relato por
Esther Domínguez Soto

 


A orillas del lago Peipus. Livonia. Agosto, 1258

 

L

a pared trasera de la taberna, una casucha de troncos oscuros de aspecto miserable, se apoyaba en unos enormes abedules que, en invierno, la protegían de los airados vientos procedentes de Rusia. Por una abertura en el techo salía una columnita de humo que prometía comida caliente a los mercaderes que atravesaban la región. Suspiré. Hacía dos días que había salido de la fortaleza de Dorpat, donde el obispo de  la  ciudad  —por consideración a mi señor—  me había ofrecido alojamiento. Allí descansé de las penurias de una de las etapas de mi largo viaje en plena canícula y aproveché para comprarme un par de botas nuevas. Con buen ánimo retomé mi viaje. Ahora, dos días después, los huesos volvían a dolerme después de la larga jornada a lomos de mi borrico. Y tenía la sensación de que en aquella taberna no iba a encontrar un sitio cómodo para descansar. Esa misma mañana, un arriero me había recomendado una posada a un par de horas de allí pero pronto se haría de noche y, sobre todo, no podía dar un paso más. En fin, me conformaría con lo que pudieran darme para cenar y si la paja estaba limpia no pensaba quejarme. Llevaba ocho semanas de viaje por cuenta de mi señor, el obispo de Riga, que no era hombre generoso con los que trabajábamos para él. Más bien al contrario. Por eso ya estaba acostumbrado a alojarme en los sitios más económicos y contentarme con la comida sencilla.

Después de acomodar a mi borrico en la cuadra que ocupaba la parte trasera de la taberna, me instalé en un rincón, cerca de la chimenea, con una copa de aguardiente que pronto empezó a hacer efecto. Los pies dejaron de dolerme, un calorcillo muy agradable me recorrió el cuerpo y pronto empecé a ver las cosas con más optimismo. Un plato de carne guisada con nabos y una jarra de cerveza servidos por la hija del tabernero, una moza rubicunda y amable, acabaron de animarme. Los campesinos de la zona fueron llegando a por una ración de aguardiente antes de regresar a sus casas, unas chozas bastante miserables que, en un claro del bosque, se apiñaban alrededor de una capilla como dándose calor unas a otras. Todos me miraron con curiosidad pero no hicieron preguntas. Se limitaron a pronosticar que el invierno no tardaría en llegar y a planear una batida contra los lobos que ya habían matado varias ovejas. Yo me dediqué a pensar en mi trabajo y en el tiempo que tardaría en completar mi viaje. Deseaba regresar a Riga. El viaje en busca de historias de guerras y paces, ducados caducos y repúblicas nacientes con las que redactar la crónica que mi señor me había encargado, me pareció una idea atractiva. Significaba abandonar un trabajo rutinario como escribiente en palacio y salir a conocer otras tierras, hablar con todo tipo de gente que tuviera algo que contar del pasado. Libertad, en una palabra. Alejarme de la rigidez del palacio obispal.

Durante estas semanas, había ido memorizando cuidadosamente todas las historias, las fechas y —a veces pienso que también las fantasías— de todo el que quiso contarme lo que podría serme útil. En mi cabeza bullían los nombres de príncipes, generales y obispos —en su mayor parte, muertos. Ya tenía lo que necesitaba y la perspectiva de recorrer caminos helados, a merced de la nieve y los animales salvajes me inquietaba. Deseaba volver a vivir tras las murallas de Riga y rezaba para pasar los siguientes meses al abrigo, en la mansión de mi señor, redactando la crónica que lo inmortalizaría y no recorriendo caminos dejados de la mano de Dios.

Los campesinos comenzaron a retirarse. Afuera, el cielo tenía esa tonalidad azulina que pronto deja paso al negro. Bostecé. También yo debía irme a dormir. Pero estaba tan cómodo que no me apetecía cambiar aquel rincón caldeado de la taberna por un montón de paja al lado de mi burro y rodeado de gallinas, cerdos y ovejas. Decidí beber un poco más de cerveza e hice un gesto al tabernero para que volviera a llenar la jarra. Entonces la puerta se abrió y una mujer rubia, muy pálida y con ojos temerosos asomó la cabeza. El tabernero le hizo un gesto, animándola a entrar. Ella me vio y se sobresaltó. Evidentemente, no esperaba ver a un desconocido. La hija del tabernero se le acercó y tomándola de una mano, le animó con tono tranquilo a sentarse cerca del fuego. Después de unos segundos, se decidió a entrar pero no se sentó. Delgada, baja, un poco encorvada. No sabría calcular su edad. Sus ojos claros y su piel eran los de una mujer joven. Pero su espalda y unas arrugas que antes no había visto me hicieron dudar. No era tan joven como había pensado.

