relato por

Elisa Mancuso

 

 

H

abían pasado más de veinte días desde esa noche en que Héctor llegara sorpresivamente, a esa hora descontrolada y sin embargo inobjetable: ni demasiado tarde para no atender el llamado del portero eléctrico ni demasiado temprano para que pudiera tratarse de un desconocido.

Parece absurdo ahora —cuando lo piensa—, pero en realidad cuando dijo su nombre anunciándose casi le pareció lógico que se tratara de él, que ella lo invitara a subir preguntándole si había alguien abajo para abrirle y que justo sí y que entonces —mientras esperaba a que subiera el ascensor con la puerta del departamento entreabierta—, ella se dijera que ya no veinte, treinta años no es nada y no tuviera más tiempo que el de imaginarse la calvicie pronunciada que ya habíamos anticipado todos, claro, y quizás una fina línea de arrugas en el entrecejo y, tal vez, cierta pesadez en los movimientos.

No hubo ni tiempo para los «¿te acordás?» porque él sabía que sí, que ella recordaría y a él lo acuciaba cierta urgencia en soltar «ese paquete»: «este bolo», dijo, «con que estoy cargando desde hace diez días», porque cuando me dijo buscala no sé por qué no pensé de entrada en que aquí iba a encontrarte, se me hizo que si hubieras estado de vuelta ya debía de haberte cruzado…, tropezado en la calle…, que no era posible el a lo mejor sí la cruzaste y no la reconociste, como dijo Hugo cuando finalmente ayer me confirmó que «claro, está ahí, el mismo departamento. Una hija de ella casi entra a trabajar a mi estudio hace unos meses si no fuera porque dije no a tiempo».

Entonces ella simplemente preguntó:

—¿Y por qué dijo no? —siguiendo el discurso actual como si fuera más lógico enlazar las preguntas del presente y saltarse el para qué que ya vendría, para eso él había venido a esa hora, claro. Y él contestó:

—Ya sabés cómo es Hugo…, dijo algo así como «por las dudas la saga revolucionaria…»; ya sabés…, esas aristas fascistas que tuvo siempre y todavía tiene.

Y ella dijo:

—Claro, debí imaginármelo…

Recién entonces fue que Héctor se sentó. Miró un poco hacia los costados como tratando de incorporar los elementos nuevos para él de ese espacio que sí recordaba, con un sofá donde tantas veces y una mesita de cristal y platil demasiado frágil que siempre le diera miedo apoyar el cenicero de bronce, pesado, que él miró de pronto y le arrancó una sonrisa cuando lo reconoció entre las cajitas y «es el mismo», dijo, y ella también sonrió y se levantó, buscó en el bar diciéndole «creo que me queda un resto de whisky» y le alcanzó la botella al tiempo que decía «aunque no tengo vasos adecuados pero pueden servir igual» y fue a la cocina y acomodó dos copas y el hielo en una bandeja y puso el agua para el café y por un rato no hablaron mientras él miraba los cuadros en las paredes y dijo:

—Mercedes me contó de una muestra de tu hijo, hace unos años…, en el Roma. Hubiera podido ir… pero no quise. No sé porqué…

Y ella le contestó:

—No me hubieras reconocido ahí. Ahora sí estoy de vuelta en mi cuerpo.

Y él dijo:

—Estás igual. Mejor, pero igual…

—Sí —dijo ella, tal vez con cierta tristeza—. No son los años los que nos maltrataron…

Después hubo un largo rato de entretenerse con las tazas, el ir y venir de la cucharita y el azúcar, el «no vayas a quemarte», las copas, «dos cubitos, como siempre», el correr las cajitas para hacer lugar y algún comentario y en fin, las pavadas, hasta que él se aflojó el nudo de la corbata y estiró las piernas y se quedó mirándola seguramente con los ojos muy abiertos, como preguntándose por dónde empezar y ella dijo:

—Bueno, vamos al punto. ¿Qué pasa con Juan Antonio?

