Una sufragista en
una España de hombres

por

Salomé Guadalupe Ingelmo

 

E

milia Pardo Bazán, mujer decidida y tenaz, irrumpió con ímpetu en un mundo de hombres y se desenvolvió con soltura en él, logrando un éxito literario más que discreto. El tipo de éxito que en la sociedad española, hasta el momento, había estado reservado únicamente al otro sexo. Doña Emilia, por mucho que le pesase a sus detractores, se había convertido en protagonista indiscutible del trajín intelectual de la capital.

Facilitada por la intensa vida social que propiciaba su posición, la actividad que desarrolló en Madrid fue febril. Una parte de ella consistió en frecuentes conferencias sobre literatura contemporánea pronunciadas en el Ateneo de Madrid, donde consiguió ser admitida como primera socia de número en 1895 y pasó a presidir la sección de Literatura en 1906. No carece de mérito si pensamos que, sólo tres años atrás, las mujeres necesitaban una invitación de la junta de gobierno para poder asistir a las veladas organizadas por la institución. En ese ámbito la autora consolidaría sus vínculos con muchos intelectuales del momento.

Mujer cosmopolita —tan cosmopolita que sería ella quien diese a conocer a los novelistas rusos en España mediante su estudio La revolución y la novela en Rusia—, no se limitó a mantener relación y correspondencia con los escritores españoles contemporáneos. Introductora en España del naturalismo promovido por la novela francesa, coincide con grandes personalidades literarias internacionales de su época como Víctor Hugo, Zola, Daudet o el entonces joven y prometedor Maupassant. Viaja a Francia, Italia, Portugal, Bélgica y otros lugares —fruto de esas experiencias serán sus libros de viajes Al pie de la torre Eiffel, Cuarenta días en la exposición, Por la Europa católica, Por Francia y por Alemania, Viajes por Europa, Por la España pintoresca o Mi romería entre otros—, pudiendo constatar en primera persona cómo fuera del país los esfuerzos de las mujeres van barriendo, trabajosamente, la rancia estructura patriarcal asentada en el mundo tenido por civilizado y moderno. Una estructura aún muy arraigada en la sociedad española coetánea de la escritora.

En sus continuos viajes a Francia, Pardo Bazán frecuenta los círculos feministas. Está al tanto del sufragismo inglés, se entera de la marcha del movimiento en los Estados Unidos y, confrontando la situación de la mujer en estos países con la de la mujer española, comprende que está obligada a implicarse y decide emprender acciones concretas.

Parte de esas iniciativas son los artículos aparecido en La España Moderna —y publicados antes en la Fortnightly Review— bajo el título La mujer española [1]. En ellos la autora pone al descubierto la secular dependencia de la mujer respecto al hombre, causada en buena medida por la deficiente educación que se le dispensa y que la hace objeto de continuas limitaciones o incluso de abierta involución, mientras la vida sí discurre y progresa para el varón. Es decir que la mujer ha sido modelada, en todos los estratos y clases sociales, desde la campesina pasando por la obrera industrial y la pequeña burguesa hasta la aristócrata, según cánones masculinos útiles a los fines del hombre, que se resumen en la sumisión femenina. A la mujer se le niega un destino propio, ya que éste  depende  siempre  del  control masculino.

Pardo Bazán confiesa que fue su amigo Giner de los Ríos, que también abrazaba la causa feminista, quien le descubrió La esclavitud femenina, de Stuart Mill, que tanta influencia tuvo sobre el movimiento feminista en Inglaterra. Impresionada, la hizo traducir y se ocupó de publicarla en castellano. Prueba del compromiso de Bazán con el feminismo es también el artículo que le dedicó a Concepción Arenal, Concepción Arenal y sus ideas acerca de la mujer [2], inspirado en tres lecturas realizadas durante el homenaje celebrado en el Ateneo de Madrid con motivo de su muerte —Rafael Salillas analiza las ideas penitenciarias de Concepción Arenal; Gumersindo de Azcárate, sus planteamientos sociales y Antonio Sánchez Moguel, su personalidad literaria—, y en las que la autora echa en falta el argumento femenino. De hecho doña Emilia había acariciado la idea de promover la candidatura de Concepción Arenal, avalada por sus reconocidos trabajos jurídicos, penitenciarios y sociológicos, a la Academia de las Ciencias Morales y Políticas [3].