Mientras la observaba, ella se acercó al tabernero y puso una bolsita en su mano. A cambio, él le alargó un pucherito con guiso, con él entre las manos la mujer rubia desapareció. El tabernero movió la cabeza con gesto compungido. Yo no pude evitar preguntarle.

—¿Quién es?

La tabernera, tan regordeta y coloradota como su hija, se unió al grupo. Vio la bolsita, la cogió y me explicó.

—Es una pobre mujer que vive en una cueva, en el bosque. Cerca del lago. Se volvió loca cuando su amante murió y, desde entonces, está completamente sola.

—¿No tiene a nadie? ¿Hijos?

Mis tres interlocutores menearon la cabeza.

—Nadie —el tabernero continuó hablando—. Recoge plantas medicinales y también las cultiva. Es de lo que vive. Y siempre nos paga con sus plantas. Mi mujer las utiliza en la cocina.

La hija lo interrumpió.

—Sabe mucho. Puede aliviar cualquier dolencia con sus mejunjes…

—Y  no pide más que lo que puedas darle por ellos —afirmó la tabernera. Estaba visto que aquella familia estaba acostumbrada a meter baza constantemente en las conversaciones. Un cerdo hizo un ruido rarísimo, creo que una especie de eructo, como poniendo el broche final a la frase.

—¿Y cuándo murió su amante? —quise saber.

—Hace mucho —la tabernera había ganado por la mano a su familia y ahora era su turno—. Mi hija ya había nacido.

—Te equivocas —interrumpió su marido—, ¿no recuerdas que fue ella quien te curó aquel absceso que tuviste cuando estabas preñada?

—Es verdad —reconoció la tabernera, señalando a su hija—, pues esta tiene casi quince años… —intentó hacer la cuenta pero pronto lo dejó por imposible—. Hace ya mucho —remató.

Yo me había propuesto averiguar algo más. Prefería quedarme allí murmurando que irme a la cuadra a dormir.

—¿El amante era vecino del pueblo?

La negativa fue unánime.

—Los dos eran extranjeros. Él era soldado. Murió en la batalla que se libró allí —tres dedos señalaron al vecino lago Peipus, una enorme extensión de agua que brillaba entre los árboles gracias a la luna llena.

—¿Una batalla? —en mi interior algo despertó. ¡Una batalla! Podría serme útil para mi crónica, bueno, para la de mi señor el obispo. Había oído hablar de ella pero no recordaba más que vaguedades. Tenía que seguir preguntando. ¿Podrían  contarme  algo?  Para  animarlos,  añadí—: ¿Por qué no me cuentan lo que sepan mientras tomamos una cerveza? —puse una moneda sobre la mesa para que no hubiera dudas.

El tabernero sonrió. —Ya que sois tan generoso, mejor una copa de aguardiente —se levantó, trajo una botella de cuero llena de aguardiente y cuatro copas de barro basto. Sirvió el licor y, ante mi sorpresa, las dos mujeres se apresuraron a vaciar las suyas de un trago. El tabernero las volvió a llenar y la conversación se animó.

—Sabemos poco. Únicamente que los Caballeros Teutónicos y sus aliados atacaron varias de nuestras ciudades. Cuando Pskov y Koporye, las más importantes, cayeron, intentaron conquistar Nóvgorod pero el príncipe Alexis los derrotó ahí mismo —con un dedo grueso y con la uña rota, señalaba al vecino lago.

—Seguro  que  conocéis  al  joven  príncipe de Nevski —terció la tabernera— ¡qué valiente es!, fue el único que consiguió parar a esos caballeros extranjeros, preparados para acabar con nosotros.

—Ahora ya no es tan joven —el tabernero no estaba dispuesto a perder su turno—, pero entonces tenía veintidós años —apuró su aguardiente. Volvió a llenar su vaso—. Debía ser chocante ver a un guerrero tan joven capitaneando a aquel ejército de soldados experimentados.

—¿No tomasteis parte en la batalla?

—No vivíamos aquí. Llegamos unos meses después. Recuerdo que, de vez en cuando, todavía aparecían restos de la ropa de los cadáveres y de los arneses de los caballos flotando en el lago.

Pudo acabar la frase, sin interrupciones. Sorprendido, miré a la joven, demasiado entretenida imaginando al veinteañero príncipe para terciar en la conversación. Hasta sus mejillas estaban más rojas ante el espectáculo de los soldados fornidos que desfilaban en su cerebro. Su madre se servía otra copita. Entonces tuve una idea.

—¿No podría hablar con esa mujer? —señalé la puerta de la taberna. Consideré que debía dar una pequeña explicación a mi repentino interés por ella. Con un deje de orgullo añadí—: Voy a escribir una crónica…

No mostraron la más mínima curiosidad. Siempre había creído que a los analfabetos les impresionaba el trabajo de los hombres de letras. Pues estaba equivocado. Con el tiempo, los lobos, las cosechas y criticar a sus vecinos, aquella gente no necesitaba nada más, centrada en lo que, para ellos, era importante. Me tragué mi ridícula superioridad y volví a unirme a la conversación. El tabernero no estaba seguro de que la visita fuera una buena idea. Su mujer no era tan rotunda.

