por  Carlos Díaz

 

Hay directores y directores… Hay obras y obras… hay versiones y versiones… Juan Pablo Heras ha tenido la difícil pero agradecida tarea de hacer la versión teatral de La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro, que podemos ver en el teatro Goya dirigida por José Carlos Plaza. Más de cuatro décadas dirigiendo teatro, más de cien montajes y se nota en sus espectáculos que sigue con la misma ilusión que el primer día. Hombre de una modestia y un ingenio innegable, que estuvo en la cárcel por luchar por el día de descanso, y paradójicamente ahora lo que no hay es trabajo, aunque no es su caso.

 

—José Carlos, eres un hombre que no concede muchas entrevistas. ¿Es por algún motivo en concreto?

—Sí, porque mi forma de hablar y de expresarme es a través del teatro. Cuando me piden una conferencia digo: pero si es que el teatro no se puede hablar.

—Fuiste el fundador y profesor de interpretación y dirección del Laboratorio William Layton, referente indiscutible en Madrid de una nueva manera de interpretar. Incluso has codirigido con Layton  y con Miguel Narros. ¿Cómo fue tu trabajo con ellos?

—Soy un hombre de equipo. Tuve la suerte de trabajar casi 20 años al lado de Layton. Fui codirector pero estaba a su lado porque aprendía diariamente. Y con Miguel Narros tres partes de lo mismo. Era mi maestro. Trabajar a su lado era ponerte de rodillas delante de los grandes maestros. Ahora yo tengo también mi equipo donde nadie es más importante que nadie.

—Dedicas muchas horas de tu vida a formar actores. ¿Agradeces trabajar con actores con técnica o prefieres partir de cero con todo lo que ello conlleva?

—Cuando vienen de cero me suicido. Quiero que vengan con sus ideas, con su mundo interior y exterior trabajado, que vengan con cultura, que tengan una capacidad de hacer orgánico el texto en su boca, que sean capaces de moverse como se mueve el personaje. Todo eso tiene que venir hecho ya antes. Cuando vienen sin eso cojo un cuchillo me corto las venas y sigo, o me pongo una venda y sigo, pero me las he cortado ¡eh!

¿Y te has encontrado con actores que enseguida se han creído estrellas?

—Me ha pasado varias veces tropezarme con gente absurda que han estropeado funciones. Sí me ha ocurrido que el propio divismo y tontería de un actor se carga un trabajo.

—¿Cómo trabajas con esas «estrellitas» estrelladas?

—(Ríe) Con paciencia, con mucha, mucha paciencia. Haciendo sufrir mucho a mis ayudantes porque te ven decir barbaridades porque cargas con ellos y luego ven que estás encantador… Hubo una vez en mi vida que tuve que hablar con un actor y decirle o sigues tú o sigo yo, porque fue imposible.

—Supongo que no habrás vuelto a trabajar con ese actor.

—No, ni él tampoco conmigo. Ha sido una vez en ciento y pico montajes, así que intento olvidarlo.

—Al margen de Héctor Alterio y Julieta Serrano, el resto del elenco de La sonrisa etrusca son actores que no son excesivamente mediáticos, lo cual dice mucho a tu favor corriendo los tiempos que corren, teniendo en cuenta que en la mayoría de producciones sólo trabajan los actores que salen en la televisión. ¿A qué se debe esa valentía?

—En esta producción tenemos estas dos grandes figuras del teatro. Imposible pensar en nadie mejor, en las mejores condiciones, que ellos dos. Y una vez que tenemos esa base, yo tengo la libertad, porque me la da el productor, de elegir a los actores con los que yo sé que puedo trabajar con ellos. Creo que hasta el último actor tiene que ser el mejor para ese papel. Ellos son parte de mi amplísimo equipo.

—Por aquello de que las comparaciones son odiosas, teniendo en cuenta que el libro tuvo un éxito absoluto y que ya es un clásico de la literatura española, ¿tuviste más miedo el día del estreno que en otras ocasiones?

—Yo venía de hacer Solas, de Benito Zambrano, la película de más éxito de todo el año en España. El miedo del estreno de Solas fue terrorífico. En esta ocasión sentía la conmoción de qué pasaría con Sampedro. Él vino a la primera lectura con una humildad maravillosa. Y cuando vino al estreno, verle emocionarse y hablar me quitó todos los miedos.