—Se volvió loco —dijo él de un tirón y ella que se rió de pronto:

—Ay, Héctor, ¿qué novedad traés? Si siempre estuvo loco…

—No —dijo él—, esta vez es otra cosa. Esta vez es realmente la locura…

A ella entonces se le cruzó como un ramalazo de frío, de ansiedad, y volvió a verlo, el largo sobretodo negro, su pelo negro y sus ojos siempre al límite del extravío, su mirada febril. Y entonces él afirmó:

—Se volvió loco y quiere verte; en medio de ese delirio incongruente lo único claro y lúcido que dice es «buscala». Al principio no sabía o supongo que no quise saber que se estaba refiriendo a vos. Pero cuando se lo conté a Ana ella me preguntó: «¿de quién sino de Mara puede estar hablando?», y además, claro, era lo único razonable y cuando le traté de explicar que ni sabía por dónde empezar a buscarte me gritó «empezá por el departamento!» y fue entonces cuando lo llamé a Hugo y el resto ya te dije.

Ya para entonces el frío se había aquietado en ella en esa densa sensación de siempre, un peso en la zona de los presagios, el nudo en la boca del estómago y los pies y las manos pesados y la respiración también.

—¿Dónde está? —le preguntó.

—En casa de la hermana. Tuvimos que sacarlo de su departamento porque no había forma de poner orden ahí y además nadie podía ir a atenderlo todo el día. Ahora que él no está hemos ido dos o tres veces y entre Ana y yo estamos acomodando un poco todo. Llevamos toda la ropa al lavadero, ventilamos, limpiamos lo que pudimos, hicimos varias pilas con los libros, al menos los que se salvaron del destrozo y la quema que hizo… pero son sus papeles donde Ana no se atreve a tocar ni a mirar ni a tirar, ni siquiera a apilarlos. Y están por todas partes, y además sigue produciéndolos todo el tiempo, con esa letra de garrapata enloquecida… te aseguro que da miedo, Mara.

—Dame unos días —dijo ella. Y él contestó:

—Sí, claro. Él sabe. Fue lo que me dijo: «una vez que la encuentres lo único que va a necesitar son unos días».

—Sí —contestó ella, entre irónica y quién sabe sino triste—, hasta que Florence Nightinghale responda…

—Claro —repuso él, casi tranquilizado por el comentario—. Es sólo un acto de humanidad.

—No —contestó ella—. La humanidad es la excusa. Es cruzar las fronteras de la sombra… y siempre hay algo de soberbia en eso. Pero terminá tu café, ya debe de estar frío…

 

Pasaron por lo menos veinte días. Fueron necesarios varios rodeos y merodeos. Una noche llegó casi hasta la puerta de la casa y estuvo a punto de golpear pero algo la empujó a que no. Había llegado a Colón desde Mariano Acosta haciendo el mismo recorrido que hacían cuando desde el Maipú, agotados los puchos, se iban caminando despacito. Cuando llegaban eran dos toques en la puerta de Ana que contestaba enseguida, aunque durmiera, porque entonces era ese sueño alerta por si Luciana se despertaba llorando y corría a abrirles antes de que fueran a hacer más ruido… a veces con las protestas de Juanca por detrás pero muchas veces con su aceptación y entonces había más cigarrillos y café del bueno, música mejor aunque «bajito, por favor» y ellos se quedaban cuchicheándoles un rato su compañía y entonces seguramente también había sándwiches y Ana que acercaba una manta «por si querés quedarte… y si no acompañala hasta Belgrano después; ahí tienen papel y lapiceras si es que van a escribir…».

 

Ese día no pudo y se volvió, yéndose por España como cuando él la acompañaba. En aquella época los ruidos del Mercado todavía sonaban a trabajo; ahora tienen, sesgados y fantasmales, los ruidos apagados de los fusilamientos nocturnos y la mugre huele a orines de gatos cuando antes seguramente se perdía entre los olores de los frigoríficos, las curtiembres y las aceiteras y cuando cruzó Palaá la varahada del gasoil simplemente le revolvió el estómago como una onda expansiva que casi la hace tambalear de asco y después fue un mareo, como una oleada de maldad que le llegó de alguna sombra y tuvo que cruzarse de vereda intentando alcanzar las luces de Belgrano y le dio miedo.

Imposible esa noche no pensar en Maylén y en el Vasco y en cómo los acorralaron en esa esquina aunque el parte del día siguiente en el diario hablara de un enfrentamiento en Villa Corina.

