relato por
Alberto Sepúlveda

 

A

lejandro Castro era un chaval gaditano que se vino a Madrid a estudiar Publicidad en la Universidad Complutense. Su idea era estar cuatro años aquí, ni más ni menos que lo que duran los grados universitarios. A él Madrid no le gustaba una mierda, lo típico. Decía que Madrid sólo sirve para ir al cine y a conciertos, pero que más allá de eso no hay ná. Él decía que el máster se lo hacía en Irlanda, que allí es todo más barato, y que además usan el euro, que claro, es una ventaja respecto a Londres.

—Yo me voy a Irlanda a hacerme un máster, eso seguro —decía siempre con ese acento que tiene la gente de Cádiz. Un acento que tardas algo así como medio cuatrimestre en entender, pero que acaba pegándose a tu ropa como el calor de Tenerife. Una pronunciación que comprenden solamente otros gaditanos y algunos onubenses septentrionales, lo que hace que se cree en tu campus un ghetto de flamenco, palmas y pieles morenas como la canela. Un gueto privado, al más estilo West Coast, al que tú, por mucho que lo intentes, nunca podrás entrar.

—Irlanda es la polla —aseguraba Alejandro—, todo está tirado, y además no hay que cambiar de moneda. No entiendo esa mierda british de usar libras. Me parece pedante de cojones, macho.

—Pues yo qué sé, Celli. Yo qué sé.

Celli es como los colegas de Alejandro llamábamos a Alejandro. Se pronuncia algo parecido a «Cheli», y viene de Simoncelli, ese motorista profesional que reventó los sesos en una carrera. A Alejandro se le quedó ese mote porque lucía el mismo pelo que Simoncelli, que en paz descanse: un pelo rubio, rizado a más no poder, como el de una oveja, y largo, muy largo, de manera que su cabeza se asemejaba a un nigga de Harlem en los años de la Old School. Le faltaba el peine clavado y le sobraban las dilataciones de las orejas. Desde que conocimos a Celli le recordamos con dilataciones. Son como un pack, el pelo y las dilataciones fluorescentes, indivisibles, como los Playmobil.

La cuestión es que Celli dejó la carrera el segundo año. Su máster en Irlanda se esfumó, las libras dejaron de preocuparle. Estaba convencido de dejarlo, decía que ya no le motivaba una mierda esto de la publicidad, que era un mundo carnívoro, como en Mad Men.

—La Universidad es mentira, macho. ¿No te das cuenta? Un puto postureo, macho. Que si créditos de libre elección de no sé qué conferencias, que si tutorías integrales. Mucho pijerío pero poco aprendizaje. Es que no me jodas, vaya estafa.

—Yo qué sé, Celli. Te echas las risas, te mantiene ocupado —le decía. Yo no quería que Celli se fuese. El tío era de Cádiz, y eso da frescura. Algo así como los pulverizadores de agua que usamos en las piscinas, que parecen que no sirven para una mierda, pero alivian; o como morder un melocotón.

—Qué va, macho. Yo me largo de aquí ya. Esta mierda me está consumiendo. Yo me vuelvo a Cádiz a buscarme un curro, con la playita, la brisa marina y mis gaditanas.

El Celli siempre estaba fardando de que en Madrid no podías ver las chicas que te encuentras por Cádiz. Yo no estaba de acuerdo con él. En absoluto. Empezando porque en Madrid puedes encontrarte mujeres gaditanas, de las que van vestidas totalmente de blanco, que llevan chanclas de dedo y una flor en la cabeza. De esas mujeres andaluzas que huelen a playa y a risa. Pero no solamente andaluzas. Catalanas, gallegas, toledanas y mujeres de una gran lista de gentilicios. Sin hablar de las propias madrileñas, que tienen ese toque gatuno que les da un aire de chulería que hace que te gires para ver cómo andan. Pero Celli estaba convencido.

No se volvió a Cádiz, no le hizo falta. Encontró trabajo aquí, en Madrid, sin sus bellezas ni su playa. Entró a trabajar en una franquicia gastronómica de yogures helados. La empresa tiene nombre de perro, «Smooty», o algo similar. Nunca he entendido la moda de los yogures helados. Pero yo qué sé.

