por
Diana Segovia Pérez

 

El habitante del tiempo (editorial Cuadernos del Laberinto, Madrid, 2017), es el nuevo poemario del joven poeta cacereño Diego Agúndez. Tras su llamativa y hermosa cubierta vamos a encontrarnos con unos poemas igualmente llamativos y hermosos que ahondan sobre las verdades del hombre. Agúndez no llora por un amor imposible, no canta al pájaro que nos despierta al amanecer, ni hace de tripas corazón ante el brillo del deseo. No, eso son temas menores. Agúndez va más allá y nos pone de cara ante los temas eternos que mueven el mundo: el tiempo, nuestro papel en el cosmos y la fuerza de nuestra insignificancia. Y además lo hace de una manera comprensible, llena de ritmo y con ejemplos prácticos que demuestran, casi podríamos decir científicamente, que el amor (llámese compasión, admiración o perdón) es la piedra angular de todo, absolutamente de todo.

Un poemario para descubrir, redescubrir y para aprender.

 

08. COORDENADAS

 

Para aferrar a la felicidad

las pequeñas partículas formándote

basta un breve momento de fuerza:

el brillo de una tarde de verano

o alguien que te lanza un beso

y después se marcha para siempre.

 

No es cosa tuya solamente.

Así también tuvieron que dejarse ir

otras vidas del pasado,

como partículas alejándose unas de otras,

abriendo abismos invisibles

tras sus encuentros furtivos, momentáneos,

antes de desaparecer.

 

Por los márgenes del ancho espacio

se destraba el centro del tiempo:

los íntimos átomos tuyos

cayendo en las grietas futuras

volando, incontrolados, hacia qué simas

de amor, ya brisa, ya ceniza.

 

—Su nuevo poemario El habitante del tiempo centra su temática en buscar una verdad clara sobre nuestro papel en el cosmos. Hay que reconocer que es un asunto mayor.

—Este libro es una nebulosa de poemas construidos alrededor de nuestro paso por el tiempo. Quizá esto se trate de un asunto misterioso, puesto que el tiempo es una sucesión, un desarrollo de eventos, y esto es algo más sencillo de sentir que de razonar. Pero en cualquier caso El habitante del tiempo no ofrece una conclusión, sino más bien una constatación. Comienza con un poema sobre la imposibilidad de cerrar el conocimiento y dar por concluidas nuestras búsquedas. Y luego cuenta la historia de alguien que va lanzando cometas para dejar un trazo, como Pulgarcito, en su pequeña constelación de preguntas y respuestas y de manera un poco arracimada y caótica. Porque así también es nuestro paso por el tiempo.

—¿Cómo surgió el título del poemario?

—Como sucede en tantas ocasiones, fue de lo último en llegar, cuando la composición y configuración básicas de los poemas ya habían terminado y quedaban pendientes unos cuantos hilos simbólicos. En un principio trabajé con la idea de las anclas y los anclajes, es decir, cómo en el hecho de escribir un poema —o un diario, o un grafiti— lo que hacemos es enganchar algo de nosotros a un momento. El poemario pudo pues haberse llamado «Anclas al tiempo»,  pero me pareció que tal título, en el plano simbólico, no quedaba bien enhebrado con la mayoría de los campos léxicos y, en segundo lugar, sobredimensionaba nuestro propio poder sobre la realidad. El habitante del tiempo nace de la premisa de un viaje, o un paseo no elegido; no es una «navegación» que uno pueda detener a discreción. La imagen de un o una cometa es mucho más convincente: es algo que orbita o que vuela, sobre lo cual apenas tenemos control. Uno vuela cometas sin saber muy bien dónde irán a parar. A los niños se les rompen o se les escapan.  Eso es lo que ocurre con los habitantes del tiempo, gente herida por la claridad oscura.

—Y dentro de la inmensidad, de  ese gran desierto oscuro, lo que realmente trasciende es el amor: Amar, ese milagro.

—Ese milagro: a la vez tan excepcional y sublime, tan triste si se mira a su alrededor como bello por esa misma soledad. Pocas cosas como el amor concilian el drama de la vida y la muerte y llenan tanto de sentido nuestro paso por el tiempo. El amor como una sublimación de la atracciones químicas, como prueba también de que el lenguaje transforma la realidad y cambia nuestras expectativas, puesto que nos llena de sentidos y anima en la vida. En un mundo tan sideral, en el que importamos tan poco, ¿cómo es posible que sencillos actos de amor puedan imponerse a todo lo demás? Pues ocurre.

—¿Ha logrado descifrar el misterio del paso del tiempo gracias a la poesía?

