artículo por

Salomé Guadalupe Ingelmo

 

A cuarenta y seis años de su aparición, traducida a unos cuarenta idiomas y con más de treinta millones de ejemplares vendidos, Cien años de soledad sigue siendo una de las novelas en lengua española más leída.

Pero, ¿qué tiene de especial esta obra para cautivar de ese modo a los lectores? Hace algún tiempo, en una entrevista [1], me atrevía a sugerir algunas hipótesis al respecto:

 

García Márquez, como un nuevo demiurgo, gracias a un lenguaje único y llamando a la vida mediante el poder de la palabra —igual que hace el propio Yahweh en el Génesis: «Dios dijo: “¡haya luz!”. Y hubo luz» (Gn 1:3)—, como cuando durante la epidemia de insomnio José Arcadio salva el mundo del olvido y lo reinventa con su ingenioso sistema de pegar etiquetas sobre las cosas, construye un universo, uno del todo personal. Se parece sospechosamente al cotidiano; pero al mirarlo a través de sus ojos, súbitamente se puebla de magia y misterio.

En Cien años de soledad conviven lo prodigioso y lo ordinario, lo heroico y lo vulgar. Tiene la virtud de sublimar lo humano, o de acercar lo legendario al individuo corriente, según cómo se quiera interpretar. Evitando la idealización del personaje, pero consiguiendo suscitar, al tiempo, un mayor fervor hacia él.

 […]

Como los mitos de creación, las narraciones cosmogónicas y antropogónicas antiguas, Cien años de soledad intenta explicarse los orígenes —solo conociendo nuestro pasado podremos predecir nuestro futuro, aunque en este caso se revele de muerte—. Como en ellos, impera una visión fatalista; lo ineludible está muy presente —igual que en Crónica de una muerte anunciada—. El ser humano no puede escapar a su sino, que está escrito ya de antemano —en este caso, literalmente, en el pergamino de Melquíades—. Las sociedades antiguas a menudo cultivaban un pesimismo y un sentimiento de impotencia recalcitrantes. Es lógico, entonces el individuo había de sentirse mucho más indefenso que ahora ante un mundo que apenas llegaba a comprender. En este sentido las ciencias, diría, nos han liberado de muchos temores. Y esto también nos ha permitido creer en dioses más benevolentes, en divinidades fundamentalmente de amor. Si nos fijamos, los dioses de la Antigüedad solían ser vengativos, caprichosos, tiránicos… Excesivamente humanos. El hombre era sencillamente un siervo, un esclavo de sus voluntades. Y si desobedecía, incluso involuntariamente, era castigado. Pensemos en Mesopotamia, por ejemplo: el humano mesopotámico vivía convencido de que si caía en desgracia había de ser culpable, que seguramente habría enfurecido a algún dios con una actitud improcedente aunque no fuese consciente de ella. No existía el concepto de casualidad. El mal y el sufrimiento se interpretaban siempre como fruto del binomio acción-reacción. En efecto, ello había de generar un sentimiento de culpa injusto. Pero también es cierto que resultaba cómodo porque permitía explicar, aunque la explicación turbase y doliese, cualquier desgracia que sucediese alrededor. Creo que el ser antiguo se enfrenta al mundo que le rodea como los niños: no es capaz de aceptar que algunas preguntas no tienen respuesta, que no todo tiene un porqué razonable. El concepto de fortuito no cabe en su cabeza porque escapa a su control e incluso a su cálculo. Ante eso se siente indefenso; esa posibilidad le crearía una enorme zozobra interior, algo que la humanidad ha superado solo muy recientemente. Fíjese qué curioso, en acadio se emplea la misma palabra, arnum, para «crimen» y para «castigo»: acción-reacción. Diría que revela bastante sobre la mentalidad de esta gente.

