relato por
M@ José Martí López

 

Las arañas vuelan. Hace muchos años que Miguel conoce el caso, realmente extraordinario, pero nunca hasta hoy había reflexionado tan detenidamente para explicarlo. Hoy que ya es abuelo de tres nietos a los que apenas conoce, Miguel no quisiera irse de éste mundo sin hablarles de la importancia que tiene, incluso para ellos, el hecho de que un insecto terrestre no dotado de alas, haya sido capaz de volar y de hacerlo tan bien como para traspasar tantas fronteras, mares y continentes.

Quisiera contarles —si es que ellos vienen a verle algún día—, que cuando era un chiquillo como ellos, camino de la escuela, Miguel pasaba por delante de un gran descampado al que la gente sólo se acercaba para recolectar caracoles después de las lluvias o tirar los escombros y las cosas que ya no funcionaban o no querían ver en sus casas. Y ocurría que cada primavera, alrededor de aquellas escombreras, montones de ladrillos y escayolas, frigoríficos, baterías supurando ácidos y enormes ratas ebrias que pululaban entre ellos vacilando en el paso y la intención, renacían y crecían miles de hierbajos, cardos de todas las especies, hierbas de la oliva y plantas de hinojo muy perfumadas de las que pendían finísimos y largos filamentos de seda. A veces, al trasluz dorado de la tarde, aquellos hilos parecían pan de oro. Cuando se levantaba la brisa que trae el Levante, ondeaban, se tocaban y se reunían, entretejiéndose entre ellos, conformando una especie de trama deshilachada y rota que abría las puertas de una decadencia mágica, abandonada y baldía, que ahora a Miguel sólo puede reportarle un suspiro de nostalgia ante los jóvenes que ya nada entienden ni saben de aquello. Pero entonces, el pequeño Miguel, delgado como una rama de chopo, con el pelo ensortijado y la sonrisa traviesa, lo miraba todo con sus ojos castaños y escudriñadores, arrancaba una ramita seca del olmo del camino y jugaba a enredarla entre los hilillos de seda que pendían de un hinojo para darle vueltas en busca de la araña que nunca encontraba, porque la araña ya había partido de allí y se encontraba muy lejos, tal vez en otra calle, o en otro pueblo, quién sabe a dónde habría ido a parar, si a otra ciudad, en otro país, en otro continente, o en otro mundo. El caso es que las arañas vuelan, y ya volaban entonces aunque no dispusiesen de alas. Pero a Miguel nadie sabía explicarle qué hacían allí aquellos hilos de seda, prendidos a las pajizas plantas de los campos baldíos durante todo el verano. Se lo preguntó a su padre una noche mientras cenaban.

—Papá —le dijo—, ¿por qué las plantas de los solares están llenas de hilos de araña, si yo las he mirado y remirado, y no he visto ninguna araña en el contorno?

El padre de Miguel, un buen hombre que no fue a la escuela, que a los siete años empezó plantando y recolectando patatas y ya nunca dejó de trabajar para llevar dinero a su casa, un buen hombre que llegaba muy cansado de la obra, un hombre que llevaba los calcetines zurcidos y los pantalones remendados, arqueó las cejas sorprendido seguramente por la extraña pregunta de su hijo, miró al muchacho con los ojos muy abiertos y, después de tomarse algún  tiempo  para  pensar  y  beberse  el  vino  tinto  de  su vaso —siempre medio lleno—, le respondió a Miguel.

Mira, hijo: Si hay hilos de araña, será porque hay arañas.

Pero esa respuesta no conformó al jovencito Miguel. Porque Miguel no era tonto. Nunca su curiosidad se sentía saciada con la respuesta más simple, por muy contundente que ésta pudiera parecer a los demás. Él necesitaba verdades y las quería encontrar.

Su madre le mandaba todos los días a por leche recién ordeñada. Cuando no en la montaña con sus amigos, Miguel pasaba las horas muertas en la vaquería jugando entre los sacos apilados de pienso, dejando montoncitos aquí y allí, alimentando a las hormigas, a los insectos, especialmente a las arañas. Sabía perfectamente que todas ellas vivían entre las telas de araña que habían tejido ellas mismas y les servían de trampa para cazar a los bichitos insensatos que se acercaban a ellas sin temor. Por eso, Miguel les dejaba caer en su tela todas las moscas que podía cazar al vuelo.

Pero no fue hasta que don Tomás, el profesor de Ciencias Naturales, les explicó en clase la capacidad extraordinaria para volar de las «arañas cangrejo», cuando pudo descubrir las singularidades caprichosas que utiliza la evolución para sorprendernos, para cambiar nuestros hábitos y cuerpos, incluso saltándose las normas entre los seres que nos parecen más pequeños e insignificantes.