—No. No creo que nadie haya logrado descifrar (todavía) el misterio del paso del tiempo. También dudo de que alguien lo consiga algún día. En la historia mucha gente ha reivindicado ese grado de conocimiento y, claro, resulta muy atractivo ofrecer una panacea ante la incertidumbre de los hechos que nos rodean. El ser humano, de naturaleza inquisidora, tiene el aliciente de que el universo es tan enorme que siempre quedarán áreas oscuras por las que husmear y, de hecho, el progreso es uno de los vectores (en este caso esperanzado) del libro. Pero creo que no corresponde a la poesía tanto el descifrar misterios como el ponerlos de relieve. El primer poema de este libro, al que antes me referí, asume que nuestro propio acto de escribir o cualquier otro intento de reordenar las cosas y encontrar sentidos tiene tal impacto sobre la propia realidad, que la cambian. Por lo tanto, con un poema, uno no adquiere la realidad de las cosas, sino un sentido de ellas. Eso es lo poco que podemos ofrecer: lo poco que ya es mucho.

—¿Cómo definiría El habitante del tiempo en cinco palabras?

—Alguien que pasea lanzando cometas.

—Y también en cinco palabras cómo definiría a Diego Agúndez.

—Aún es pronto para decirlo.

—¿Cómo es su método de trabajo en la escritura?

—No sé si podría llamarse un método. Necesito calma, concentración y soledad. Un porcentaje no pequeño de poemas han nacido durante paseos. Son ideas que aparecen subidas a un árbol, o al otro lado de la acera, o saltando por la cara de una señora en el autobús de línea. Esas ideas las capturo enviándome mensajes a mí mismo con el móvil, para que no se me olviden. En algunos casos, el esqueleto del poema aparece repentinamente y luego apenas necesito unos cuantos trazos. En otros casos debo sentarme ante el ordenador ya por la noche y repensar bien los elementos. Es curioso que algunos de los poemas de los que me siento más orgulloso aparecieran prácticamente de repente. A veces, lo que aparece es un gran final, o una estrofa a la busca de amigos potenciales; y en otras ocasiones sudo tinta china para cuadrar diferentes elementos. Las posibilidades son infinitas. No hay nada más frustrante —y mágico— que ver cómo un poema se escapa de tu premisa inicial para acabar teniendo un vuelo propio y completamente diferente de lo que pretendías.

Hay muchos poemas que nunca llegan a serlo, que terminan borrados. Y otros que lo serán, espero, algún día. Creo que tengo unas 40 páginas en versos aún nonatos. Lo que nunca cambia es que no tengo mucho tiempo para escribir: así que más me vale agarrarlos por el pescuezo cuanto antes…

—Lleva muchos años viviendo fuera de España, ¿qué es lo que echa de menos de este país?

—Echo de menos muchas cosas.

Desde el punto de vista de la poesía, desde luego los campos de Cáceres siguen siendo para mí un factor fundamental de inspiración. Cada vez que vuelvo a casa consigo siempre un puñado de ideas, de poemas, quizá por la orografía tan especial de la dehesa, las sierras junto al Tajo y, como decía, esa sensación tan especial de soledad con la que puedes ponerte en contacto con la naturaleza y el mundo, repensarlo todo a otro ritmo, mucho más sosegado y tranquilo. Me gustan mucho los inviernos en casa: inviernos fríos pero secos, con cielos azulísimos, y días cortos y silenciosos. También me gusta dar paseos por el campo. Te ponen en orden. A veces me da la impresión de que esas cosas no se valoran tanto cuando uno vive dentro de España. Hay que estar fuera para darse cuenta de lo importante que es comer de un puchero.

—¿Es la poesía un milagro de nuestra inteligencia?

—La poesía es un camino para la gente incompleta; la gente que ambiciona ver el mundo con ojos nuevos y conseguir dar sentido a las cosas que pasan. No sé si puede llamarse un milagro de la inteligencia, pero desde luego que su hija sí que es.

 

linea parrafo entrevista diego agundez

Diego AgúndezDIEGO AGÚNDEZ (Cáceres, 1979). Se licenció en Periodismo, Teoría de la Literatura y Ciencias Políticas en distintas universidades de Madrid, donde vivió el cambio de siglo. Después de trabajar como corresponsal en el sur de Asia, en la actualidad se encarga de la política de medios de comunicación de la Comisión Europea, en Bruselas.
Su labor poética comenzó hace más de dos décadas, aunque la mayor parte de su producción está inédita, excepción hecha de unos pocos poemas publicados en revistas y de Acto de creación, un poema extenso publicado en el año 2016 que forma parte de esta misma colección.
Los poemas aquí reunidos son, junto a otros cinco centenares de poemas, parte de la antología en permanente construcción El cuarto sangam. Algunos de ellos se encuentran disponibles en el espacio virtual www.agundez.net.

 

 El habitante del tiempo

(Cuadernos del Laberinto, 2017) ISBN: 978-84-947595-4-3 78 páginas
Más información: http://www.cuadernosdelaberinto.com/Poesia/
EL_HABITANTE_DEL_TIEMPO.html
Ilustraciones artículo: Tapa de la novela y fotografía del autor
remitidas por la Editorial, © de sus autores.

 

reseña poemario Diego Agúndez

Reseñas en Margen Cero

 Revista Almiar – n.º 96 / enero-febrero de 2018MARGEN CERO™Aviso legal

 

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