Retrato óleo Gabriel García Márquez

García Márquez nos devuelve a un universo primitivo, poblado por fuerzas sobrenaturales y temores atávicos a los que la humanidad se ve sometida —como lo está en las tragedias clásicas o, a veces, en las de Shakespeare—. Un universo del que Melquíades, como otros dioses y héroes civilizadores de diversas culturas —Enki en Mesopotamia, Osiris en Egipto, Prometeo en Grecia, Odín en el ámbito nórdico, Bochica en Colombia, Quetzalcóatl en México, Viracocha en Perú…—, saca a quien se deja; en este caso a quien resulta permeable a la ciencia, a la experimentación y a la lógica empírica. Así, José Arcadio se convierte en su heredero, un héroe fundador como Rómulo, Teseo, Cadmo, Perseo y tantos otros. Él es un visionario, un iluminado que igual que sabe reconocer en el recién descubierto hielo el gran hallazgo de nuestro tiempo, recibe la revelación sobre la fundación de Macondo y su nombre.

Con Cien años de soledad regresamos al principio, a un jardín salvaje aún no domesticado por el hombre, a duras penas robado a la selva. Se trata de un espacio donde los planos se intersecan y las realidades se cruzan y atraviesan, donde coexisten vivos y muertos —quizá, los vivos y sus fantasmas—. Pero los orígenes, como en muchos mitos de creación, se ven ensombrecidos y condicionados por la transgresión de un tabú —a menudo de naturaleza sexual, como es el incesto— y la consecutiva muerte con la que los protagonistas serán castigados, barridos mediante la fuerza del diluvio y la plaga del olvido.

Macondo es el origen del mundo pero también, al tiempo, un mundo fuera del mundo: recordemos cómo José Arcadio, por sus propios medios, sin estar al corriente de una teoría comprobada en la práctica hacía siglos pero desconocida en Macondo, deduce que la Tierra es redonda como una naranja. Y su esposa Úrsula lo toma por loco.

El universo creado por García Márquez está lleno de símbolos y signos, de señales. Ésas que no todos saben advertir y mucho menos aún, descifrar. También, de ritos y tradiciones.

En definitiva, Cien años de soledad es una saga épica que solo una mente prodigiosa habría sido capaz de urdir. Muchas otras novelas y cuentos de Márquez son magníficos, pero Cien años de soledad es… especial —o aún más especial de lo que suelen ser sus obras— y mágica. Supera un juicio de calidad literaria para introducirse en el campo de lo metafísico. Nos enfrenta a nuestros temores más profundos, a las preguntas que el humano lleva haciéndose desde siempre. Las que dieron origen a la Filosofía, pero que antes incluso del nacimiento de esta ciencia, intentaron ser resueltas, aunque de forma no sistemática ni científica, por la religión y el mito. Porque la Historia, como Úrsula sospecha, es una maldición circular y recurrente, terriblemente obstinada.

 

Cien años de soledad, el mayor icono literario del siglo XX en lengua hispana y una de las mejores novelas de todos los tiempos, fue, sin embargo, rechazada por diversas editoriales, empezando por la prestigiosa Seix Barral, antes de ver la luz en Argentina en 1967. Se cuenta que también Dublineses, de James Joyce, fue rechazado por veintidós editoriales distintas. De hecho Joyce volvió a tener problemas a la hora de publicar su Ulises, otra de las piedras angulares de la literatura contemporánea. Y así, los ejemplos, en todas las lenguas y países, serían muchos. Probablemente, demasiados. De modo que ese fino olfato que a menudo se les presume a los editores, parece no funcionar siempre.

Por otro lado ese razonamiento tan dudoso que a menudo se esgrime según el cual la «masa» —entidad tan poco definida y  definible  como  socorrida—,  presuntamente  carente  de juicio —bueno o de cualquier otro género—, no busca literatura de calidad, resulta cuanto menos cuestionable. Cien años de soledad constituye un ejemplo claro de que a la indiscutible calidad literaria puede ir ligado un arrollador éxito de ventas.

Sin embargo sospecho que quizá los gustos se acaben generando con lo que se ofrece. O dicho con otras palabras, si no hay oferta en el mercado difícilmente advertiremos la demanda de aquello que no se ofrece. Personalmente siempre he sostenido que si propones una obra de calidad, la mayor parte de las personas, incluso aquellas que no gozan de una amplia formación literaria, sabrán valorarla. Quizá no estén preparadas para argumentar la razón por la cual les gusta, o puede que incluso no logren disfrutarla en todas sus facetas, pero su intuición o su sensibilidad les hará apreciarla espontáneamente. Y eso incluso a pesar de vivir, no pocas veces, sometidos a estímulos exteriores que pervierten o anulan, más que potenciarla, esa intuición o sensibilidad natural de la que disponemos. Ciertamente si preparamos a los individuos para poder apreciar la buena literatura; si les dotamos de armas para que logren disfrutar de ella plenamente, mejor que mejor.

