sido un epicentro. Y tener la tragedia de percibir que se le está escapando».

Y es que el presidente, en esa misma entrevista, confiesa que en Europa advierte un cierto «tufo neocolonialista». Evidentemente, como sugería Martí, persistir en los propios errores, ahondar en un sistema en descomposición, no resuelve el problema. Se hace necesario buscar nuevas vías, construir nuevos caminos. En efecto, es hora de despertar de viejos sueños de grandeza, sin caer ni en el infantilismo ni en la actitud reaccionaria que Mujica describe como patologías de izquierdas y del conservadurismo respectivamente: donde el primero confunde permanentemente los deseos con la realidad y el segundo aboga por un dogmatismo férreo y un retroceso permanente. Quizá hayamos vivido demasiado tiempo deslumbrados por lo que el presidente define como «pavadas». Pavadas que hemos querido creer o se nos ha hecho creer que constituían el elemento esencial de nuestra existencia. Y si es así, a todas luces, ha llegado el momento de abandonar esa puerilidad inducida o cuanto menos cultivada para recordar, o volver a aprender, lo que es verdaderamente importante. El propio Mujica atisba una luz de esperanza al respecto: «Es posible que reaccione [Europa] porque tiene gente inteligenteen las universidades, en el mundo estudiantil, en mucho pensador independiente que hay… No lo veo en la política—, pero por el momento la veo bastante empantanada, a Europa». Una declaración que, curiosamente, me hace recordar otras palabras de Martí: «Los estudiantes que son el baluarte de la libertad».

Decíamos que una idea impregna todo el pensamiento martiano, lo atraviesa diametralmente como un eje vertebrador: la justicia está por encima de cualquier otra cosa y, por encima de cualquier circunstancia, acaba prevaleciendo. «La honra puede ser mancillada. La justicia puede ser vendida. Todo puede ser desgarrado. Pero la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga jamás», sostenía Martí. Por eso la justicia ha de ser defendida a toda costa, incluso si cuesta la vida. Porque es ella la que da sentido a nuestra existencia y, por tanto, sin ella ésta nada vale: «No hay más que una gloria cierta: y es la del alma que está contenta de sí». Este concepto entronca estrechamente con otro esencial en el pensamiento martiano: el de la fidelidad a uno mismo y la honestidad de pensamiento; el de la coherencia intelectual al fin. Es éste, en mi modesto parecer, el argumento central de la película, que no por casualidad busca en un verso tan concreto su título. A su vez, de esa honradez intelectual depende el sentido del deber, tan fuerte en el personaje: «Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber». No podemos renunciar a hacer lo que consideramos nuestro deber, aunque a veces suponga nuestra ruina personal. Es, también, una cuestión de honor, algo que Martí tiene en la más alta estima: «El honor es la dicha y la fuerza»; «Quien ha sabido preservar su decoro sabe lo que vale el ajeno, y lo respeta». Porque quien se deshonra a sí mismo, en realidad está deshonrando a todo el género humano: «Todo hombre está obligado a honrar con su conducta privada, tanto como con la pública, a su patria».

Por tanto Martí escoge el camino difícil, la vía del deber —ésa que le lleva al sacrificio y lo convierte en una figura heroica—, no de forma inconsciente y pueril, sino como un adulto que conoce las consecuencias. «De hombres de sacrificio necesita la libertad: no de hombres que deshonren o mermen o abandonen a los que están prontos al sacrificio, al sacrificio racional y útil, al sacrificio de los de hoy, para la ventura de los de mañana». Y es que el valor no ha de ser confundido ni con la bravuconería ni con la imprudencia. Sobre el verdadero sentido del valor, como decíamos, reflexiona también el cineasta. Es así como se nos presenta a un Martí apocado y retraído en la infancia, incluso sometido a los abusos de algunos compañeros de escuela. Y sin embargo se trata del mismo muchacho que no mucho después, siendo todavía casi un niño, ha trazado ya claramente su ideario moral y político —ambos indisolublemente unidos— y afronta una posible ejecución por infidencia, finalmente reducida a «solo» seis años de prisión que por último se conmutarían por el destierro. Se trata del mismo muchacho que, tras no retractarse de sus creencias y actividades clandestinas, ya bajo arresto y con un incierto destino por delante, mira a los ojos con la autoridad que da la superioridad moral, aunque sin desprecio, a uno de sus guardianes: precisamente uno de esos antiguos compañeros de escuela que lo atormentaron durante la infancia; alguien que, abandonada la bravuconería de entonces, ejercida solo sobre el débil o aparentemente débil, se somete sin rechistar a un régimen represivo e injusto. Un muchacho en cuyos ojos advertimos, por un lado, la incredulidad y la admiración hacia ese nuevo ser que parece acabar de descubrir, en el que poco encuentra del niño que conoció o creyó conocer en la infancia, y por otro, muy especialmente, vergüenza y quizá un tímido intento de justificar tácitamente su propio miedo. El Martí adulto de carne y hueso aseguraría: «No hay espectáculo, en verdad más odioso, que el de los talentos serviles».

