relato por

Daniela C. Gallegos Valenzuela

 

 

H

an pasado varios meses…

Apuro mis pasos y lo veo a usted de pie frente a mí… Sí, usted está ahí, a unos cuantos metros, tal y como lo imaginé. Ha pasado tiempo que parece siglos, desde la última vez que lo vi… aquella vez, que pretendí bloquear la memoria…

Tal y como lo recordaba lo veo nuevamente, con su mirada tierna, inmensamente tierna, diría yo, con esa ternura que es sólo suya, esa ternura que duele… No han cambiado sus ojos, siguen siendo profundos, y esa manera de verme, sigue haciendo que no pueda evitar titilar…

Examino de reojo su rostro detallado: sus pestañas, casi no las recordaba, y sus cejas pequeñas, y arqueadas sobre la lejanía de sus ojos de otoño…

Y qué decir, de su presencia, tan garbosa, y alta, tan imponente; Y esa voz, con la que acurruqué mis sueños en el pasado…

Ha pasado tiempo, y usted tan igual al de siempre, y yo tan vulnerada por usted, como antes…

Han pasado meses, que parecen siglos, de esa última vez, en que su rostro parco y compungido, despreció mi menuda figura. Vez, en que con sus propias manos, construyó una pared inquebrantable, entre su mirada y la mía… Aquella vez, que nos cruzamos por casualidad entre los pasillos de la ciudad, y que el dolor latente pretendió arrojarme al peor de los infiernos…

¿Quién lo diría? ¿Usted lo habría imaginado, o quizás planeado?

Yo sí, lo había ilusionado, pero como el más feroz de los imposibles…

Usted dirá: —¡Ay! Paula, tú siempre tan poeta para tus cosas.

Y yo qué puedo decir, el poder de su atención me apabulla, y sólo aflora una sonrisa…

¡Ay! Usted, con el mismo paso fecundo de antaño, avanza sin desasosiego, y me pregunta, lo que no sé responder… (Es que aún estoy pegada en la última vez) ha pasado tanto desde esa vez, y no sólo tiempo, también espacio, y montones de estados emocionales en nuestras vidas, cada uno separado del otro, en distintas dimensiones y frecuencias…

¿Quién lo diría? Ni yo lo hubiera creído, quizás hasta sea un exceso, es decir, un error, de esos fatales, que faltan días de vida para arrepentirse…

Y hoy, aquí está usted… usted y yo, en un punto coincidente, en una esquina paralela de este laberinto difuso…

Usted, tan igual a siempre, tan igual a ese hombre, que tuvo entre sus manos mi vida entera, y no se percató, y que quizás aún la conserva, sin advertirlo todavía. Camina a mi lado con paso sencillo, y habla con palabras simples mientras avanza, y yo, a pasos gigantes para no quedarme atrás… usted y el tiempo, se han encargado de poblar mis más lóbregos y refulgentes pensamientos, usted y el tiempo se han encargado de hacer crecer en mí, un eje de esperanza infinita, siempre en el límite de la perdición y la salvación…

Frígido ahora, usted, se acerca y sonríe, como si hubiera un puente tan concurrido por los dos, entre ambos… y se muestra tan seguro, que no tengo oportunidad a pensar lo contrario, aun sintiendo el abismo de estos siglos, hago mía la ilusión del puente concurrido.

Y para mis dudas, ahí está su sonrisa, y su mirada tierna que debilita y que desespera… entonces, en ese momento cúspide de credulidad a ciegas que me asalta, usted, cambia el rumbo de lo posible, que está a punto de estallar, ¡Ay! Usted, es el mismo de siempre, tan impredecible, en cada minuto… Y me habla, con esa sapiencia que sólo en usted podría hallar, pero, los ruidos de mi corazón, le impiden a mi cabeza distinguir lo que dice con su voz firme y erudita, yo asiento por inercia, supongo que tiene razón, como tantas otras veces en que la ha tenido… y mientras usted habla, me viene al recuerdo la vez aquella, en que nos conocimos, cuando descubrí su hermosa existencia en el cosmos que yo discurría a medias… Han pasado aproximadamente quince meses desde aquella vez… y ¿quién lo hubiera imaginado? Que en aquel abril, usted y toda su benévola presencia causaría estragos en mí, hasta más allá de los porvenires…

