relato por
Óscar A. Martínez Molina

 

 

Insomnia, sleeplessness and madness
Nabokov

 

—!Insomne! ¡Alucinado! ¡Ciego! —escribía, tumbado sobre la cama.

Soledad de madrugada. Vagar por calles de la ciudad. Enredarse y desenredarse. Amarrar tus alas. Qué pesar, qué ansias, qué manera de enloquecer.

Se encerraba en cualquier hotel de paso. Leía. Escribía. Soñaba, y ella, la joven amante, desnuda y a su lado, dispuesta a sus ensayos. A cada palabra, un beso; a cada frase, una caricia en su cuerpo; a cada susurro, el cobijo; a cada párrafo, sucumbe al sabor y al aroma; a cada cuento, penetra en ella, hasta el fondo de su espíritu.

Ella, inocente e inexperta, lo arropa cálida, y húmeda. Él se abraza a su cintura estrecha, y se funde a su dorso. Sufre. Contorsiona el cuerpo. Derrama dentro de su cuenco la savia de su alma. Después, toro de lidia, regresa a la querencia de las tablas, y de allí a los toriles. ¡Duerme!

Ella a su lado lo mira, también sucumbe herida. ¡Agoniza! ¡Estoque de muerte! Le da un beso antes de quedar dormida, ha leído el cuento que han escrito entre ambos.

 

¡Insomnio! El sonido constante y monótono, la insuflación rítmica de la maquina moderna, pulmón artificial de su vida. La mar a la distancia, el cielo azul transparente, el sol, luz brillante, lastima sus ojos. En su memoria, esos vocablos que en el tiempo, parecía que jamás alcanzarían el suyo, las vueltas que daban dentro de su cabeza. Potaje, rapé, bálsamo, apoplejía, síncope, haz de luz, parálisis corporal, alucinaciones, desvanecimiento, vaguido, y la sensación placentera, la epilepsia, el gran mal. Y los vocablos socorridos más románticos, aunque trágicos, tisis y fiebres puerperales; entre otros más que, la rareza en los textos actuales, lo llevaban a pensar que los escritores de historias, los novelistas y aquellos que escribían cuentos, Dostoievski, James Joyce, Poe, Antón Chejov, Dumas, acercaban de tal modo estos males a sus personajes que, necesariamente, padecían estos problemas, y estos eran de tal magnitud que los llevaban irremediablemente a la muerte, o a la permanente incapacidad, ambas, en todo caso, muertes románticas o por lo menos heroicas de sus personajes. Más cercano en el tiempo, Nabokov hablaría en sus cuentos de insomnia, sleeplessness and madness.

Lo suyo en cambio, cuando escribía sus relatos, y aparecía por allí alguno de estos males, eran los síntomas precisos, la descripción a detalle de tinnitus y fosfenos, angustia y ansiedad, de dolor precordial, de nauseas y cefaleas, de infarto fulminante al miocardio, y muerte súbita. Y engalanaba sus líneas con la detallada descripción de estas enfermedades. Lesiones encefálicas, meningitis, trastornos vestibulares, neumonías. Estos eran los tiempos modernos, la descripción a detalle de una enfermedad, en los cuentos y novelas y desde luego el remedio; y además, lo leía en textos que, como profesor de Literatura, se daba a la tarea de analizar. De todos modos, los personajes, también morían o quedaban permanentemente afectados. En su caso, los héroes y los románticos se despedían a la mitad del cuento, y daban paso a héroes y heroínas, dispuestos a otros escarceos, menos románticos, menos heroicos, pero más carnales.

 

—Le voy a dar mi opinión —le había dicho su médico, aquella mañana—. Lo que usted tiene es un aneurisma en la arteria comunicante anterior

—¿Y eso es grave? —había dicho él.

Ante tanta inocencia en la pregunta, el médico le explicó conceptos que siguieron dando vueltas y vueltas en su cabeza, mucho después de haberse quedado solo en su habitación. Alteraciones conductuales como la falta de espontaneidad, infantilismo, indiferencia, y problemas en la recuperación de la memoria, todas, había dicho el doctor, asociadas a lesiones frontales.