Martí, aun a sabiendas de las consecuencias, no puede permanecer impasible ante los abusos que su gente está sufriendo. Porque permanecer impasible supone, según su estricto código moral, tomar parte en la misma iniquidad: «Ver con calma un crimen es cometerlo»; «Es criminal quien sonríe al crimen; quien lo ve y no lo ataca; quien se sienta a su mesa; quien se sienta a la mesa de los que se codean con él o le sacan el sombrero interesado; quienes reciben de él el permiso de vivir». En eso consiste realmente la cobardía según él, en no atreverse a defender públicamente lo que en realidad se cree justo, lo que en nuestro fuero interno sabemos justo. La valentía por tanto, la heroicidad a la postre, no se muestra en pequeños e irrelevantes actos diarios, sino en momentos muy concretos de la vida: en momentos en los que uno se ve obligado a elegir entre la propia seguridad física o la integridad de sus ideas, y entonces escoge la incolumidad de su moral. Porque para Martí la elección no deja lugar a dudas: «Quien esconde por miedo su opinión, y como un crimen la oculta en el fondo del pecho, y con su ocultación favorece a los tiranos, es tan cobarde como el que en lo recio del combate vuelve grupas y abandona la lanza al enemigo».

Por eso, porque la coherencia está en el centro mismo de sus principios y es absolutamente irrenunciable, Martí define así la libertad: «La libertad es el derecho que tienen las personas de actuar libremente, pensar y hablar sin hipocresía».

Una escena de la película resume mejor que ninguna otra la toma de conciencia del joven Martí, así como su decidida defensa de las libertades. Una vez acusado de infidencia, mientras se le interroga al respecto, cuando se le ofrece la posibilidad de retractarse apelando al sufrimiento que su pérdida generará en su padre, la mirada del muchacho se dirige a la jaula del canario amarillo: es precisamente con ese gesto con el que se renuncia definitivamente a la infancia despreocupada, a la vida del «escolar sencillo». Ese canario enjaulado se convierte, obviamente, en metáfora del pueblo cubano y, al tiempo, en imagen extensible a cualquier pueblo o individuo oprimido y privado de libertad. Una frase del Martí adulto compararía, precisamente, la necesidad de libertad con la relación de dependencia que existe entre el ala de un ave y el aire: «Como el hueso al cuerpo humano, y el eje a una rueda, y el ala a un pájaro, y el aire al ala, así es la libertad la esencia de la vida. Cuanto sin ella se hace es imperfecto». «El canario canta bonito, pero prefiere vivir encerrado. Yo te voy a llevar a los bosques para que tú veas pájaros que cantan con libertad», le había dicho el viejo Tomás, uno de sus guías espirituales e iniciáticos junto a su maestro, al llegar a La Habana, donde su padre había sido nombrado Capitán Juez Pedáneo.

Es allí donde el Martí niño del celuloide establece su primer verdadero contacto con la tierra. A ésta se liga indisolublemente el concepto de libertad —y el de patria. Por eso tampoco resulta casual que la primera vez que el niño Martí descubre la ópera, se sienta fascinado precisamente por el Va, pensiero de Verdi: «oh, mia patria, sì bella e perduta…»—, que a su vez aparece estrechamente relacionado en la película con el viejo Tomás. De hecho, el concepto de libertad toma forma visual también cuando Tomás enseña a montar al Martí niño y le lanza a galopar al grito de «libre, libre, libre». «Sin aire, la tierra muere. Sin libertad, como sin aire propio y esencial, nada vive», afirmaría el Martí adulto. Precisamente por eso cuando se le ofrece su última oportunidad de volver sobre sus pasos, él escoge mirar al ojo negro del canario, sabiendo que ese camino no tiene vuelta atrás. El canario es la libertad solo en un nivel interpretativo relativamente básico. Pero el canario es también la elección de una vida compleja; la elección del adulto que ha de aceptar las responsabilidades impuestas por las circunstancias, aun a costa de abandonar definitivamente su niñez. «El verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber», afirma Martí. Y el Martí muchacho escoge de forma responsable. En este sentido el guión me recuerda, salvando las obvias distancias, al acercamiento que Kazantzakis realiza en La última tentación de Cristo a la figura de Jesús, que en efecto, tras haber huido inicialmente de lo que en el fondo él sabe su destino, un destino que le aterroriza porque ha de conducirle a la muerte, finalmente se sacrifica de forma voluntaria: escoge su vía de forma consciente.

Por otro lado la película explora, encarnada en la figura de Martí, la creación de una identidad cultural mixta: fruto de la mezcla entre la cultura de origen español y la de origen africano, llegada en buena medida como mano de obra esclava. Es esa identidad cultural, consciente de poseer una naturaleza nueva y diferente de la cultura netamente española, la que comienza a sentirse como una nación y a exigir su propia autonomía e independencia.

Ya que no por su sangre, pues los padres de Martí eran ambos españoles, la conciencia del mestizaje cubano aparece en el Martí del celuloide a través del viejo Tomás. El viejo Tomás le acerca a la tierra, le revela su nexo con el elemento cultural afrocubano. Es Tomás quien le abre los ojos a esa otra realidad que también está en las raíces de Cuba. Martí forma parte de una nueva generación que ya goza de una conciencia cubana; una generación con una visión distinta de la de sus padres, para los que, siendo a menudo de origen español, resulta mucho más sencillo aceptar que Cuba siga siendo una colonia. Gracias a Tomás, el niño Martí conoce incluso parte del substrato cultural precedente a la llegada de los europeos a la isla, el de los taínos —quienes a su vez, provenientes de la desembocadura del Orinoco, se habían extendido por todas las Antillas expulsando o asimilado a pobladores precedentes, como los guanajatabeyes, que pudieron haber llegado desde el área de Belice, concretamente en Cuba—. De este modo Martí entra en contacto con la Ceiba, árbol sagrado de los taínos al que consideran centinela de la selva. Símbolo poderoso por antonomasia, se la cree capaz de resistir incuso las tormentas generadas por la Diosa Madre Guabancex. La Ceiba es, entre los taínos, un árbol cósmico: actúa como eje del universo, ya que sus raíces se hunden en el inframundo y su copa se eleva hasta el cielo, luego los tres planos cósmicos quedan unidos a través de ella, que actúa de escalera para los chamanes —y quizá a esto aluda la frase de Tomás dirigida al niño: «Ceiba es sagrada, y muy sabia, y te va a cuidar. Un día yo te voy a buscar y tú vas a aprender los secretos del monte de noche»—. Aunque contemporáneamente podemos entender la Ceiba como un símbolo de mestizaje, ya que una leyenda taína mucho más moderna cuenta que a sus pies fueron enterrados juntos el capitán Cristóbal de Sotomayor y su amante, la india Guanina. Gracias a Tomás, Martí conocerá también a la serpiente, símbolo de la gran madre taína Guabancex, así como a otros muchos animales de la noche. Es Tomás quien le enseña a escuchar a la tierra.

