relato por
Jesús Cano Urbano

 

Si me arrancas todos mis defectos…

 

M

ucho antes de que los almendros se hicieran viejos y los pueblos grandes, existió la aldea Glemsel. Tan pequeña y adentrada en los bosques, que hasta su propio reino la fue olvidando con el tiempo. Así, el alcalde, que generación tras generación heredaba el cargo, terminó siendo la máxima autoridad. Tres senderos de difícil paso llevaban hasta el pueblo, y los aldeanos, tildados de ironía, les pusieron nombre: olvido, indiferencia y abandono.

La singular situación, sin soldados de la guardia real ni decretos que, aun vagos y añejos, llegaran a aquellas tierras, les obligó a crear sus propias leyes para conservar el bienestar. Los residentes de comportamientos delictivos, de pensamientos extraños o el mínimo brote de maldad, eran exiliados a un cercano valle llamado Onde. Con los años cada vez fueron más los repudiados como castigo, y crearon su propio pueblo, con sus familias y sus leyes. Así, aquellos que su comportamiento era extraño, de conducta bondadosa o demasiado correcta, eran expulsados a la aldea de Glemsel donde se les acogía con fervor.

Semejante actitud durante cientos de años consiguió un equilibrio perfecto entre las dos aldeas. Ningún lugareño visitó jamás el pueblo vecino, tan solo venían para quedarse o marchaban para no volver nunca más.

En los últimos centenarios los dos poblados se preguntaban lo mismo del contrario: ¿Dónde estaba situado su Tavs? Esto era un lugar destinado a crear y preservar la esencia de los difuntos. Nadie recordaba ni cuándo ni cómo se inicio semejante culto, pero era lo más importante para cualquier familiar que hubiera sufrido una pérdida. El elaborado proceso comenzaba enterrando la mitad de una enorme tinaja de barro en la tierra del Tavs. En el interior se depositaba el difunto, semillas concretas y el aceite de una caña llamada Kaldet Livet. Tras semanas de espera el barro de la tinaja filtraba la esencia de su interior, nutriendo la tierra de su entorno. Sin ninguna explicación, pero era justo ahí donde crecían en abundancia las flores tilbage. Pequeñas plantas de puntiagudos pétalos blancos. Éstas conservaban el aroma del difunto más próximo, que era recordado por los familiares y amigos al olerlas.

No era necesario disponer de nombres ni indicaciones, cada ser querido reconocía el aroma de la abuela, de su padre o de un amigo. Al inspirar los recuerdos surgían casi palpables con una intensidad asombrosa. El mejor momento para recoger las tilbage era al amanecer, aunque no todos pensaban igual, pues muchos familiares encontraban tallos cortados en ocasiones, seguramente de amigos desconocidos para ellos.

Un día sucedió lo inesperado; desde la aldea de Onde manaba una fina columna de humo rojo que se difuminaba en el cielo. Era la señal pactada por sus ancestros. Uno de los pueblos solicitaba comunicarse con el otro. En Glemsel todos estaban desconcertados, poco se explicaba en los antiguos escritos; el encuentro se debería realizar a mitad del camino que unía las dos aldeas. La hora era la misma en la que se creó la columna de humo, pero al día siguiente para dar tiempo a los preparativos.

¿Qué querría aquel tumulto de delincuentes e indeseables? Jamás había sucedido nada igual desde la época de las fundaciones. ¿Sería una trampa para algún maligno engaño?

El alcalde meditó preocupado quién debería acudir a tan grave cita. Alguien paciente y perspicaz, que evitara enfrentamientos y no se dejara embaucar. Pensó en utilizar la casa del debate, pero no daría tiempo al proceso. Los protocolos de dicha casa eran todo un ritual. En un inmenso salón se citaba a todo el pueblo, un orador exponía el problema a tratar; tal vez un juicio por un delito, una ley nueva o una calle a construir. Al fondo del salón existían dos puertas opuestas, ambas daban a salones más pequeños. Por una accederían los propicios a la idea expuesta y por la otra los opositores. Una vez cerradas las puertas, los aldeanos elegirían a un orador para defender su postura, compartirían sus argumentos con él y le ayudarían para convencerle de que su idea era la mejor. Más tarde, quizás días, el orador de cada salón accedería al otro para persuadir a los rivales ideológicos. Tras escuchar a los defensores todos tornarían al gran salón para votar.

