artículo por
Osvaldo Rocha

 

 

«De wereld is een hooiberg –
elk plikt ervan, wat hij
kan krijgen»

(‘El mundo es un montón de heno,
cada uno toma lo que puede tomar’
).

PROVERBIO FLAMENCO

 

El fuego arde en la lejanía sobre campos arruinados y vacíos mientras un ejército de esqueletos se satisface aniquilando lo poco que queda de la humanidad en un primer plano. Víctimas del terror, los humanos luchan desesperados por huir de su destino, pero éste es más que inevitable. La guadaña se cierne sobre poderosos y miserables por igual mientras la música del laúd acompaña el dramático espectáculo. Únicamente los enamorados, ensimismados, parecen ausentarse de la destrucción.

Pieter Brueghel (1525-1569), después conocido solamente como Bruegel El Viejo (él mismo decidió eliminar la ‘h’ de su nombre), fue sin duda el pintor más importante de la escuela flamenca del siglo XVI, y quizás también el más pesimista, incomprendido por los espectadores y apodado «el gracioso» o «el bufón»; Kierkegaard nos ha contado ya cómo la broma esconde el más hondo sufrimiento. El Triunfo de la Muerte (aprox. 1562), una de sus más conocidas creaciones, trata y retrata con magistral vehemencia, ya en los albores de la modernidad, no solamente una visión apocalíptica del castigo de los vicios crónicos, fundamentales e irreparables de la humanidad, sino una verdadera representación existencialista del hombre, la omnipresencia de la muerte y la trivialidad de la vida.

Se trata de un óleo sobre madera que pertenece a la colección del Museo del Prado, en Madrid, desde 1827 y mide aproximadamente 117 cm. de alto y 162 cm. de ancho. En dicha obra se representa una escena con carácter decididamente moral,  una alegoría cuyos elementos ofrecen un crepúsculo final, fulminante, de inmenso caos. En esta obra se han querido ver múltiples elementos que recuerdan otras visiones del fin del mundo, entre las que destaca la plasmada en el tríptico El Juicio Final (1504) de Hieronymus Bosch (1450-1516), mejor conocido en castellano como El Bosco. Esto no resulta extraño si se tiene en cuenta que Bruegel fue gran estudioso de El Bosco y que, consecuentemente, recibió de él gran influencia, pero también sería necesario analizar los respectivos contextos históricos y sobre todo la composición psicológica de los artistas.

No sería sorpresivo constatar que muchos hemos confundido alguna vez a Bruegel con El Bosco o posiblemente con Pieter Huys (1519-1584), pero seguramente todos hemos apreciado una famosa obra de Bruegel: La Torre de Babel (1563), alegoría en óleo sobre madera que se encuentra en el Kunsthistorisches Museum de Viena junto con una tercera parte de sus 45 obras sobrevivientes. Tanto El Triunfo de la Muerte como La Torre de Babel, así como otras obras entre las que podemos destacar La parábola de los ciegos, Paisaje con la caída de Ícaro, Caída de los ángeles rebeldes o el Misántropo, dan cuenta de su singular y abatida visión del mundo y la actividad humana que en él se desarrolla.

Aparentemente, la concepción de Bruegel trasciende la moralidad religiosa medieval que buscaba aterrorizar a los fieles sobre su inminente muerte para asegurar la penitencia y la obediencia a la fe cristiana, función didáctica que perseguían las alegorías conocidas con el nombre de Danza de la muerte (Dodendans en neerlandés) pero que no es exclusiva en Bruegel, que ve a la muerte en sí misma como acto humano y no sólo como voluntad divina. Por otro lado, a pesar de visitar Roma, Bruegel parece haber rechazado deliberadamente la moda italianizante favorecida por la Iglesia y el Estado, tal y como han señalado Hugh Honour y John Fleming en su historia del arte (A World History of Art, 1982).