En efecto en la obra poética de Martí, donde es frecuente el canto a la naturaleza, se puede rastrear si no una suerte de animismo, sí una fuerte creencia en una armonía de todos los seres vivos. De hecho en algunas de sus declaraciones también esta idea queda patente: «Sólo los necios hablan de desdichas, o los egoístas. La felicidad existe sobre la Tierra; y se la conquista con el ejercicio prudente de la razón, el conocimiento de la armonía del universo, y la práctica de la generosidad».

Argumentos fundamentales que explora la película son, como decíamos: el verdadero significado del valor; la pérdida de la niñez y el paso a la edad adulta, que a veces se revela paralelo al nacimiento de una conciencia política o de identidad nacional… Pero también subyace un argumento incluso aún más esencial, porque de alguna forma vertebra al resto: la coherencia y la defensa de los propios principios, la rectitud intelectual en definitiva.

Escuchaba decir recientemente a José Mujica, presidente de Uruguay, en la entrevista antes mencionada: «El primer requisito para la política: la honradez intelectual. Si no existe honradez intelectual, todo lo demás: inútil». Lo que me recuerda otro pensamiento de Martí: «La palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla». «Es bueno vivir como se piensa. Que de lo contrario, pensarás como vives», afirmaba también Mujica en un alarde de lucidez y sabiduría, de integridad en definitiva. Pero esa integridad a veces cuesta un alto precio: vivir con coherencia en ocasiones significa también tener que morir con coherencia. Y de ello era muy consciente Martí, quien aseguraba: «La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio».

Martí, con su ejemplo de rectitud, se convierte en modelo. Y aquí creo pertinente recuperar los versos con los que el director de la película decide cerrar su bello análisis sobre la persona, o lo que es lo mismo sobre la cara más íntima del personaje: «Duermo en mi cama de roca/ Mi sueño dulce y profundo:/ Roza una abeja mi boca/ Y crece en mi cuerpo el mundo». En efecto Martí, con su pensamiento lúcido y honesto, al que se corresponden sus actos —«Hacer es la mejor manera de decir», decía—, se convierte en fértil semilla. Porque «La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida», sostenía él. Y en efecto es cierto. «Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia nada construyen, porque sus simientes son de odio», aseguraba José Martí. Pero cuando la semilla es de concordia y amor, acaba dando su fruto. En la entrevista citada, el presidente Mujica confesaba no sentirse frustrado por no haber podido cumplir con todo su programa político: «… yo creo en los seres colectivos: para eso están los partidos, las generaciones que viene, la gente que se va formando… Hay que seguir en la lucha». Algo similar parecía sugerir Martí con su verso. Si bien es perfectamente posible interpretar también «Y crece en mi cuerpo el mundo» a la luz de esa creencia por parte de Martí en un equilibro universal próximo al animismo que mencionábamos antes, sin que ambas interpretaciones resulten excluyentes, y considerándolas por mi parte perfectamente pertinentes y compatibles.


III

 

Odio la máscara y vicio

Del corredor de mi hotel:

Me vuelvo al manso bullicio

De mi monte de laurel.

Con los pobres de la tierra

Quiero yo mi suerte echar:

El arroyo de la sierra

Me complace más que el mar.

Denle al vano el oro tierno

Que arde y brilla en el crisol:

A mí denme el bosque eterno

Cuando rompe en él el Sol.

Yo he visto el oro hecho tierra

Barbullendo en la redoma:

Prefiero estar en la sierra

Cuando vuela una paloma.

Busca el obispo de España

Pilares para su altar;

¡En mi templo, en la montaña,

El álamo es el pilar!

Y la alfombra es puro helecho,

Y los muros abedul,

Y la luz viene del techo,

Del techo de cielo azul.

El obispo, por la noche,

Sale, despacio, a cantar:

Monta, callado, en su coche,

Que es la piña de un pinar.

Las jacas de su carroza

Son dos pájaros azules:

Y canta el aire y retoza,

Y cantan los abedules.

Duermo en mi cama de roca

Mi sueño dulce y profundo:

Roza una abeja mi boca

Y crece en mi cuerpo el mundo.

Brillan las grandes molduras

Al fuego de la mañana

Que tiñe las colgaduras

De rosa, violeta y grana.

El clarín, solo en el monte,

Canta al primer arrebol:

La gasa del horizonte

Prende, de un aliento, el Sol.

¡Díganle al obispo ciego,

Al viejo obispo de España

Que venga, que venga luego,

A mi templo, a la montaña!