Se puede decir que Pardo Bazán tuvo suerte con los hombres más íntimamente unidos a ella, muy especialmente con su padre, de quien decía que «profesó siempre en estas cuestiones (es decir las relacionadas con la mujer y sus derechos) un criterio muy análogo al de Stuart Mill [4]». Eso colaboró a que concibiese un peculiar ideal femenino, a que forjase para sí un temperamento libre y a que desarrollase su potencial plenamente, sin ser objeto de la castración intelectual a la que se veían sometidas la mayor parte de las mujeres. Ya desde niña no se le marcó un rol femenino al uso, y por ello no sufrió ningún complejo de inferioridad respecto a los hombres.

Pero si bien ella había gozado de amplia tolerancia desde su infancia en la casa paterna, mujer perspicaz y de su tiempo, era bien consciente de que su caso constituía una excepción, pues en general la mujer partía de una posición desaventajada con respecto al varón, quien gozaba de muchas más oportunidades y consideración únicamente por su sexo.

Apenas pueden los hombres formarse idea de lo difícil que es para una mujer adquirir cultura autodidáctica y llenar los claros de su educación. Los varones, desde que pueden andar y hablar, concurren a las escuelas de instrucción primaria; luego al Instituto, a la Academia, a la Universidad, sin darse punto de reposo, engrana los estudios […]. Todo ventajas, y para la mujer, obstáculos todos.

La escasa preparación y la ausencia del mundo laboral favorecen en la mujer, convertida en víctima, una dependencia económica y psicológica de su carcelero y a menudo agresor. Frecuentemente se ejerce sobre ella violencia física, y desde luego crece a la sombra de la violencia psicológica, que se encarga de anular totalmente su autoestima y con ello cualquier capacidad de reacción.

Precisamente será esa certeza, más que una ambición puramente personal, la que le empujará a reivindicar insistentemente su derecho a formar parte de la Academia de la Lengua.

Si a título de ambición personal no debo insistir ni postular para la Academia, en nombre de mi sexo creo que hasta tengo el deber de sostener, en el terreno platónico, la aptitud legal de las mujeres «que lo merezcan» para sentarse en aquel sillón, mientras haya Academias en el mundo [5].

Su solicitud fue, como la de Gertrudis  Gómez de Avellaneda treinta y seis años antes, desestimada. Sin embargo, al final de su vida, se incorporó a la actividad académica al convertirse en la primera catedrático de Literatura Contemporánea de las Lenguas Neolatinas de la Universidad Central de Madrid en 1916.

Consciente de que la formación deficiente que se ofrecía a las mujeres no hacía más que ahondar en su supuesta inferioridad intelectual, comprende enseguida que la liberación femenina sólo podría conseguirse a través de una educación sólida e integral. Así lo manifestó durante el Congreso Pedagógico Hispano-Luso-Americano celebrado en Madrid en 1892, siendo  una de las veintiuna mujeres presentes en el Comité Organizador del evento. En La educación del hombre y la mujer. Sus relaciones y diferencias, defiende el derecho femenino a recibir una educación íntegra y a ejercer una profesión en igualdad de condiciones respecto al hombre. Sólo a partir de 1910, fecha en que es nombrada Consejero de Instrucción Pública, la Universidad permitió que las mujeres se matriculasen libremente.

Parte de esa campaña que pretende revolucionar la educación española es la Biblioteca de la mujer, que Pardo Bazán comenzó a publicar ya en 1892. En ese marco vieron la luz, dentro de la sección de sociología de la biblioteca, títulos tan imprescindibles como La mujer ante el socialismo, de August Bebel o La esclavitud femenina, de Stuart Mill.

Mujer de temperamento arrollador y determinado, indudablemente extrovertida y carente de prejuicios, opina y escribe sobre los argumentos más variados en unos dos mil artículos. Funda el Nuevo Teatro Crítico, revista sobre la vida política, social y cultural de su época, enteramente escrita y dirigida por ella. Poco dispuesta a dejarse censurar a causa de su género, doña Emilia da siempre su parecer con tanta libertad como lo haría un hombre. Está claro que no responde al estereotipo de mujer pusilánime o retraída, dependiente y sometida a la figura masculina, mero altavoz de las convicciones y opiniones alimentadas por el marido. En el fondo es normal que una actitud tan poco convencional sorprendiese y originase polémica, que suscitase inseguridad y rechazo entre el género masculino. Su desenvoltura y talento ponían en duda la superioridad del hombre, algo que hasta entonces muy pocos habían osado cuestionar. Y ella, no contenta con hacerlo en la teoría, la cuestionaba también en la práctica con sus múltiples actividades cotidianas. Su reputación quedó marcada, perseguida por la acusación de pedante y ambiciosa. «Está visto: doña Emilia Pardo Bazán no puede estarse quieta. Es como la vieja de los charcos: en todo se mete. No hay entierro en el que no lleve su vela correspondiente, las más de las veces sin que se la den» [6], aseguraba otro escritor y crítico de la época.