¡Coño!, exclamaba en cada pausa de su pensamiento, tan sencillo que era el asunto en otros tiempos, apoplejía, síncope, desvanecimiento, ¡El gran mal! Y además con curas maravillosas, potajes, brebajes, tés y emulsiones, ¡polvo de Rapé por las narices! Y la maravilla de todas éstas, el láudano, cura de todos los males, y desde luego las eternas recomendaciones de baños de sol, remojos y baños de asiento en aguas termales.

Mi recomendación, querido amigo, es que vaya usted a las montañas de los Alpes, decían aquellos médicos de antaño, personajes de cuentos y novelas, cuando el paciente era de las tierras bajas. O al contrario, cuando lo eran de las montañas. Baños de sol, aire del mar, es lo que madame necesita. Decían. Y las damas con todo un sequito de acompañantes, carruajes y criados, emprendían el viaje.

Apoplejía o tisis, debería yo haber tenido, y usar pañuelo blanco, para que se fuera tiñendo de rojo sangre, rojo violáceo, rojo carmesí. Hemoptisis, descubrí la patraña de palabra para describir tal sangrado, en estos tiempos, e hice un gesto asqueado al imaginar a Margarita Gautier, La Dama de las Camelias, con esputos y cuajarones de sangre, hemoptisis mi querido amigo, hemoptisis. Y mi vista se quedó fija al firmamento.

 

¡Insomnio! ¡Desvelo! La soledad de los cuartos de hospital, pasmosa y cruda penumbra, y el sonido eterno de monitores, cables y tubos. El abandono. La lejanía de aquellos años en los que devoraba ilusiones, y en los que rondaba citas a escondidas, amores a destiempo, la tallerista y las alumnas con sus dudas, y mis devaneos con ellas. Encuentros esperados en parques aislados, en autos de alquiler, en cuartuchos discretos, en hoteles de paso.

Aneurisma en la arteria comunicante anterior, y qué jodido escribir si pierdo la memoria y no recuerdo. Indiferencia, infantilismo.

¿Y el lenguaje? Angustia, ansiedad y miedo, haciendo presa de mi alma.

—Clipaje con grapas metálicas de titanio —y el Doctor, explicando detenidamente el procedimiento. Y por supuesto los riesgos.

—¿Y si no lo hago?

De nuevo la inocencia en la pregunta. Inocencia o esperanza de escuchar la frase de respuesta deseada.

Que no pasa nada, amigo, lo del clipaje y no hacer nada, es lo mismo. La vida sigue tal cual, sin problema alguno. ¡A vivirla a gusto y punto!

Dejó esa misma tarde el hospital, la decisión había sido tomada justo al mirar los ojos de la enfermera que, aquella tarde, tomó el turno; y al verla acomodando sus cabellos bajo la blanca cofia, y el arreglo de su vestido, y el contoneo de las caderas alejándose de él, después de haber checado por enésima ocasión, los signos vitales.

—¡Abuelo!, estás como nuevo —dijo ella con la confianza, que demandan y dan los jóvenes.

¿Abuelo? ¿Cómo estás?, qué confiancitas, pensó, mientras la veía por la espalda.

Estoy como toro de lidia, hubiera querido decirle; sobre todo cuando además de la espalda, le vio las nalgas.

En fin, que en esta tarde, estaba más bien para recogerse en los toriles, en vez de andar partiendo plaza en alguna corrida.

Vistió con extrema parsimonia su arrugado pantalón de mezclilla, su camisa polo, su suéter de lana. Calzó sus zapatos, y sin que nadie se diera cuenta, abandonó cuarto, pasillos, salas de espera, y hospital. Y caminó con la serenidad, y confianza de quien no debe absolutamente nada.

 

¡Insomnio! ¡Desvelo! ¡Locura! Las águilas extendían sus alas en el tronco donde anidaban; grandes alas con plumaje marrón y café, tonos grisáceos y vivos blancos, ¡Saradas!, así las llamaba mí padre. Hacían dos o tres movimientos enérgicos batiendo el aire, y se elevaban; tomaban altura con simétricos giros; desde mi atalaya entre el ramaje de un árbol, apenas las distinguía allá en el cenit del cielo azul. Águilas libres y solitarias. No me gustaba verlas cazar víboras o conejos, me gustaba tan sólo ver su vuelo, esas largas vueltas que daban para cubrir con su vista sus vastos territorios. Podía pasarme horas enteras viendo el vuelo de las águilas. Eran mis tiempos de infancia, en Chiapas.

