relato por
Evgenia Timofeeva

 

Vivir sin saber perdonar es
hacia la muerte lento andar.

Evgenia Timofeeva

 

Reflexionando sobre lo bueno y lo malo de mi vida, pienso que en general es una vida de lo más corriente. Tengo un marido, Juan, no es que tengamos una relación perfecta, supongo que como la gran mayoría, con nuestros momentos buenos y otros no tanto. Cuando la magia de la pasión y enamoramiento termina, que por mi propia experiencia afirmo que termina, comienza esta vida cotidiana y rutinaria de responsabilidades. Y nosotros no somos ninguna excepción. Nuestra vida carente del velo mágico del amor es así durante ya largos 14 años. Nos casamos hace aproximadamente dieciséis y creo que los primeros dos años tuvimos esta borrachera pasional, tras la cual llegó esta vida de rutina la que, según mi humilde opinión, viven todas las parejas de este mundo terrenal.

Tengo una hija, Silvia. Es mi angelito. Su rostro juvenil, sus ojitos negros con esta chispa de juventud y la sonrisa fresca siempre despiertan en mí una inmensa ternura. Es buena chica. Con sus 13 años de edad ya es todo una mujercita coqueta. Le apasiona el deporte. Siempre prefiere irse a una clase de aerobic antes que hacer sus deberes. No es que sea mala estudiante, pero sé que si ella quisiera podría hacer mucho más. Pero, la verdad, es que estoy muy satisfecha de la educación que le estamos dando y de mí misma como madre. Mirándola, sé que no he fracasado como madre, gracias a Dios.

En general, pienso que en mi vida todo lo he hecho bastante bien. No soy nadie especial, ni he conseguido grandes triunfos. Soy una administrativa a tiempo parcial y ama de casa. Y tengo una familia y un hogar de lo que, hoy por hoy, estoy inmensamente agradecida. Y tampoco tuve ninguna desgracia horrible por la que sufrir. Una vida sin grandes altibajos, diría yo. Todo fue así hasta ahora.

Y, en verdad, hay una cosa de lo que estoy arrepentida, cosa que no me dejó en paz durante los últimos cinco años. Rompimos una relación de amistad de 3 años mi íntima amiga, Mónica, y yo. Fue por una tontería, sinceramente. Pero nuestra disputa no es lo peor de esta situación. Lo peor de todo, es que no supe perdonarla. Nunca. Después de una tonta y absurda discusión estuvimos sin hablarnos un par de semanas, cosa que no era habitual, porque éramos íntimas amigas. Tras pasar este tiempo, dos semanas, más o menos, ahora no recuerdo ya con exactitud, yo me dirigí a ella en un mensaje con una disculpa. A lo que ella me contestó: «Ya no hay nada más que hablar, María, vive tu vida, sé feliz y déjame hacer mi vida también». Estas palabras de aquel mensaje se grabaron en mi mente para siempre, las recuerdo, como si las acabara de leer ahora. Ella fue tan clara y tan decidida. No dudó ni un momento para desecharme de su vida, sin más, y me lo dijo sin tapujos. Eso fue lo que generó en mí un enorme rencor. Yo no comprendía cómo se puede deshacerse de alguien tan fácilmente, de alguien a quien, supuestamente, considerabas amiga. Creo que desde entonces no he parado de pensar en esto y en ella, odiándola. Hoy entiendo que mi pecado fue mayor que el de ella. Mónica tomó una decisión y simplemente no me aceptó en su vida. Pero yo no supe perdonar y llevé mi rencor a través de los años como una pesada carga.

Y hoy tengo una clara visión sobre mi vida. Y, bueno, y por qué me estoy poniendo tan melodramática con respecto a mi vida, el bien, el mal y sopesando las cosas. Pues, resulta, que estos pensamientos me visitan a diario desde hace casi un año, que es cuando me diagnosticaron cáncer de pulmón, obviamente terminal. Estos pensamientos son como si me estuviera haciendo mi propio juicio, como preparándome para el gran juicio celeste o, quizás, no hay ningún juicio allí arriba, y el juicio del que tanto advierte la gente y que tanto teme es tu propio juicio en tus últimos momentos, qué sé yo.

