relato por
Favio Giacometto

 

…Vi la circulación de mi oscura sangre,

vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte.

 JORGE LUIS BORGES, El Aleph

 

C

asi un muerto en los brazos de Germán. Ambos cruzan el vano de la puerta mientras la sangre gotea despacio del cuerpo al piso como un vino rojo y espeso que se escurre de los bordes de una botella rota.

Y al fondo, en la calle, entre el pavimento gris y ya cuando la madrugada empieza a dibujar el siguiente día, una pequeña pelota de tenis amarilla, babosa, deshilachada, repleta de polvo, sangre y pelos de perro, reposa tranquila a los pies del andén.

Antes. Una luna rosada surgía a lo lejos presagiando el fin del mundo. El parque estaba rodeado por cinco arboles gigantes y henchidos de hojas que parecían nubes verdes gigantes y que hacían un círculo en cuyo centro sobresalía una pequeña cancha de básquetbol y un balancín antiguo y oxidado. Era de noche. Mónica, Germán y el perro de la familia jugaban amistosamente. Mónica torea al perro de la familia. Un perro grande y negro, mezcla de labrador y pitbull que se ha abalanzado sobre ella jugando, y jugando ha sido que le ha clavado los colmillos al balón, arruinando el momento. La pelota de básquet se ha transformado en una uva pasa anaranjada. Van caminando desanimados en el silencio de la noche, incómodos e intranquilos. Germán enciende un cigarrillo.

Pasan por el frente de una iglesia. En la puerta un flower boy vestido de blanco riguroso luce triste y macabro. Quizás piensa que no es normal vestirse de niña, tener flores y falda blanca, pero es una imposición de su familia. Entonces, tal vez, el niño concluye que el mundo, su destino y su familia están en su contra.

Germán va pensando que quiere separarse de Mónica. Ambos están terminando los estudios de ingeniería en una universidad privada. Ambos beben y se drogan cada vez que pueden. Las calles de Bogotá, con su lluvia, sus esquinas y sus andenes con sus noches, están dispuestas para la fiesta. Tienen amigos y salen demasiado.

Desde hace un tiempo tiene una amante. En diez días se tienen que ir a vivir juntos: —¡Mire, German, en serio, o se pasa al nuevo apartamento conmigo o mejor no vuelva! —le ha dicho ella tajantemente.

Lo ha calculado. Quiere terminar la relación con Mónica en el bar de rock que más frecuentan para garantizar que ella (por el dolor de la separación) no vuelva y él pueda ir a tomar aguardiente y cerveza las veces que se le pegue la gana. Imagina la escena. Imagina las palabras. Quiere acabar el noviazgo por facebook o por un mensaje de texto pero sabe que no es correcto. Ha escrito un correo electrónico borrador:

—…Mónica es mejor que nos separemos. Algún día extrañaremos los buenos viejos tiempos que se fueron con la noche. Me gustaría que te quedaras. Tu sabes que te irás lejos. Tenemos que alejarnos. Dejaremos el sexo y la marihuana. Matrices de un sonido de sodio. Te iras a Buenos Aires, Lima o Barcelona. Serás de otros. Que te vayas es un alivio. Espero que recuerdes entonces, el vino con pastillas a las tres de la mañana que nos daba los tópicos para conversaciones sobre la física cuántica de Heidelberg. Las conspiraciones y rebeliones camufladas entre las ecuaciones de mecánica ondulatoria. Que también recuerdes el sabor de la marihuana de guayaba que nos hacía desvariar sobre la lógica difusa. Acuérdate de esos ácidos Avatar por los que podíamos hablar de Borges y Proust y la influencia de los judíos en la comedia norteamericana. Se nos acabó el perico y el tequila. Se nos acabaron los hongos en Suesca. ¿Recuerdas cómo sentías, allá tirados en el pasto, y con los brazos abiertos, que las estrellas se te acercaban tanto que te tocaban la nariz?

Siempre serás mi mejor recuerdo. Eres alcohol y Lakasiewacs con su lógica multivariada. Eres cigarrillos entre ejercicios. Eres porro y trabajos a las cuatro de la mañana. Eres un método numérico. Una derivada que tiende al infinito. Eres Cripin mezclada con El Bosón de Higgs. Eres esa ecuación diferencial que nunca pude resolver…