En su obra de 1952 Il demoniaco nell’arte (‘Lo demoníaco en el arte’), el gran filósofo italiano Enrico Castelli reflexionó ampliamente sobre la presencia de lo macabro y la estrecha relación entre la obra de Bruegel y El Bosco así como sus motivaciones psicológicas y filosóficas. Castelli  observa una obra influyente de El Bosco en la composición del Triundo de la Muerte: El carro de heno (1516?), pintura también de carácter trascendental que a su vez se basa en el proverbio flamenco que sirve de epígrafe a este texto. Según muestra Castelli, lo que habría querido entenderse en estos artistas como cómico-fantástico es en realidad sumamente trágico, es decir, anti-fantástico. El desgarramiento o desmembramiento, nos dice Castelli, es la base del asalto demoníaco presente en sus trabajos, y también puede observarse en otros pintores como Huys, Hendrik Met de Bles y los flamencos menores.

Evidentemente, El Bosco y Bruegel presentan algunas diferencias. Mientras que en El Bosco la imaginación está sujeta a preconcepciones culturales derivadas principalmente de la cosmovisión cristiana, los elementos cristianos en Bruegel son menos recalcitrantes. Los demonios y figuras infernales como tal, así como figuras bíblicas, son menos recurrentes en Bruegel, por ejemplo. En este sentido, W. J. Kayser señalaba ya, en 1957, en Das Groteske. Seine Gestaltung in Malerei und Dichtung (‘Lo grotesco: su configuración en pintura y literatura’) que los monstruos de Bruegel no son parte identificable del universo cristiano ya conocido y por ello fácil de interpretar. Además, la obra de El Bosco está más nutrida de ensoñaciones y subjetividades oníricas, su imaginación se desboca hasta volverse incomprensiblemente surrealista para muchos de sus admiradores, mientras que en el caso de Bruegel vemos menos proliferación y menos anarquía de elementos.

Por su parte, Castelli resume de la siguiente forma la filosofía vital de Bruegel: «Todo es contradictorio e insensato. Rezando es soportable el mundo. La historia es un desorden infernal», y explica esta perspectiva presente también en el Bosco como la «dramática nostalgia de un estado de inocencia que la caída nos hizo perder; el satanismo ha contribuido a borrar su recuerdo, y sólo la ‘locura’ nos lo deja entrever». Podemos conceder, entonces, que la obra de Bruegel empata con la moral cristiana en la denuncia de la vanidad como desgracia del hombre y en su desdicha. Como escribiera Camus en aquella lacónica frase de su Calígula (1944): «los hombres mueren y no son felices».

La influencia de Bruegel ha sido enorme tanto en el plano técnico como en la significación de sus populosos elementos. Andrei Tarkovksy, por dar un buen ejemplo, manifestó su devoción a Bruegel haciendo referencia a sus pinturas en varias de sus películas, mientras que el director polaco Lech Majewski ha llevado al cine el año pasado la adaptación de The Mill and the Cross (‘El molino y la cruz’), novela de Michael Francis Gibson basada en el cuadro Camino del Calvario, de Bruegel.

En un plano más amplio, Bruegel El Viejo representa un gran logro para el costumbrismo de Flandes por la gran calidad de sus trabajos, ya fueran óleos o grabados. Asimismo, su vocación fue preservada por otras tres generaciones comenzando con sus dos hijos: Pieter (El Joven) y Jan. Pieter, el hijo mayor, reprodujo obras de su padre con gran calidad y el menor realizó cuadros de flores muy reputados. Vale recordar que fue durante los comienzos del siglo XVII que se desató el gran auge del mercado de las flores, en especial el de los tulipanes. Dicho fenómeno fue bautizado como la «Fiebre de los tulipanes» ya que éstos alcanzaban precios inverosímiles que eventualmente dejarían en la quiebra al sistema financiero flamenco. Resulta anecdótico que no contentos con su grave error lo repitieron posteriormente con el mercado de los jacintos.

 

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osvaldo rochaOsvaldo Rocha (Guadalajara, México, 1984). Escritor, poeta y traductor. Realizó estudios de historia, filosofía y alemán en la Universidad de Guadalajara y actualmente cursa un posgrado en filología nórdica y estudios medievales en la Universidad de Islandia. Ha publicado poemas, ensayos y traducciones en revistas y antologías de México, España, Chile, Argentina, Holanda y Singapur.

@ Contactar con el autor:
osvaldr [at] gmail.com

Ilustración artículo: El triunfo de la muerte,
Pieter Brueghel the Elder, 1562 [Dominio público]

 

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