relato por
Pascual Moreno

 

Engullen su rostro las ojeras en la parada del autobús, tiene las manos en busca de agujeros infinitos con los cuales sanar este color a sangre y frío en la cima de los nudillos que la foto pudo ser de otra persona ahora en la silla de goma y piel de esta sala tan blanca de luces a las once y veinte de cualquier miércoles de enero. Le habla de su experiencia en las aficiones, debería coser el par de botones que faltan en el puño izquierdo de la chaqueta y así no tendría miedo a gesticular. Le prometen una respuesta vía electrónica y en la contraportada de los periódicos gratuitos no especifican la dirección de los cibercafés, tampoco la chica de la ventanilla le conoce.

Primera.

 

No existe traje beige para abrigo negro. Una serie cronológica de lunes en febrero le incita a madrugar penúltimo, e ignorante se ducha: apesta a cloro mas resplandece entre los posos del café la gula del sueño. Oh pereza en los bajos del camión de la basura, intensificas la luz de las ambulancias que rodea las calles en silencio, naranja las hojas de los árboles, huye tranquila. En ocasiones impide mejillas uniformes antes del aftershave y siendo puntual frente a un tipo que escribe palabras azules con un bolígrafo rojo, se percata del ardid y en consecuencia introduce cualquier signo de vida en las mangas de una camisa azul. Una docena de monosílabos de dos yemas más tarde, el tipo deja de escribir para desearle suerte mientras aprieta su mano tan líquida. Trajes negros y chicos Gillette ocupan tres de las ocho sillas en aquella sala de cinco paredes que le devuelven la mirada. Sale despavorido del ascensor, coge un taxi y superviviente, en el transistor del vehículo una negra canta: «Para viajar al futuro/ duerme mi amor las ganas/ duérmelas…». El chofer le desconoce al fin y despierta.

Segunda.

 

Copos de lluvia en la sala de los espejos eran las teselas de aquella mañana de marzo, pero tras la aurora todas en orden. Ningún corte de luz sabotea el sonido de las siete en punto. No muertos y Sol más cinco grados en la mínima según los locutores de una radio nítida. La revolución de las sábanas en la lavadora, los gatos en la cesta a través de sus ojos dormidos, agua caliente, compota de kiwi sin pepitas, nudo Windsor, la faz del currículo me recuerda a la de su carnet de socio del club Huesitos (vida, cómics, bicicletas; terrible, desnuda y urgente la cueva de La Casa del Conde). Así de capaces los minutos prolongan el día en la parada del autobús. Un portafolios azul en su brazo le otorga un perfil exultante, las uñas de los gatos se desperezan. Puede mentalmente improvisar un discurso porque la contaminación acústica del tráfico se torna clemente, porque el tranvía del centro alunizó contra la pastelería y ya fue retirado en el diciembre de naranjas redondas en las mesas y láminas de tocino sobre crujientes rebanadas. Dentro de la multinacional, piensa en asuntos menores mientras una mujer lo siente pues la cita fue ayer y el proceso ha terminado. Él tose, ella para sonreír de rojo se pone las gafas. Los clientes de una peluquería se miran al espejo donde se vendieron pasteles. A las diez resulta fabuloso el inicio de marzo en el centro de la ciudad. Los gatos le añoraban. Los gatos sueñan raspas de peces pero se relamen con un plato de sopa lleno de leche.

Tercera.

 

Aleteo de sábanas en los ventanales, abril en el interior del aparato digestivo de las horarias como penachos de tela en la espalda luminosa de Ariadna. Atraviesan la parte trasera por favor de los autobuses en el western de las americanas, de los zapatos rojos de aguja y de los relojes. Se nubla locuaz el día. Los tartamudos eructan burbujas de Marsella en la cola del paro cardíaco, mientras las amas de casa escriben el nombre del niño de sus ojos en las cuatro migas de papel ya dentro de la urna: el coscurro en juego, inocente la mano pero iris el óxido del ojo de cerradura del baúl de los disfraces. Los payasos se acomodan y ensayan volteretas de pulga en el rellano. Achina sombras la bombilla que suspende el tiempo de la periferia en el olvido de pipas de calabaza y coches de policía; tiempo suspendido de escaleras mecánicas hacia el cielo de las cocinas que huelen a fideos, a sopa de tomate con salchichas, siempre salchichas.

