Relato

Ocurrió en una playa solitaria, en el mar Pacífico. Las rocas fueron testigos de lo acontecido, las olas braman aún su impotencia ante lo ocurrido aquel día. Lucinda había llegado de Algaropa, específicamente de Oniax. Su aspecto, tan distinto a las personas bronceadas del país tropical donde había decidido vacacionar. Blanca como la misma nieve que cae presurosa en aquellos países pálidos de tanto frío. Sus ojos eran dos esferas celestes, que irradiaban optimismo, y ganas de vivir. Con apenas 25 años, ella pensaba que tenía razón en todo, que la vida era una moneda, la cual ella manipulaba y encarcelaba a su antojo. Soltera y aventurera, en su país disfrutaba de la libertad de no tener hijos aún. Había decidido no casarse y gozar cuanto pudiera una vida superficial y loca, la cual era una gema de oro en su cabeza vacía.

En cuanto llegó al país caribeño, fue recibida estupendamente (al igual que los demás turistas). Los anfitriones, los trataban como si fuesen reyes. Desde la ventana del hotel de clase media que se hospedó podía contemplar el mar y sus efectos de azules suspiros. Decidió bajar primero a la piscina…

Una piscina de gran proporción, la cual albergaba a una gran cantidad de bañistas, modelaba su turístico aspecto. En ese sitio fue que lo conoció. Un hombre a simple vista, gentil, risueño y muy atractivo. Le cautivó su encanto, y ambos cayeron embelesados en el siguiente destino: el mar.

Habían arribado a la parte más vistosa de la playa, llena de ranchitos y olas en su cercanía. Recostados en dos sillas, no cesaban de mirarse y conversar. Luego el silencio dio lugar a la música de moda y al oleaje, que caía como un torbellino de paz. La noche fue apareciendo, tenue en alas del atardecer, luego la luna se asomó victoriosa. Se acercaron y el negro cabello del prototipo guapo y varonil, se acercó al rostro y cabellera larga castaña de Lucinda, quien al percibir aquellos brazos musculosos y su cercanía, tembló de solo imaginarse en sus brazos. Imaginación que cobró vida cuando éste intempestivamente, la tomó en sus brazos, dándole el beso más apasionado de toda su vida loca. Ella no tuvo más voluntad que la suya, en brazos la llevó hasta el final de la playa, y luego en su auto deportivo, se dirigió a un hotel, donde hicieron el amor, como jamás Lucinda lo había vivido. Simplemente, se había enamorado de un total desconocido, pues no sabía nada de él. Al día siguiente aún en la cama del hotel, le pregunta su nombre.

—Me llamo Leonel Bobony y soy fulisiano. Aprendí varios idiomas por mis constantes viajes, en forma natural, conversando con la gente. ¿Y tu nombre?

—Soy Lucinda Carpenter, y nací en Oniax. Al igual que tú, he viajado mucho, y sé hablar varios idiomas.

—Dicen que los oniaxenses, son muy dados a la vida acelerada, y he comprobado que es verdad.

—Ya me voy —dijo fríamente al final.

—¿Te vas? —respondió Lucinda.

—Claro, tengo cosas que hacer.

—Pero, ¿de veras, te vas? Respóndeme al menos si eres casado —dijo enojada, casi gritando.

—¿Ahora a qué viene todo esto? Pasamos un rato agradable, y ya. Te gustó, me gustó y punto final. No debemos vernos más, pues me podría enamorar de tí y eso no está bien, pues soy casado —respondió Leonel.

Las lágrimas no pudieron contenerse más en Lucinda. Torrentes de lluvia dolorosa, cayeron por sus mejillas.

—¡No puede ser! Me ilusioné en vano. Me enamoré de ti sin quererlo.

—No llores, pronto me olvidarás. Adelante, busca a otro, y ya me olvidas —dijo en tono presuntuoso.

Una bofetada resonó en el rostro de Leonel. Y solo se sobó, diciendo, en forma colérica:

—¡Zorra! —y luego se fue, dejándola sola.

Lucinda durmió un par de horas más. Ya no era la misma, había caído en la misma trampa que ella ponía a sus conquistas, para luego abandonarlos. Ahora ella era la abandonada. La basurita, que había tirado un hombre, que en corto tiempo pudo robar su corazón.

Luego de arreglarse y desayunar, fue a la playa, sola. Miraba las olas como si la llamasen, donde los verdes y azulados brazos marinos, se alargaban cada vez más.

Hipnotizada, creyó escuchar una voz masculina en las olas, que decía:

—Lucinda, ven a la cama de agua, descansa, no sufras del mal de amor, yo te consolaré.

Se adentró al mar, y vio a un tritón, guapísimo. Este le dio su mano y nadando ambos, fueron a las profundidades del océano. Una ciudad plena de corales, la esperaba.

El amor verdadero la había encontrado, era feliz, al fin. Ya no tendría más vida loca, sus piernas eran ahora aletas. Y su vida cambiaría totalmente al ser la sirena encontrada.

Al día siguiente, fue encontrada en la playa, ahogada.

 

círculos separadores Hipnotizada

Venus Maritza Hernández Moreno. Nació en Panamá, ciudad de Panamá. Licenciada contable (Universidad de Panamá) y escritora. Sus inclinaciones literarias son diversas: poemas, cuentos, ensayos, prosa poética, novelas y artículos de interés. Miembro de REMES y el Directorio de escritores vivos de Panamá.

Dos cuentos publicados en el Diario Panamá América y publicaciones del conocimiento y literarias. Publicación del poema El ocaso de la realidad, en la revista Palabras diversas. Un poema y un micro relato en las antologías de dos libros en Diversidad Literaria, titulados: Porciones del alma y Versos en el aire.

Dos libros de cuentos (impreso y digital), un libro con un cuento de ciencia ficción (digital) publicados y una novela digital.

 Contactar con la autora: venusmaritza[at]hotmail.com

 

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

biblioteca relato Venus Maritza Hernández Moreno

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Revista Almiarn.º 78 / enero-febrero de 2015MARGEN CERO™ Aviso legal

 

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