—El carácter del protagonista (Héctor Alterio) nos puede incluso asustar, pero su profunda humanidad nos hace admirarle y quererle. ¿Qué tienen los montajes de José Carlos Plaza para que se le admire y se le quiera desde hace ya más de 40 años?

—Admirar es una palabra que no tiene que ver conmigo. De lo único que presumo es que soy un profesional. En mi vida he tenido una suerte enorme de hacer el teatro que quería hacer y que fuese como si fuera el primero dejándome la vida en cada estreno. Y también de lo listo que soy para elegir actores. Tengo un equipo maravilloso de actores.

—El propio José Luis Sampedro, autor de la novela La sonrisa etrusca ha afirmado: «Oírme en el nuevo lenguaje me enternece». A ti José Carlos, ¿qué te mueve a hacer este proyecto?

—Tres cosas fundamentales: Primero porque comulgo cien por cien con la ideología ética y estética de Sampedro. Segundo porque cuenta una historia de una profundidad y belleza fundamental: Cómo la rudeza se va dulcificando a través del amor. Y tercero porque acababa de tener una nieta que estuvo a punto de morirse por una peritonitis y a partir de ese momento no tuve ninguna duda que tenía que dirigir esta obra que trata de la relación de su abuelo con su nieto.

—¿Ha cambiado en algo tu relación con ella?

—Tengo una relación perfecta con ella. Yo soy su amigo grande. Ha cambiado en que la quiero cada vez más. Me he dado cuenta que el futuro está en la gente joven y en los niños. Tengo una gran preocupación y dolor del mundo que os estamos dejando. No sé cómo poder ayudar. Me han pegado tantas veces, he estado en la cárcel, hemos luchado tanto para llegar a una democracia y acabar en esto… Y el teatro no toca esto en estos momentos. Hecho de menos un Valle-Inclán que esté hablando de esta situación tan patética y burda. La gente lo que escribe ahora son comedietas de los problemas de las parejitas.

—¿Por qué crees que en muchos casos los padres de carácter duro, frío, se convierten en abuelos amorosos?

—Creo que la enorme responsabilidad de un padre con su hijo le lleva a endurecer, en cambio el abuelo tiene la sensación de que la responsabilidad ya ha pasado.

—En la obra también vemos la grata sorpresa que le depara la vida al abuelo enfermo cuando conoce a Hortensia (Julieta Serrano). ¿Por qué crees que «la vida» es tan caprichosa que nos presenta a personas cuando aparentemente ya es demasiado tarde?

—Cuando el personaje abre su alma, está abierto para recibir amor. El problema es cuando llegamos muy cerrados a la vida, no miramos, no vemos. Los que perdemos oportunidades somos nosotros. Vamos con los ojos cerrados por la vida, ni olemos, ni tocamos.

—¿Y tú vas con los ojos abiertos?

—Lo intento. También por mi profesión. Mi formación se basa en que intento no perder detalle sino me quedaría muy anticuado. Ahora se habla mucho de la modernidad en los montajes. A mí no me interesa eso mucho, pero sí me interesa ser moderno en cuanto a ver todo lo que está pasando para estar conectado con mi sociedad. Estoy en el hoy.

Te voy a contar una anécdota: En el Festival de Teatro Clásico de Almagro yo dije que no existe el teatro clásico. Existe la literatura dramática, pero el teatro no puede ser clásico. El teatro es un hecho vivo de hoy. En la vida tienes que estar con los ojos abiertos recibiendo de todo, de las tonterías que dice Esperanza Aguirre, de lo ladinos que son los políticos de CIU… Se aprende de todo.

—José Carlos, ¿en qué te han cambiado tus experiencias y tus circunstancias en la vida?

—¡Dios mío! Me han dado la vuelta del revés. Creo que he cambiado cien por cien. Intento ser mucho más tocón. Yo antes no tocaba y ahora toco. Quiero decir que intento estar muy cerca de la gente, contaminarme con ella. Adoro la inmigración, me encanta la gente de otros países, comer sus comidas, ir a sus barrios… Me gusta participar de la vida todos los días. Y antes era una persona muy retrotraída, yo, yo, yo. Y ahora soy muy abierto, muy lanzado. Me gusta mucho la vida. Soy muy lúdico. Antes era muy aséptico, ahora soy muy hedonista. He cambiado totalmente. Eso ha sido gracias al teatro.

