relato por
Cristian Acevedo

 

Nunca creí que sumaría tantas mentiras a mi lista. Pero la de hoy fue grande. Enorme fue.

Llevo la cuenta en mi agenda de Hello Kitty, y me quedan pocas hojas para completarla. En una semana cortita, ya tengo ciento dos. Ciento dos, que deben ser los años que tiene don Sosa, nuestro vecino viejo. Su casa, también vieja y con los techos volados, se apoya bien torcida contra la nuestra.

Aunque, desde hace un tiempo, don Sosa ya parece uno más de nosotros. Se pasa el día entero de nuestro lado: en nuestro jardín, en nuestra galería. Y eso que su parque es igual de grande. Será porque no tiene ya con quién conversar: los jazmines se le secaron hace mucho. Porque ni bomba de agua tiene ya. Solo el aljibe, tan viejo y estropeado como él.

Mamá dice que don Sosa ya es de la familia, que está viejito y solo, y que hay que hacerle compañía. Y por eso yo me aguanto, como una señorita, que me estruje los cachetes y que me diga mil veces lo inteligente y lo linda que soy, con su sonrisa blanda, arrugada y sin dientes.

Papá reniega y dice que don Sosa es más bien una mascota enferma. Y tiene razón.

 

Papá cumplía cuarenta, y lo de anotar las mentiras se me ocurrió esa tarde, después del almuerzo. Toda la familia se divertía con las payasadas de mi hermanito: Agustín esto, Agustín lo otro, mirá cómo se ríe Agustín. Parecía que el cumpleaños que festejábamos era el suyo. Hasta el viejo Sosa se metía a hacerle muecas y todo eso.

Ya harta de tanto mimito estúpido mentí estar llena, dije «Buen provecho» y me escapé enseguida. Me fui corriendo a mi cuarto.

En el camino se me dio por pensar qué era lo que tanto los divertía de Agustín. Si ni decir la erre sabe, y anda llorando y mojado de pis todo el día. A mí no me da ninguna gracia. Bronca me da: por una cosa o por la otra, siempre termina haciendo que me reten a mí.

Volví de mi cuarto con la caja de crayones y unas cuantas hojas de esas que papá ya no usa y que me las regala para que yo dibuje. Los grandes seguían comiendo.

Me alejé todo lo que pude: me senté en la hamaca que cuelga del sauce —porque da mucha sombra y queda bien lejos de la casa— y me puse a dibujar.

Tenía hambre y me hacía ruido la panza, pero no dejaba de pensar en la mentira que acababa de decir. Entonces se me dio por anotarla. Así fue que se me ocurrió. Ya tenía mi primera mentira. Y no volví a dibujar.

Desde ese día, no paré. No me salteé ninguna mentira. Ni las que me daban un poco de vergüenza me salteé. Y me pone orgullosa, porque al fin entiendo eso que dice Papá, de ser constante. De empezar algo y no dejarlo a la mitad. Y no digo que no me divierta, pero muchas veces me pregunto por qué me enredo tanto, pudiendo decir No en lugar de Sí, y chau agenda, y me dedico a mis otras cosas. Pero ya voy ciento dos, según lo que conté esta mañana. ¡Casi quince mentiras por día! Y las leo a cada rato para entender cómo es posible mentir tanto en tan poco tiempo.

Entonces descubro que la mayoría son porque sí, porque no se puede no decirlas: cuando le miento a mamá que los quiero igual a los dos, o cuando me invento un dolor muy fuerte de panza para no ir al cole, justo justo el día que toman prueba de matemáticas.

O cuando Daniela y Marisol me obligan a mentir cada vez que me preguntan en secreto quién es mi mejor amiga. Las imagino contándoselo a las otras, contentas por creerse la mejor, y un poco me río. No las culpo. Ni a ellas ni a mamá, porque esas son mentiras chicas, y de esas mentiras no tengo muchas.

Pero con las otras —como la mentira grande de hoy— me parece que me estoy estralimitando, como dice mamá.

 

Esa tarde, cuando ya llevaba anotadas como cinco, y la panza ya no me chillaba, dejé a un lado la lista y me quedé un rato jugando sola. Me entretuve tirando unos bichos bolitas en un hormiguero enorme de hormigas rojas que crece contra el sauce. Y pobrecitas las hormigas: iban desesperadas tras los intrusos, los investigaban con las antenitas… pero no les hacían nada de nada. Me dieron mucha pena las hormigas. Porque ellas estaban ahí desde antes.

Entonces se me ocurrió una idea más divertida: arranqué un pedazo de corteza del sauce a medio caer, y me la llevé para el aljibe de don Sosa. ¡La corteza tenía tantos bichos que no me alcanzaban las manos! ¡Estaba estralimitada de bichos!