¿Veis esta arañita, chicos? ¡Pues la he traído de mi casa! ¡Es una vieja amiga, una inquilina a la que no pienso echar nunca! —decía el viejo profesor con su voz nasal y ronca, mientras dejaba que la araña de patas largas y pequeña cabeza corriera por su mesa mientras los chicos, dispuestos alrededor, la observaban entre pícaros e indiferentes. Y esa tarde, don Tomás les contó a sus alumnos todo lo que sabía de las arañas. En especial de aquella, a la que parecía guardar un especial afecto, pues según decía, llevaba viviendo con él, bajo su cama, algo más de seis meses. Y gracias a ella, decía, podría asegurarles que en su colchón no habrían ácaros ni otros insectos molestos. Y  que  además  —y  esto  fue  ya  lo  que  colmó  el vaso  e  hizo estallar  las  risas  de  todos  los  chavales—, Margarita, que así era como don Tomás había bautizado a su araña, se paseaba por los pelos negros de su bigote de cepillo todas las mañanas a la misma hora, las siete, para despertarle, así que le ahorraba tener que comprarse un despertador o buscarse  una  nueva  mujer,  que  a  su  edad  —reía  a  rienda  suelta—,  ya resultaba harto difícil y hasta un poquito vergonzoso meterse en cosas de faldas…

El recuerdo de don Tomás, no sabe aún Miguel porqué razón, le pone un nudo en la garganta. Era el único profesor que nunca pegaba a nadie en las Escuelas Pías. Estaban don Pascual, don Emérito y don Pablo (los tres curas), y todos pegaban en las manos con una regla, cuando no daban cachetadas o tirones de oreja. Pero don Tomás no necesitaba utilizar la fuerza para imponerse a nadie, todos los niños le respetaban, ¿cómo lo hacía? Miguel sonríe… Ahora que es mucho más viejo que lo era don Tomás en aquellos tiempos, sonríe porque sabe que aquel sencillo profesor fue un hombre de principios, fiel a sus ideas (un tanto republicanas), independiente, sagaz e inteligente, siempre respetuoso con todo el mundo. Sin duda, su huella honorable perduró en todos los chavales de los que fue tutor a lo largo de los años, como en él mismo.

Mira, Micalet… —le explicaba, dejando que Margarita  descansara  sobre  la  palma  de  su  mano, haciéndose un ovillo—. Eso de los hilos de seda que te tiene a ti tan preocupado, es uno de los misterios más bonitos de la naturaleza… Pues resulta que las arañas cangrejo son pequeñitas y salen en primavera, y lo primero que hacen es tejer un hilo de seda y dejarse llevar por él, de manera que el hilo primero se rompe, un trozo se queda prendido al lugar donde fue concebido, y el otro, el que se lleva a la araña, se convierte en un vehículo de transporte volador, que surca los aires llevado por el viento y por la brisa. Por esa razón veréis muchas veces hilos de seda volando en el aire, pues debéis fijaros bien, porque en ellos suele ir siempre pilotando una arañita conductora.

Don Tomás sabía cómo contar historias. Les dejaba embelesados. Si pudiera volver atrás, Miguel hubiera ido a hablar con él para agradecerle todas aquellas clases tan divertidas, que en realidad eran conferencias, sobre arañas, elefantes, jirafas, delfines, tiburones, estrellas y orígenes del universo… Pero mirándose ante el espejo del tocador de Rosa, es imposible engañarse. Don Tomás murió hace tiempo y él ya tiene setenta arrugas delatoras, aunque parezcan algunas menos. Debería dejar la casa e ingresar en la residencia, se lo han dicho sus hijos, «papá, tú ya no estás para andar solo»: pero ésta casa guarda para él tantos recuerdos…

No ha sido capaz de retirar ni uno sólo de los perfumes que abarrotan el mueble de Rosa, en el que Rosa se ponía el pintalabios rojo pasión, y Rosa se pintaba colorete en sus mejillas golosas y Rosa se peinaba el cabello ensortijado y negro como la pez. Y echa de menos su perfume a azahar, su risa contagiosa, su voz de pajarito ingobernable, y su nombre, que por más que lo use no se descuelga de su boca: Rosa, Rosa, Rosa…

Aún conserva en la memoria los gritos de horror cuando Rosa descubría una araña en la casa y le llamaba pidiendo auxilio. Nunca pudo entender aquel temor incontrolable, ¿qué te habían hecho a ti esas pobres arañitas? Piensa en voz alta, mirando su retrato, el que aún descansa sobre la mesilla de noche, con los ojos brillantes de una mujer de edad madura y expresión alegre.

—Tal vez, allá arriba ya no tendrás miedo a ningún bicho. A lo mejor, hasta juegas con las arañas, como hacíamos de niños. ¿Recuerdas Rosa, nuestro primer beso a la sombra de un sauce del río? ¿Recuerdas cómo bailaban las arañas por los aires como si tuvieran alas invisibles, y cuando tú me preguntabas cómo era posible que esas arañuelas insignificantes y pequeñitas flotaran, balanceándose en sus hilos de seda, como los trapecistas más experimentados del mundo en sus altísimos trapecios?

