poemas por
Francisco Barajas

 

1

         Bosque sin memoria,
ramas que escuchan
el viento que se produce
cuando los ojos
se agitan observando al silencio.

         Manos ahora extranjeras,
manos frías y ahuyentadas,
dos cuerpos inexactos,
lejanas hojas inhóspitas
del árbol sin corazón explorado.

         Sin memoria está el bosque,
anclado en la triste mecánica
de una tierra desigual,
surto en el embarrado lodo
de las miradas fieras
que airadas escudriñan,
tenue abrazado al fiero desamor
que late indiferente,
desaliñado sobre viejos montes,
debajo del tropel procaz de los aires.

         Bosque sin memoria,
sin agua desangrada de la boca,
bosque que no semeja un bosque,
sinónimo de atezados árboles,
candela de infiernos sexuales,
espejo roto de sus perdidas frondas.

         Sin memoria está el bosque,
solitario y seco en su desgracia,
ajado y erosionado por querellas,
amado por gusanos indigentes,
vestido de olivina hojarasca,
homónimo de absoluta broza voluble.

         Bosque sin memoria,
caído o desmemoriado o sin sangre,
huidizo en sus lágrimas,
averiado bajo musgo vacante,
desorientado como animal opaco
y con sus troncos burócratas errando.

         Terribles hombres malditos
que incendian bosques,
maderas que después yacen
requemadas e inertes
como pequeños niños muertos
que están desparramados
sobre su propia sangre,
inocentes infantiles
victimas de la maldad diaria
que asesina a menores de edad,
los que habían sobrevivido
a terribles sacrificios y carnicerías.

         Yo era un niño
que buscaba pájaros
en las tardes interminables
del verano,
cuando el sol
se marchaba al ocaso,
entre dos luces
del atardecer anaranjado.

         Deseaba conocer
en dónde dormían,
oír su bullicio
en las ramas de chopos,
de alamedas
o en las de viejos olivos,
allá en los pinares,
quería oír sus gritos y jolgorios.

         Yo fui un niño
que volvía a su casa
cuando la luna
era un disco blanco
que maravillaba
con su luz pálida,
cuando la noche
era una bóveda oscura.

         Un niño que buscaba pájaros
para ser su amigo
porque de niños
todos éramos inocentes,
niños felices que jugaban
sin un reloj guardián,
sin miedos oscuros,
niños sin preocupaciones acuciantes.

         Caminar por solitarios
y fértiles campos,
en tardes alegres
de pan con chocolate,
escuchando el rumor raudo
de modosas acequias
con aguas cristalinas
y viajeras de lejanas montañas.
Divisar geométricos sembrados,
oliendo el olor inmaculado
de verdes cultivos,
acechando reptiles fascinantes
superando miedos,
sin fronteras tan íntimas,
sonando lejana la tormenta,
furia de truenos y relámpagos hipnóticos.

2

         Tú observas al árbol
que está vivo,
al que está solitario,
acaricias su tronco y ramas
que son paisaje,
amas al vasto árbol
que también te encara
a ti con sus verdes hojas humildes.

         Es el árbol que irradia
miradas con ojos boscosos,
el que nunca niega a sus hojas
que dan deseadas sombras al bosque.

         Encara al vetusto árbol
que está despoblado
sobre la débil tierra
que bien puede desorientar,
mira al árbol que siempre ama
con su acertado destino
los avatares impredecibles
de cuatro dispares estaciones del año.

         Tú nunca caminarás,
dama impar o manojo de olvidos,
por mi íntimo bosque,
amor con jardines recónditos,
espesura que jamás tendrá fronteras.
Tú errática siempre viajarás
por otras ralas frondas,
desnuda aunque te cubras asiática
con caros atavíos lujosos
del huero triunfo de las sedas,
e hirsuta vagarás tu temporal declive.

         Tú traspasada transitarás
al triste vahído inoperante
que nunca posee ramajes,
encrespada serás en tu vida
por el humus de los detritos,
paseante tú selvática en lerda soledad.

         Tú eres locuciones disparatadas
sin alma de apacibles insectos,
ortografía brutal de la arboleda
sin bellísimos pájaros canoros,
conjugación de páramos
que serán talados por marchitos,
gramática que erradica impávida
la absoluta humedad,
expresión burda de iris sin lluvia,
madera tenue que rota arde
sin poseer ramas enamoradas,
juego del exterminio que ahoga,
cieno totalmente endrino
que hunde hincadas sin regar
montañas anticiclónicas,
adiós presente de virtud tan desértica.

         Amor de aquellos hombres
que se alzan sobre mentiras
y al amparo de la conveniencia,
astucias para beneficio
de supuestos amores indeseables
que nunca son sinceros
porque en ellos sólo prima
provecho miserable y plétora ventajosa.

         Un café reconforta caliente
en la tarde del mágico otoño,
cumplidos tantos años
de hombres maduros
que han sido fieles testigos
de tantas vicisitudes humanas,
desde el ventanal observo
la remota montaña rota,
un cielo grisáceo y anaranjado,
los plátanos orientales
que cobijan aves que duermen,
una farola negra y recta
como mástil de navío,
la plaza descuadrada y la fuente,
los automóviles o reguero de hormigas.

         No soy el niño
maravillado con los pájaros,
cae la tarde lenta
con la lentitud del café,
claro gris sigue el nítido cielo,
la montaña como esbozada
con sus pinares verdines
y dolomías escarlatas,
la estricta y pequeña ciudad
es de relojería lenta,
sobresaltada con los ruidos
de automóviles y motocicletas,
el aire la acosa sin piedad
porque está asentada
en un valle atacado por viento riguroso.

         El niño de ayer lejano
que buscaba pájaros,
el que se maravillaba incauto
con las aves variadas,
ahora en el valle escribe poemas,
es un hombre mundano,
su capacidad de asombro
es infinita e intacta,
desolado porque el progreso
es afligido y tenaz regreso,
triste porque la incultura
se ha adueñado de la cultura,
y angustiado porque la sociedad
pierde demasiadas libertades
que antes eran esenciales y consolidadas.

         El niño ahora trabajador,
aún fascinado por los pájaros,
sin abandonar las ilusiones
del niño que buscaba las aves
para observar sus colores,
sus cantos y sus vuelos,
ahora trabaja con el espíritu
de los centroeuropeos periodistas
y con la responsable literatura,
amante del atletismo deportivo,
padre amantísimo de sus hijos,
ya no posee secretos ni artes
que fueron, a veces, mezquinas,
sigue buscando pájaros,
los que lo llevaron a suspirar por tener alas.

 

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Los poemas aquí publicados pertenecen al libro Bosques nómadas, todavía inédito.
Contactar con el autor: franbarajas [at] gmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©.

 

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