 

         (Versos Sencillos)

 

 El Amor es, en sí, una patria: una patria compuesta espontáneamente por los buenos —«Es bueno el que ama, y él sólo es bueno: y el que no ama, no lo es»—. Y esa patria, que está por encima de fronteras, de obstáculos burocráticos y aleatorios, hermana a individuos de las más diversas nacionalidades. Sostenía Martí: «La única fuerza y la única verdad que hay en esta vida es el amor. El patriotismo no es más que amor, la amistad no es más que amor»; «La única ley de la autoridad es el amor». Por eso: «Asesino alevoso, ingrato a Dios y enemigo de los hombres, es el que, so pretexto de dirigir a las generaciones nuevas, les enseña un cúmulo aislado y absoluto de doctrinas, y les predica al oído, antes que la dulce plática de amor, el evangelio bárbaro del odio».

 

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EL PENSAMIENTO MARTIANO: UN REFERENTE PARA EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

 

Y es que el pensamiento de Martí, lejos de encuadrarse en un hecho histórico o siquiera en un periodo y espacio geográfico muy concreto, se revela tan aglutinador y conciliador, tan trascendente e intensamente humano, que se puede considerar un patrimonio universal, una herencia capaz de iluminar a cualquiera. El propio Martí era consciente de la necesidad de traspasar fronteras. Un objetivo que se concretaba en la idea de que América, la conducta de los americanos, había de servir de ejemplo al mundo: «Buscamos la solidaridad no como un fin sino como un medio encaminado a lograr que nuestra América cumpla su misión universal». Y ello porque la Patria, con mayúsculas, es la Humanidad. Mientras la otra patria, la que quienes no logran una verdadera amplitud de miras consideran la única posible, no deja de ser meramente circunstancial: «Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más cerca, y en que nos tocó nacer». «Juntarse, ésta es la palabra del mundo», asegura Martí, cuya aspiración de justicia y libertad va mucho más allá de las fronteras de su isla. Su lucha es un compromiso accidentalmente cubano, pero vocacionalmente universal: «Todo hombre verdadero debe sentir en su mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de otro hombre». Universal por plena convicción en principios adoptados de forma responsable y consciente. Por ello el pensamiento martiano, así como el de todos aquellos para los que nada, incluida la política, tiene sentido si no es en función del ser humano —de la humanidad del ser humano, que resulta tan necesario preservar—, ha de estar más presente que nunca. Porque, de hecho, hoy en día puede resultar más útil que nunca, pues resulta sobrecogedora la vigencia de muchas de las frases del hombre que aseguró: «Es preferible el bien de muchos a la opulencia de pocos». Frases que ponían el dedo sobre unas llagas actualmente, a más de cien años de distancia, aún dolorosamente abiertas. Y es que mucho le falta a la humanidad para conquistar esa justicia universal que podemos considerar principal motor de la existencia de Marti.

«Sólo las sorpresas de la guerra pueden subir un hombre inculto al poder», creía Martí, quizá un poco ingenuamente, confiando demasiado en la sabiduría de los pueblos. Confiando en que el hombre del futuro no haría si no progresar en la defensa de las libertades y de la democracia, lo que para él significaba alcanzar siempre una mayor cultura y un ejercicio más responsable de la capacidad crítica. Y sin embargo… qué pensaría Martí ahora, viendo la progresiva e infame degradación de la política en buena parte del mundo, especialmente en una Europa que durante siglos ha pretendido considerarse —ahora nos preguntamos con qué autoridad moral— modelo de desarrollo, así como una suerte de adalid de principios y guía espiritual. Qué pensaría, ante tanta corrupción, el hombre que declaraba: «Urge ya, en estos tiempos de política de mostrador, dejar de avergonzarse de ser honrado. (…) La política virtuosa es la única útil y durable». Qué pensaría el hombre que aseguraba: «Cesen los soberbios y cesará la necesidad de levantar a los humildes». El que defendía: «El poder no es más que el respeto a todas las manifestaciones de la justicia». Qué pensaría el hombre que sostenía: «Las diferencias políticas no dan derecho, entre hombres corteses y leales, a la inversión, o admisión indiscreta, y publicación voluntaria, de noticias falsas». El que manifestaba confiado: «Mis políticas son así, dejar la idea honrada al cuidado de la honradez de los hombres».

Qué nos ha pasado. Cómo hemos permitido que se quebrantasen determinados límites, que se llegase tan lejos. Cómo hemos consentido dócilmente, sin oponer apenas resistencia. Escuchaba decir a Mujica que nunca más usará la palabra «austeridad» porque en Europa la hemos prostituido. ¿Será que hemos permitido también que se prostituyeran palabras como «democracia»? Ésa y tantas bellas palabras tan propias del discurso martiano, como «igualdad» e incluso «libertad» y «justicia». Como también se nos ha habituado a banalizar la palabra «patria». Curiosamente, de especial forma los responsables son esos sectores —en general económicos y políticos— que más insistentemente la repiten, pero que no actúan con coherencia respecto a ella. Porque como Martí indicaba, «Quien piensa en sí, no ama a la patria». Y es que la patria, lo dijo el hombre que se sacrificó hasta el final por ella, «es ara, no pedestal». Por otro lado, quienes de ella pretenden sacar provecho y solo la recuerdan para medrar a su costa, son los mismos que se obstinan en convertir la patria en un patrimonio de su única propiedad —decía Martí: «La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie»; «La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia»—, y convertirla además en un arma arrojadiza para dividir a los ciudadanos, que son quienes en realidad la componen. Porque una patria no es un pedazo de tierra, sino un conjunto de personas que se sienten unidas por fuertes lazos culturales y afectivos. Pero esto, probablemente, quienes son incapaces de entender el verdadero contenido de las palabras «libertad» o «democracia», tampoco serán capaces de entenderlo.