Al principio los tiraba de a uno, pero son tan chiquitos que ni ruido hacen. Al rato me aburrí y agarré todos los que pudieron entrarme en las manos y los tiré también. Y me volví a acordar de las hormigas: ya estarían tranquilas otra vez.

Más tarde, ese mismo día, Agustín andaba remolesto. Dale que dale con golpear la puerta de mi cuarto, y cuando le abrí —porque ya no lo aguantaba más— me desparramó todas las muñecas y los perfumes de Barbie. Hasta el de Mujercitas me desparramó. Y yo se los quitaba, y él otra vez a los gritos y dame dame dame.

Para cuando vino mamá, Agustín se había escondido adentro del ropero. Se había hecho una bolita. Enroscado en una frazada, gritaba y zapateaba contra la pared. Otra vez la ligué yo. Y no dije ni A.

 

Unos días más tarde se me ocurrió que me convenía anotarlas todas con la Parker de papá, esa que esconde en el cajón de su escritorio. El azul me mejora la letra y me combina perfecto con los renglones rosas de mi agenda. «Jamás la he visto, papá», le digo cada vez que interroga con su pose de juez, esa que no puede evitar ni cuando duerme.

Él me dice que no la use, que guarda esa pluma para cuando me reciba de abogada. Pero yo no sé si quiero ser abogada. Me parece bastante aburrido. Y mamá tiene razón: los abogados son «puro chupamedias». Si los que  vienen  a  casa  no  hacen  otra  cosa  que  hablar  bien  de  papá —delante de él, por supuesto—. Papá dice que eso no le gusta pero también miente, si se le nota que le encanta: cada vez que oye el «Excelentísimo» o «Su señoría», los ojos se le ponen grandes como los de Bob Esponja y le sonríe el bigote con todos esos pelos que tiene.

Yo preferiría ser la acusada. Me divertiría todo el día dando falso testimonio, como lo llama papá. Me mataría de la risa enroscándolos en miles de mentiras que podría decir sin cansarme y sin pestañear ni una sola vez.

¡Cómo me gustaría ser la acusada de algo importante!

Algún día lo seré.

Esas mentiras no las anotaría. Porque aprendí que, sin pruebas, una puede decir cualquier cosa. ¡Eso sí que sería gracioso! ¿Y quién no le va a creer a la hija de un juez tan importante?

Ciento dos van con la de hoy, pero… ¡no me conviene seguir con esta lista! Alguien podría leerla. Entonces, cuando me pregunten en el juicio, no voy a poder mentir mucho.

 

Agustín, pobre. Todavía siguen buscándolo. Por eso me encerré otra vez. Con lo nerviosos que están todos…

Y están tan nerviosos que ni lo imaginan, pero Agustín no va a aparecer así como así. Si ni caminar sabe, mucho menos nadar. Igual, conociéndolo a papá, no va a parar hasta encontrarlo. Y, cuando lo haga, yo volveré a ocupar el lugar que siempre ocupé y del que no debieron correrme.

Papá no va a dudar en llevarlo preso a don Sosa, por muy viejo y solo que esté. Puse algunos juguetes de Agustín en una de sus ventanas y tiré el peluche de Barney a su sótano. ¿A quién se le va a ocurrir culpar a otro? Y todo va a ser como antes. Como antes de que él y que Agustín llegaran.

A mí, en cambio, Papá me va a querer siempre. Ya no va a dejarme ni un minuto sola, lo voy a tener todo el día para mí. Y si siguen preguntándome por Agustín, voy y les digo que no lo vi más. Les digo que yo también estoy preocupada y que lo extraño un montón. Y serán ciento tres, ciento cuatro, ciento cinco…

 

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Cristian Acevedo. Autor argentino, de treinta y tres años de edad. Desde que se dedica en serio al oficio de escribir ha tenido algunos reconocimientos con sus relatos:
Fortaleza alemana, Finalista en la Convocatoria de Cuento Digital Itau 2012.
El domingo en que por fin llovió, Seleccionado para edición digital de FIN.ELALEPH.COM
Bien pulenta, Ganador del IV Concurso Literario de El Cuento del Dia. También seleccionado para edición digital de FIN.ELALEPH.COM
Noticias de domingo, publicado en Revista Crónica.

Contactar con el autor: zonaacevedo |at| hotmail.com


 Lee otro relato de este autor (en Almiar): Déjà vu


Ilustración: Australian bullant02, by fir0002 | flagstaffotos.com.au.
Licensed under GNU Free Documentation License 1.2 via Wikimedia Commons.

 

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