Cien años de soledad es la novela que todos los narradores soñamos escribir. Porque sus páginas desprenden, como ninguna otra, la fragancia de lo imperecedero.

 

García Márquez pintura al óleo

 

INMANENCIA [2]

 

 

Nunca hubo una muerte más
anunciada
.

(Gabriel García Márquez,
Crónica de una muerte
anunciada)

 

«Será un nuevo éxito», comenta excitado mientras lee sobre la pantalla del ordenador las palabras que los electrodos captan directamente de su cerebro.

Tardó mucho en descubrir su verdadera vocación. Por fin, a sus veinticinco años, estuvo seguro: se convertiría en escritor. Su ataúd no lograría disuadirle; se considera un hombre firme, de gran determinación. Ciertamente ninguna experiencia tiene del mundo: ha ido creciendo en su caja, ajeno a la realidad exterior. No será impedimento. ¿Acaso no describió Julio Verne lugares nunca vistos? Además los tiempos se alían con él: ahora la literatura aboga por una introspección que a menudo roza el onanismo. Y a él, en su estrecha «muerte viva», le sobra tiempo para pensar.

El editor parece satisfecho; sus libros se venden como churros. Encontrada la fórmula, escribe uno tras otro como quien, en efecto, saca uniforme masa de una sobada manga pastelera.

Está orgulloso: ha logrado su sueño. Pero las pesadillas se repiten cada noche. El huracán arranca las paredes de su frágil casa, le arrebata sin esfuerzo el ataúd cual liviano pijama. Las páginas de sus novelas vuelan dejando un inconfundible rastro de tufo a podrido, a carne manida. Y él, desnudo e indefenso, es arrastrado por una multitud de voraces hormigas. Aunque ya no es exactamente él sino un malogrado feto con rizada cola de cerdo; un engendro fruto de demasiada consanguinidad y endogamia. Quienes antes le aclamaban huyen cubriéndose la nariz con sus pañuelos.

Debería estar satisfecho: ha alcanzado su sueño… Pero sospecha que, a diferencia de los grandes autores, a quienes sus obras sobrevivieron, él, presuntamente inmortal, habrá de asistir a la desaparición de sus propios hijos. Quizá fue una ilusión. Quizá esté definitiva y realmente muerto. Muerto del todo. Muerto como un cadáver ordinario, uno cualquiera. Quizá la fiebre tifoidea se lo llevó de verdad a los siete años. Quizá haya comenzado a corromperse ya, lenta pero inexorablemente, por dentro.

 

Notas: Las fotografías de la cabecera y primera imagen en el artículo corresponden a sendos retratos realizados recientemente por el pintor valenciano Alejandro Cabeza, quien lleva adelante desde hace algún tiempo un monumental proyecto pictórico que comprende retratos de ya casi treinta hombres y mujeres de la cultura, en especial escritores consagrados. Imagen en texto Inmanencia: Gabriel Garcia Marques, By Bottelho [CC-BY-SA-2.0 (http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/2.0)], via Wikimedia Commons.

 

 


[1] La narrativa es introspección y revelación: Francisco Garzón Céspedes entrevista a Salomé Guadalupe, Colección Contemporáneos en el mundo n.º 22, Indagación Sobre la Narrativa, Ediciones COMOARTES, Madrid/México D. F.  2012, p. 26-31.

[2] Salomé Guadalupe Ingelmo, Inmanencia, en la revista digital miNatura. Revista de lo breve y lo fantástico 129, septiembre-octubre 2013, p. 30-31; p. 26-27 en su versión inglesa.