—Podríamos acercarnos a su cabaña. Tal vez os cuente algo.

—¿Y si le llevo una botella de licor? —pregunté mientras calculaba cómo podría justificar el gasto extra ante mi agarrado señor.

—Vende sus hierbas y brebajes pero no acepta limosnas —la  joven  ya  había  despertado de sus ensoñaciones—. Podríais comprarle algún mejunje para vos o un emplasto para el borrico.

—Pues, vamos —zanjó el tabernero, apurando su copa.

—¿Ahora? Pero es de noche cerrada —argumenté. La joven me sacó de dudas.

—Es la mejor hora. Ella no sale durante el día —mi mirada asombrada la obligó a explicar algo que toda la aldea ya sabía—. La luz del sol le da miedo, por eso la evita.

—¿Bromeáis?

—No. Pero esperad a escuchar su historia. Después comprenderéis por qué teme al sol.

Seguí a la familia. Al pasar cerca de la cuadra, no pude evitar envidiar a los animales, descansando tan tranquilos mientras mis pies amenazaban con volver a dolerme.

La cueva estaba cerca del lago. Desde allí, subía una brisa bastante fría que movía las llamas de una pequeña hoguera en el centro de la habitación sobre la que se veía una olla. Al acercarnos, oímos una voz que cantaba en una lengua desconocida. No sé qué decía la canción pero a mí me hizo pensar en agua fresca corriendo entre guijarros. La tabernera la llamó en un susurro:

—Marsha…—la voz se calló y la mujer rubia apareció ante nosotros. Mis anfitriones me presentaron y explicaron el motivo de la visita. Marsha titubeó pero, por fin, se hizo a un lado y nos invitó a pasar. La estancia era bastante grande. Un baúl, dos banquetas y un montón de hierba seca que hacía las veces de cama ocupaban una parte del espacio. En un rincón había ramos de hierbas y un cesto lleno de pétalos secos de una flor que no pude identificar. El olor de las plantas se mezclaba con el de los pollos y las palomas que se movían inquietos ante aquella invasión nocturna. Era un aroma penetrante pero agradable. Eso, unido al calor de la hoguera, invitaba a echar un sueñecito. Marsha se sentó con las manos en el regazo, vigilando el fuego. Los demás buscamos un sitio lejos de la puerta por donde entraba un aire más que fresco. Me acomodé junto a una jaula de conejos y me dispuse a escuchar. Nos quedamos en silencio hasta que Marsha lo rompió con una pregunta.

—¿Por qué quieres oír mi historia? —su voz era ronca, pero no desagradable. Una voz que podría ser sensual e invitadora si pronunciara las palabras adecuadas. Esas que hacen que los hombres nos olvidemos de lo que nos rodea y soñemos con la mujer que desearemos toda nuestra vida. Balbucí algo sobre la crónica para el obispo aunque estoy seguro de que mi voz temblaba un poco. La verdad es que aquella mujer me imponía. Me hacía sentir como un adolescente. Sin embargo, mi pobre explicación pareció bastarle porque empezó a hablar.

—¿Has oído hablar de la batalla del hielo? —no esperó mi respuesta. Continuó lo que se convirtió en un monólogo, todos demasiado atentos para interrumpirla. Hablaba con un ligerísimo acento, en voz baja y escogía las palabras con cuidado—. Se libró aquí hace  ya  muchos  años.  La  vi  con  mis  propios  ojos  desde  aquella loma —señaló en una dirección indeterminada— y te preguntarás qué hacía yo en medio de todo aquel torbellino de caballos y guerreros. Seguía a mi ama, una de las prostitutas que acompañaban a los soldados. En realidad, se encargaba de una especie de burdel con un grupo bastante numeroso de mujeres al que nunca le faltaba trabajo. Y mi ama y sus mujeres seguían a las tropas auxiliares de Estonia que, a su vez, seguían a los Caballeros Teutónicos ayudándoles en la conquista de Rusia. Mi ama no era mala aunque vigilaba a sus chicas con ojos de águila. Nada se escapaba a su control. Ni una moneda, ni un regalo. No renunciaba a su parte. A mí me dejaba hacer mi trabajo tranquilamente y nunca me obligó a prostituirme. Según decía, podía tener todas las furcias que quisiera pero no una criada buena y honrada. Hizo correr la voz de que sería mejor que nadie me molestara, salvo que quisiera buscarse problemas. Eso me mantenía a salvo cuando los soldados bebían más de la cuenta o ganaban a los dados.