Su popularidad, pues tampoco los círculos intelectuales se veían libres de sexismo, le granjeó muchas enemistades entre los escritores de su tiempo, que comenzaron a verla como un adversario dispuesto a invadir un sector tradicionalmente monopolizado por los hombres.

En 1882, tras la publicación de una serie de artículos sobre Émile Zola en la revista La Época, al convertirse en la principal impulsora del naturalismo en España, fue acusada en medio de gran escándalo de promover la pornografía y la literatura atea, una imputación especialmente grave para una mujer casada que además era madre. No obtuvo el apoyo del que era su marido desde 1868, José Quiroga Pérez Deza, quien le exigió la retractación pública y el abandono de la escritura. En 1884, se separarían. Ese mismo año publicó La dama joven, que se centra precisamente en las crisis matrimoniales.

Pero si bien la autora tuvo ocasión de comprobar en primera persona que la ausencia de compenetración entre los cónyuges en efecto aboca al fracaso matrimonial, gozó de una separación amistosa de su marido, lo que le permitió seguir libremente con sus actividades literarias e intelectuales. Así inició con Benito Pérez Galdós una relación amorosa que duraría más de veinte años. Lo que no evitó que protagonizase idilios tan sonados como efímeros con jóvenes como Lázaro Galdiano y Narcís Oller.

A pesar de su posición privilegiada, Pardo Bazán no se aislaba de la realidad sino que, consciente de que sólo así podría analizar una época y sus gentes, se empapaba de ella. Por eso la violencia contra la mujer, tan frecuente en España, no le pasaba desapercibida. Desde su actividad como periodista tuvo ocasión de conocer el frecuente maltrato de género y el feminicidio, prácticamente una epidemia en su tiempo. Múltiples ejemplos del tratamiento que recibían por su parte las noticias sobre ambos se pueden encontrar en Emilia Pardo Bazán y los asesinatos de mujeres, de Eduardo Ruiz-Ocaña Dueñas [7].

Escribía en uno de sus artículos:

Siguen a la orden del día los asesinatos de mujeres. En esta semana hemos tenido nuestro correspondiente marido calderoniano. Mató a su cónyuge, con certeros tiros; pero, llegado el momento de «hacerse justicia», le falló el pulso… Pícara casualidad —que se da muy frecuentemente— [8].

Por eso doña Emilia jamás dejó de defender que una vez se eliminasen los obstáculos que impedían a la mujer desarrollar todas sus capacidades, no ganaría sólo ella sino la sociedad entera. En definitiva sostenía que la sociedad no puede ser feliz si la mujer, al menos la mitad de ella, no lo es también. Que una sociedad sana es aquella en la que a todos los individuos se les permite desarrollarse por igual.

Adelantada a su época, Pardo Bazán se siente decepcionada por la fría acogida que sus iniciativas encuentran entre las mujeres españolas, a las que finalmente acaba culpando, cuando menos parcialmente, de sus propios males. Su falta de interés hacia la causa feminista, su terca negativa a tomar conciencia de género para reivindicar los derechos que se les niegan, parece sumirla en el desconsuelo. En 1913, desengañada, da un brusco giro a la Biblioteca de la mujer al publicar La cocina española:

Cuando yo fundé la Biblioteca de la mujer, era mi objeto difundir en España las obras del alto feminismo extranjero, y por eso di cabida en ella a La esclavitud femenina de Stuart Mill, y a La mujer ante el socialismo de Augusto Bebel. Eran aquellos los tiempos apostólicos de mi interés por la causa. He visto, sin género de duda, que aquí a nadie le preocupan gran cosa tales cuestiones, y a la mujer, aún menos. Cuando, por caso insólito, la mujer española se mezcla en política, pide varias cosas asaz distintas, pero ninguna que directamente, como tal mujer, le interese y convenga. Aquí no hay sufragistas, ni mansas ni bravas. En vista de lo cual, y no gustando de luchar sin ambiente, he resuelto prestar amplitud a la Sección de Economía doméstica de dicha Biblioteca, y ya que no es útil hablar de derechos y adelantos femeninos, tratar gratamente de cómo se prepara escabeche de perdices y la bizcochada de almendra [9].