Así soy yo ahora. Bato mis alas contra el viento, me elevo y empiezo a ganar altura dando giros; y por horas, permanezco arriba, viendo. No me interesa cazar, no me gusta dejar la altura, no me canso de dar vueltas por el cielo. También libre, y solitario.

Fui traído en una ambulancia de urgencias, de esas que están equipadas para el traslado de moribundos. La única fiesta que me permití, fue la que armé esa tarde en el servicio de urgencias. Gritos y órdenes a diestra y siniestra. ¡Tomografía! ¡Resonancia magnética! El ir y venir de un lado a otro, enfermeras y médicos a las carreras. Hasta el brillante y frío cobijo del quirófano.

¡Hemorragia intracraneal! ¡Ruptura del aneurisma! Entrecortadas las palabras de uno a otro cirujano.

A ver si ahora, alguno de ustedes, ¡cabrones!, me dice qué chingados pasó; la explicación, según la recuerdo, era de cuestiones de la conducta, indiferencia, infantilismo, escape de la memoria. Sin embargo, en estos momentos, postrado y enchufado a tantos cables y tubos lo recuerdo todo con toda claridad, ¡perfecto!; entonces eso de la memoria no fue verdad; lo escucho también absolutamente todo y si entreabro con dificultad los ojos, por el peso de los parpados, puedo además verlo todo. Percibo el olor sin la menor de las dudas. Y en el silencio de las eternas noches en mi guarida, el parpadeo de mis ojos, la desesperación en mi alma. Insomnio, desvelo, locura. —Insomnia, sleeplessness and madness—, Nabokov es ahora el que me crea en alguno de sus cuentos.

Escucho todo lo que se habla en torno a mi persona.

Cuadripléjico, uno y otro médico entregando la guardia; cuadripléjico uno y otro informe a quienes lo solicitan. Cuadripléjico, entre las enfermeras al entregarse los signos vitales.

Coma profundo. Coma inducido. Coma punto. Punto y coma.

Insomnia, sleeplessness and madness, y yo que sólo quiero que me dejen volar.

James Joyce y Antón Chejov, habrían diagnosticado apoplejía, y eso me habría hecho inmensamente feliz. Dumas y Poe, se desvivirían hablando de la tisis, por aquello de las flemas en mi garganta. Quizás hasta me habrían recetado baños termales, o baños de sol. ¡Láudano!, para el gran mal, desvanecimiento, convulsiones, espuma por la boca. Siento que el cielo ha descendido a la tierra y me envuelve, apuntaría Dostoievski.

 

Y hago un guiño de ojo a la joven enfermera, pero no se da cuenta.

—Pobre abuelo —dice, mientras ayuda a la asistente a bañarme en la cama.

 

¿Cómo hacerles saber que mi conciencia está pidiendo a gritos que me dejen volar?

 

En esta soledad, en esta cárcel de mi memoria, aprender a volar es una opción, he comenzado ya a batir mis alas. Y de nuevo me encuentro sobrevolando la ciudad de México, el WTC, y sus hoteles aledaños, los cafés sombríos, florerías en las esquinas, y puestos de revistas. El caminar aligerando el paso, una vez haber bajado del metrobús articulado, estación Poliforum, la cita clandestina y la mirada furtiva, el café más escondido, los besos y las caricias en las mejillas, en el cuello, en los hombros. La sonrisa nerviosa e inquieta de ella, joven hermosa, amante tierna. Él, lobo estepario. Cafés expresos. Nieves y panecillos. El abrazo por la cintura y el andar de uno junto al otro, la alameda Nápoles a tiro de piedra. La oscuridad y la penumbra de la tarde que va cayendo. Las afligidas personas paseando a sus perros a hacer caca. El estrecho abrazo en el centro de aquel pequeño universo. La cercanía de los cuerpos, y el calor in crescendo.

