relato por
Alejandro F. Nequeçaür

 

S

iempre he sabido que soy un idiota, como lo fue Cortázar. Un idiota que cree que todo es bello y perfecto en su función natural, partidario de que el presente (definido por el Señor Isaac Newton como el instante moviente que separa el pasado infinito del futuro infinito) avanza inexorablemente y así, un poco más de lo posible se va haciendo real. Soy un idiota que cree que todo es, a cada segundo, nuevo, una infatigable evolución, y como consecuencia, creación, arte y sorpresa.

Soy un idiota porque rechazo las críticas que sólo se encargan de alejar cualquier obra de su verdadera fuente, como su propuesta, su voluntad, su espíritu, su esencia ¿Existe el error en el arte? Siempre he sabido que soy un verdadero idiota y que seguramente me elevaría al ver a los mimos checos y a los bailarines tailandeses que hechizaron a Cortázar, y que al fin y al cabo no eran nada fuera de este mundo, según le hicieron entender su mujer y sus amigos mediante sus inteligentes y acertadas críticas al vestuario, a la escenografía, a las interpretaciones. Etc. Críticas que no eran necesarias y que rompieron el hechizo y su conexión con la propuesta artística.

Sé que soy un idiota porque me emociono con todo lo que veo. Y estoy seguro de que iría tras aquel pato por el rio Bois De Buologne para admirar más de cerca su infinita hermosura, tal y como Cortázar lo hizo, porque soy un idiota y todo me llama la atención y me sorprende como un niño en su cumpleaños. Una hoja arremolinada me pierde, una tela de araña brillando al sol me asombra, un grupo de ancianos sentados en un banco me conmueve, un frondoso árbol me da paz y reflexiones, un viejo motor oxidado me remonta a la evolución humana, un perro me maravilla con su conducta, ahora una lámpara, ahora una montaña, ahora un cuerpo espín. Un gato. Una mosca. Una gota de aceite. Y no hay crítica, por más elocuente que sea, que me aleje de la idiotez.

Volvía del trabajo a eso de las nueve de la tarde, anochecía. De pronto escuché música. Era una canción a todas luces de origen asiático, una música tradicional sostenida por una base electrónica. Ya desde lejos empecé a mover la cabeza al compás (con discreción). Sólo cuando oscureció totalmente me permití (sabiendo que nadie me veía) improvisar unos pasos. Busqué la música. Caminé sobre una pequeña loma, esquivé unos árboles y finalmente llegué. Bajo un par de farolas llena de insectos, había un grupo de mujeres asiáticas ensayando una coreografía bellísima que nunca supe si era para presentarla en algún concurso o simplemente lo hacían para pasárselo bien (la segunda opción me gustaba más). Todas se movían siguiendo a tres mujeres mayores. Los instrumentos cabalgaban sobre un tempo de ciento veinte, pero con lentitud, con melancolía, casi sensuales. Las mujeres parecían estar recuperando de los albores del tiempo, un arte marcial transformado ahora en forma de danza arquetípica. Nadie de los que por allí pasaban se paraba a mirar.

Unos de los pasos que me elevó el espíritu, fue el que hicieron las tres profesoras, (supongo que eran las profesoras) cuando levantaron la pierna derecha y ambos brazos (como Daniel Sam haciendo la grulla sobre el pivote en la playa desierta) para luego estirar la pierna derecha hacia adelante y echar hacia atrás la cabeza desplegando ambos brazos primero hacia atrás y luego hacia adelante. Cuando hubieron apoyado el pie derecho en la tierra, y sin dar tiempo a que el cuerpo se rigidice, un contoneo de serpiente, un sensual quiebre de cintura. Un par de ellas vieron mi felicidad, me sonrieron a través de la oscuridad. Me sentí observado.

La música siguió sonando. Los movimientos de cintura correspondían al rask baladi, los brazos eran como llamas de antorchas en el viento. Mi aplauso no tardó en llegar. Fueron tres aplausos. Justo cuando acabó la canción. Las señoras se giraron y me localizaron. Me levanté del césped, saludé torpemente y me alejé lo bastante para que la canción, que había vuelto a empezar, se perdiera en el trajín de la ciudad. Enfilé hacia el río recordando a Cortázar y a los mimos checos, a los bailarines tailandeses, tuve ganas de que pasara un pato para seguirlo y maravillarme con su nado. Pero al final no fue un pato lo que apareció, sino un pequeño perro que saltó sobre mis piernas. Parecía un murciélago, tenía los ojos saltones, la boca de oreja a oreja y roncaba, ¡era feísimo! La dueña vino a recogerlo y me pidió perdón cuando yo, maravillado con la extrañeza del perro aquel, le hacía cosquillas detrás de la oreja y este mordisqueaba los cordones de mis zapatillas. Era como estar jugando con un extraterrestre, fantaseé con encontrar la nave que lo había traído a la tierra. Esto mismo le dije a la chica, literalmente, lejos de pensar si le haría gracia o no. La muchacha me miró un tanto extrañada, como si hubiese insultado a su mascota, me dedicó una sonrisa escéptica y desapareció.

Continué mi camino. Me dio por detenerme a orillas de la presa número ocho a ver el agua caer, a escuchar el sonido e imaginar que si tan poca agua provocaba tal cantidad de decibelios ¿qué decibelios tendría las cataratas del Iguazú, o las del Niágara? ¡Sorprendente! No sé cuánto tiempo estuve maravillado por la suciedad que navegaba como pequeños barcos a la deriva, y cuando caían por la presa, ¡oh!, ¡qué historias! Cuando los pequeños barcos caían por la presa imaginaba a los tripulantes viendo su vida entera pasar ante sus ojos antes de estrellarse y ser destrozados por la fuerza del agua.

«Ya ha sido bastante por hoy», pensé. Lamentablemente era hora de volver a casa, cenar y echarme a dormir, al día siguiente tocaba madrugar y volver al trabajo, a la realidad, a la inteligencia, a la madurez, al aburrimiento ¡Qué agotador!

Entonces, al levantarme para ir a casa, el extraterrestre volvió, ¡sí!, y detrás venía la dueña. Me miró y me dijo: «Encontré la que podría ser la nave que trajo a este marciano», el perro, sentado a mis pies, me miraba como diciendo: «Ven, ven a ver mi nave».

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Alejandro Fabián Nequeçaür. Nació en Buenos Aires, Argentina, y a la edad de diecinueve años emigró a España. Hoy reside en Santa Cruz de Tenerife. Se dedica a la composición, tanto de letras como de música, para bandas o cantantes solistas, y desde hace un par de años navega en los mares de la narrativa con su primera obra titulada Hoy supe ser libre. Cuenta también con un libro de microcuentos y está trabajando en una novela que espera que pronto vea la luz.

@ Contactar con el autor: neke2[at]hotmail.com

Ilustración relato: Fotografía por: HelpSickChildren / Pixabay [public domain]

 
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Revista Almiarn.º 92 / mayo-junio de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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