Quizá nos hayamos acostumbrado a escuchar cómo se usa palabras cargadas de significado a la ligera, banalizándolas voluntariamente: vaciándolas de contenido y pervirtiéndolas. Porque al que en nada cree, poco le cuesta destruir los pilares de las creencias y principios ajenos. Ahí radica realmente el problema, en que, como decía Martí: «Sin alteza de ideas nadie espere el respeto común». Y esa alteza de ideas ha de comenzar por quien gobierna a un pueblo.

Oímos permanentemente discursos vanos, dirigidos la mayor parte del tiempo a alimentar, especialmente mediante la falacia, el odio; a promover la división de los individuos en lugar de su unión —aunque, no nos engañemos, esta lacra viene de lejos. Un perfecto ejemplo lo ofrece el propio Martí: «Son terribles en manos de los políticos de oficio las masas ignorantes; que no saben ver tras la máscara de justicia del que explota sus resentimientos y pasiones»—. Cualquier justificación peregrina parece buena: sus diferencias ideológicas, económicas, culturales, de sexo, de edad, de color, estéticas, de salud… Hasta las más abyectas y abominables se justifican con tal de tener una oportunidad para sembrar la discordia. Porque, no lo olvidemos: divide y vencerás. Porque, lamentablemente, Martí, con toda su fe en la bondad del ser humano, tenía razón: «Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, y los que odian y deshacen». En efecto, la bajeza moral de algunos convive con la redentora grandeza de otros. Pero volvamos a las palabras de un verdadero hombre de cultura y estado, a un individuo de altas miras y principios férreos: «Los odiadores debieran ser declarados traidores a la república. El odio no construye»; «Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad»; «Todo lo que divide a los hombres, todo lo que especifica, aparta o acorrala es un pecado contra la humanidad».

Ciertamente los seres humanos de bien comparten, compartimos, una patria que es el Amor. Y en ella, al margen de diversidades culturales, somos hermanos y conciudadanos. Por eso Martí nos deja una consigna para resistir a cuantos intentan destruir esa patria de Amor, esa solidaridad que espontáneamente une a los hombres y mujeres de buena voluntad: «A un plan obedece nuestro enemigo: de enconarnos, dispensarnos, dividirnos, ahogarnos. Por eso obedecemos nosotros a otro plan: enseñarnos en toda nuestra altura, apretarnos, juntarnos, burlarlo, hacer por fin a nuestra patria libre. Plan contra plan».

Quizá buena parte de la culpa sea nuestra, porque nos hemos eximido de nuestras responsabilidades durante demasiado tiempo. Hemos confiado nuestras vidas —quizá también nuestras conciencias— a los políticos de profesión. No recordando que la polis, la vida en común, la constituimos todos, y por tanto a ella todos nos debemos. Ha resultado cómodo no pensar, suponiendo que por nosotros pensaban otros. Pero ese regalo envenenado tenía un alto precio. Nos pusimos en otras manos sin asegurarnos siquiera de su nivel cultural ni moral, de si de verdad merecían el honor de representarnos, si estaban capacitados para hacerlo y merecían nuestra confianza. Si tan siquiera nos profesaban el respeto mínimo que merece cualquier semejante. Si acaso nos consideraban sus semejantes o solo meros peones que ir comiéndose en las partidas: simples daños colaterales. «Hacer de la política, no el arte de retener el gobierno, ni de dar a las naciones brillo pasajero, sino de estudiar sus necesidades reales, favorecer sus instintos, y tratar del aumento y amparo de sus haberes», exhortaba Martí. Pero no todos los políticos lo creen, aunque carezcan del coraje necesario para reconocerlo en público. Porque la coherencia y la honestidad se están convirtiendo, y más según en qué ámbitos, en un bien de lujo.

Y sin embargo todos tenemos un papel que desempeñar en este drama. «Cuando la política tiene por objeto, bajo nombres de libertad, el reemplazo en el poder de los autoritarios arrellanados por los autoritarios hambrientos, el deber del hombre honrado no será nunca, ni aun con esa excusa, el de echarse a un lado de la política, para dejar que sus parásitos la gangrenen», decía Martí. En efecto la política es o habría de ser, con el esfuerzo de todos, eso que él sostenía: «Política es eso: el arte de ir levantando hasta la justicia la humanidad injusta; de conciliar la fiera egoísta con el ángel generoso; de favorecer y de armonizar para el bien general, y con miras a la virtud, los intereses». Y es que como la realidad demuestra cada día más incontestablemente: «Sólo las virtudes producen en los pueblos un bienestar constante y serio».

«La libertad política no estará asegurada, mientras no se asegure la libertad espiritual», advertía Martí. La libertad de pensamiento, unida a una sólida formación integral, tanto moral como cultural, es nuestro más preciado bien. No podemos renunciar a él. Para volver a las palabras de Martí: «Haga hombres, quien quiera hacer pueblos»; «Hombre recogerá quien siembre escuela». En la educación del ciudadano radica el éxito de nuestras sociedades —también lo sostenía Martí: «La ignorancia mata a los pueblos»; «Solamente un pueblo culto puede ser veramente libre»—, que como Mujica sabiamente indica, no se mide por las «pavadas» que somos capaces de inventar y de las que acabamos dependiendo mientras nos olvidamos de lo que el ser humano realmente es, de sus verdaderas necesidades. Concuerdo con Martí —el mismo hombre que confesaba: «Me parece que me matan un hijo cada vez que privan a un hombre del derecho de pensar»—, cómo no hacerlo: «La madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus males es, sobre todo lo demás, la propagación de la cultura».

