relato por
Javier Catanzaro

 

No había tardado mucho, de todas maneras me dirigí de prisa hacia la casa de Iván, faltaba ultimar pequeños detalles para el golpe.

Mientras viajaba, la ventanilla del 60 hacia Constitución mostrábase como una sutil pantalla (Llueve). Ana se había marchado hacía ya tiempo, después de todo no era más que un fracasado y el amor no bastaba (Sonreí). Mi madre había muerto hacía cinco años —el corazón no le bastó. Mi padre… a mi padre lo conoceré seguro en otra vida… seguro. Luego de una hora de viaje bajé en la Terminal. Al momento me dispuse a caminar en dirección al bajo, San Telmo conserva aún, el dejo sutil de la historia. La soledad solo atormenta por las noches…

Al llegar toqué a la puerta y rápidamente contestaron.

—Pasa, vamos…

Inmediatamente me arrojó la foto del tipo que había que quemar.

Este cerdo era Augusto Soria, un teniente retirado que había participado activamente en los 70’; fue quien, en definitiva, había torturado hasta el hartazgo a Don Juan.

—Veinte años de sufrimiento, de lucha, de deseo y al fin llega, todavía guardo en las pupilas como ese hijo de puta, le pego el último tiro y mi vieja se moría en la Plaza —me decía.

Una carta recibida hacia veinte días atrás nos reveló el paradero de este remedo de ser, la carta no poseía remitente y estaba firmada por un buen amigo.

 

«Iván la búsqueda llego a su fin

Viamonte 356 4piso dpto3

Atte. Un buen amigo».

 

La carta estaba confeccionada con silabas y consonantes de diarios y revistas cuidadosamente cortadas. Al principio, como era de esperarse, pensé que se trataba de una broma, pero el fuerte convencimiento de Iván tiraba por la borda toda aquella sensación. Había parado de llover.

Inmediatamente nos dirigimos hacia el lugar. Mi labor consistía, tan solo, en un pequeño acto… No tenía nada que perder ¿o sí? Al llegar recordé otra vez a Ana, como en los últimos tres años, la suma total daba 1095 días de olvido. Imaginé por un instante, una vida, un hijo, un nieto. Mis ojos se perdieron al final del pasillo, estaba oscuro, por un momento tuve el instinto de seguir hasta allí, pero inmediatamente volví a la realidad. Luego de un momento toqué a la puerta… 15 años de cárcel en Olmos y la condena social se habían encargado de la justicia (solo faltaba una pequeña parte). Fue cuando Iván apareció detrás de mí, solo nos miramos por un instante… solo un instante… La automática nueve milímetros y el silenciador se hicieron cargo del resto. Lo observamos por un instante…

—Se acabó, vamos… no van a tardar en encontrarlo…

Al voltear, Iván había huido y por un acto misérico de piedad, me arrodillé ante él, la frente aún se encontraba caliente. Y al levantar la vista…

Un año después supe que Iván había muerto, víctima de una fuerte depresión… (Tiempo más tarde se había enterado de aquel infortunio). Falta de mérito dictó el juez, dado que descartaron todo tipo de presunciones, debido a que no hubo ningún factor emotivamente que llevara al acusado a pertrechar el asesinato de Ernesto Farias Gomes, sito en domicilio de origen, Viamonte 356 3 piso dpto3, tampoco el arma. Y del final del pasillo los gritos…

—No lo hice… te juro que no lo hice… iba a verte… te juro que iba a verte… Ana… Ana… No lo hice… —mientras apoyaba su mano en mi rostro muy suavemente… Fue quien había dado aviso a la policía, mientras me reconocía junto al cadáver.

greca separadora Relato Infortunio


Javier Catanzaro es un prolífico autor argentino que cultiva la prosa, la poesía y el teatro. Su último libro publicado es En busca de razones (2011). Más datos sobre la obra de este autor los encontrarás en su página personal: javiercatanzaro.es.tl/Home.htm.

 

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 65 / septiembre-octubre de 2012
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