relato por
Fabián E. Ostropolsky

 

A

gárrese… Hoy me siento Madame Bovary con dolor de muelas.

Pero primero lo saludo, «¿cómo le va?».

No sabe usted la de agua que ha caído por acá. Precisamente «ya» no llueve, pero ojo que las nubes a mi entender están recobrando el aliento. No es más que la cara de tonto que anticipa un segundo estornudo.

Yo vengo mirando el fenómeno desde la ventana, dieciséis días seguiditos sin que el cielo nos haya dado un respiro, y como hay un reflector de la vía pública pegadito al balcón pude ir adivinando la intensidad del aguacero. A mí el invierno me tira el mundo encima, qué quiere que le cuente, todo el amor no correspondido me saca la lengua desde el alma, todo abrazo que estuvo «a punto» de ser cerrado me echa la culpa, como una enorme mochila de agua. Total que ahí estaba inclinado en el marco del ventanal, contento por no tener que regar las plantas, eso sí. Pero únicamente por eso, contento y agarrado de los pelos de la suerte que tenía, porque la lluvia venía justo de costado, derechito a las macetas… Y sí, en las buenas épocas donde un balcón no es una amenaza uno sabe que está triste pero con optimismo, la macana es cuando los balcones son una de tantas tentativas para mandar todo al diablo.

No es de puro catastrófico, me imagino la cara de tedio que estará poniendo, pero ando ahora sin trabajar, entonces caliento el agua para el mate, armo un cigarrillo, leo sin leer mucho (porque no me concentro, a pesar de que «el tiempo me sobra»), vuelvo a mirar por el balcón, me siento en el sofá, escribo dos pavadas en esta carta, y así estoy Don Julio. Imagínese si a eso le sumamos frío y lluvia.

Pero mejor cambiemos de tema, aunque sea por un rato.

El otro día Charlie Parker me lo trajo a la mente. Yo, como de tantas cuestiones, de jazz no entiendo ni la jota, pongo la enorme lista que me dio un amigo que sí entiende la jota, la a y las dos zetas y la dejo correr. Cada tanto miro quién es el que está haciendo tal o cuál cosa, pero por lo general no sabría distinguir un estilo de otro, ni reconocer a un intérprete o a otro, y esta complicación abarca también los instrumentos. Pero cuando vi que era él quien me estaba alucinando me alegré, me gustó que haya sido instintivo. Humildemente, eh, pero fue como un buen gusto sensorial. A todo esto, con la literatura me pasa lo mismo Don Julio, está lo que me gusta y lo que no, pero no hay caso, no puedo aprender a explicar las cosas como debería, siempre digo que soy burro y que no hay nada que hacerle (cuántos «no» en esta frase). Se me hace un lío con los estilos, las épocas… con la teoría, bah. En fin, me acordé de usted, que tanto le gustaba.

Y ya que le estoy contando tonteras (así de paso no empiezo de nuevo con la lluvia), mire usted qué curioso:

Hace un tiempito me escribí una carta, una carta para mí, eh, pero para dentro de diez años. La guardé en un sobre y la dejé abajo de unos libros para que le hagan peso, no sé si para que se fije bien el pegamento, o para que las ideas se peguen bien al papel. Ni los anagramas metafóricos me salen, ¿ve? ¿acaso entiendo lo que acabo de decir?, a eso iba más arriba, no diferencio bien los recursos literarios que existen, tengo una lista explicativa de muchos de ellos, pero tienen unos nombres de raros Don Julio, parecen enfermedades. Como se llame, hoy estoy cruzado… Como le iba diciendo, escribí la cartita para jorobar, porque si mal no recuerdo conté lo que sentía en ese instante, como para dejar en claro detalles mínimos. La cosa es que no quería asustar a mi «yo» del año que abra la carta. Avisé que lamentaba las pérdidas que ya fui percibiendo desde ese día, muy concentrado en lo momentáneo, quizás por miedo… el problema es que ahora la carta me tiene mal, como que ya presiento que los distintos «yo» de más adelante, a sabiendas de la existencia de la carta van a estar decepcionados del yo de los años que van pasando, del tipo que inevitablemente va a llegar sin nada en las maletas.

Ve usted lo que pasa cuando no se puede trabajar, me paso el día preocupado por pensamientos dañinos, y como interactúo poquito con la gente me voy respondiendo, preguntando, criticando, todo yo solito. Pero no quiero salir a la calle, con o sin lluvia, hoy si no tenés un mango no podés sociabilizar en una ciudad como esta. O yo no puedo, porque además me he vuelto prejuicioso.

Si uno espera demasiado, hay algo que no anda bien. Sé que es un cliché, pero cada hoy significa poca cosa, me alivio un poquito cuando me acuesto a vivir el mundo fantasioso de la oscuridad. Doy vueltas en la cama entre lugares en los que viviría, con amores y amigos nuevos. Me quedo dormido y sueño una variedad de sinsentidos. La macana es que me despierto y queda un montón de día hasta volverme a acostar. No me gusta sentirme así, mi familia no se da cuenta porque soy bueno procesando sin que se note, y eso me amarga todavía más, es peligroso saber disimular tanto la angustia, ¿no le parece?