Aún queda mucho por hacer hasta alcanzar la verdadera justicia social. La sangrante actualidad lo ha puesto de manifiesto en toda su crudeza. Quizá el hombre, especialmente el hombre en tanto ser social, no haya evolucionado en el grado que creíamos durante el último siglo. Al menos a juzgar por la actualidad de las palabras de Martí: «La riqueza exclusiva es injusta. Sea de muchos; no de los advenedizos, nuevas manos muertas, sino de los que honrada y laboriosamente la merezcan». Sigue existiendo un riesgo constante de caer presos bajo las más egoístas pasiones de unos pocos, bajo los intereses exclusivos de unos pocos, si les damos oportunidad de aprovechar sus posiciones privilegiadas: «Sólo el ejercicio general del derecho libra a los pueblos del dominio de los ambiciosos».

Decía Mujica en esa entrevista varias veces citada: «El distanciamiento de los gobiernos del modo de vivir corriente de la gente termina colocando a una distancia que la gente termina despreciando, y termina despreciando la política. Y si despreciamos la política, marchamos al espiedo».

«La justicia, la igualdad del mérito, el trato respetuoso del hombre, la igualdad plena del derecho: eso es la revolución». Es ésa la única revolución que puede salvar al ser humano de la segura autodestrucción hacia la que se dirige. Y ha de comenzarse por el pensamiento. Porque han sido muchas las ideas a todas luces equivocadas y perversas que se han introducido, voluntaria y torticeramente, en las cabezas de los ciudadanos durante mucho tiempo.

La democracia, en contra de lo que muchos de nuestros representantes, de presuntos servidores públicos, actualmente parecen creer, no se reduce a una palabra recogida en un diccionario. La democracia es un concepto sin valor alguno si no se le reconoce vida práctica. No se puede creer realmente en él si no se aplica a diario: «Nadie a la libertad tiene derecho, cuando no hace hábito y gala de respetar la libertad ajena». Quien, como decía Martí, no está dispuesto a luchar por el derecho al pensamiento que le es ajeno, no sabe ni podrá saber nunca lo que es la democracia: «Es culpable el que ofende la libertad en la persona sagrada de nuestros adversarios, y más si la ofende en nombre de la libertad». «El respeto a la libertad y al pensamiento ajenos, aun del ente más infeliz, es mi fanatismo: si muero, o me matan, será por eso», aseguraba Martí. En eso consiste la verdadera democracia. Y en eso consiste también la patria: «Patria es eso, equidad, respeto de todas las opiniones y consuelo al triste».

Decía ya Martí que «En política, lo único verdadero, es lo que no se ve». Pues bien, entonces, además de exigir que se nos comience a tratar como a adultos y se nos hable claramente —«Ni pueblos ni hombres han de ser medrosos que lleguen a tener miedo de sí mismos. En buena hora que la política sea artística, y pocas ciencias requieren tanto arte y mesura y estudio y buen gusto como ella. Pero ha de ser sincera»—, habremos de aprender a desarrollar una mirada más penetrante y unos oídos más agudos: unos que sepan escuchar las verdaderas intenciones tras las persuasivas palabras. Decía Anaxágoras: «Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos, es mía».

Quienes nos gobiernan han de demostrarse dignos de desempeñar las funciones que se les encomiendan: «En plegar y moldear está el arte político. Sólo en las ideas esenciales de dignidad y libertad se debe ser espinudo, como un erizo, y recto, como un pino». Necesitamos políticos íntegros y coherentes. Necesitamos políticos que crean en algo firmemente; cuya presencia en la política responda al deseo de llevar a la práctica sus ideas y propuestas en pro del bien común, y no al mero afán de alcanzar el poder.  Necesitamos políticos suficientemente preparados: individuos de pensamiento y cultura —«La ciencia y las letras doman  las  pasiones que engendra la política», sostenía Martí—, individuos generosos y con vocación de servicio, personas realmente dispuestas a trabajar desinteresadamente por los demás, por el bien de todos. Necesitamos políticos que no confundan el despotismo con la autoridad, porque la autoridad ha de comenzar siendo moral: no basta con vencer, lo verdaderamente importante es convencer. Y convencer sólo se convence por la fuerza incontestable de la razón, la verdad y la honestidad. Necesitamos políticos libres: políticos que no arrastren deudas con terceros que nos endeuden, por extensión, a nosotros también; políticos que no sepan de nepotismo ni clientelismo ni prebendas. «Al poder se sube casi siempre de rodillas. Los que suben de pie son los que tienen derecho a él», decía Martí. Así como también aseguraba: «Un caudillo desinteresado, es una gala de los hombres y huésped eterno de la patria».

Asistimos a un progresivo recorte de derechos y libertades… para algunos —«El que tiene un derecho no obtiene el de violar el ajeno para mantener el suyo», sostenía Martí—. Esta circunstancia es vieja cuanto el mundo, porque «El mundo —decía Martí— tiene dos campos: los que aborrecen la libertad, porque sólo la quieren para si, están en uno; los que aman la libertad, y la quieren para todos, están en otro». Quizá sea responsable la naturaleza humana, o más concretamente determinadas naturalezas humanas. Sea como fuere, contra la pérdida de libertades que legítimamente nos pertenecen, y que al tiempo suponen responsabilidades por nuestra parte, hemos de luchar. «El hombre ama la libertad, aunque no sepa que la ama, y anda empujando de ella y huyendo de donde no la halla», esto es también parte de la naturaleza humana. Una parte mucho más fuerte que cualquier impedimento impuesto por cualquier interés bastardo.