Llegaron a la entrada del edificio. Germán jugueteaba con una pequeña pelota de tenis deshilachada. Mónica intentaba abrir la puerta pero no podía. Germán odiaba cuando ella se demoraba en hacer algo que él ya le había explicado varias veces. Se hizo el indiferente ante las palabras de ella de que no lograba abrir. El perro de la familia estaba sin el collar. Agitado. Sin querer, mientras esperaba, Germán tiró la pelota de rebote contra la puerta negra del edificio, estiró su brazo derecho para atraparla pero no la atrapó. En cambio el perro de la familia salió corriendo muy rápido, concentrado sólo en el color de la pelota que rebotaba tan cerca de su hocico que parecía que la iba a atrapar con sus dientes mientras avanzaban escaleras abajo, en el quinto rebote la pelota llegó al andén de la calle y los ojos de Germán se abrieron preocupados y él sinceramente intentó moverse de prisa. Contempló la escena como cuando se pone cuadro a cuadro una película en el Dvd para ver un detalle especifico. Presintió lo peor cuando el perro de la familia empezó a cruzar la calle para llegar a la pelota que seguía rebotando como arrastrada por un hilo invisible que ni Germán ni Mónica podían ver. Al perro de la familia no le importaron los carros, ni la oscuridad de la noche, ni las luces de una motocicleta que le pasó por el lado muy cerca y por un segundo parecía que todo estaba bien, un segundo que en realidad fueron varios segundos en donde Germán esperaba una oportunidad, que no sucediera nada, que todo se quedara quieto y el perro de la familia regresara después de los alaridos furiosos, del llamado por su nombre y volviera con la pelota de tenis babosa en su boca, o tal vez, que entonces se quedara quieto en la mitad de la calle después de escuchar a Mónica desesperadamente gritar su nombre. Un grito acaso más agudo por la soledad de la noche y Germán pudiera traerlo y regañarlo. Y los motores de los carros frenados con las luces medias alumbrarían el cuerpo del animal y en general todo saldría bien y Mónica pellizcaría a Germán y le diría bobo o tonto, abrazaría al perro que tanto quiere y el perro movería su cola sin importarle la pelota de tenis tirada al fondo de la calle, al lado de la acera.

Pero antes de eso, sucedió. Sucedió un carro negro sedan que atravesó el sitio donde se encontraba el perro de la familia y bruscamente con un chillido, que era una mezcla de los frenos del carro y el ladrido del perro y los gritos histéricos de Mónica y Germán, arrolló al perro y se escucharon los huesos quebrados y el quejido infernal y las llantas que pasaban por encima de un cuerpo y el carro asustado que siguió su camino en medio de un silencio de una noche de un domingo de semana santa.

Germán corrió como loco y lo alcanzó, sacó al dueño del carro a puños y patadas y sólo entre tres policías pudieron detener la paliza. Mónica cubrió al perro de la familia semiconsciente con su chaqueta y lo alzó como pudo. El dueño del carro aceptó recoger al perro y llevarlos a una veterinaria. El odio y la furia de Germán contra el conductor sólo fueron aplacados por la angustia de un perro que se ahogaba en quejidos temblando mientras su pata peluda se entrecruzaba con la mano de Mónica. Los ojos al aire y las camisas de todos untadas de sangre mientras el carro era todo respiración y quejidos. Buscaron una clínica y por indicaciones llegaron a una casa cerca del parque y al único veterinario que atendía un domingo en la noche.

Era una casa lúgubre y oscura. Mónica consentía al perro diciéndole palabras dulces mientras sus mejillas escurrían sendas lágrimas que se secaban contra la piel. Germán cada tanto golpeaba al hombre diciéndole hijueputa irresponsable y el policía que los acompañaba obliga al conductor a pagar por adelantado y así entran a una casa y un veterinario joven los hace seguir amablemente mientras cuenta los billetes y Germán se olvida por completo del hombre del carro que se va con el consentimiento del policía, que pasados unos minutos también se aleja del sitio. Germán sólo podía ver al perro y a unos  ojos  increíbles,  casi  humanos  que  le  decían: —No me dejes. El veterinario los tranquiliza diciendo que generalmente no pasaba nada, que los perros eran muy fuertes y que podían resistir mucho más que un hombre esta clase de cosas.

Germán examina constantemente al animal en busca de un hueco, una herida mortal, de algo que le diga que se va a morir, que ya no abra más parques para él, que no conoció el mar aunque tuvo hijos, y quiere pensar que tuvo una vida plena y digna, algunas veces encerrado, algunas veces ensimismado, corriendo siempre detrás de algo. Cuántas anécdotas. Cuántos momentos. Como cuando acompañaba a la pareja a consumir marihuana en el parque con otros amigos y él se quedaba ahí quieto y cuando llegaba la policía a requisarlos se ponía inquieto, incómodo y empezaba a ladrarle a los policías y los amigos de la pareja decían que ese perro odiaba a los policías y de verdad parecía así y los policías lo miraban de lejos como se mira a un enemigo o por lo menos a alguien de quien no es grata su compañía y luego se iban y alguno de los amigos simulaba darle marihuana empujando una corriente de humo grande, espesa y gris hacia el hocico del animal y Mónica le pegaba en el hombro al amigo y le decía que no hiciera eso, que no molestara al perro y el perro mientras tanto se estiraba con todos sus terminaciones nerviosas, movía el hocico y en pocos minutos tenía los ojos rojos y se sentía extraño.