De pronto recordó a Kender, aquella anciana de mirada pícara que paseaba observadora por las calles. No hablaba mucho, pero sus escasas palabras siempre eran acertadas y agudas. El poblado estaría conforme con ella, pues la habían elegido como oradora varias veces en la casa de debate.

Próxima estaba la hora, la anciana comenzó a cruzar el irregular sendero con pasos cortos y arrastrados, ayudada por una retorcida rama que le servía de apoyo. No era un camino fácil, ya que aparte de los castigados por las aldeas, por allí solo pasaban animales perdidos. Inspiró el aroma de la tilbage que pendía de su solapa, disfrutó el olor a canela, a lana y a ropa recién planchada, y el recuerdo de su madre le dio fuerzas.

Pronto su gastada mirada divisó a un joven que caminaba hacia ella. A pocos pasos ambos se detuvieron y el muchacho se presentó:

—Me llamo Gamle, habitante de Onde. No por castigo sino por nacimiento. Soy aprendiz de carpintero en el poblado.

—Yo soy Kender, de Glemsel por nacimiento. Mi función es diseñar edificios. ¿No eres un poco joven para semejante tarea?

El muchacho pasó la mano por su pálida tez escrutando a la anciana.

—¿Recuerdas cuándo diste tus primeros pasos?

—No —contestó Kender con una sonrisa.

—Pues en ese momento sabias muy bien hacia dónde debías dirigirte, quién te sujetaría y no te dejaría caer. ¿Sabes eso ahora, con tanta certeza como entonces?

—Perdona  mi  mal  juicio.  Es  que  soy  muy vieja para esto —sonrió otra vez acompañada por el joven.

Guardaron unos minutos de intenso silencio. La anciana miraba las manos del futuro carpintero mientras éste las frotaba lentamente una contra otra. Una enérgica brisa atrajo el olor de las tilvages del Tavs. Cerraron los ojos presas de intensas sensaciones. Nadaron en la nostalgia entre un tumulto de ausencias y confusos recuerdos.

Kender se repuso con gran esfuerzo y tomó las riendas de la conversación.

—Dime, Gamle. ¿Qué nos ha traído aquí? ¿Por qué motivo escribiremos historia hoy?

—Se  trata  de  nuestro  Tavs —su expresión se endureció—. Siempre nos hemos preguntado por qué el vuestro no lo divisamos, ni siquiera cuando sacamos las bestias a pastar.

—¡Qué curioso! A nosotros nos sucede lo mismo.

—No importa —la miró incrédulo—. No es la cuestión. Tenemos un gran problema con el Tavs, se ha profanado de un modo cruel e insólito.

—¿Qué ha sucedido exactamente? —preguntó entornando los ojos como si la intriga le pesara en sus párpados.

—Mi abuela fue sepulcrada antes de anoche, a la misma hora que se efectúa la recogida de las tilbages como marca la tradición, al anochecer.

—Lamento su pérdida. Su aroma te traerá felices recuerdos.

—¡No podrá ser! Su cuerpo ha desaparecido. Al presentarme anoche en el Tavs descubrí su ausencia.

—¡Criatura sin consuelo! ¿Estás acusándonos de haber profanado la fragancia de tu abuela? Si marchó de la vida ¿quién puede ser tan cruel para quitártela de la muerte?

Gamle titubeó al percibir un dolor sincero en la anciana mirada. Pero no debía ceder, inspiró tomando fuerzas.

—¡No es solo una sospecha! Me quedé toda la noche vigilando a lo lejos. ¡Cuál fue mi sorpresa al amanecer! ¿Sabes qué es lo que vi?

—Por supuesto que no —susurró aún reponiéndose de la acusación.

