relato por
Cristian Giagnorio

 

A

l lado de mi cama está el ventanal que da a la calle. Por costumbre siempre dejo un poco abierta la ventana, con las persianas bajas. Es otoño y siento el aire fresco de la madrugada golpeando mi cara, haciendo que la nariz se sienta fría y se me sequen los labios. Quizá por empachado o por insomne, son casi las cuatro de la mañana y no puedo dormir. Doy tantas vueltas en la cama que ya no sé qué posición elegir para estar cómodo.

Es normal imaginar que los bebés lloran en la calle; a todos nos pasó alguna vez flashear mientras caminábamos en la penumbra que uno lloraba. Resultado: gatos peleándose. Pero esto es diferente, muy diferente. Un gato (o eso creo, tengo los ojos cerrados) parece lamentarse, justo al otro lado del ventanal. Gime, ronronea y parece caminar con pasos muy pesados considerando su tamaño. Nunca me gustaron, ni siquiera un poco, perdón si alguien los ama, pero yo los odio y los odio más porque no me dejan dormir.

El viento vuelve a entrar y esta vez es gélido. El frío no se detiene, crece y crece sin cesar. Otro gato exhibe sus gruñidos y, para mi suerte, empiezan a pelear. Se puede escuchar cómo se arañan, muerden y gritan, o lo que sea que hagan; si siguen así dudo que pueda descansar. Podría salir a ahuyentarlos, pero por alguna razón me parece más sensato quedarme acostado, como si algo malo estuviera pasando más allá de mi imaginación.

Los minutos parecen eternos mientras más y más gatos se unen a su camorra. El frío que entra se siente casi espectral, me tiembla el cuerpo y la frazada parece no cumplir su función.

De pronto, los molestos sonidos se detienen, ya no se escucha nada y agradezco a mi suerte. Busco la decimocuarta posición contorsionista y doy vuelta la almohada, me acomodo y… el caos se desata. Algo golpea contra la persiana y se queja, seguido de un coro de maúllos constantes, como si fueran un cántico. Como en una pantalla, pequeñas figuras golpean contra la persiana y caen quejándose, mientras los maullidos se hacen cada vez más fuertes. Un vidrio se rompe y arañazos se esfuerzan por tirar la puerta del cuarto. No paran por nada, y no sé qué hacer porque tengo ese sentimiento de encierro que me impide reaccionar. La madera se cruje y agrieta, cierro los ojos tan fuerte que me duelen, el corazón late tan rápido que le hace competencia al coro.

La luz de mi velador se prende y, otra vez, todo queda en un silencio sepulcral. Con un esfuerzo sobrehumano y el cuerpo temblando, ya no sé si de frío o de cagazo, me siento en la cama. La puerta tiene un agujero del diámetro de uno de ellos, pero no hay nada en el cuarto. A través de las pequeñas rendijas pude ver figuras del otro lado y como todo un inteligente, empiezo a abrir la persiana. Cientos, no, miles de gatos están acostados. En la vereda, en la calle, en el canasto, en el árbol, en todas partes, acostados con sus ojos cristalinos mirándome, todas sus cabezas apuntando a mí.

Un escalofrío me sube por la espalda y hace que me duelan los huesos, por el rabillo puedo ver el cuarto lleno de ellos, en todos lados, observándome. Quiero gritar o correr pero no puedo, estoy paralizado mientras los gatos me observan. Quiero pensar que todo esto es un mal sueño y despertarme. En forma cautelosa me voy metiendo entre las sábanas. Ya acostado y mirando al techo siento que uno se sube a mi regazo, está lamiéndose heridas que parecen ser demasiado profundas, con el pelo casi caído y pequeñas marcas de dientes. Parece haberse percatado que estaba siendo observado, porque se dio vuelta y me clavó una mirada carente de sentido, lentamente empieza a acercarse y no sé qué hacer, está cada vez más y más y más y más… cerca…

 

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Cristian Giagnorio es un autor de Buenos Aires (Argentina).

Contactar con el autor: cristian.giagnorio.1 [at] hotmail.com

Ilustración del relato: Fotografía por Alexas_Fotos / Pixabay [dominio público]

 

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 Revista Almiarn.º 94 / septiembre-octubre de 2017

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