 

NOTAS:

[1] La España Moderna, año II, núms. XVII, XVIII, XIX, XX, Madrid, 1890. Emilia Pardo Bazán, La mujer española y otros artículos feministas, selección y prólogo de Leda Schiavo, Madrid: Editora Nacional, 1976.

[2] Nuevo Teatro Crítico, num. 26, enero 1893, pp. 269-304.

[3] Altamira, Rafael, «La cuestión académica. (Carta abierta)», La España Moderna, febrero 1891, pp. 183-8.

[4] Aparecido originalmente en su artículo «Stuart Mill» (Nuevo Teatro Crítico, año II, num. 17, mayo 1892, pp. 41-76), que después sirvió de prólogo a La esclavitud femenina, de Stuart Mill, publicado por la autora en el segundo tomo de la Biblioteca de la mujer.

[5] Carmen Bravo-Villasante, Vida y obra de Emilia Pardo Bazán, Madrid: Revista de Occidente, 1962, p. 39.

[6] Emilio Bobadilla (Fray Candil), «Pedanterías de Doña Emilia», Triquitraques Críticos, Madrid, 1892, p. 133.

[7] Eduardo Ruiz-Ocaña Dueñas, «Emilia Pardo Bazán y los asesinatos de mujeres», Didáctica (Lengua y Literatura) 16 (2004), pp. 177-188.

[8] Emilia Pardo Bazán, La vida contemporánea, La Ilustración Artística, n.° 1740. 3-V-1915, p. 302.

[9] Carta a don Alejandro Barreiro, director de La Voz de Galicia, Publicada por Bravo-Villasante, op. cit., pp. 279-81.

 

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Salomé Guadalupe IngelmoGUADALUPE INGELMO, SALOMÉ (Madrid, España, 1973). Formada en la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Università degli Studi di Pisa, Universita della Sapienza di Roma y Pontificio Istituto Biblico de Roma, se doctora en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid. Miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo de la UAM, desde 2006 imparte cursos sobre lenguas y culturas mesopotámicas en dicha Universidad.
Ha recibido premios literarios nacionales e internacionales. Sus textos de narrativa y dramaturgia han aparecido en numerosas antologías. En la última década ha sido jurado permanente del Concurso Literario Internacional «Ángel Ganivet» (Asociación de Países Amigos, Helsinki, Finlandia) y jurado del VIII Concurso Literario Bonaventuriano (Universidad San Buenaventura de Cali, Colombia).
Publica asiduamente ensayos literarios, tanto académicos como de divulgación, en diversas revistas culturales y medios digitales nacionales e internacionales. De entre los últimos: Literatura testimonial: justificación personal o voluntad de utilidad histórica. Dos testimonios de Sonderkommando en Auschwitz, en Revista Destiempos (México) n.º 42, Estudios y Ensayos, Diciembre 2014-Enero 2015, p. 50-86; Casi once años sin Terenci Moix: la herida de la esfinge no cicatriza, en Luz Cultural (24 de enero de 2014); Dorian Gray ayer y hoy: Retrato del seductor sin edad, en Revista Almiar – Margen Cero III Época n.º 74 / mayo-junio 2014, 14/05/2014… Sus críticas de cine suelen aparecer en la revista digital Luz Cultural y en el diario Luz de Levante. Prologó El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde (Editorial Nemira, 2009).
Desde 2009 colabora ininterrumpidamente con la revista digital bimestral miNatura: Revista de lo breve y lo fantástico, en la que han visto la luz sus microtextos de género fantástico, de ciencia ficción y terror. Ha sido incluida en Tiempos Oscuros: Una Visión del Fantástico Internacional n.º 3 (especial monográfico sobre el estado actual del género en España) y en varias antologías de la editorial Saco de Huesos. Un compendio de sus obras narrativas pertenecientes a los géneros de terror y ciencia ficción puede consultarse en la Biblioteca Tercera Fundación. Más información sobre el resto de su producción literaria en:
http://sites.google.com/site/salomeguadalupeingelmo http://salomeguadalupeingelmo.blogspot.com.es.

 

Ilustración: Primer retrato que el pintor Joaquín Vaamonde Cornide realizó de Doña Emilia Pardo Bazán en el verano de 1894. Reproducción fotográfica del original, actualmente en paradero desconocido.

 

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Revista Almiarn.º 85 | marzo-abril de 2016MARGEN CERO™

 

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