Se inclinó sobre el fuego y con un palo revolvió el contenido del puchero. Retomó el relato, los ojos fijos en el fuego. En la jaula, los conejos no dejaban de moverse. Con disimulo, les di un golpecito con la esperanza de que se tranquilizaran pero siguieron moviéndose, inquietos. El tabernero dormía con la boca abierta, la cabeza apoyada en la pared.

—Aquellos años fueron una larga serie de batallas contra los rusos que defendían su territorio con valor. El ejército cruzado atacó ciudades importantes y aldeas desconocidas que se rindieron tras matanzas e incendios. Después de ocupar Pskov e Izborsk, nos dirigimos hacia Nógorov. Nada parecía detener a aquellos hombres que ya soñaban con someter a Rusia entera. Pero, los habitantes de Nógorov llamaron en su ayuda a Alexander, un joven príncipe, quien, en poco tiempo, echó por tierra los sueños de los cruzados. Los hizo morder el polvo. Incluso recuperó varias ciudades conquistadas. En ese ambiente de violencia y valor, conocí a Doribor.

Hizo una pausa. Esperamos en silencio a que su atención volviera con nosotros. El tabernero seguía durmiendo. De vez en cuando se le escapaba un ligero ronquido. Aprovechando la pausa, yo intentaba unir los jirones de información que tenía sobre esa batalla de la que había oído hablar como una de las más gloriosas del principado de Nógorov. Sabía que el Papa Inocencio IV, desde la lejana Roma y con la intención de fundar un reino cristiano bajo su soberanía, había animado a la cruzada contra los paganos finlandeses y los cristianos ortodoxos rusos. La nobleza había acudido a la llamada, no para defender la fe sino para aumentar sus riquezas y las de sus órdenes. También sabía que el liderazgo del príncipe Alexander había sido providencial para acabar con la amenaza que pesaba sobre nuestros territorios.

Con un suspiro, Masha retomó la historia.

—Doribor era uno de los pajes de Conrado de Schulze, un caballero de la Orden Teutónica que ya había luchado en Palestina. Llevaba varios años con su señor. Lo apreciaba pues era generoso, pero prefería hacerse invisible cuando Schulze bebía demasiado, cosa que hacía con gran frecuencia ya que el alcohol lo empujaba a golpear a todo el que tuviera cerca. Gracias a las horas que el caballero se pasaba durmiendo las borracheras, teníamos tiempo para nosotros. Fueron muy buenos momentos —nueva pausa—, hacíamos planes para el futuro, cuando Doribor pudiera dejar el servicio de aquel borrachín. Pensábamos que, si volvían a ganar batallas, habría un buen botín que nos permitiera adquirir una herrería y dejar de viajar tras los caballeros, en busca de la muerte y la sangre, rodeados de moscas y olor a caballo. Vivir, por fin, anclados a un lugar.

El ulular de un búho nos sobresaltó a todos, totalmente entregados a la voz de Marsha. A los matices que la hacían tan hipnótica. La sombra del ave se reflejó, enorme, en el suelo de la cueva y se alejó rápidamente. Pero ya se había roto el hilo del relato. Me atreví a animarla a continuar.

—Y no pudisteis estableceros —pregunté en voz baja.

—No. La vida del soldado no permite hacer planes. Simplemente debes dejarte llevar —explicó, resignada—. Durante la retirada del ejército, se extendió el rumor de que se iba a intentar recuperar el terreno perdido. Soplaban aires de reconquista. Explicaban que Rusia estaba en un momento de debilidad y todos querían sacar provecho. Doribor me contaba que los jefes militares se reunían a diario; los mensajeros iban y venían portando mensajes y órdenes, Los enviados del Príncipe-Obispo preparaban reuniones para ultimar una alianza entre los cruzados suecos, daneses y alemanes contra Rusia. El campamento era un lugar lleno de ruidos, lenguas diferentes y hombres que buscaban emborracharse y un momento de solaz con las mujeres que mi ama ofrecía a todo el que pudiera pagar.

—Me hubiera gustado ver todo eso —murmuró la hija de los taberneros. Su madre la miró con gesto duro.