—Toro de lidia —dijo entonces ella, al sentir frente a frente, el morro del astado hundiéndose en su vientre, inquietando el capullo en la entrepierna, provocando cosquillas en los muslos, después, dándose vuelta, acomodó su cuerpo de espaldas, reclinándose sobre él, para sentir a plenitud y en el trasero, el alma vigorosa del varón en celo.

Toro de lidia, repitió él, mientras se prendía de sus labios. Volviendo sus pasos buscaron enseguida, el refugio aislado del hotel en turno donde terminar la faena. Desnudos, los alcanzó la alborada de un día domingo, que se prolongó robándole el tiempo a los días y semanas que, escondidos y furtivos, vivieron juntos.

 

Postrado durante días, semanas, y meses; dolida el alma al saberse único en su mal; una buena tarde de invierno decidió dejarlo todo, se asomó por la ventana y se echó a volar.

—Esto no es lo suyo —había dicho ella, en una de esas escapadas a hurtadillas, una vez enterarse del suceso, y al verlo postrado y atado a una cama, las alas truncas, y se puso a llorar, consciente de que él anhelaría volar.

—Se transformó en águila y surcó los aires, más allá de donde los ojos lo pudieran ver—contaba ella después; mis pensamientos se unieron en ese viaje suyo, tan ansiado, tan libre; se empalmaron, se volvieron nube y sol. Agua de mar, también, y así, un buen día, y a sabiendas de que aquello no era lo que pedía a gritos por la rendija estrecha por la que se asomaban sus ojos; aprovechando el descuido y el abandono al que van dejando solos a los pacientes sin esperanzas, y la ayuda oportuna de la enfermera que, lo recordaba, como el abuelo, cortamos tubos y cables y lo dejamos volar.

La alameda Nápoles es ahora mi refugio. A veces sin siquiera darme cuenta me siento justo en el mismo lugar de aquel encuentro. Mi marido y mis hijos sospechan algo. Siempre lo han hecho. Mis escapadas, mis extraños cursos y talleres de escritura, seminarios de sábado y domingo, mis largos silencios, mi caminar por las calles de la ciudad de México, mi tristeza sin motivos, y mis risas espontáneas cuando llegan a mi mente, los recuerdos.

—¡Toro de lidia! —repito en un murmullo, y recuerdo el morro del astado, el cosquilleo en la entrepierna, y me pongo a reír, al fin y al cabo qué más da.

 

separador párrafo Insomnio, desvelo y locura

Óscar Antonio Martínez MolinaÓscar Antonio Martínez Molina (Yajalón, Chiapas, 1958).

Ha participado en los talleres de escritura: Laboratorio de Escritura Autobiográfica (Poeta Víctor Sosa) de la Facultad de Filosofía y letras Unam y en el de Cuento (Leo Mendoza) de la Escuela de escritores Sogem. Primer lugar en la categoría de cuentos del Concurso de Creatividad literaria Pemex 2007, con el cuento La aguja de arria.

Su cuento: Le juro que fue la luna. Forma parte de la antología Más cuentos irónicos (Ed. Selector). Publica sus cuentos desde 2003 en: La página de los cuentos. Y participa en el Blog: Médicos Mexicanos por la cultura y el arte.

Sus cuentos El viejo profesor de narrativa, y Posesos de lujuria, fueron publicados en los números 169 y 170 de los meses de marzo y abril de 2015, en la Revista el Búho, dirigida por el Profesor René Avilés Fabila.

Médico cirujano Ortopedista UNAM. Profesor de posgrado del curso de Ortopedia y traumatología Unam. Autor de artículos de la especialidad. Coautor del libro: Patologías del hombro. Ed. Alfil.

Publicación actual en formato Ebook en Amazon. Su libro: Aromas de café. Una compilación de 50 relatos cortos en torno a una taza de café.

📩 Contactar con el autor: marmolina_58 [at] hotmail.com

Ilustración relatoFotografía Óscar Mtz. Molina.
(Del Museo Nal. de la Estampa, 2016 Cd. de México).

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