 

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margencero-imgGUADALUPE INGELMO, SALOMÉ; (Madrid, España, 1973). Formada en la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Università degli Studi di Pisa, Universita della Sapienza di Roma y Pontificio Istituto Biblico de Roma, se doctora en Filosofía y Letras (2005). Miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo de la UAM, desarrolla desde 2006 actividades docentes como profesor honorífico en dicha Universidad impartiendo cursos sobre lenguas y culturas del Oriente Próximo. Durante los diez años vividos en Italia, desarrolló actividades como traductora y docente. En 2012 Ediciones COMOARTES publicó digitalmente su libro de cuentos La imperfección del círculo, una antología personal de cuentos premiados más dos inéditos, y otro libro titulado La narrativa es introspección y revelación con sus respuestas a las preguntas de Francisco Garzón Céspedes, que la ha incluido en su Indagación sobre la narrativa junto a personalidades como María Teresa Andruetto, Fernando Sorrentino (Argentina), Froilán Escobar (Cuba/Costa Rica) y Armando José Sequera (Venezuela). Entre sus ensayos más recientes: Libros como libros vivos y Borges, un tahúr en la corte del rey Assurbanipal (en proceso de edición). Ha recibido diversos premios literarios nacionales e internacionales. Es ganadora absoluta del Concurso Internacional de Microtextos y del Premio Internacional de Microficción Dramatúrgica Garzón Céspedes organizados en 2010 por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE); y ha obtenido otros premios, internacionales y extraordinarios, de microficción, así como numerosos reconocimientos, especialmente en narrativa, entre los que destacan sus galardones en el certamen Paso del Estrecho, de la Fundación Cultura y Sociedad de Granada. Varios de sus relatos han sido incluidos en diversas antologías, en especial de narrativa y de dramaturgia. Cabe destacar la publicación digital de su cuento Sueñan los niños aldeanos con libélulas metálicas (con traducción al italiano de la autora, en Ediciones COMOARTES, 2010). El mismo relato ha sido recogido por José Víctor Martínez Gil en la Antología de cuentos iberoamericanos en vuelo [Recurso electrónico. Libro-e], que puede leerse en la Biblioteca Digital del Instituto Cervantes de España. En la misma Biblioteca Digital tiene también su relato El niño y la tortuga, en Literatura iberoamericana para niñas y niños. Brevísimos pasos de gigantes. El niño y la tortuga fue de nuevo antologado en Quince cuentos brevísimos para niños y niñas. Su texto Es el invierno migración del alma apareció en Las grullas como recurso turístico en Extremadura, publicado por la Dirección General de Turismo de la Junta de Extremadura en 2011. Fue ampliamente antologada, con un total de 13 textos, en Pupilas de unicornio (2012). Siete de sus textos dramatúrgicos fueron antologados también en Picoscópico (2012). Su monólogo Alicia se mira en el espejo ha sido objeto de publicación digital, acompañado por su entrevista El monólogo recrea una intimidad sin parangón, en la que la autora responde a Francisco Garzón Céspedes sobre cuestiones relacionadas con la dramaturgia. También ha publicado digitalmente Medea encadenada y otros textos dramatúrgicos hiperbreves, que reúne quince monólogos y soliloquios, la mayoría premiados en concursos internacionales. Es autora de dos antologías inéditas de poesía en italiano, todavía en revisión, y de poemas en castellano aún inéditos. Ha escrito dos novelas inéditas y otros cuentos y microcuentos aún no publicados. Suyo es el prologo a la edición de El Retrato de Dorian Gray de la Editorial Nemira y el de la antología del VIII Concurso Bonaventuriano de Poesía y Cuento 2012. Desde esta década es jurado permanente del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet, de la Asociación de Países Amigos de Helsinki (Finlandia) —respaldada por el Ministerio de Educación y Cultura de Finlandia y el Ministerio de Empleo y Seguridad Social de España—, y lo ha sido del VIII Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía y Cuento 2012 de la Universidad San Buenaventura de Cali (Colombia). Desde 2009 colabora ininterrumpidamente con la revista digital miNatura: Revista de lo breve y lo fantástico. Una idea más precisa sobre su trayectoria se puede obtener consultando:
http://sites.google.com/site/salomeguadalupeingelmo/

 

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