Mi enfermedad comenzó a empeorar desde el diagnóstico. Es como si todo mi cuerpo se rindiera ante el hecho de que lo que me está pasando es grave y me conducirá hasta la muerte, es como si aceptara este hecho y dejara de luchar por completo. Cuando acudí al médico fue por una fortísima sensación de ahogo y dolor mudo detrás del pecho, sentía como que provenía desde dentro. Estos síntomas los tenía desde hacía un tiempo, aplazaba mi visita al médico, que si por esto, que si por lo otro. Pero aquel día además se me hinchó el cuello y me fui de urgencias. Allí empezó mi calvario de ser el conejillo de indias de los médicos. Con caras serias, pero ignorantes, hacían sus investigaciones incomprensibles para nosotros, pacientes. Me hicieron una inmensa variedad de pruebas diagnósticas, que si rayos X, que si TAC, que si análisis de sangre. Dios, me sentía frustrada, porque ya tenía el presentimiento de que algo grave me pasaba, por la impotencia, por no poder saber nada y no entender nada. Las palabras de los médicos fueron enigmas para mí siempre, parece que tienen su propio lenguaje utilizado tan solo por ellos. Me sentía como si me hubiesen abducido unos extraterrestres y que hacían sus experimentos solo para ellos comprensibles.

En fin, esta es la razón por la que comenzó mi reflexión con respecto a lo que he hecho bien, lo que he hecho mal en mi vida, quizás, incluso, intentaba buscar algo que todavía estaba a tiempo de hacer. Aquella historia de mi amiga, Mónica, es lo que más me atormenta. La verdad, es que siempre me perturbaba. Al principio, porque sentía un enorme odio hacia ella y solo deseaba que ella se arrepintiera algún día por su decisión. Deseaba que la vida le devolviera lo que me hizo a mí, deseaba que algún día ella viniera a mí arrastrando y pidiendo perdón por su error. Entonces, yo no comprendía que no había necesidad de que ella viniera para pedirme perdón, sino que tenía que perdonarla y dejarla marchar de mi vida. Cosa que yo no hice. Y este rencor que crecía en mí día tras día, ahora me parece que creció hasta el punto de convertirse en esta maldita enfermedad que me come por dentro. Es así, es lo que siento, la sensación de rencor se ha materializado en forma de este cáncer. Y ni una cosa, ni la otra son reversibles. Nunca anteriormente pensé que algo como rencor es tan corrosivo hasta el punto de llevarse tu vida. Puede que tan solo son mis imaginaciones, pero yo percibo así las cosas. Siento físicamente lo que me hace sentir mi rencor: me ahoga, me daña, me asfixia y me corroe. ¿Acaso no es demasiada similitud en los sentimientos que te produce el cáncer y el rencor? No sé cómo lo vivirán otras personas. Yo decidí no meterme en las experiencias de nadie, porque saber que hay alguien igual que yo y cómo viven con ello no me ayudará a sentirme mejor. Pero para mí la aportación que hizo el cáncer en mi vida es que me abrió los ojos a la importancia de un sincero perdón. Pero ya es demasiado tarde. Me detectaron el cáncer en un estadio bastante avanzado, ya había invadido los ganglios linfáticos. El tratamiento de cirugía ya no era viable. Me propusieron el tratamiento de quimioterapia, más aparte, cosa necesaria, era dejar de fumar. Algo imposible para mí. Lo intenté de mil maneras: dejarlo de golpe, tirando el paquete de tabaco a la basura, pasando a fumar en vez de cigarrillos normales los cigarrillos light, disminuir los cigarrillos que fumo al día, pero todo en vano. Fracasé tantas veces que lo intenté. Nadie logra entender cómo puedo continuar con algo que me está matando. Tuve muchas discusiones con mi marido por este tema. Y sé que no tengo razón, pero siempre le prometo lo mismo, que este cigarrillo será el último, pero nunca acaba siéndolo, por supuesto. Mi hijita, Silvia intenta regañarme, pero temerosamente desiste, siendo consciente de que fumar es parte de mí. Solo suspira frustrada y con preocupación.