Pero ahora, ¿qué nos queda, Rosa? Miguel se pregunta qué será de estos chavales de ahora, que viven encerrados entre paredes y edificios, y que sólo miran la vida a través de las pantallas.

¿Quién les enseñará lo que verdaderamente importa, lo que hay que saber desde el principio, lo natural, bueno y malo, lo humano, carne y hueso y espíritu, como lo aprendimos nosotros?

Miguel teme por sus nietos. Apenas les conoce por una fotografía.

Sabe bien, como cualquier persona mayor de cincuenta años en la actualidad,  que  las  cosas  se  han  desmadrado,  y  que  las  nuevas tecnologías —a veces— en lugar de recomponer el orden de eso que echamos tanto en falta y a lo que llamamos Ética, lo que hacen es retorcer la evolución de nuestra especie y ayudar a corrompernos un poco más, si cabe, en algunas ciénagas.

Esta tarde han llegado el hijo de Miguel y los dos nietos, los que viven en Londres. Es la primera vez que visitan España. Apenas chapurrean cuatro palabras en castellano. No se habían visto desde que murió Rosa, y de eso hace ya diecisiete años. Silvia, su hija, la otra, la mayor, se casó con un australiano, tuvieron un hijo, después se divorciaron, y ahora ella vive con el niño en Nueva Zelanda. Y aunque mantienen correspondencia y se llaman por teléfono de vez en cuando, tampoco ha vuelto a verla, ni conoce al nieto neozelandés que ya ha cumplido once años.

—¿Qué tal, papá? ¿Cómo te va todo? —le dice Julio después de abrazarlo a la salida del aeropuerto. A continuación, un poco incómodo por el comportamiento ausente de los chicos, Alice y Brad, que apenas le estrechan la mano con indiferencia, más pendientes de observar el entorno que pisan por primera vez en sus cortas vidas, el hijo de Miguel le explica que no van a estar mucho tiempo, que tiene algunos negocios que atender en Barcelona y en cuanto los solucione regresarán a Londres.

—Lo siento papá, de veras. Quisiera que pudiéramos estar contigo algunos días más, pero tengo mucho trabajo. Helen no ha podido venir, te envía recuerdos. Ya sabes que está siempre ocupada con las cosas de la escuela…

—Sí, lo sé… No te preocupes, hijo, lo comprendo. Quien vuela alto vuela también lejos… Yo, en cambio, soy como el hilo que queda sujeto a la rama. Eso sí… Un hilo muy fuerte que no ha de romperse hasta que llegue su hora…

Esa noche en su casa, Miguel les explicará a sus nietos que no deben perder la capacidad de comunicarse, de expresar sus sentimientos a los demás, de no engañar ni engañarse, de ser ellos mismos, pase lo que pase.

—Oídme, chicos, no os dejéis llevar por lo que hacen o dicen otros, tened en la vida un criterio propio y mantenedlo, debéis defenderlo con uñas y dientes… Hacedme caso, chicos, a eso se le llama integridad y es como una burbuja envolvente y protectora que uno tiene que cuidar toda la vida, llevándola siempre encima si no quiere acabar perdiéndose en tierra extraña…

Les cuenta que un profesor llamado don Tomás le enseñó a él cómo a veces, contra todo pronóstico, las arañas liberan a sus presas sin producirles ningún sufrimiento si éstas son demasiado grandes, incomestibles o difíciles de disuadir…

Pero lo más importante: que existen arañas capaces de volar sin haber sido creadas para tal menester, gracias a su ingenio, montadas en un hilo finísimo de seda, casi transparente, que las aleja de allá donde nacieron y las transforma, para bien o para mal, en el marco de una nueva vida, dejando atrás sus raíces, olvidando lo aprendido en un pasado no muy lejano.

Y después, don Miguel sonríe y añade ante la incrédula mirada de sus nietos, que por más que lo intenten —¡I don´t know!— no le comprenden:

¿Sabéis que creo, chavales? Pues que el hilo de seda es la cosa más fuerte del mundo… Que no se rompe por nada… Y que Dios juega con las arañas, y se divierte con ellas tanto o más que con nosotros…

 

separador relato Hilos de seda

María José Martí López. Nacida en Valencia, de 46 de edad. En 2013 recibió el primer premio en el Certamen poético de Silla. Fue finalista en el Certamen poético de Machado, en Rocafort (2010) y en el Certamen de relatos en el Vedat de Torrente 2013 (Valencia, España).

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Ilustración relato: Spider web Luc Viatour, I, Luc Viatour [GFDL (http://www.gnu.org/ copyleft/fdl.html), CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/3.0/) or CC-BY-SA-2.5-2.0-1.0 (http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/2.5-2.0-1.0)], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarn.º 77 / noviembre-diciembre de 2014
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