Entre esas cavilaciones soñolientas llegué a una especie de concepto: Si nos ofreciesen dejar de dormir, mejor dicho, si la oferta fuese que ya no vamos a precisar horas de sueño ¿qué cree usted que pasaría? Además de la noción capitalista del tiempo (muchas más horas de vida al elevado precio de estar siempre en estado consciente), me inquietó la utilización de las noches para un mundo que ya no podría considerar que los noctámbulos son sombríos. O qué pasaría con los niños, con esa energía que ya nos resulta agotadora a los adultos, ¿los padres querrían un poquito menos a sus hijos por tanto cansancio? Comencé a dudar si nos acostaríamos en las camas de todas formas, para contemplar nada más, porque imagino que el cansancio físico seguiría existiendo, si no se extinguiría también la necesidad de reposar. Porque de otra forma, imagine Don Julio, pobres los que ofician gracias al sueño, los que fabrican colchones, sábanas, camas, hasta quizás los que se dedican a las almohadas… porque, ¿nos olvidaríamos de todo lo que abarca el acostarse? Quizás las sábanas son necesarias para hacer el amor, las camas ni hablar, pero ¿y las almohadas? ¿Con qué reemplazaríamos a los somníferos? ¿Seríamos capaces de resignar el placer de despertar? ¿Seríamos tan codiciosos con algo como el tiempo?

Sí, tantas ganas de dormir (y sin trabajar), que pensé en lo que pasaría si me quitan ese privilegio…

Empezó a llover de nuevo, ¿no le dije? La tristeza de la ciudad respira aliviada, me siento como el único tipo que podría ser feliz si le avisan que se acaba el mundo. Perdone, perdone… no me haga caso, sólo porque yo disfrute de la alevosía catastrófica no significa que no sea un verdadero tedio (y no es casual que use esta palabra por segunda vez en esta carta).

Lo lindo que tiene escribir cartas (otra repetición de palabras), es poder aislar los modismos. Yo me siento como jugando al ping-pong sin pensar en el que va perdiendo, me gusta mucho soltarle todo lo que se me viene a la cabeza, me alivia. Tal vez no sea más que una excusa, porque si me tengo que sentar a escribir un cuento o una poesía, lo más probable sería quedar en ascuas. Siento que la responsabilidad literaria me ha superado, lo siento en estos días, eh, hay veces que escribo con adolescencia (curioso es que cuando adolescía quería ser más correcto), pero, como le digo, hoy me siento inútil, irrespetuoso, sin saber escribir como hay que escribir, avergonzado por autores que son prolijos, que saben lo que significa una prosopopeya, que son comprometidos, que distinguen el bebop, que podrían explicar el simbolismo. Ya sé, me estoy pasando, este párrafo es un descargo. Y uno tramposo además, sé que usted reconoce estas típicas líneas en que uno se ataja de lo mal que escribe para poder seguir haciéndolo.

Y es por el reconocimiento, no le quiero mentir, es querer emocionar, o generar sonrisas. Y tratar de asumir que vas a estar siempre lejos de lo que te gustaría. Y no hay caso. Escribir más o menos como escribís, conformarte, trabajar de lo que puedas, sobrevivir, admirar a los grandes y tomar sólo lo bueno, no flagelarse… Ya me enervo de nuevo. Absolutamente todo es mejor cuando ser adulto está lejos. Ahora seguir esperanzado para vivir de las letras, cuando los treinta se alejan en este mundo de moda y de poder, es jodido. Miento, «me» es jodido. Quiero seguir intentándolo, claro que quiero, pero la exigencia de mis textos se empieza a disfrazar de vergüenza y siento que no hay texto digno para un tipo de mi edad a quien nadie conoce.

Menos mal que supongo su paciencia, es insoportable este texto, es insoportable que quien le manda una carta le diga que sabe que tanto él como las letras son insoportables. Y ahora que reflexiono creo que no hay un párrafo donde el humor le dé un respiro.

Y mire lo que le digo: Hace un ratito salió el sol, qué sorpresa ambigua (y casi abstracta), no por nada, eh, sino que el cielo estaba tan denso que no lo pude prever. Abrí los ventanales y al principio la humedad helada subió como los suspiros de un elefante marino. Desde abajo vi a la gente mirar para arriba con los paraguas boca abajo deslizando las últimas gotas. Porque no vuelve a llover, por hoy fue suficiente, tal vez no haya caído tanta agua a fin de cuentas y es la percepción que a veces me falla. Tal vez fueron unas nubes pasajeras, unos quince minutos y no dieciséis días, no sería la primera vez que la noción del tiempo juega conmigo. Hasta se eyectó la temperatura, de golpe el verano nos desviste con desesperación, todos desde abajo me llaman con las manos, excitados, demasiado sonrientes, son mis amigos, son los vecinos, también los ausentes, yo los saludo como lo haría una reina. «Ahí bajo, ahí bajo…».

Y bajo Don Julio… O subo, veremos qué deciden los jueces.

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Fabián Edgardo Ostropolsky. Autor argentino radicado en Mendoza.

 Web del autor: http://elenchastre.blogspot.com.es/

 Ilustración relato: Fotografía por Catkin / Pixabay [dominio público]


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Revista Almiar – n.º 92 | mayo-junio de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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