Pero milagrosamente la quimioterapia en sus principios estaba venciendo el cáncer. Los primeros análisis después de haber empezado el tratamiento demostraron que el crecimiento del tumor se había paralizado. Era un alivio. Sin embargo, no ocurría lo mismo con mi rencor hacia Mónica. Perdonarla es como dejar de fumar para mí. Cosa para la que no tengo voluntad. Yo presentía que mi cáncer despertaría de nuevo. Entonces parecía que Dios lo había parado para darme una última oportunidad. Oportunidad que yo no logré aprovechar. Presentía que para hacer las cosas bien debía perdonarla. Pero este rencor, incluso por hoy, es mi ejecutor, y yo no soy lo bastante fuerte como para enfrentarme con esto. Había días cuando pensé que finalmente lo logré, intentaba sustituir mi pensamiento de lo mucho que odio lo que ella hizo por pensamientos de que la perdono. Pero me mantuve así unos días y luego volví a revivir la situación, lo rechazada que me sentí y lo fácil que resultó para ella tirarme de su vida. Ahora comprendo que si la hubiese perdonado de verdad no volvería a aparecer en mí ningún pensamiento sobre ella. La indiferencia con respecto a esta situación es lo que me traería la paz. Y aun comprendiéndolo, no logro dejar de pensar en Mónica y qué sería de su vida tras nuestra discusión y, de hecho, deseando que le vaya mal. Este deseo tan malvado de que tenga negatividad en su vida es como si fuera deseo de que con esta negatividad ella tenga una lección de que podría tener mi hombro, pero hoy no lo tiene por su propia elección. Estos pensamientos y deseos de la venganza, por así decirlo, son tan intensos como mis ganas de fumar. Es algo de lo que yo, conociendo su perjuicio para mí, no consigo liberarme.

Un día mi hija me preguntó si yo tenía miedo a morirme. A veces, me veía toser sangre y se asustaba, aunque yo con todas mis fuerzas procuraba ocultarle a ella cualquier signo de la gravedad de mi estado. Pero la expresión del cáncer estaba en todo su apogeo. Claro que le dije que no me iba a morir. Pero su pregunta me pesa mucho hoy también. El estadio tan avanzado de cáncer era difícil de tratar. Y a pesar de que al principio del tratamiento las cosas iban bien yo tenía miedo entonces y tengo miedo ahora. Por supuesto, que tengo miedo. No consigo concebir este mundo sin mí, mi familia sin mí, mi casa sin mí, mi lugar de trabajo ocupado por otra persona. Y el olvido, olvido que borrará las huellas de mi existencia. Supongo, que mi familia no dejará que el olvido me eche de sus corazones, y ellos y mi hogar serán el único lugar donde mi huella permanecerá. Pero esto no sirve de consuelo, es más, a veces al contrario, empeora la pesadumbre. Porque esta huella siempre les recordará el dolor, un inmenso e insufrible dolor por la despedida conmigo. Dios, no quiero pensar. Sin embargo, últimamente lo que más puedo hacer es pensar, porque el cansancio y la angustia, provocados por la quimioterapia, me vencen. Así que me tumbo en el sillón del comedor y, a menudo, no puedo ni poner la tele porque con cualquier sonido parece que me va a estallar la cabeza, así que el único sonido que puedo oír es el de mi voz interior. Así paso muchas tardes en este sillón que me encadena y me castiga, dándome estas horas de reflexiones, que, a veces, no sé si llegan a entumecer mi mente hasta la locura.