Puede que en la Europa actual la libertad e incluso la democracia se hayan visto seriamente dañadas; pero, como sostenía Martí, «La libertad no muere jamás de las heridas que recibe. El puñal que la hiere lleva a sus venas nueva sangre». El futuro es de los buenos, porque «Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército». Y esos buenos estamos aún a tiempo de aprender de nuestros errores y enmendar. Siempre se puede volver a comenzar, en lugar de persistir en el error. Solo hay que remangarse y trabajar: «Debe hacerse en cada momento, lo que en cada momento es necesario». No es tiempo de pereza o derrotismo. «Se pelea mientras hay por qué, ya que puso la naturaleza la necesidad de justicia en unas almas, y en otras la de desconocerla y ofenderla. Mientras la justicia no está conseguida, se pelea».

Resistamos contra quienes pretenden hacernos creer que nada podemos, que ya no hay remedio. Resistamos contra quienes intentan alimentar nuestras bajas pasiones, nuestros peores impulsos. Resistamos contra lo irracional y violento: «Contra la razón augusta, nada. Sobre el deber de dar empleo a las fuerzas que puso en la mente la naturaleza, nada. Ni rey sobre el derecho político, ni rey sobre la conciencia».

Por difícil que parezca, resistamos. «La actividad es el símbolo de la juventud», decía Martí. «El movimiento es vida», asegura Brad Pitt en Guerra mundial Z. No nos convirtamos en zombis insensibles a nuestra cruda realidad. Movámonos. «Pueblo que se somete, perece». Movámonos pero no lo hagamos impulsados por las vísceras, como desearían algunos, sino por el corazón y la cabeza. Movámonos en la dirección que requiere la justicia más esencial, ésa que las leyes pueden solo ratificar, pues su legitimidad resulta obvia para cualquier ser humano de bien —«La verdad no se razona; se reconoce, se siente y se ama»— y solo el peor ciego, el que no quiere ver, puede ignorarla, aunque ello le llene de ignominia. Reclamemos y ejerzamos nuestros derechos, o acabaremos por olvidar que nos pertenecen. Y entonces será extremadamente fácil arrebatárnoslos definitivamente. «La juventud debe ejercitar los derechos que ha de realizar y enseñar después».

No obstante, recordemos que «Lo justo, a veces por el modo de defenderlo, parece injusto». El fin no justifica los medios, y «La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre». No se puede defender una idea noble mediante actos innobles: «No hay perdón para los actos de odio. El puñal que se clava en nombre de la libertad, se clava en el pecho de la libertad». Pero recordemos también, al tiempo, que este principio es aplicable a todos. Por tanto tampoco un gobierno se puede sustentar sobre la represión y la violencia, sea del género que sea y se ejerza sobre quien se ejerza: «Lo que en el militar es virtud, en el gobernante es defecto. Un pueblo no es un campo de batalla. No se sabe de ningún edificio construido sobre bayonetas».

Martí —el autor de los famosos versos: «Cultivo una rosa blanca./ En julio como en enero,/ para el amigo sincero,/ que me da su mano franca./ Y para el cruel que me arranca,/ el corazón con que vivo,/ cardo ni ortiga cultivo;/ cultivo una rosa blanca»—, que fue un hombre de paz y concordia obligado por las circunstancias a hacer la guerra, nos deja el legado de su pensamiento: «Es hora ya de que las fuerzas de construcción venzan en la colosal batalla humana a las fuerzas de la destrucción. La guerra, que era antes el primero de los recursos, es ya hoy el último de ellos: mañana será un crimen»; «Por ley de historia, un perdón puede ser un error, pero una venganza es siempre una infelicidad. La conciliación es la ventura de los pueblos».

Quienes estamos de parte de la justicia y la equidad no somos nunca violentos ni peligrosos. Por tanto quienes nos gobiernan no deberían tenernos tanto miedo. «Sólo la opresión debe temer el ejercicio pleno de las libertades», sostenía Martí. Luego quienes nos gobiernan, si lo hacen legitimados por su rectitud y fidelidad al pueblo, no deberían temernos. Antes bien, si se sientes maltratados o subestimados por nosotros, quizá deberían preguntarse si no existirá en ellos una parte de responsabilidad; si no se tratará simplemente de una respuesta natural. Advertía Martí: «No nos maltraten, y no se les maltratará. Respeten, y se les respetará». Quienes nos gobiernan, si realmente tienen la conciencia impoluta, no deberían temer nuestras reflexiones o declaraciones; no deberían intentar coartar nuestra libertad de pensamiento y expresión. Al fin y al cabo, «La crítica es el ejercicio del criterio: destruye los ídolos falsos, pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos». Quienes nos gobiernan tampoco deberían temer a la justicia ni intentar domeñarla: «De la justicia no tienen nada que temer los pueblos, sino los que se resisten a ejercerla». Y a propósito cabría recordar una lúcida advertencia del propio Martí: «En la justicia no cabe demora: y el que dilata su cumplimiento, la vuelve contra sí». Y lo mismo se puede decir de los medios de comunicación, cuya independencia siempre es garantía de democracia: «No valen antifaces en los países de prensa libre, que sale cada mañana, como un viento duende, levantando caretas».