 

A goma de fresa el timbre de los colegios, a tortillas de ajos tiernos en porcelana de café la tinta de los informes y la punta de las corbatas.

 

Este mundo abomina o deslumbra y él tiende a colgar la funda de las almohadas con pinzas en las cuerdas del patio. Hace un amasijo de la nota amarilla en el frigorífico de los imanes: «independence 46, currículo actualizado, 10:00». Los números verdes del microondas le indican que ya los jóvenes de plástico y las mujeres de peluquería miran al suelo antes de escuchar su nombre para después, con los puños prietos, responder preguntas al corazón de cuestionarios psicológicos («Defina su predisposición a prender fuego al centro de trabajo en caso de lunes»).

 

Apura el roce de la barba, recuerdan sus gatos en la estantería a las cometas de la universidad. Abril fue la época de las sorpresas azules y la memoria un artefacto pero lo ignora. Una cucharada de aceite hierve sola.

Cuarta.

 

El Talgo de las seis de la mañana le reconcilia con el universo.

Los últimos coches rápidos con luces en el techo, depositan en la puerta de la estación a un niño con chándal y a una mujer con mochilas azules. A veces escucha la puerta del auto y el ruido de las monedas sobre la mano del conductor. Si ocupa el asiento más antiguo los ve llegar. Son cinco las personas regionales quienes presencian de lunes a viernes una despedida. La mujer de moño y sudadera introduce en los bolsillos del niño el cambio del taxi, le asesta dos besos calientes en sus mejillas mientras le coloca la más grande de las dos mochilas. Ella permanece en el arcén mientras el niño con los ojos casi cerrados, no responde a la mano diaria que se agita si las ruedas como triángulos avanzan de repente por los raíles. Hablo del último de los vagones y hablo de cinco personas a cargo de un ser de nueve años que duerme entre prados y montañas durante hora y media con el cuerpo encogido en uno de los asientos. Lapso de vida locomotriz. Tras veinte minutos de viaje alguien suele levantarse de su asiento para cubrirlo con una chaqueta o una cazadora, y si graniza, la joven sortea vaivenes, coge sus apuntes de anatomía con la mano izquierda y con la derecha a su lado le tranquiliza. Más tarde dormitan y los músculos se desparraman por el suelo. Él los recoge y apila. Cuando el tren se detiene no le dice nada a la joven soñolienta y los cinco permiten bajar al niño primero. Una mujer con hábito le espera y revuelve los cabellos, pero si alguna vez ella no estuviese, porque las monjas a veces desisten y se apasionan, harían compañía al niño.

 

Escribe «dieciséis y mil y dos» y en el almuerzo, así me habla de fútbol con sendos cafés de plástico sobre las tres patas de una mesa. Es nuevo. Un día soñó con la joven. Ella le mostraba un reproductor portátil y le preguntaba «¿Cómo quieres que termine?» a lo que él confundido respondía «Las películas terminan como terminan». Entonces la invitaba a verla en su casa hasta el despertador.

 

Ya se rascaba la nariz cuando su padre se hizo astronauta.

 

 

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Pascual Moreno: «Nacido a ochenta kilómetros de Zaragoza en el mil novecientos ochentaitrés, mientras otro país también llamado España se venía también abajo. Desde finales de los noventa y hasta hoy, me he esforzado en compaginar mis estudios universitarios y mis necesidades laborales, con el estudio, deleite y trabajo en literatura. Los esfuerzos han sido en vano: la literatura ha hecho sucumbir cualquiera de mis proyectos de integración en la vía urbana. Llega un momento de dar salida a los textos».

Contactar con el autor: psclmoreno [at] gmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 76 / septiembre-octubre de 2014
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