Además, los pensamientos del día anterior siguen el mismo patrón del día siguiente. Y así pasan las horas y días torturándome con la misma rutina de pensamientos. Sobre todo son sobre aquello que me queda pendiente. Claro, hay muchas cosas, en verdad, que a mí me parecen inacabadas. Como por ejemplo, ver a mi hija madurar, verla convertirse en alguien importante, verla construir su propia familia. Me hubiese gustado viajar, cosa que siempre quise, pero no llegué a cumplir por aplazarlo y no darle mayor protagonismo en mi vida. En fin, hay cosas que se quedan pendientes, pero especialmente esto. No salí de la cárcel de mi rencor hacia Mónica. De hecho, en los momentos que el dolor viene para amargar aún más mi ya pobre existencia, los recuerdos sobre lo ocurrido son más intensos e imágenes del pasado son más claras. Y a todo esto se suma una insufrible tortura más. Hace un tiempo, antes de que el cáncer se mostrara en mi cuerpo, me encontré con una conocida que teníamos en común Mónica y yo. Me la encontré un día en la tienda comprando. Me preguntó sobre qué fue de nuestra amistad, y yo le conté que ya no manteníamos el contacto. Pues la pobre con la mejor intención del mundo, me contó que a Mónica le iba estupendamente. Acababa de tener a su segundo hijo, a su marido le ascendieron y ella dejó el trabajo, quedándose en casa para cuidar de los niños y se dedicaba a dibujar en sus ratos libres, y que, además, había ganado un premio de pintura o algo así, y se llevó un buen dinero. «Siempre le gustó pintar a esta asquerosa» —pensé en aquel momento. Y para qué negarlo, sigo pensando lo mismo. Precisamente, esto es lo que más me preocupa. Este asunto pendiente. Liberarme de mi rencor es lo que más me hubiera gustado antes de marcharme. Pero mi mente me traiciona. Es más, cuando descubrí que tenía cáncer, la negatividad y la oscuridad de mi pensar se intensificó. Pienso que la vida fue injusta al darle tanta felicidad, alegría, amor y prosperidad a Mónica y, sin embargo, a mí quitarme la vida. Cada pensamiento sobre esto es como un cigarrillo, extrañamente placentero, pero asesino. Es curioso, tengo tanta negatividad dentro, esa negatividad que me está comiendo instante al instante. Pero es algo ya tan habitual y tan arraigado en mí que no soy capaz de deshacerme de ello aunque esté acabando conmigo. Como mi hábito de fumar, otra cosa pendiente que no llegaré a dejar a tiempo. Y no es que la razón sea que me quede poco tiempo aquí, creo, que por mucho tiempo que me diera Dios, no conseguiría salir de la prisión de mis hábitos, ni el simple hábito de fumar, ni menos todavía mi hábito de odiar e incapacidad de perdonar a Mónica. Puede que, incluso, el de arriba se ha decidido a cortar mi paso por el mundo porque, como sabio que es, sabe que no lograré hacer las cosas bien, porque ya he desgastado mis oportunidades. Así es mi dulce tortura, el fumar y el no perdonar a una amiga del pasado.

Pero lo peor de todo esto es que no solo se está llevando mi vida, sino que se llevó la felicidad de mi familia. Recuerdo el momento en el que comprendí esto, como si me acabara de pasar ahora mismo. Aquel día estuve, como era habitual, con mis pensamientos y mi cigarrillo en mi sillón. Como, de pronto, sentí una tremenda asfixia y la tos hacía saltar mis lágrimas, me ahogaba. Era una sensación de que la propia muerte me había cogido del cuello y luchaba con lo que me quedaba de vida. Silvia al oírme entró corriendo al comedor con un vaso de agua y un paño para taparme. Cuando mi tormento había acabado y recuperé la calma, Silvia me dijo: «¿Mamá, pero cuándo piensas dejar de fumar?». Y yo, completamente desanimada, le dije: «Ya no me servirá de nada, hija». Entonces, sin dejarme hablar más, gritó: «¿Pero por qué te rindes, por qué? ¡No te rindas!». Con los ojos llenos de lágrimas e histérica, salió corriendo de casa, golpeando la puerta. Regresó en un par de horas, se me echó encima, abrazándome, y las dos, como si fuera planeado, rompimos a llorar, tan desconsolado, que creo que el mundo entero escuchó nuestro llanto.

