artículo por

M.ª Ascensión Fernández Pozuelo

 

En todas las biografías del pintor y escritor José Gutiérrez-Solana que he encontrado se alude muy poco a Ramón Gómez de la Serna, incluida la reseña que aparece junto al cuadro «La tertulia del Café de Pombo» del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en la que se precisa: «El quehacer, tanto pictórico como literario, de José Gutiérrez Solana (Madrid, 1886-1945) hunde sus raíces en un profundo conocimiento de España, de sus tipos y paisajes, de sus costumbres, sus luces y sus sombras. Coetáneo de las generaciones del 98, del 14 y del 27, Solana es considerado por los miembros de esta última generación parte de su paisaje vital, pues el artista fue uno de los pilares de la tertulia del madrileño Café de Pombo. Esta tertulia fue inmortalizada por el propio Solana en la que es una de sus obras maestras».

Ramón fue el mayor apoyo y amigo de Solana cuando nadie le conocía y lo consideraban como un personaje «un poco chiflado» que aparecía en las tertulias de los cafés como de incógnito. En su libro La Sagrada Cripta de Pombo se remonta al 17 de diciembre de 1920 por la mañana cuando fue colocado el cuadro en el café. El dueño de Pombo, D. Eduardo Lamela, se lo propuso a Ramón que conocía las reservas del pintor y después de convencerlo para que aceptara, acudió con su hermano Manuel. A pesar del tamaño del cuadro, fue Solana quien lo colgó ayudado sólo por un carpintero que les acompañó, ante la presencia de Ramón.

En su libro Pombo escrito en 1918, Ramón escribe una breve biografía de José Gutiérrez-Solana en la que destaca la personalidad del pintor. Recuerda la primera vez que le estrechó la mano y sintió la fuerza y sinceridad que emanaba. Era un hombre serio, íntegro, silencioso y tímido que se limitaba a observar indagando en la esencia de lo que veía para después plasmarlo en sus cuadros y libros. Su sonrisa irradiaba un resplandor mortificado que «viene de contemplar la sombría y grave España nuestra, […] le ha dado ese duro rictus en el que hay también una amargura contenida dignamente, la amargura de la soledad en un pueblo bello y de una realidad sincera, pero en el que la verdadera interpretación es perseguida y resulta ininteligible». En esa época, el pintor acumulaba sus cuadros sin intención de venderlos ni regalarlos. Pintaba rodeado de ellos que le servían como refugio en su casa de Santander.

Su admiración por Solana resulta de su madrileñismo más ingrato: «ha comprendido y ha pintado Madrid como nadie, recogiendo el momento más agudo de esta ciudad, ese que hemos visto en nuestra juventud, cuando Madrid era la ciudad de tejados más complicados y más de aldea revuelta. Él, ha conseguido la síntesis de esa época de edificación lenta, de casas “operadas” y a medio derruir descubiertas largas épocas y mostrando su fondo antiguo e irregular de planos fantásticos, de papeles inverosímiles, de tramos inesperados, de puertas desiguales y con gateras, de alacenas y de retretes disimulados en la pared».

En 1944, Ramón escribió una de las mejores biografías sobre su amigo y confidente. Era quien mejor le conocía porque habían seguido idéntica trayectoria y compartían la misma visión de la España de su época. Ramón explica en el Prólogo la razón de esta biografía: «Lanzo este libro sobre el gran pintor español José Gutiérrez Solana porque a los temas que uno ha tratado toda la vida y de los que ha sido principal ponente les llega una hora testamentaria en la que se quieren confesar los últimos secretos».

Ramón empieza con su nacimiento en Madrid en pleno Carnaval el 28 de febrero de 1886; su primera exposición en 1904 relegado en la «sala del crimen» y su entrada en la primera tertulia del Café de Levante, que después de ser convertido en una tienda de paños, se trasladó al Café de Candelas también desaparecido junto a otros comercios sustituyéndolos por el Banco Crédito Lyonés.

Escribe sobre lo que observa Solana a través de las ventanas y en los distintos lugares a donde se trasladaba. Acompañado por su hermano Manuel, asistía todos los domingos por la tarde a las Ventas del Espíritu Santo y observaba el ambiente animado de la gente que acudía a esos destartalados merenderos donde comían gallinejas y churros para captar personajes que después trasladaría a sus cuadros; recorría solares para encontrar nuevos modelos como chulos con capas largas de tosco embozo, hombres castizos con gorra, el fondo de las casas a medio derruir con puertas desiguales, gateras, alacenas y carros con grandes ruedas tirados por mulas torpes.

Ramón corrobora y comenta el deseo de su amigo: «Los que hemos sido del tiempo de Solana y recordamos bien lo que nos removió el espíritu y el cuajo, nos acordamos bien que estábamos en una ciudad llena de derribos promovidos por el afán de reformarla y ensancharla. Solana sabía que todo aquello era transicional y triste, pero aun así era la verdad de su tiempo, lo que iba a quedar debajo de otras edificaciones  de  tipo  distinto  —altos  y  vanos  cinematógrafos—  y  quiso  perpetuarlo».