—Era un ejército muy numeroso. Germanos, daneses, suecos o estonios se mezclaban en las tabernas que se habían montado a las afueras del campamento. Allí corría la cerveza, el aguardiente y las apuestas. Y también menudeaban las peleas de borrachos e, incluso, puñaladas a traición para zanjar viejas rencillas o deudas de juego. Pero a todos los unía el deseo común de extender las conquistas. El reclamo de un botín abundante hacía que estuvieran pendientes de las decisiones de los capitanes. Mientras, se afilaban las espadas y las flechas. Los escuderos andaban ocupadísimos poniendo las armaduras al día y reforzando las cotas de malla desgarradas en las anteriores contiendas. Los herreros no daban abasto. Casi no veía a Doribor, que debía atender a su irascible señor, además de ayudar a los artesanos que trabajaban a marchas forzadas para que, cuando llegara la hora de ponerse en marcha, todo estuviera a punto. La espera se alargaba y eso afectaba a la moral de la tropa. El nombre de Alexander Nevski corría por el campamento. Doribor me contaba que había quien afirmaba que podría volver a dar problemas a las tropas cruzadas, un comentario silenciado porque podía desalentar a los soldados. Al principio nadie creía que fuera capaz de volver a vencer a un ejército que, durante años, había sabido sacar provecho de la debilidad rusa. Afirmaban que la conquista de Rusia estaba en marcha y se cometía la ligereza de atribuir a la buena suerte la brillante victoria del joven príncipe en la batalla de Nógorov. Pero las noticias caminan rápido en los campamentos. Pronto empezó a correr el rumor de que el joven Alexander, tras reconquistar la ciudad de Pskov, estaba reuniendo a sus tropas para lanzar un ataque que podría ser definitivo. Los soldados empezaron a ponerse nerviosos y alguno incluso llegó a afirmar que sería mejor volver a Palestina y alejarse de aquellos bosques helados en los que no había posibilidad de ganar ni una moneda. Hubo deserciones y, a los pocos días, los desertores y quienes habían extendido el rumor de una posible derrota fueron ahorcados acusados de sedición. Desde ese momento, los comentarios se hacían en voz baja y, los borrachos que, imprudentemente, se atrevieron a poner en duda el éxito de su ejército fueron azotados sin piedad.

Un nuevo ronquido, esta vez más enérgico, nos sobresaltó. La tabernera sacudió a su marido para despertarlo. Cuchicheó algo y señaló la puerta. Los tres salieron con discreción, dejándonos solos ante el fuego, rodeados de animales adormilados. Marsha  se  levantó  y llenó dos vasos de un líquido amarillo. Me tendió uno:  —Pruébalo, facilita la digestión —me animó. Lo probé. La verdad es que tenía un sabor fresco y agradable—. Lleva angélica, clavo y manzanilla. Es muy buena para tratar las indigestiones —se calló unos segundos—. Pero no has venido aquí a hablar de hierbas y recetas.

Cogió el cesto de pétalos secos y un puñado de harapos. Se sentó y comenzó a hacer pequeñas bolsitas que ataba con tallos de paja seca. Siguió hablando mientras, a su lado, el montón de saquitos de pétalos crecía.

—Un puñado de frailes iban de un lado a otro arengando a la tropa y animándola a luchar contra los rusos que eran cristianos ortodoxos y, por tanto, merecedores de todos los males del infierno. Para allanar posibles dudas, recordaban el mandato papal que, hablando en nombre de Dios, llamaba a tomar las armas y acabar con los herejes. Era la intervención divina, afirmaban, la que les brindaba la ocasión de limpiar de paganos a una Rusia debilitada, acosada en su flanco oriental por los mongoles y por los cruzados en el occidental. Y, de paso, hacerse con los bienes de los derrotados. Así, usando el nombre de Dios, azuzaban la codicia de aquellos desgraciados que no necesitaban más razones que el dinero para actuar.

Se calló por unos instantes y a mis oídos llegaron todos los ruidos del bosque, incluido el aullar de un lobo que me heló la sangre en las venas. Tendría que pedirle a Marsha que me dejase dormir en su cueva. Se lo rogaría por todo lo más sagrado. Cualquier cosa antes que salir al exterior, con todos aquellos peligros acechándome. Los conejos se revolvieron en su jaula, casi tan inquietos como yo.

—También nosotros deseábamos llenar más nuestra bolsa. Todos nuestros sueños pasaban por la muerte de gente desconocida. Que sus bienes nos enriquecieran, que nos permitieran vivir con más holgura. ¡Qué Dios nos perdone nuestro egoísmo! A veces creo que lo que nos pasó fue un castigo por esos deseos vergonzosos.

Una chispa saltó desde la pequeña hoguera. Las gallinas se alteraron y los aleteos de las palomas llenaron la habitación. Los conejos fueron los únicos que no se inmutaron. Tal vez porque yo les tapaba el resplandor del fuego. Temeroso de que se hubieran asfixiado, metí el índice entre los juncos de la jaula para comprobar que estaban vivos. Un mordisco me demostró que estaban vivos y con fuerza para defenderse. Lancé una palabrota en voz baja. Marsha me miró, sorprendida. Se había olvidado de que yo estaba allí. Cuando vio que me chupaba el dedo herido, sonrió. —Espera, te pondré algo para que no se emponzoñe.