—Al pueblo de Glemsel recolectando nuestras tilbages. Siempre nos preguntamos por qué había tallos cortados al anochecer, pero pensábamos que serían amigos desconocidos para los parientes, que no seguían la tradición.

Kender palideció alzando una mano en solicitud de silencio. Sin apartar la mirada de su retorcido bastón preguntó:

—¿Dónde está situado vuestro Tavs?

—¡Lo sabes muy bien! En el valle profundo.

La mirada de la anciana se alzó de súbito atónita. Con voz temblorosa tornó a preguntar:

—¿Cuál fue vuestro censo hace seis días?

—No comprendo tal pregunta, pero si para ti es importante: trescientos dieciséis.

—¿Y hace cinco? —interrogó con tal ansia que casi pisó la respuesta anterior.

—Nadie falleció —alzó los hombros sin comprender.

—Pero hace cuatro días fallecieron tres habitantes, y quedasteis en trescientos trece.

—¿Es que acaso nos espiáis?

—Es mucho más complicado… Quizás demasiado sencillo. Los censos son idénticos a los de mi pueblo… —quitó el sudor de su frente con la mano—. Y el lugar del Tavs es el mismo. Hace tres días falleció tu abuela, pero en mi pueblo no murió nadie. Tal vez sea la primera vez que los censos son diferentes.

—¿Qué tratas de decir? ¡Estás desvariando!

—¡No! Estoy muy cuerda. ¿Es que no lo comprendes? Llevamos una eternidad arrancando la parte contraria de un pueblo para enviarla al otro. Por fin hemos conseguido semejante equilibrio. Somos partes opuestas de una misma aldea.

—No consigo comprenderte. ¿Buscas excusas para vuestro delito?

—¡Maldita sea! ¡Hemos partido el alma de los habitantes! No encuentras a tu fallecido porque la mitad que le falta aún sigue viva.

El muchacho meditó un instante con media irónica sonrisa. Giró sobre sí un poco para evitar que el sol lo cegara.

—Según tu razonamiento, en el Tavs se unen ambas partes… Por eso es el mismo. ¡No puedo creerlo! ¡Estás loca de atar!

—No cabe más explicación —dijo Kender con dulce voz mientras acariciaba la faz del muchacho consolándolo.

Gamle aferró la mano que lo consolaba estupefacto. Inspiró el aroma de la anciana a la par que sus ojos se desbordaban en lágrimas. La dura mirada del muchacho se colmó de amor.

—Parece  ser  que  has  hallado  la  parte  de  tu abuela que falta —susurró con cariño—. No te preocupes, no tendrás que esperar mucho. Ya flaquean mis fuerzas.

—Nadie lo creerá. ¿Qué diremos a nuestros pueblos?

—Yo diré que nadie se presento a la cita. Tú dirás lo mismo. ¡Pero lucharás! Lucharás porque las aldeas se unan. Porque seamos seres completos.

Gamle asintió con la cabeza y la anciana le dio la espalda arrastrando sus pies hacia la aldea.

—¡Kender! —la llamó a los pocos metros recorridos.

—¡Dime! —gritó sin dejar de caminar.

—¿Podrás venir mañana? Me gustaría recordar a mi abuela.

—¿Por qué no? Quizás nosotros comencemos la unión.

El sol comenzaba a ocultarse, y las tilbages se cerrarían para abrirse a los pocos minutos en todo su esplendor, el mismo proceso que al ocultarse la luna. No todas eran iguales, algunas poseían afiladas espinas en sus claros tallos. Por eso en la recogida se debía tener sumo cuidado, pues al igual que los recuerdos, algunas podían causar un intenso dolor.

…Seré aún más imperfecto

A Dani. Cuando flaquees recuerda: Muchos sin ti
estaríamos incompletos

 

GLOSARIO

Gamle / viejo
Glemsel / olvido
Kaldet Livet / llama vida
Kender / sabiduría
Onde / mal
Tavs / silencioso
Tilbage / atrás

arabesco relato La esencia del alma

Contactar con el autor: supertorke [at] hotmail [dot] com

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Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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