(pero aun así escribiste los mejores poemas
que nunca hablaron de mí)

por
Elena Llácer Velert

 

Entró en el piso y el piso tenía paredes amarillas. Y antes había tenido una gotera, pero consiguieron que el casero lo arreglara, les costó bastante porque el casero se desentendía de cualquier cosa que no fuera cobrarles el alquiler, pero al final la arreglaron. Ahora ya no había ninguna. Ahora sólo había techo y techo y techo cayéndose a trozos en un edificio de cemento podrido. El cemento no se pudre. Pero si hubiera un cemento capaz de pudrirse, sería el de ese edificio que olía a cebollas. A ellos nunca les había gustado. Era un edificio feo, pensaba ella siempre que entraba. Las puertas eran feas, las ventanas eran feas, las paredes amarillas eran feas. Y cuando entró esta vez todo estaba como siempre había estado, había música clásica sonando en la radio y él siempre escribía escuchando música clásica. Pero no, él se había marchado esa mañana, la había dejado sonando y muriéndose en su eternidad, como le hubiera gustado escribir. No te mueras en mi eternidad. Le dijo una tarde. Él escribía y algunos decían que escribía bien, ella una vez le preguntó si escribía sobre ella pero cuando se lo dijo ya se había dormido. Ahora él se había muerto antes de que ella se inventase una eternidad donde ponerlo a vivir, y ella nunca lo había amado, pero tal vez entre todo lo que no hizo le pudo llegar a querer. No como los adolescentes hubieras escrito. Aunque ellos fueran los únicos que le hubieran podido escribir.

A veces ella también escribía porque estaba harta de ser una camarera y de llevar faldas cortas, y tal vez pudiera ser capaz de escribir si todos ellos escribían. Los borrachos escribían cuando se les acababan las botellas, las amas de casa escribían cuando los niños se dormían, todos los que vivían en edificios como los suyos escribían porque a lo mejor tenían algo que contarle al mundo aunque el mundo no tuviera nada que decirles a ellos. Y la mayoría de veces no era nada, eran poemas horribles, eran poemas feos, eran poemas que a veces rimaban y que a veces parecían hechos por niños de preescolar, pero aun así eran sus poemas y ellos se hacían llamar poetas, cuando hablaban con amigos y cuando ya se habían tomado todas sus botellas de vino.

Vuelve. Otra vez. Entre. Todo. Entre. Ellos. Más tiempo. Háblame de todos. Todos los libros que leíste, háblame de. Las frases y las frases. Que nunca me escribiste. Me escribiste a mí. Todos escriben, me dijiste que todos escribían. Me dijiste que todos eran capaces de escribir si escribían las frases más verdaderas que nadie pudiera hacer bailar. Hay gente que te preguntaba por qué te marchabas, y se acababan enamorando de ti porque algún día acabarías marchándote.

Ella nunca se enamoró de él, pero su amor se parecía a los pintores con barba y a las mujeres bajitas que se pintaban los labios de rojo. Su amor ni existía, eran solamente comparaciones sin sentido y letras y frases y cuentos que se aburrían. Cuando ella llegó al piso se sentó y sabía que él no volvería a sentarse allá, no otra vez, no otra vez. No. Otra vez no, posiblemente no otra vez. Lluvia, lluvia, lluvia, plof, plof, plof, llovía, llovía, y seremos pobres, pero al menos tenemos esta lluvia enorme que cae y que cae y que de cierta manera está cayendo sobre los dos, sobre lo que fuimos y lo que somos, si el Aleph existiera. Oye, oye, oye, con los pies entre los cristales, no hay nada que puedas hacer aparte de cantar. Y no escribas ya sobre escribir, no hables, déjate vivir, déjate vivir, plácidamente vivir muriéndote escribías en tus poemas, querías que aquellos sobre los que escribías murieran plácidamente muriéndose, me dijiste que cuando me lo llevara, cuando me llevara todo lo que hicieron, todos los tejados y todas las calles que fueron, me dijiste que cuando me lo llevara no te avisara, que plácidamente viviendo muéreme, muéreme como en los libros que tú leíste. Me dijiste que cuando me lo llevara lo hiciera poco a poco, porque si te tienes que marchar para siempre cuando me lo lleve, porque si lo tienes que hacer. Que sea plácidamente muriendo.

Ella ahora estaba sentada sobre la cama y si él también hubiera estado le diría en ese momento que dejara de escribir, de escribir para las ratas y los ratones, que dejara de hacerlo porque el tecleo de las mismas palabras, siempre una tras otra y siempre iguales, le molestaba y no podía dormir, aunque cada vez durmiera menos. Pero él ahora sólo se había ido, no era nada más, no había que decir nada más, se había marchado y ella le hubiera preguntado por qué, se lo hubiera preguntado si le hubiera querido, pero ahora sólo le quedaba dormir y pensar que al día siguiente volvería a acostarse y dormir otra vez. Y las estaciones él escribía que les cambiarían los días por los meses, y cuando les hubieran cambiado los meses serían sólo años bailando cada vez con menos gracia. Y el cielo cansado de haber vivido para siempre y las casas cansadas de que quieran que vivan para siempre, les estaba costando una vida morirse, pensaba ella cuando cerró las luces y dejó a Beethoven muriéndose con ella, en todas las eternidades que los adolescentes se inventaron y en todas las que él le dejó. Todos los finales que habían escrito eran bonitos si no querían decir nada.

 

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 Contactar con la autora: elena.llacervelert [at] gmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 79 / marzo-abril de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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