Balbucí que no era necesario pero no me hizo caso. Rápidamente, mezcló varios ingredientes en un almirez pequeño y preparó un ungüento color mostaza y me lo aplicó en el dedo que dejó de doler casi al momento. Le di las gracias. Ella sonrió y aprovechó la pausa para echar un puñado de palitos a la hoguera que estaba algo mortecina. Pronto las llamas revivieron y Marsha volvió a ocupar su sitio.

—Como te decía, todos queríamos que la batalla se librase cuanto antes. Marcaría el principio de una rapiña sin fin. Los jefes militares esperaban la llegada de tropas auxiliares danesas que se retrasaban bastante. Mientras tanto, iban llegando noticias de los avances mongoles en el lejano frente oriental. Se celebraban las victorias de los asiáticos que contribuían a debilitar al ejército ruso. Los  caballeros jóvenes soñaban con grandes honores y ganancias adecuadas a su valor; los más curtidos, aumentar sus haciendas. Yo estaba presa de dos sentimientos opuestos. Deseaba que la batalla, inevitable, se librase cuanto antes. Pero temía por Doribor y cualquier noticia me estremecía.

—A las pocas horas llegó al campamento el obispo Hermann de Dorpat que dirigiría al ejército. Hubo un gran revuelo, comenzó a levantarse el gran campamento y tres días más tarde el ejército se puso en marcha seguido del otro ejército de sirvientes, furcias, taberneros y mercaderes que vivían a la sombra de los soldados.

—Recuerdo que era primavera lo que hizo que el frío no fuera tan crudo y eso nos ayudaba en la marcha aunque, a veces, el hielo que se iba derritiendo convertía el camino en un barrizal donde los pies se hundían a veces hasta los tobillos. Los carros con los pertrechos se atascaban en el barro y los soldados tenían que ayudar a las caballerías a seguir moviéndose. Los campesinos que nos veían pasar huían y se refugiaban en los bosques con sus hijos, abandonando sus casas, que eran saqueadas e incendiadas, y sus animales que eran requisados para la cocina de los capitanes. A su paso, nuestros hombres iban dejando un rastro de destrucción. Doribor se reunía conmigo por las noches y me contaba lo que se rumoreaba en el campamento. Yo estaba cada vez más nerviosa.

Marsha se arrebujó en su mantón y extendió las manos hacia el fuego. La verdad es que hacía bastante frío. Me calé el gorro de piel, mi única posesión que tenía algún valor y me abracé para entrar en calor. Miré a la cuadra. Todo estaba tranquilo. Fuera no habían vuelto a oírse los aullidos del lobo pero otros mil ruidos los sustituían. No me hubiera venido mal otro vasito del licor digestivo pero no me atreví a pedirlo. Marsha pareció adivinar mis pensamientos porque sirvió más licor antes de continuar.

—Después de dos semanas de viaje, regresaron los exploradores que habían enviado por delante para averiguar dónde estaban las tropas enemigas. Habían avistado una avanzadilla del ejército enemigo que se dirigía al lago Peipus. Afirmaban que estaban a tres días de nuestra posición, cerca de Tartu. Los capitanes se reunieron durante toda la noche. Al amanecer, volvimos a ponernos en marcha, esta vez en dirección al lago. Era evidente que no deseaban prolongar más la espera. Los soldados caminaban en silencio. Lejos quedaban las bravatas de los últimos días. Ahora, los únicos ruidos eran los relinchos de los caballos y los mugidos del ganado, robado a los campesinos más pudientes, que cerraban la marcha.