—Has afirmado que otro buen título para esta historia sería «El camino hacia la ternura».

—Creo que falta muchísima ternura en este país. Ves una película y parece que estén preparando un mundo para la violencia.

—Si le pusieras título a tu vida ¿cuál sería?

—¡Qué suerte tienes tío! (A mí mismo).

—Has afirmado: «La sonrisa etrusca es la sonrisa de la verdadera felicidad, del amor profundo, la del que nada pide y todo da». ¿Recuerdas cuándo ha sido la última vez que has sonreído y por qué?

—Ayer. Estaba en un parque con mi nieta y vio por primera vez la palabra emergencia. Fue maravilloso ver cómo aprendía esa palabra y la utilizaba. Yo estoy siempre sonriendo con ella.

—En la obra queda plasmada esa sonrisa que llega al final cuando vemos nuestros errores y nuestros aciertos, José Carlos, ¿cuál crees que ha sido tu mayor acierto en tu carrera profesional?

—(Piensa sólo un segundo y responde) Estar al lado de Layton y de Miguel Narros también. No separarme de Layton hasta que murió.

—¿Y en la vida?

—Mis amigos. A nivel personal, íntimo, no ha salido la historia como yo quería, y en cambio, tengo siete u ocho grandes amigos/as. Y ahora últimamente Uma, mi nieta.

—¿Y tu mayor error en lo profesional?

—(Suspira) Muchísimos. Un error que no me deja dormir es no haber sabido vender. Haberme contentado con trabajar y no haber sabido vender, comunicar lo que hacíamos como equipo. Odio venderme y hacer public relations. Y como odio eso pues no lo hice. Muchas veces me acuso de haber sido demasiado puritano. Me hubiera gustado cambiar eso. Y también cuatro o cinco montajes de los cuales no quiero acordarme (ríe).

—¿Y en lo personal?

—No haber encontrado personas para haber compartido mi vida íntima. Pero también es normal porque no hay quien me aguante. Me he equivocado porque he puesto al teatro por encima de todo.

—En estos momentos de tu vida ¿qué es lo que verdaderamente te importa?

—Por supuesto mi nieta. Pero te va a sorprender. Ahora mismo lo que verdaderamente me importa es la gente joven, lo que está pasando con ellos. Estoy viviendo una película de terror porque no sé donde acabará esto. Yo daría todo con tal de conseguir que la gente joven tuviera los medios para ser felices en la vida: que no les obliguen a aceptar trabajos de mierda, que no pierdan todos los derechos por los que se han luchado, que tengan el placer de la formación y no lo horrible de ella… Que hay placer en un poema, una música, una puesta de sol, no solamente es meterte calimocho con doscientos vátios de música bakalao. Por eso mi máxima preocupación es la gente joven.


Me gustaría destacar la humildad y sinceridad con la que un director tan grande ha contestado a todas las preguntas. Muchas gracias José Carlos Plaza.
 

 

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Carlos DíazCARLOS DÍAZ
fue finalista como mejor actor en el Premio Espectador de la Revista Teatre Bcn por el personaje de Sra. Lucia en la obra Una Noche de Ópera, de La Cubana y Premio Ondas por el programa Tarde de Todos, en Onda Rambla. Ha trabajado en numerosas obras de teatro: Grupo de teatro La Cubana: Una Noche de Ópera (Dir. Jordi Milán); Las Tres Hermanas, de Anton Chejov (Dir. Jordi Oliver); Pigmalión, de Bernard Shaw (Dir. Nancy Tuñón); Romeo y Julieta, de William Shakespeare (Dir. Nancy Tuñón); cine: Va a ser que nadie es perfecto (Dir. Joaquín Oristrell); Agujeros (Dir. Jan Latussek); Impedimentos (Dir. Doménech Gibert); televisión: Serie El Show de Cándido, en La Sexta; serie Hospital Central, en Tele 5 y serie Lobos, en Antena 3 Televisión, entre otros títulos. Dirigiendo y presentando el programa Contigo en la Tarde fue líder de audiencia en la programación de SomosRadio.

WEB DEL AUTOR:  http://carlosdiazactor.es/

Fotografía de José Carlos Plaza publicada originalmente en el dossier informativo de la obra de teatro.

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Revista Almiar – n.º 60 / septiembre-octubre de 2011
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