Dios, otra vez ha vuelto el maldito dolor, este dolor que vive en toda la profundidad de mi pecho. Cuando el tiempo del efecto de los opiáceos con los que me inflan se pasa, el ejecutor de dolor vuelve a torturar para recordarme lo poco que me queda. Así que, llegado a este punto, aquí estoy y sigo con los mismos pensamientos de siempre y el mismo corrosivo rencor engendrado hace tanto tiempo. Pero hoy la sucesión de mis reflexiones ya no tiene lugar en el cómodo sillón de mi casa. Sino que aquí, en esta cama de hospital. Todo es tan blanco, tan frío y nada hogareño. Y es increíble cómo mi odio y rencor me acompañan hasta el último suspiro. ¿Pero por qué sigo pensando en ella y por qué no me deja en paz? Ojalá, pudiera llevarla conmigo a la tumba. ¡Dios, qué estoy pensando! El cáncer no está en mi pulmón, está en mi alma.

¡Qué asco! He vuelto a vomitar. Todo mi pijama está empapado. Ayer mi marido habló en voz baja con el médico, pensando que yo, drogada por la medicación, estaba dormida, que es como paso la gran parte del tiempo. Pero yo escuché. El médico le explicó que mis órganos poco a poco están dejando de funcionar y el sistema digestivo también ya se ha rendido y que por eso estoy devolviendo. En verdad, todo mi físico ya está muerto, solo falta que la bomba del corazón dé por culminado el acto de mi vida. Pero los pensamientos siguen tan vivos, los únicos momentos que descansan es cuando el efecto de la medicación me deja casi en coma. Como ahora, me estoy quedando muy dormida. ¡Pero qué raro! El gotero ya lo pusieron hace tiempo y ahora me tocaba otro, pero aún no lo han traído. Y da igual. Un sueño agradable me quiere llevar de aquí. Voy a obedecerle. Siento una enorme paz. Veo la oscuridad, pero oscuridad que no asusta. Los pensamientos son sobre nada. Ya no siento la tortura de ningún rencor. Parece que me libero. Extraña sensación, pero tan dulce y placentera. Me voy al vacío, pero quiero ir allí. Me siento bien. Esa paz inexplicable, que nunca en mi vida sentí, me envuelve, me acaricia y me relaja. Ahora lo comprendo…

Así que eres así. No hay ni túneles con luz blanca al final, ni sombras de ángeles, ni de Dios con barba, ni de familiares fallecidos. Eres tan solo paz. Una enorme paz… Así que eres así de bella.

 

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Evgenia Timofeeva

Evgenia Timofeeva. Tiene 26 años. Es de nacionalidad rusa y lleva en España 7 años donde ha estudiado nutrición y dietética y posteriormente se graduó en Fisioterapia. Su afán y entusiasmo por escribir le ha acompañado a lo largo de su vida. De pequeña escribía cuentos infantiles y más tarde, de adolescente, poemas. Posteriormente tuvo un período de estancamiento en la escritura, pasaron años sin que su inspiración y vocación por escribir dieran fruto. En 2014, recuperó el entusiasmo y la pasión por la escritura y publicó su primera novela Maldito poder del deseo, a la que siguió su libro de superación personal Las cenicientas existen, que se encuentra en proceso de publicación. En estos momentos tiene, también, algunos poemarios que busca compartir con los lectores.

Contactar con la autora: eugetim87 [at] gmail.com

 

Ilustración relato: Ngc1999, NASA and the Hubble Heritage Team (STScI)
[Public domain], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarn.º 77 / noviembre-diciembre de 2014
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