—Por fin llegamos a las inmediaciones del lago. Los soldados recibieron orden de acampar, se levantaron las tiendas, se encendieron hogueras, se establecieron los turnos de guardia y los exploradores volvieron a salir en busca de información. Todos temían un ataque por sorpresa, por eso, varios grupos de hombres patrullaron los bosques toda la noche en busca de posibles destacamentos enemigos. Al amanecer, antes de la batalla que se avecinaba, Doribor me llevó a ver el lago desde un promontorio. Era inmenso. Una capa de hielo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Hasta había varias islas pequeñas en su interior. Nunca había visto el mar ni un lago tan grande. Doribor había estado en Palestina y había viajado en un barco enorme donde iban hasta caballos. Me lo había descrito muchas veces pero yo no podía ni imaginarlo. Y ahora lo tenía ante mis ojos. Los abetos y los abedules crecían hasta casi la orilla y, aquí y allá, asomaban las primeras flores que asomaban entre la hierba y los manchones de nieve que aún no se habían derretido. Doribor me explicó que cuando el hielo se derritiera, podríamos atravesarlo en bote y pescar y llegar hasta los islotes. «Tú espera y verás qué bien lo vas a pasar», fueron sus palabras. Era un día primaveral. El aire era aún frío pero el sol brillaba y, a medida que el día avanzaba, la capa de nieve que cubría las zonas más sombrías de los campos se hizo más fina y quebradiza. Pasaron dos días más y, al tercero, un ruido parecido a un trueno inundó el campamento. Eran las tropas del príncipe Alexander que se acercaban al galope, con la intención de no dar a sus enemigos ni un minuto para prepararse para el ataque. Se produjo una desbandada inicial. Los caballos intentaban soltarse y coceaban a los soldados que intentaban almohazarlos. Los capitanes gritaban órdenes, todos iban de un lado a otro, cargados de pertrechos y parecía que el caos iba a impedir que el ejército estuviese preparado para repeler el ataque. Pero, al fin venció la disciplina: los arqueros ocuparon su lugar, los jinetes empuñaron sus espadas y sus lanzas y se aprestaron a repeler el ataque. Las mujeres y los mercaderes que seguíamos a las tropas huimos para refugiarnos en el bosque. Pero, volví la cabeza en varias ocasiones con la esperanza de ver a Doribor. Algo totalmente imposible dada la cantidad de hombres que marchaban hacia los soldados del príncipe Alexander. Pude ver el bosque de lanzas que se acercaba a los ejércitos cruzados y los gallardetes y los gonfalones de ambos ejércitos que el aire tibio hacía ondear. Durante tres días, la suerte de la batalla fue de un bando a otro. Cuando parecía que el príncipe Alexander tenía en sus manos la victoria, llegaron noticias de que un ataque de los aliados había infligido muchas bajas a los de Nóvgorod. Yo no entendía qué pasaba ni cómo iba a terminar todo aquel infierno. Por primera vez en muchos años, recé para que Doribor volviera sano y salvo. Lo vi dos veces en aquellos tres días interminables. Cansado, con la ropa rota y manchada de sangre, comía lo que yo había robado de la cocina de mi ama y dormía, siempre poco tiempo, siempre inquieto. Cuando yo le preguntaba por la batalla, se encogía de hombros y regresaba junto a su señor.

Se detuvo. Los recuerdos se iban haciendo más y más amargos. Temí que no pudiese continuar. Opté por callar, respetando su dolor que parecía estar muy vivo a pesar de los años que habían transcurrido. El fuego estaba casi apagado. Un gato que no había visto hasta ese momento se acercó, echó un vistazo a su alrededor y se quedó mirándome. Estuve a punto de espantarlo pero lo pensé mejor y lo dejé que se sentara a mi lado. Fue una buena idea. Era como tener una brasa pegada a mi muslo, ronroneando. Marsha suspiró y continuó hablando.

—La cuarta mañana amaneció cubierta por una niebla espesa que cubría el lago y que, gracias al sol primaveral, pronto desapareció. Corría la voz de que el obispo Hermann de Dorpat estaba decidido a dar el golpe final después de la victoria del día anterior. Habían arrinconado al príncipe Alexander y ya era hora de poner fin a aquella batalla que ya se había cobrado muchas vidas. Por eso, la moral de las tropas, bastante mermada, pareció recuperarse. Podíamos estar ante las últimas horas de aquel infierno. Eso nos animó a las mujeres y a los sirvientes a asomarnos por encima de un cerro para observar la victoria del ejército cruzado. Era difícil identificar a los combatientes. Yo intentaba localizar a Doribor, algo imposible dado que había cientos de hombres luchando. El campo empezó a cubrirse de cadáveres de ambos bandos. Fue entonces cuando el príncipe Alexander decidió retirarse y situó sus tropas frente a las de los cruzados. Únicamente un trecho de lago helado los separaba de la victoria. Las órdenes del Obispo fueron seguir al enemigo que parecía estar al alcance de la mano.

Los  caballeros cruzados, seguidos por las tropas de a pie, obedecieron ciegamente. Intentaron cruzar el trecho de hielo que los separaba de los aliados pero los soldados que se habían replegado ahora se defendían sin moverse de la orilla. El Obispo contemplaba la escena, rodeado de sus capitanes bajo un sol bastante fuerte. Recuerdo que varios hombres se secaron el sudor que corría por sus rostros.

Durante varias horas, los dos bandos lucharon sin cuartel. Los aliados intentaban ganar la orilla. El otro ejército se lo impedía. Las túnicas blancas se teñían de rojo y el hielo derretido tenía un horrendo tono rosado. Un ruido extraño se sumó a los relinchos, los gritos de los heridos y el entrechocar de las espadas. Nadie pareció haberlo oído. Las lanzas se clavaban en los escudos de los más afortunados que continuaban luchando rodeados de sangre y cadáveres. Pero el ruido no se apagó. Al contrario, creció hasta ahogar todos los demás. El Obispo miraba a su alrededor, intrigado. Nadie sabía responder sus preguntas. De pronto, un caballo se cayó y ni la montura ni el jinete volvieron a levantarse. Después otro y otro más. Como si unas fauces gigantescas los hubiera tragado. Empezaron a aparecer unas líneas oscuras que pronto se convirtieron en una tela de araña que cruzaba el hielo de una a otra orilla. Las líneas no tardaron en convertirse en grietas por las que desaparecieron los caballeros, sus monturas, los arqueros y todos los hombres que intentaban ganar aquella batalla, ignorantes de que estaban pisando su propia sepultura.

