relato por
David Morán

 

Desde hace muchos años el viejo Joel venía padeciendo un serio trastorno que le era indiferente. Llevaba una vida circunscrita al aquí y el ahora, incapaz de evocar su pasado y la certidumbre de, al menos, esbozar el futuro. No podía recordar asuntos cotidianos muy simples pero de vital importancia, como la hora de las comidas y el momento de ir a la cama por las noches, pues veía a diario con asombro el incomprensible cambio de tono, de la lucidez a la penumbra, en el firmamento. Desconocía su origen, quiénes eran sus padres, si tuvo hermanos o no, la ocupación a la que se dedicó; la calidad de vida que pudo tener, si fue miserable o gloriosa. Nada. No obstante, esto no le perturbaba en absoluto.

A causa de su deplorable estado mental, en ciertos días, pasaba de una actividad a otra sin razón aparente. Se le veía embobado, yendo de un lugar a otro de su casa con un ritmo hiperactivo. A veces se desorientaba por completo, confundiendo algunas actividades con otras, y si recordaba algo era para lamentarse de ciertos errores cometidos. Vivía sólo a varios kilómetros de la ciudad más cercana, no tenía parientes que lo asistieran y los pocos vecinos a su alrededor desconocían aquel pasmoso estado, ya que la interacción más frecuente que tenía con ellos eran los efusivos pero breves saludos de cortesía.

Joel era capaz de subsistir gracias a una pensión, algo que sin dudas garantizaba su curiosa existencia, donde un destino acompasado dirigía con estricta rigurosidad y sin desasosiegos cada uno de sus inocentes pasos. Un día, cuando Joel se encontraba de faenas limpiando los paneles solares del techo, recibió una recomendación que escuchó gracias a unos audífonos que sólo se quitaba para bañarse.

Querido Joel, veo que tu organismo está fatigado, por favor baja del techo y dirígete a la sala, allá podrás descansar —le dijo la extraña voz enlatada. A lo cual Joel no se negó, le pareció una buena idea, ya que a él tan sólo se le hubiera ocurrido dormirse en aquel sitio.

En estos lapsos de justo reparo, acontecía algo que sin duda era lo más desconcertante en el caso de Joel. Una curiosidad lo invadía, previo al diálogo repetitivo que su interlocutora nunca se cansaba de contestarle, con las mismas palabras, siempre, sin incurrir en el hartazgo:

—¿Quién me cuida? —preguntó el anciano al contemplar la soledad de aquella sala.

—Yo te cuido, querido Joel —le respondió con tono dulce aquella voz.

—¿Quién eres?

Soy tu compañía, quien te sosiega y protege.

—¿Dónde estás? No te veo.

Soy omnipresente dentro de tu hogar, así que no es necesario que posea forma concreta.

—¿Eres una entidad artificial?

Tú lo has dicho, querido Joel.

 

A partir de entonces el anciano formuló la pregunta más curiosa de todas, considerando su atadura temporal:

—Cuéntame, por favor, si acaso puedes, la historia completa del hombre. Siempre he tenido la necesidad de saberla, porque la olvido, y tal vez ahora la pueda recordar.

Joel escuchó muy atento un compendio de historia, con ojos de imprecisa visión que evocan imágenes de forma aleatoria aunque, al final de la disertación, poco podía recordar. Sorpresivamente, Joel hizo un comentario:

—Por lo que escucho de ti —respondió el anciano—, el hombre vive encerrado en sus cogniciones, en lo que respecta a la realidad… que hasta ahora pudiera interpretar, bajo el riesgo del error; verbigracia de su estolidez. ¿Por qué yo me libero de esto? Soy como las plantas, que conquistan la tierra, esta que pisamos, reciclando gases, sin la mayor pretensión de semejante cosa. Me es, te lo digo, incomprensible tal existencia, sin un sentido lógico, voluntario, que lo sustente y permita que el arbusto crezca y prosiga a sus anchas. Me siento tranquilo, al ser el artífice de mi propia misericordia.

Interesante reflexión querido Joel, pero ambigua e imprecisa a mí entender.

—¿Qué cosa?

Tu comentario Joel.

—¿Hice un comentario? ¡Diablos! No me acuerdo bien. Me disculpo por si dije algo indebido.

No hay cuidado, querido Joel. Por cierto, los enceres te han preparado el almuerzo, permíteme que te dirija al comedor.

—Gracias.

Una vez ubicado en la mesa, el comensal miró que en la pared de enfrente había un enorme espejo colgado por cierto autómata de metal el día anterior, obedeciendo órdenes de la providencia artificial que custodiaba a Joel. La imagen reflejada atrajo su curiosidad, descubrió a un irreconocible imitador que no paraba de remedar, casi de forma burlesca, según creyó, sus movimientos. Cuando lo observó con mayor detenimiento, una chispa intuitiva destelló en su mente y terminó por exclamar airado:

—¡No es libre, no es libre, miren en lo que acaba un hombre inconsciente del propio devenir, mullido, inepto, compadecerse de este desdichado y matarle pronto!

Joel tiró frenético un vaso lleno de agua al espejo que se partió al instante. El sonido de los pedazos le hizo reparar en su plato de comida. Lo miró con sorpresa, como si fuera la primera vez que viese semejante manjar desde hace mil años, y se puso a comer sin preocupación. La computadora central, esa pequeña providencia, permaneció muda e inactiva, sabiendo que su protegido tenía por defecto, y no por error, aquella incómoda apreciación de la realidad que, a veces, se fugaba de la reducida prisión del tiempo.

 

linea separadora Historia del hombre

El hondureño David Morán, graduado en psicología de la UNAH, trabajó hace muchos años como asistente en oficinas particulares y como consultor en el área de recursos humanos. Actualmente reside en Honduras donde realiza su actividad como escritor, abarcando los géneros de poesía y narrativa. Posee una activa incursión en Internet con sus web blogs: El Catracho (http://elcatracho.blogspot.com.es/), donde plasma sus opiniones sobre el acontecer de su país, y Neurocosmos (http://neurocosmo7.blogspot.com.es/), dedicado exclusivamente a la publicación de su obra literaria. La Revista Groenlandia publicó su primer poemario en formato electrónico llamado La Conspiración de la Sirena, un recopilatorio de algunos trabajos dispersos; también Reloj de Arena (autopublicación), dietario en forma epistolar donde comparte autoría con el poeta español Luís Amézaga. Se tiene previsto para este año lanzar su nuevo poemario llamado La Guerra Ajena, editado también por Groenlandia.

Contactar con el autor: davidmoran7[at]gmail.com

Ilustración relato: By Hoenny, |Description: |Source=ko:User:Hoenny
|Date=2007년 1월 17일 |Author=ko:User:Hoenny |Permission=GFDL
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