Cuando el Café de Candelas fue derruido se marchó a Santander. Unos meses después regresó a Madrid y se instaló en un piso entresuelo de la calle del Arenal. Durante un tiempo se hospedó en la Posada del Peine para escribir su primer tomo de Madrid. Estaba ubicada en el centro de Madrid y era el lugar adonde acudían los provincianos. Su nombre se debía a que, entre los servicios, estaba incluido el peine junto con la cama y el lavabo. Era la única que tenía una báscula en su portal para que los huéspedes pudieran pesarse y comprobar que su peso había aumentado gracias a los guisos de la posadera.

Volvió a Santander y regresó de nuevo a Madrid, esta vez con toda su familia, por la insistencia de Ramón quien le escribió expresándole su deseo de que asistiese a su tertulia de Pombo. Se instalaron en un caserón de un piso en la calle de Santa Feliciana con su portera, una mujer de pueblo que guardaba su casa.

En esa época Solana pintaba sobre todo procesiones y carnavales: «En esa España recrudecida, metida en su solar como nunca, de principios de siglo, los carnavales tenían gran abundancia de caretas de muerte y en los estandartes y en los disfraces había costillares amarillos de húsares ya mondos y lirondos». Aparecían máscaras tristes de los arrabales que no entraban en la ciudad y su principal modelo eran, según Ramón, las «destrozonas», los hijos de las porteras vestidos de forma descabellada y convertidos en pequeñas criadas a quienes no les importaba llevar careta de hombre con bigote. Cuando les preguntaban de qué iban disfrazados respondían con humor: de «Tango», de «Estrafalario», de «Esperpento» o de «Panadero convertido en Marqués». Disfrutaban del Carnaval gritando, riéndose de todo, bebiendo y merendando. Ramón recuerda haber paseado entre ellas con Solana contemplando su esperpentismo.

Solana había observado otro carnaval aún más sencillo. Lo celebraban en Tetuán, junto a las puertas de la plaza de toros, en la plaza de los Mostenses y los chiquillos de las porteras con sus disfraces zarrapastrosos y caretas de gato, perro o mono utilizaban el rabo para compartir zurriagazos y se movían por callejuelas desiertas y solitarias de Madrid.

En agosto de 1920 falleció su hermana y en diciembre del mismo año su portera. Ramón asistió a su casa y se encontró la media puerta cerrada y a la hija de la portera aún novicia, rezando y leyendo un libro forrado con tela de sotana.

En uno de sus paseos con los dos hermanos Solana subiendo por la calle de Fuencarral, mientras miraban los carteles en las vallas donde se anunciaba el éxito de «la Chelito» o «Almacenes San Marco», entraron a cenar en la «taberna del Barbas» que Ramón ya conocía. Tenía habitaciones con una cocina apagada al fondo y el Barbas recogía los encargos que una vez pedidos no se podían cambiar: «si habíais dicho huevos con chorizo, nada de rectificar y pedir merluza, porque toda la amabilidad con que acogió nuestro pedido se volvería cólera de coronel de inválidos con reuma».

Ramón comenta algunos temas recurrentes en lo que denomina «pintura-escrita» de Solana como la muerte y los valientes toreros de pueblos con sus trajes de luces de segunda mano que «se juegan la vida por el jornal de un bracero y ofrecen las carnes al puñal que hiere envainado, con vaina de cuerno».

Solana instalado definitivamente en su casa del Paseo Ramón y Cajal, iba vendiendo todos sus cuadros y cuando Ramón le preguntaba por alguno de los que tenía en sus paredes a veces desconocía quién lo había comprado. Una tarde le regaló un torero antiguo que había comprado en una almoneda y que a Ramón siempre le había encantado. Lo colocó en su despacho pero sintió que algo nefasto iba a suceder. Su intuición era cierta, lo encontró en la calle del León buscando pinturas, pinceles, lienzos y marcos: «Solana desapareció en el fondo de “La Paleta Artística” y ya no le volví a ver más y lo perdí todo y fue verdad que el torero mal-agorero suponía una catástrofe». Solana ya había alcanzado el éxito y Ramón recibía catálogos de todas sus exposiciones.

Concluyo su biografía con estas elocuentes palabras de Ramón: «Solana hace verdadera geografía pintoresca, propalando lo que hay en el barranco a los que están lejos del barranco. Ve el teatro nacional lejos de su sede teatral. Transfunde la sangre roja y negra de Iberia. El papel de Solana es el de testigo de una época».

Con Solana, Ramón compartió sus alegrías o amarguras como amigo y confidente único. Estuvo con él desde sus comienzos, fue de los pocos a los que invitó a su casa, conoció a su familia y sus problemas, cenó con los dos hermanos varias veces y le observó mientras pintaba. Fue el que mejor comprendió su trayectoria humana y artística.

 

Bibliografía:

– Ramón Gómez de la Serna, José Gutiérrez-Solana, Buenos Aires, Editorial Poseidón, 1944.

 

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Artículo de la autora relacionado con su Tesis Doctoral Ramón Gómez de la Serna y el costumbrismo.

Web de la autora:
El diario de Chon [http://eldiariodechon.blogspot.com.es/]

Ilustración artículo: José Gutiérrez Solana, By No figura en la fuente del centro de documentación del Museo [Public domain], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiar – n.º 89 / noviembre-diciembre de 2016
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