¿Recuerda ese tiempo? No quisiera tener que recurrir a relatarlo, no me comporté como lo hubiese querido, y lamentablemente, no existe una segunda vez para dar una primera impresión… mis delirios de grandeza, me jugaron una mala pasada, y usted tan inmutable, pareció causar más sensaciones en mí de las que estaban permitidas…

De pronto, vuelvo al lugar, aterrizo a su lado y me descubro asintiendo, de no sé que oración que sus labios rosados acaban de emitir…

Seguimos caminando, usted me orienta, ¡con qué presura! Y yo a su vez, demasiado confiada, lo acompaño sin vacilaciones, en este microcosmos tan grande, en donde usted, como siempre ha sido, el todopoderoso, espectro pálido, la gigante sombra que todo lo envuelve, incluyendo mi seguridad…

Bajo mi mirada por un momento, mientras pienso en todo esto, pero usted, no parece disfrutar el silencio, y el recuerdo que asalta los sentidos, como dardos programados… entonces, arremete con una de sus preguntas que no sé responder, y con sólo su voz, y mis cien mil dudas, hace tambalear el suelo bajo mis pies, que hasta el momento había permanecido firme… entonces, siento miedo… ese miedo, no de usted, ni de dudas, ese miedo al frío, al vacío vivido, al vacío suyo… Pero, usted, al notar mi silencio confuso, ataca con más fuerza, y a la pregunta sin responder, supone posibles contestaciones falsas…

Son, de todas formas, imaginables sus dudas, comprensibles, y hasta justificables… yo le veo tan sereno, pero, quién sabe qué angustia debe guardar bajo el alma… ¿será esta, una más?

¿Un exceso de los que planeó nunca más cometer? ¿Un error camuflado de delirio?

 

Usted, da una orden y absoluto mi ser a su servicio se predispone y acata… sólo soy un eco tosco de sus pasos, sombra volátil tras su fornida espalda…

Usted tan compuesto… y yo que necesito sostenerme, todo me da vueltas: su voz, el recuerdo, el presente, su mirada que aún no retengo en la mía, porque esa ternura que expelen sus ojos infinitos, duele, debilita… consume…

Y viene a mi un recuerdo… ese de tantas veces evocado, cuando me sentí sostenida por la calidez de sus brazos gruesos, ¡Oh sí! Era usted, y mis brazos pequeños no hallaban qué hacer… sólo mantenerse, sólo permanecer firmes, asidos a los suyos. Eran esos mismos brazos que ahora me rodeaban y me preguntaban suavemente, lo único que pude ser capaz de articular, eso que pareció un sí tembloroso, fue mi respuesta. Estaba lo suficiente asustada para reconocerlo sin orgullo, pero no lo suficiente, como para arrepentirme antes de tiempo, de saber, si seré su error o su delirio… Hacía tanto que un abrazo no me rescataba, desde el suyo, en aquel agosto, mes que perdí todo tipo de cordura, cuando su señorial esencia, selló para siempre el único pasadizo hacia la luz, que había en mi oscuridad…

Yo lo miro ahora, y veo la cima de una montaña, el camino ha sido duro, y el frío mortal, pero ahora, las nubes comienzan a disiparse, está usted aquí, frente a mí, acariciándome… ¿tendrá una idea de cuantas noches tapándome la cabeza con las sábanas lo imaginé así?

Es increíble cómo van los recuerdos adentrándose en un baúl sin fondo, al que sin pensarlo dos veces le echo llave, para que no salgan a interrumpir este momento excesivo, de error o delirio, que deseo perpetuar por todos los tiempos…

Ahora, le veo, y estoy más cerca cada vez, lo beso, y me sorprendo con una misteriosa humedad. Me desconozco. Y saltando todos los cánones, ataco con ese beso, fulgurante y violento, acumulado y furioso, un beso con llantos y odios… ¡su boca! Espesa, y líquida, ¡hacía tanto que mi boca no se hacía mujer!… Lo busqué cientos de veces en otras bocas, y usted tan esquivo, no se dejaba hallar. Ninguna boca más que la suya, capaz de acariciar mi lengua ansiosa, capaz de albergarla y domesticarla… su lengua domaba a la mía, y entre su boca y mi boca, cabía el mundo, y el tiempo se hacía visible…

¿Será usted realmente, o quizás un invento de mi cabeza? Me atrevo a mirarlo de frente entonces, minuciosamente, como si tratara de memorizar todas las líneas que la vida ha dibujado en su rostro, me atrevo a verlo, escudada en todo este tiempo vivido, puedo mirar sus ojos, acompañados de esa mirada tierna, puedo ver a ese hombre, que dejé grabado involuntariamente en mí, sospechando de que siempre y en cualquier lugar, sería capaz de reconocerlo…

Y bien, estamos aquí, frente a frente, tocándonos, en esta ciudad en que la mitad de la gente busca a la otra mitad, sin encontrarla… y nosotros nos hemos hallado, no ha sido fácil, usted lo sabe, yo lo sé….

