relato por
Elisa Mancuso

 

Primavera de 1990

 

No es un buen día. La ansiedad genera siempre fatalidad y es un día especialmente ansioso. Aunque últimamente no logre arrancar con otro sentimiento que no contenga un toque de ansiedad… Me entusiasmo ansiosamente, me alegro con demasiada ansiedad, me río y lloro con una carga histérica y ansiosa y finalmente me quedo callada con silencios ansiosos. Me duermo por las noches envuelta en ansiedades no resueltas y me despierto en medio de la oscuridad, ansiosa y aterrada de mi insomnio…

La palabra es angustia. Pero la sensación es de ansiedad. Una especie de sed que no se calma, una suerte de hambre que no se sacia, un síndrome de abstinencia que no hay droga ni vicio que origine. Aunque tal vez la palabra sea histeria, en el sentido médico del término y yo simplemente no me atreva a nombrarla…

 

Desciendo los once escalones que me ponen a nivel de la calle y desecho el malestar que me provoca ese olor a humedad compenetrado en las paredes y en los mármoles de la escalera. Es un olor que tiene mucho del olor de las bóvedas mortuorias, siempre mal ventiladas. Del otro lado de la pesada puerta, sobre la acera, todavía quedan restos de sol. Retazos recortados a través de las sombras que proyectan las altas casas de este barrio. Me animo y respiro hondo. Las paredes de San Telmo destilan una mezcla de olores nauseabundos, a sudores ajenos, meadas de gato, cierta mugre renuente a desprenderse y apenas un airecito respirable que debe venir del río, de la cercanía del Parque Lezama, de algún lugar más puro, ¿pero… dónde?

Camino sin mirar. Cruzo Caseros y doblo por Defensa subiendo hacia Patricios. Las primeras sombras de este anochecer que se dilata por la insensatez de los horarios de verano empiezan a descender, abriéndose paso entre las hojas de los árboles. Pasando el museo, una jovencita se me adelanta. La miro caminar: paso seguro, cierto toque de audacia al sacudir su pelo que lleva largo y suelto sobre su espalda, que carga también un bolso enorme en bandolera. La miro como si me mirara a mí misma en alguna instantánea tomada hace veinte años. De pronto, en la bocacalle, mira hacia los costados. De golpe su seguridad parece haberla abandonado y se me ocurre que está asustada aunque no sé de qué. En la vereda de enfrente, la Plaza de Alejandra, hasta hace un momento resplandeciente de los oros rojizos del atardecer, se ha convertido de pronto en una oscura sombra amenazante que logra atemorizarme a mí también.

Para esquivar una vereda rota desciendo hasta la calle y de golpe el empedrado refleja sucias manchas en sus resquicios húmedos. Miro hacia el parque y no me atrevo a cruzar. Vuelvo a subir a la vereda y prefiero saltar entre las baldosas amontonadas y la arena. Avanzo mirando el piso, con una extraña sensación de pronto de que voy a tropezar ahí, caerme ahí, quedarme ahí, no sé…, de pronto morirme ahí…

 

Y entonces sucede.

Con una especie de grito salvaje que sólo después voy a entender que los envalentona, desde la mitad del parque y a toda carrera se nos tiran encima dos much… ¡No!, iba a decir muchachones y no es así, el que se tira sobre mí es un chico. Manotea la correa de mi cartera pero en un rápido reflejo que no logro entender en ese sobresueño en que camino, yo alcanzo a detener el empujón y a sostenerla con firmeza y no la puede arrebatar.

Todo sucede en un instante. Miro hacia el otro, éste sí un muchachón de unos veinte años. Detuvo su carrera pegando su cuerpo al de la chica que va delante de mí. Ella está arrinconada contra la pared, las piernas muy juntas, sostiene su bolso pero toda ella es un temblor perceptible aun desde la distancia a la que estamos. El tipo tiene algo en la mano que sostiene muy cerca de ella. ¿Una navaja? No logro ver con claridad porque debo volverme para enfrentar al chico que continúa tironeando de mi cartera. Lo miro: crispado, sucio, feo, una sombra de bigote incipiente, la cara granujienta y desagradable de un preadolescente.