Resistamos pues. Resistamos recordando que «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra»; que la razón es nuestra mayor fortaleza. Frente al desaliento que algunos nos lanzan desde lo alto de sus torreones como alquitrán paralizante, recordemos a Martí: «Haga cada uno su parte de deber, y nada podrá vencernos». Porque, nadie lo dude, se requiera poco o mucho tiempo, «Las ideas justas, por sobre todo obstáculo y valla, llegan a logro». Hemos de verlo.

 

IMÁGENES:

– Inicio: José Martí retrato junto a su hijo José Francisco Nueva York 1880, By Cuba. Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, [CC0], via Wikimedia Commons.
– En el artículo: José Martí óleo Hermann Norman 1891, By Cuba. Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes. [CC0], via Wikimedia Commons.

NOTAS:

Habrá de sobreentenderse que cualquier cita de la cual no se mencione autoría es atribuible a José Martí.

[1] José Martí: El ojo del canario, dirigida en 2010 por Fernando Pérez (productoras WANDA, ICAIC y TV Española). VER PINTURA ALUSIVA AL POEMA.

[2] Emitida el 18 de mayo de 2014 por La Sexta, en el marco del programa Salvados, dirigido por Jordi Évole.

 

linea artículo José Martí

Salomé Guadalupe Ingelmo

GUADALUPE INGELMO, SALOMÉ (Madrid, España, 1973). Formada en la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Università degli Studi di Pisa, Universita della Sapienza di Roma y Pontificio Istituto Biblico de Roma, se doctora en Filosofía y Letras (2005). Miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo de la UAM, desarrolla desde 2006 actividades docentes como profesor honorífico en dicha Universidad impartiendo cursos sobre lenguas y culturas del Oriente Próximo. Durante los diez años vividos en Italia, desarrolló actividades como traductora y docente. En 2012 Ediciones COMOARTES publicó digitalmente su libro de cuentos La imperfección del círculo, una antología personal de cuentos premiados más dos inéditos, y otro libro titulado La narrativa es introspección y revelación con sus respuestas a las preguntas de Francisco Garzón Céspedes, que la ha incluido en su Indagación sobre la narrativa junto a personalidades como María Teresa Andruetto, Fernando Sorrentino (Argentina), Froilán Escobar (Cuba/Costa Rica) y Armando José Sequera (Venezuela). Entre sus ensayos más recientes: Libros como libros vivos y Borges, un tahúr en la corte del rey Assurbanipal (en proceso de edición). Ha recibido diversos premios literarios nacionales e internacionales. Es ganadora absoluta del Concurso Internacional de Microtextos y del Premio Internacional de Microficción Dramatúrgica Garzón Céspedes organizados en 2010 por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE); y ha obtenido otros premios, internacionales y extraordinarios, de microficción, así como numerosos reconocimientos, especialmente en narrativa, entre los que destacan sus galardones en el certamen Paso del Estrecho, de la Fundación Cultura y Sociedad de Granada. Varios de sus relatos han sido incluidos en diversas antologías, en especial de narrativa y de dramaturgia. Cabe destacar la publicación digital de su cuento Sueñan los niños aldeanos con libélulas metálicas (con traducción al italiano de la autora, en Ediciones COMOARTES, 2010). El mismo relato ha sido recogido por José Víctor Martínez Gil en la Antología de cuentos iberoamericanos en vuelo [Recurso electrónico. Libro-e], que puede leerse en la Biblioteca Digital del Instituto Cervantes de España. En la misma Biblioteca Digital tiene también su relato El niño y la tortuga, en Literatura iberoamericana para niñas y niños. Brevísimos pasos de gigantesEl niño y la tortuga fue de nuevo antologado en Quince cuentos brevísimos para niños y niñas. Su texto Es el invierno migración del alma apareció en Las grullas como recurso turístico en Extremadura, publicado por la Dirección General de Turismo de la Junta de Extremadura en 2011. Fue ampliamente antologada, con un total de 13 textos, en Pupilas de unicornio (2012). Siete de sus textos dramatúrgicos fueron antologados también en Picoscópico (2012). Su monólogo Alicia se mira en el espejo ha sido objeto de publicación digital, acompañado por su entrevista El monólogo recrea una intimidad sin parangón, en la que la autora responde a Francisco Garzón Céspedes sobre cuestiones relacionadas con la dramaturgia. También ha publicado digitalmente Medea encadenada y otros textos dramatúrgicos hiperbreves, que reúne quince monólogos y soliloquios, la mayoría premiados en concursos internacionales. Es autora de dos antologías inéditas de poesía en italiano, todavía en revisión, y de poemas en castellano aún inéditos. Ha escrito dos novelas inéditas y otros cuentos y microcuentos aún no publicados. Suyo es el prologo a la edición de El Retrato de Dorian Gray de la Editorial Nemira y el de la antología del VIII Concurso Bonaventuriano de Poesía y Cuento 2012. Desde esta década es jurado permanente del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet, de la Asociación de Países Amigos de Helsinki (Finlandia) —respaldada por el Ministerio de Educación y Cultura de Finlandia y el Ministerio de Empleo y Seguridad Social de España—, y lo ha sido del VIII Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía y Cuento 2012 de la Universidad San Buenaventura de Cali (Colombia). Desde 2009 colabora ininterrumpidamente con la revista digital miNatura: Revista de lo breve y lo fantástico.
Una idea más precisa sobre su trayectoria se puede obtener consultando http://sites.google.com/ site/salomeguadalupeingelmo/

 

 

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