relato por
Emilia Vidal

 

G

usanos, agujas y cementerios. Si me preguntaban en el estreno de mi adultez (digamos empezando a usar el supuesto poder de decisión) de todos los animales blandos, de todos los elementos corto-punzantes y de todos los lugares que convocan gente, ¿qué preferís evitar?, respondía gusanos, agujas y cementerios. Los primeros porque temprano los vi hundirse en la carne de un gorrión muerto y esto me causó la impresión de que podían hacerlo en cualquier estadío de la carne, muerta o viva. Las agujas por mi torpeza, algo que domestiqué con paciencia y años. Y los cementerios por la traicionera conjunción del olfato y la memoria. 

Por supuesto, y porque no podía ser de otra manera, la primera oportunidad laboral que tuve consistió en buscar y criar gusanos, larvas de polillas y de mosquitos. Las polillas y mariposas me llevaron al campo, a maizales y trigales, arañas e insolación. Hasta ahí, el trabajo de campo era un aliciente para falta de vitamina D que afecta a cualquier doctorando de laboratorio. Ahora, los mosquitos, ¿saben en dónde se buscan estos bichos, aparte de gomerías y aguas someras? Exactamente, en los floreros de los cementerios. Y fue en el Cementerio Parque, allí donde los huesos de mi viejo fueron a parar cuando ya no quiso más vida, el primero que me tocó explorar. Hacía más de una quincena de años desde su muerte, el velatorio, la despedida en el nicho, mi vieja diciendo que no le alcanzaba, que sus restos irían al osario común, ¿y a mí qué?, ¿para qué quería una placa, un pedazo de materia muda, inerte excepto por la labor de microorganismos e insectos que se encargan laboriosamente de devolver nuestras minucias a la tierra? ¿Qué me pasó con esto? Me gustaría saberlo, dije y supuse que nada, honestamente aún no sé qué, si sé que fue algo en lugar de nada. 

Los años de doctorado fueron mucho más que el trabajo de campo y, sin embargo, de todas esas horas de cultivos de bacterias, manipulación de ADN, y recuerdos y saberes caducos, algunas de las imágenes más especiales las guardo de los cementerios. Y digo imágenes porque eso son, instantáneas sin voces ni sones porque sólo el olor dulzón de flores y cuerpos en descomposición acompañan estas escenas mudas. Nos llevó meses recorrer los cementerios de la ciudad y algunos de localidades aledañas. Elegantes, rotos, pequeños o grandes, con pabellones especiales para italianos o judíos, con cruces, ángeles de piedra, crismones, flores de lis, con almas perdidas y almas de pie, todos transpiraban el mentado olor a flores marchitas, todos decían el mismo silencio (decir sepulcral sería una redundancia). Una mañana, en el cementerio parque de Mar del Plata nos topamos con un muchacho, llevaba unos pantalones sucios enrollados hasta las rodillas como única prenda. Estaba sentado junto a un nicho, un cuadrado más en una hilera de muchos, en una fila de tres. Los ojos entrecerrados se alzaban sólo para acariciar el nombre impreso en la placa que tenía delante. Sentado sobre el suelo, con las piernas y los brazos abiertos, una botella casi vacía en una mano y un cigarro en la otra, el chico movía levemente el torso, en un vaivén sutil que parecía acompañar como una melodía lo que decía. No podía escucharle, esas palabras no eran para mí. Ese cuadrado de material, con un nombre impreso en una placa que lo miraba de frente, recibía con amor sus lágrimas y su voz, sí, con amor, el amor iba y venía del pibe al nicho, del nicho al pibe. Un amor ciertamente no cuantificable.

La ciencia cedió entonces todo su poder, ¿cómo pensar en larvas de mosquitos, en contabilizar floreros, ¡¿en ADN?!, ¿cómo pensar cuando sólo se puede sentir y el pensamiento, disfrazado de palabras, de sumas, de inspección, se parece a un gusano intruso en la percepción del mundo?, como un pedazo de plástico mugriento en el Taj Mahal o un apósito flotando en el mar. Esa fue la primera de mis renuncias. Luego le siguieron varias, la postura aterrada de los pobres ratones blancos, la agonía del sentido en las miradas de los supuestos mamíferos «inteligentes» que dirigían proyectos y tesis. En algún momento entendí que es mejor el sin sentido del sin sentido que el sin sentido encubierto, agazapado, del discurso que se apoderó del sentido. Y esto lo digo como viene, sin juicios de valor innecesarios y sin colgarle rótulos hurtados a la filosofía u otras invenciones humanas más modernas. Lo que pretendo exponer es bien simple, a veces, las explicaciones y las formulaciones de cualquier tipo redundan, entonces sólo resta sentir. Y es así cómo se asilan esos momentos imperecederos en las piezas de la memoria.

P.D.: Manipular agujas también fue un desafío escarpado, una tarea que temía y me agredía con picotazos torpes hasta que pude maniobrar con soltura, sin destreza pero sin daño. De esto sólo rescato la satisfacción de acometer contra lo que parece difícil y, aunque nos rompa o nos perfore un poco, salir pitando.

 

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Emilia Vidal (Mar del Plata, Argentina, 1979). Licenciada en Ciencias Biológicas, filósofa amateur y estudiante de Psicología. Realizó tres años de postgrado en microbiología aplicada y es autora, y coautora, de un par de artículos científicos y un capítulo de libro. Fuera del ámbito científico, colaboró con algunos relatos –y otras incursiones– en diferentes revistas electrónicas y obtuvo con sus poemas una mención especial en el I Concurso Literario de Conurbana.Cult.

Web de la autora: http://mariavidaldom.wixsite.com/emilia-vidal

Lee varios poemas de esta autora: Alas

Ilustración: Paolo Monti – Serie fotografica, Paolo Monti [CC BY-SA 4.0 (http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/4.0)], via Wikimedia Commons.

 

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