Germán miraba los ojos del perro de la familia y los ojos de Mónica y se sentía mal cuando le estaban aplicando Ketamina y sólo podía pensar en un día que unos amigos le habían ofrecido esa droga que se la tomaban con leche y trataba de preguntar algo con angustia, con desesperación, pero sólo podía ver el frasco de lo que estaban inyectándole y pensaba que su perro estaba siendo drogado en realidad y cómo sus ojos se iban hacia atrás, hacia marte, y sus músculos se debilitaban y no podía dejar de ver la etiqueta del frasco que el veterinario con mucho afán había puesto sobre una mesa metálica al lado de instrumentos quirúrgicos. Miraba de reojo al veterinario. Era un lugar muy extraño para tener una veterinaria. El sótano de la casa. Varias canastas y plumas regadas por el piso, frascos, muchos frascos con muchas drogas, un lugar muy oscuro y unos perros en guacales que parecían asustados, cadenas colgadas muy largas y delgadas. Un lugar muy turbio como El Silencio De los Inocentes en la escena final. El perro de la familia tumbado en la mesa metálica los ojos idos y el dictamen final del veterinario después de exámenes y radiografías les dice como si no importara que tal vez no sirva de nada todo lo que se estaba haciendo. Que lo más probable es que en la mañana el perro estuviera muerto de un paro respiratorio, pero que sin embargo se resignaran y lo dejaran en observación.

Germán y Mónica deciden llevárselo y lo alzan varias cuadras hasta el apartamento y mientras caminan en silencio, Germán ya ha decidido que no va a abandonar a Mónica. No puede separarse de Mónica. Germán va pensando que las personas y los animales fallecen. En que todo muere y que quizás, sólo quizás, mueren para que los que se quedan mejoren. Mejora temporal. Bajar de peso, no maltratar, no gritar a los seres queridos, ser buena persona, arrepentirse de algo, ayudar. Y aunque sea transitoriamente, cambiar un poco nuestras vidas. Esa sumatoria de muchas muertes que generan pequeños cambios y arrepentimientos. Modificaciones y decisiones iniciadas por la afectación de estas muertes en diferentes niveles, son, al fin y al cabo, lo que va moviendo al mundo y a las personas.

Al perro de la familia sólo le queda el alba. La respiración se le va cortando. Germán entra con él cargado en los brazos mientras piensa en Mónica y la sangre se escurre por el piso de la entrada hasta el cuarto. Después de entrar y acostarlo en la cama y acomodarlo con cuidado, Mónica le da la droga para el dolor y lo acaricia, lo consiente y le dice palabras repletas de cariño, después de todo eso, y recibir las llamadas de cortesía de algunos familiares y amigos, se quedan los tres en el cuarto muy despiertos, con algunas lágrimas, esperando el amanecer.

Y al fondo, en la calle, entre el pavimento gris y ya cuando la madrugada empieza a dibujar el siguiente día, una pequeña pelota de tenis amarilla, babosa, deshilachada, repleta de polvo, sangre y pelos de perro, reposa tranquila a los pies de la acera. En un silencio incómodo similar al silencio de la pesca cuando la caña está inmóvil (la línea está tensa) y al fondo bajo el agua el anzuelo exhibe, brillante y luminosa, su carnada.

 

 

separador relato Anzuelo de caderas de perro

Favio Andrés Giacometto Dallos. Escritor, Ingeniero de Sistemas de la Universidad El Bosque. Algunos semestres de Español y Filología Clásica Universidad Nacional. Egresado del Taller de Cuento Ciudad de Bogotá 2010. Taller de cuento Virtual Antonio Ungar 2011. Taller de Cuento Universidad Central 2012. Ganador primer puesto Concurso de Cuento Universidad El Bosque 2009. Ganador convocatoria Revista Literaria La Perra 2010. Seleccionado para Libro de cuentos Antología Renata de cuento 2010; Tragaluz Ediciones. Finalista concurso de cuento Teuc 2012. Escritor invitado para «Bogotá Cuenta – Nuevos Narradores Colombianos», Semana del Idioma en la Feria del Libro Universitario organizada por la Universidad del Rosario, abril de 2010 y mayo de 2011. Ganador Concurso Distrital Imaginación en el umbral Modalidad Concurso Nacional de Cuento para Jóvenes. Publicaciones virtuales y físicas en revistas de literatura.

Textos suyos han aparecido en diversas publicaciones impresas como la Antología Renata de Cuento 2010 o las revistas literarias La perra edición 1 (Colombia, 2010) Letras Libres (México, 2011) Letralia (Venezuela, 2014) Cinargo (Chile, 2014) Margen Cero (España, 2015). Hizo parte del libro: Proyecto Once Autores (Colombia, 2015) cuya lectura de textos y lanzamiento se dio en el marco de la Filbo 2015.

📩 Contactar con el autor: favio02g [at] gmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Bessi / Pixabay [public domain]

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 Revista Almiar – n.º 93 /julio-agosto de 2017MARGEN CERO™ – Aviso legal

 

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