Tironea insistentemente, pero no tiene fuerzas. Yo estoy parada sobre mis dos pies mirándolo con una mezcla de desprecio y bronca, como ante un cachorro hambriento que hubiera clavado sus dientes en mi ropa y no lograra zafarse. Estoy por aflojársela porque sé que mi dinero está en mi agenda, que sostengo segura contra el otro brazo, pero de golpe hay un movimiento adelante, y oigo el susurro amenazante del otro y me doy cuenta de que me estoy orinando…

 

Y es ese miedo animal, acorralado, ése que trae a mi memoria otro, lejano, olvidado, enterrado en los pliegues tramposos del subconsciente, ese miedo que yo sé, me doy cuenta en este mismo instante que no tiene nada que ver con esto y sin embargo me doy vuelta y le miro la cara y confirmo una vez más que es sólo un chico, no más de doce años, pero grito con una violencia que lo deja mirándome aterrado: —¡¡¡No, carajo, ahora no!!!

Lo reputeo. Es un bramido mi grito, un aullido mi insulto. Sigue tironeando pero ya convencido de que no puede nada contra mí, de que tengo más fuerza, de que el minuto de la sorpresa si lo hubo ya pasó y además me mira sabiendo que yo voy a ganarle esa pelea desesperada que no es entre mi cartera y él sino entre ese miedo irracional y ellos.

El otro se ha separado de la muchacha y le dice algo al chico, algo como «andate, ¡corré!». Dos tipos se han quedado parados en la mitad de la esquina mientras yo sigo gritando e insultando desbordada… loca… entonces afloja y corre, corre, corre…

Me vuelvo hacia el otro que me muestra las manos separadas de su cuerpo, no tiene nada en ellas. Su navaja o lo que fuera desapareció, el bolso de la chica sigue colgando de su hombro y ella está ahora mirando el piso, con una especie de vergüenza ajena, las piernas juntas, todavía asustada.

—No pasa nada, señora, tranquila… —dice él—, no pasa nada, ya pasó… —mientras va retrocediendo y alejándose a un tiempo.

—¡Hijo  de  mil putas!  ¿Qué  mierda  sabés  vos  de  todo  lo  que pasa?! —es lo último que grito, respirando hondo, cargando encima todo el enorme cansancio que me ha provocado…

Por detrás de lo que hago, de lo que grito, de lo que miro, de lo que alcanzo a entender de lo que pasa, hay una pesadilla muda que va corriendo en mi memoria…

 

Primavera del ’71

 

Hace semanas que me cuesta dormirme sola en casa.

Hace veinte días supimos de lo que después definiríamos como el primero de los secuestros. Un compañero de Peugeot, delegado ante el SITRAC-SITRAM. Lo tuvieron dos días, lo torturaron salvaje y primitivamente, mucho golpe y muchas quemaduras más de cigarrillo que de picana…

Tengo sueños en los que llego a casa y me están esperando. Absurdas pesadillas. Las paredes del living pintadas con grafitis de aerosol negro y los tipos sentados, mirándome mientras yo abro la puerta y sé que no voy a tener tiempo de escapar. Es una mezcla de imágenes que atemorizan aunque no haya nada concreto. Nadie me toca. Nadie me tortura. Nadie me golpea. Todo se mueve en una densa espesura de silencio. Ni siquiera hablan entre ellos ni me hablan. Son sólo esos tipos mirándome, haciéndome sentir con la mirada que van a hacerlo y yo sé que prefiero morir a sobrevivir al horror.

Hace quince días que tenemos noticias de hechos aislados: un compañero que fue golpeado brutalmente a la salida de un local, otro en el que entraron y golpearon a varios…

Mantengo discusiones a diario en casa. Yo siento, sé, que debemos protegernos, que esa semilegalidad que nos envuelve no es más que la trampa que nos convierte en blanco móvil, que no podemos seguir desarmados, tengo la sensación de estar frente a cosas que si dejamos que sigan ya no serán la obra de fachos sueltos…

Algo se ha desencadenado y no va a detenerse.

R. me contesta cuestionando cada cosa que digo, acusándome de desviaciones ultraizquierdistas y es como si estuviera al frente del comité de moral. Yo sólo quiero hablarlo a nivel de pareja, no lo tengo claro y si no puedo aclararlo con el tipo que duerme conmigo, ¿qué mierda es esta «entente» que conformamos?

Anteanoche cerró la discusión diciendo que si tenía tantas dudas sobre la posición del partido que pidiera una reunión con la dirección nacional o con el CC, pero que él ya no iba a escucharme, «es más —dijo—, si no lo hacés vos, yo voy a hablar con A. de todo esto. Es una cuestión de disciplina interna».