Usted, ya no está tan distante como el horizonte, sino, concreto como el fuego… inmenso como el silencio, y tan interminable como el cielo…

Es el tiempo esperado, y vencido… su cuerpo, me abraza, y, me hace perder la compostura… como aquella vez, en que tuvimos las mismas monedas en las manos, y pagamos un precio parecido… ¿Recuerda?

Tan diferente a mi sueño imaginado y tantas veces repetido, ¡Oh!, sí, este es usted, y no el fantasma de mis espejismos, su torso blanco y descubierto ante mí, como la luz al final del este túnel moribundo… exacto sobre mí, redibujando con su lengua mi cuerpo deshecho…

¡Ah! Usted, tan palpable como el pan, y tan bebible como el agua… me quedo suspendida admirando lo imposible, ante mi estupor, sus ojos, esos ojos de otoño, con esa mirada que debilita, que desespera… y en la frescura de su cabello me adentro… vuelven sus ardientes e irresolubles preguntas a golpearme con caricias desbordadas… me abruman, me provocan, me activan, y estimulan mi sumida presencia que incrédula ante tanta maravilla explosiona… mis labios no articulan más que gemidos, queriendo poseer el desenfreno suyo que no llega… No, usted está tan controlado, y suave, como cuando su voz delicada saludaba los amaneceres mimándome junto a ellos… usted, conduce cada uno de sus movimientos, y gobierna los míos, usted ordena y toda yo a su servicio me inclino, obedezco sumisa, no porque me sienta inferior, sino, porque me siento suya…

Sus piernas largas, me avasallan y me fijan para siempre sobre su cadera, me mantiene elevada en la torre más alta de su reino…

Usted musitará: ¡Ay! Paula, Paula, mi deliciosa Paula… y su mirada tierna que duele, cambia, se convierte en deseo… y mi nombre sale con lascivia y fuego de sus labios mordidos…

Usted está, siendo amado, por infinitos cuerpos en sólo mi cuerpo… y toda yo me adoso a su espesura, y a su alma, toda yo me acoplo a su presencia, toda yo, me adjunto a su vida… y ahí quedo, pegada, como un gusano a su hoja que lo sostiene, por una eternidad tan momentánea y bella, como una estrella fugaz, tan breve, pero, perfecta…

 

Anochece en la ciudad, y parece que todo se está apagando… usted está enfrente mío, quizás por última vez, me mira impávido, suave, sonriente, con su mirada tierna, la que desespera, y debilita…

La noche entra colmándome el alma de estrellas…y ha llegado la hora en que debemos regresar a la realidad… hora de tomar mis pasos y llevármelos, me aparto despacio de su mirada otoñal, cada vez más lejana, y frente a la ventana que lo veo evaporarse descubro en mis ojos el reflejo suyo.

Me alejo viendo cómo mi vida se ha fugado en un solo día… preguntándome si esto es un error más, o el último delirio… preguntándome, hasta cuándo seguiré rendida… preguntándole a su mirada, que ya no distingo, si este era el final de nuestra historia incierta, o si era sólo un renglón más, de nuestra fábula infinita, a la que jugamos a asentarle un final, para dárnoslas de buenos escritores…

Usted y yo, nos separamos nuevamente hoy, sin saber si es para siempre… sin embargo, le ruego que recuerde para siempre, un detalle, un simple detalle: podré reconocer siempre y en cualquier lugar, ese rostro que hoy me llevo en el reflejo, ese rostro del único hombre, al que ciertamente he amado…

linea separadora Daniela Carolina Gallegos Valenzuela

Daniela Carolina Gallegos Valenzuela (1984, Rancagua, Chile). Profesora de Educación General Básica, con Mención en Lenguaje y Comunicación.
Ganadora concurso categoría «Ensayos 2006», con La era del vacío.
Ganadora del concurso categoría «Cuentos 2006» con ¿Error o delirio? (aquí publicado), en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.
Participante en el seminario interuniversitario de memorias y tesis, año 2008.

@ Web de la autora: Educación hipotética
(http://educacionhipotetica.blogspot.com/)

Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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