Los gritos, los intentos por ganar a nado la orilla, cualquier orilla, la desesperación por no poder librarse de aquellas pesadas armaduras que los mandaban directamente al fondo del lago, los relinchos de unos caballos tan aterrorizados como sus jinetes, las órdenes inútiles del Obispo, el ejército de Nóvogorov impidiendo que aquellos desgraciados pudieran salvarse llegando a la orilla donde ellos, todo lo vimos y oímos como algo que no podía estar pasando. No podía ser verdad. El sol seguía brillando sobre el lago, derritiendo el hielo. El mismo hielo que, de pronto parecía querer unirse de nuevo, cerrándose sobre las cabezas de los soldados que veían cómo desaparecía la posibilidad de salvarse.

Ante mis ojos desfiló la escena que Marsha desgranaba para mí. Me había quedado mudo.

—Me contaron que el obispo de Dormat ordenó la retirada y huyó de allí protegido por sus hombres. La verdad es que no le quedaban ya muchos que murieran por él. Huyó a refugiarse en su obispado, el príncipe Alexander fue el vencedor gracias a su astucia. Después de rematar a los heridos y a los que intentaban huir de las aguas heladas, todos abandonaron la zona. Los mercenarios buscando nuevas guerras donde obtener un buen botín; las furcias siguieron a los rusos que podían pagar sus servicios; lo mismo hicieron los mercaderes, taberneros y los que vivían sirviendo a los soldados.

—Tú te quedaste. ¿Por qué? —quise saber.

—Al principio, tuve la esperanza de que Doribor estuviese vivo. Tal vez, razonaba, hubiese podido llegar a la orilla y estuviese oculto en algún lugar del bosque. Pero, en el lago sólo quedaban los gonfalones flotando sobre el agua. Y cadáveres. Muchos. Al principio no me atrevía a mirar las caras de aquellos pobres hombres. En todos temía encontrar el rostro de Doribor. Al pasar unos días, los cuerpos estaban ya demasiado descompuestos para poder reconocerlos. Por eso, me interné en el bosque y grité el nombre de Doribor hasta quedarme sin voz. Pero nunca respondió. Al fin, me di por vencida. ¿A dónde podía ir? Los vecinos no me rechazaron a pesar de haber venido hasta aquí con el ejército invasor. Creyeron que estaba loca porque me veían recorrer las orillas del lago un día tras otro cuando ya no había esperanza de que Doribor siguiese vivo.

—Desde aquí puedes ver el lago. ¿No esperarás un milagro que te lo devuelva? —el gato se cansó de calentarme las manos, se levantó y volvió a su rincón en silencio.

No me respondió directamente.

—Tú trabajas para un obispo. ¿Crees en los milagros? —negué con la cabeza.

—No soy clérigo pero vivo rodeado de hombres de Dios. Gracias a eso, creo en muy pocas cosas.

Una luz blanquecina iluminó la entrada de la cueva. Estaba amaneciendo. Marsha se levantó lentamente. La observé. Estaba pálida y ojerosa. Estiró los brazos y bostezó, lo que provocó un pequeño alboroto entre las gallinas y las palomas. Yo también me levanté. Ya le había robado bastantes horas y ahora me sentía avergonzado. Quise disculparme pero no me oía. Lentamente, salió de la cueva y caminó hasta la orilla del agua. Después regresó hasta donde yo estaba, observándola. Sonrió, avergonzada.

—Nunca se sabe, ¿verdad? Aunque ya no se pueda creer.

Ya tenía mi historia para la crónica. Y, sin embargo, el camino de vuelta a la taberna, en busca de mi borrico fue triste.

linea división relato Esther Domínguez Soto

Esther Domínguez Soto: «Soy profesora de inglés en Pontevedra. He publicado más de cuarenta relatos. Unos están colgados en la red; otros en ebook y también  en papel . Entre otros, Las musas de Homero (2.º Premio del II Certamen de Relato Histórico Heródoto de Halicarnaso, 2015); El toque del artista (Finalista Certamen de Relato Fundación Julio Visconti, 2016); Toma…té  (I premio 6.ª Edición del Concurso de Relato Breve, Le petite planethe, 2016); Haciendo balance (I Premio 1000 Caminos, Bodegas Martín Códax, 2016) y dos novelas: Garum, publicada en 2015 y El rubí de Marco Polo que se publicará en mayo de 2017».

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 Revista Almiarn.º 94 / septiembre-octubre de 2017MARGEN CERO™

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