Decido, por supuesto, no continuar mi discusión con él. Yo me siento  rodeada  de  lobos  carniceros  y  gente  que  apalea  y —por supuesto— tengo delante a Francisco de Asís, ¡me cago en él!

Esta noche vuelvo a casa tarde. No puedo tomar mi colectivo habitual que me deja frente a la puerta del edificio porque debo pasar antes por lo de un compañero para dejarle un material. Así es que bajo siete cuadras antes, voy hasta su casa y vuelvo caminando, conteniendo la respiración y apurando el paso. R. tiene turno de tarde esta semana pero faltan como dos horas para que vuelva y yo no sé si tengo más miedo del departamento, vacío o no que me espera, o de la oscuridad de avenida Mitre y la distancia de dos cuadras hasta las luces de Las Flores.

De pronto, salido de no sé dónde, un tipo se me pone a la par. Tiene un suéter rojo colgado del brazo. Se me adelanta apenas, me toca un hombro para que me detenga y cuando reacciono sobresaltada me enseña el arma que cubre con el suéter y me dice:

—Tranquila, seguí caminando como si no pasara nada y no grités porque te quemo acá mismo.

Camino como una autómata pensando que acá se acabó todo. Estoy tan segura de que es un cana que cuando un patrullero se aproxima por la avenida no sé si va a obligarme a subir al coche o qué, pero sé que tengo encima mil quinientos volantes por el conflicto de SMATA y más periódicos y material del que pueda resultar explicable, que no tengo minuto que no involucre a nadie ¡se acabó! Hay un segundo en que pienso, mientras me pasa un brazo sobre el hombro y pega el caño del revólver a mi cadera y me dice:

—No grités. Seguí caminando como si no pasara nada… —pienso: si grito me mata, si no grito me torturan. Dudo.

Dudo. ¿Es un facho suelto? ¿Es un asalto? No tengo plata encima, no la bastante para conformar a un asaltante y se me nota seguramente.

—Ahora vamos a dar una vuelta… —dice sonriendo, pegando su boca a mi oreja.

Entonces sé que es un ataque sexual y la última contención se pierde: me orino encima.

Voy caminando, húmeda, silenciosa, tratando de amar mis pensamientos, tratando de decirme a mí misma que es preferible que sea eso, que es el mal menor, tratando de… escuchar a este loco que empieza a hablar y a contarme cosas que no entiendo claramente, que me parezco a alguien que no sé quién es, qué es, que sólo quiere mis medias… (¿mis medias?) mis medias… mis medias… ¡Un loco fetichista! No. No puede ser, no lo creo, no alcanzo a creerlo, pero atino a advertirle: «me oriné encima… están mojadas». Se ríe:

—Siempre están mojadas. Las medias de todas las mujeres siempre están mojadas…

Doblamos la esquina y hay un baldío que aparentemente él conoce, le pido «bajá el arma, por favor», se ríe, me amenaza, me pone el caño contra el cuello obligándome a levantar la cabeza y a mirarlo, me obliga a dejar mis cosas en el suelo, dice:

—Ves, no quiero más que tus medias, las medias… —me agacho a quitármelas mientras me apura y todo se vuelve demasiado lento, se pegan a mis manos porque están húmedas y empiezo a temblar porque me digo «no puede ser, no puede ser, después vendrá todo lo demás y yo estoy aquí, parada estúpidamente y desvistiéndome para que un loco me viole». Se ríe. Le doy las medias y las huele y se ríe:

—Siempre tienen este olor, las medias de todas las mujeres tienen este olor, todas las mujeres se mean de miedo.

Se enfurece:

«Yo creí que vos eras distinta, ¡te parecías tanto!».

Vuelvo a temblar porque creo entender que tal vez todo lo demás sí hubiese sucedido si no me hubiera mojado. Me lo digo a mí misma así, «mojado», como si se tratara de un chico que «moja» las sábanas.

Así me siento, sólo un chico asustado por temores extraños, que no domina, que no alcanza a entender. Me dice:

—Vamos, ahora te vas a ir.

Y le creo. Le creo a este loco porque estoy en sus manos, porque necesito creer que lo que me dice es cierto, la palabra de un loco fetichista desconocido: «ahora me voy a ir». Cuando llegamos a la avenida me dice:

—Esperá a que me vaya para irte —y se trepa a un colectivo que pasa. Entonces le miro la cara y ahora la veo por primera vez, es apenas un poco más grande que yo, veintitrés, tal vez veinticuatro años, no más, ni siquiera es desagradable o feo… ¡Dios mío, qué mierda hace la vida con la gente!