Al principio Celli era feliz, ganaba su dinerillo, vivía su vida. Lo que todo chaval de veintipocos busca. Pero no volverse a Cádiz le estaba matando. Se le notaba en las ojeras, que fueron creciendo progresivamente como transcurre el ocaso. Dejamos de verle tan a menudo, como es lógico. Entre que ya no iba a clase y que se tiraba los días trabajando en la yogurtería esa, o como quiera que se llame, empezamos a distanciarnos. De vez en cuando alguien te comentaba que le había visto por la plaza de Cascorro, o por Lavapiés, andando una mañana veraniega vete a saber dónde. Alejandro tenía frescura hasta para andar. En cuanto apretaba el calor él sacaba su camiseta blanca de tirantes para venir a la universidad. Y podías verle andar, con una mochila reventadísima, llena de agujeros y chapas, por el campus, con un bamboleo de brazos al compás de las ondulaciones de su camiseta. Celli movía los brazos de adelante hacia atrás como si le pesaran media tonelada. Dejaba los brazos muertos, de modo que parecía que le sobraban, y les permitía moverse a su libre albedrío. Había algo en esto, algo de liberación, que a mí me llenaba por dentro y me hacía replantearme mi vida. El Celli vivía tranquilo, en su pompa. Pero en Madrid.

Le vi por última vez por Sol este verano. Después no sé muy bien qué ha sido de él. Sé que sigue vivo, porque a veces sube cosas a Facebook, pero ya no sé si continua currando en Madrid, si se ha quitado las dilataciones o qué. Simplemente desapareció.

Yo iba rumbo a Ópera para coger el ramal que te lleva a Príncipe Pío, y él venía de frente. Iba sonriendo, así que supuse que ya me había visto. Giré ligeramente mi dirección para ir a su encuentro. Él hizo lo mismo. Le miré de arriba a abajo según se acercaba. Quizá él también me miró a mí, pero no lo sé, llevaba gafas de sol. Me di cuenta al instante de que sus brazos no se bamboleaban como siempre, estaban marchitos.

—Qué pasa Celli, ¡cuánto tiempo! ¿Cómo te va todo, sigues currando en el sitio ese? —le pregunté. Yo ya sabía que seguía currando en la franquicia de yogures helados, pero yo qué sé, es lo que se suele decir.

—Hola,  macho.  ¿Qué  tal  te  va  todo?  ¿No  te  cansas  ya  de Madrid? —me dijo. Nos fundimos en un abrazo corto pero afectuoso. Fui yo quien decidió soltarle, no por nada en especial, solamente porque notaba  su  sudor  surgiendo  del  borde  de  la  camiseta  de  tirantes—. Sí, macho,  sigo  currando  en  el  Smootys.  Joder,  ni  yo  sé  si  lo  he pronunciado  bien —comentó con su sonrisa fresca que yo recordaba de antaño.

Celli me propinó un golpe de hombría en la espalda. Yo le contesté con otro un poco más suave. No quise decirle que nuestra promoción de la universidad ya nos habíamos graduado, que habíamos pensado en invitarle a la fiesta final, pero que alguien nos dijo que seguro que tenía que currar. Andamos unos pasos juntos, hacia mi dirección, camino a Ópera. No hablamos demasiado, sobre nuestras familias, sobre chicas, sobre dinero, etc. Entonces Alejandro se quitó las gafas de sol y me miró. Y se me cayó el mundo. Entero, con constelaciones, fases lunares, y chicas gaditanas incluidas. Las ojeras se habían comido al Celli.

—¿Y esas ojeras? Mucho curro, ¿eh? —estaba preocupado. Intenté parecer tranquilo—. ¿No tienes vacaciones?

—Ya ves, macho. No paro. En unos meses me tocan las vacaciones, hasta entonces, a echarle millas a esto —me contestó riendo.

—Deberías pillarte unos días libres. Algo de relax, sin curro, yo qué sé. Podrías volverte a Cádiz.

—Pues sí, podría. Pero Madrid ya me ha adoptado, macho. Ya ni máster  en  Irlanda,  ni  libras,  ni  mujeres  gaditanas,  ni  playa,  ni  mierdas  —Celli  me  dio  otro  golpe  en  la  espalda,  de complicidad—. Yo ya soy Madrid, macho. Soy Ópera, soy la plaza de Cascorro y soy el Smootys. Madrid me ha absorbido, como a tantos otros, macho.

 

 

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Alberto Sepúlveda Ortega. Es un joven autor madrileño. Miembro de la editorial independiente Clan Tintachina, estudia Periodismo y Comunicación Audiovisual en la URJC de Madrid. Tiene publicados un relato en la antología titulada El lápiz, el papel y las manzanas blancas y otros dos en la revista Almiar: Besos metálicos y Trascendencia en un Scania del 98.

Se le puede seguir en su cuenta de twitter: @AlbertoSepul2 y en la web Un tipo cualquiera (http://un-tipo-cualquiera.blogspot.com.es/).

 

📸 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 82 / septiembre-octubre de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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