Me subo yo también a un colectivo para llegar a casa porque todavía estoy temblando y no puedo pensar en caminar las cinco cuadras que me quedan. Me siento sucia. Me siento violada aunque no haya pasado nada. Me voy diciendo todo el camino «no pasó nada, entendés, no pasó nada». Subo a mi departamento y me voy desvistiendo a medida que camino hacia el baño. Junto toda mi ropa en una bolsa de basura que cierro para sacarla después al incinerador. Toda la ropa está cargada de este temor ansioso. Me miro en el espejo y me pregunto si alguna vez se borrará de mi cara este miedo animal. Entonces, mientras me froto con el jabón y restriego con la esponja cada parte del cuerpo, empiezo a llorar con convulsiones.

Cuando llega R. me encuentra así, todavía llorando bajo la ducha. Tengo los dedos y la piel arrugada de tanta agua y lágrimas pero no puedo detener ninguna de las dos cosas. Me saca del baño asustado, me pregunta qué pasó, qué pasó. Le cuento entre hipos y llanto y bramidos de furia. No me cree. Me pregunta: «¿te violó?»… una vez más: «¿te violó?», como si fuera lo único importante de lo que me salvé esa noche (mi  mamá  preguntándome  si  todavía  soy  virgen).  —¡¡¡No,  no,  no!!! —grito más que contesto. Entonces me cree, me abraza, intenta calmarme. Le digo:

—No voy a volver a salir desarmada a la calle.

Me da un cachetazo:

—¡Era un loco suelto, entendés, un loco suelto!

Me callo. Sólo sé que son demasiados locos sueltos.

 

1990. Setiembre 25

 

Ahora estoy acostada. Diecinueve años después de aquella historia. Volví primero a la oficina en un taxi que paré como loca en la esquina de Martín García y Defensa para bajarme cuatro cuadras después permitiendo que el tachero me robara alegremente el vuelto de diez lucas para un absurdo viaje de cuatro. Volví a la oficina porque no podía volver a casa en ese estado. Porque no puedo volver a casa y que esas dos chicas que sólo esperan cada día que mamá vuelva del trabajo me vean llegar como una loca de la calle y se enteren de que la calle real, la que cruzo todos los días, no la del noticiero amarillista, está llena de locos.

Entonces me calmé, y me callé, me di a mí misma el cachetazo necesario para calmar el llanto, me lavé, lavé mi ropa interior y la sequé con la estufa, volví a casa, preparé la comida, reí con las chicas, jugué una media hora con ambas, les pedí «sólo acuéstense temprano, mamá está muy cansada hoy…».

Ahora estoy acostada, con los ojos abiertos en la oscuridad viendo la cara de ese chico: doce años, no más, granujiento y feo y torpe como cualquier preadolescente, no más, tironeando desde su lado de la vida mi cartera con todo el odio que le provocaban mis gritos, mis insultos, con todo el odio de un animal acorralado y que sabe que pierde porque del otro lado hay otro animal, furioso de un odio ciego, irracional…

 

Dios mío. Yo sé cuántas presiones insensatas me hicieron gritar de esa manera esta noche, pero cuántas, cuántas, está cargando desde que nació ese chico. Suelto, solo, fatalmente destinado a encontrarse esta noche con mi pesadilla que empezara veinticinco años atrás en el sueño de la Negra Sosa y en un poema de Tejada Gómez.

 

Mis dos chicas duermen en su habitación, puedo sentirlas respirar seguras, arropadas. El monstruo que tranquiliza su sueño y que las cuida soy yo…

 

imagen relato Pesadillas de primavera

 

Elisa Mancuso. Autora argentina. Escribe desde la adolescencia, cuentos, poesía. Fué colaboradora desde 1968 a 1971 de la Revista femenina Vosotras y también publicó, en esos años, en diversas revistas literarias under. Dejó de escribir durante muchos años y desde 1984 volvió a hacerlo animándose también a la nouvelle. En los 90 hizo periodismo independiente. En 1996 publicó por su cuenta I Ching y Biorritmo – secuencia y sentido de la vida (libro sobre la correlación existente entre ambos que recibió una crítica favorable de la comunidad jungiana).

Contactar con la autora: mundalter [ at ] hotmail.com

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 Ilustración relato: Fotografía por Republica / Pixabay [CCO dominio público]

 

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