Zona Liberada de la 1.ª de Avellaneda esas calles para los operativos conjuntos. Y… ¿cómo puede nadie vivir acá?, se dijo; pero fue lo mismo que cuando se lo pregunta cada vez que cruza el Olimpo para llegar a la casa de su hermana. Y lo de siempre también, claro, seguramente la respuesta (que no por nada eligen esas calles), porque como le dijo ella, su hermana, una tarde cuando llegó todavía estremecida: «mirá, a lo mejor vos pensás que estoy loca, pero no sé, yo siento que ésta es una zona segura» …y para qué contestarle.

 

Esa noche no fue.

Tampoco a los dos días, cuando lo intentó por la tarde y esta vez la detuvo el viento y un amago de lluvia que llenó de charcos sucios las veredas y revolvió los orines y además le pareció ver la sombra de las ratas corriendo a refugiarse en el corralón del Mercado.

En realidad (ella lo sabe) fueron veinte días de pelear con su propia sombra y sus fantasmas.

 

Hubo otro día en que encaró por la mañana, yendo desde Alsina, que finalmente es el recorrido que hoy está haciendo. Como cuando iba a la dentista y entonces no se cruzaban otras cosas en su cabeza más que esa caminata diligente, con un rumbo preciso. Casi lo mismo que un destino cierto. Y fue haciendo ese camino que pudo resolver, al menos, esa parte del asunto.

Entonces, sólo entonces, se detuvo a pensar en por qué la buscaba. Aunque ella tuviera claros los motivos del ir y el para qué. Pero ésas eran sus razones y simplemente esa mañana se quedó pensando qué oscura franja o, al revés, qué zona clara, había dicho Héctor, enlaza su locura con un soporte de lucidez cuando la busca. «Debe de haber algo —se dijo—, algo que yo seguramente sé y ahora no recuerdo» y en ese punto se apareció, clarísima, la imagen de la caja de madera guardada en el fondo de su placard y atiborrada de cartas y papeles, o la carpeta en el fichero con la obra inconclusa y más papeles, poemas, cartas que hacía al menos veinte años ni revisaba y que supo que tendría que ponerse a leer antes de ir.

Esa mañana entonces tampoco pudo ir. Pero en lugar de salir de esas calles para ir hacia el Petit o a PerTutti a tomarse un café ahora que ni el Maipú ni La Real y a intentar escribir esos monólogos internos, enfiló derechito para su departamento a revolver papeles.

 

Encontró muchos con su letra desordenada, demasiado inclinada hacia abajo en el papel ya casi amarillento. Y de pronto fue ese poema que cómo podía haber olvidado, cómo pudo no interpretar entonces o cómo pudo ser tan descuidada y casi seguro, desconsiderada. Pero no, se dijo, hubiera sido imposible no contarle cuando era casi una necesidad, imposible callarse o que no se notara, en los ojos, en la risa o en el cuerpo o no se le escapara el nombre por los cuatro costados y a los cuatro vientos cuando se imponía con esa fuerza que sólo de nombrarlo embanderaba. Eso se dijo y era así, claro. La culpa, en todo caso, era el ahora. O el darse cuenta ahora mientras él todavía decía «buscala», precisamente a él y para qué, como si fuera la última energía reservada para decir algo coherente y entonces, claro, se dio cuenta, coherente con su vida y con los sentimientos.

 

Esa misma noche volvió Héctor, más tarde que la noche anterior pero más suelto, menos tenso, porque ahora sabía que ella estaba esperándolo o al menos sabiendo que era él cuando sonó el timbre. Un jean, una camisa abierta arremangada, el suéter enlazado sobre los hombros y zapatillas cómodas. A ella le asombró recordar exactamente el sitio de la pequeña cicatriz en el pecho, entre esa pequeña sombra como apenas de asomo de vello masculino. Y una vez más, a pesar de lo incongruente por las circunstancias, se preguntó por qué ninguno de sus hombres era hombre «de pelo en pecho». Y le dio risa, de golpe le dio risa y rió sola de la absurda ocurrencia que la asaltaba mientras lo hacía pasar. Y él se rió también y preguntó:

—¿En qué estás pensando?

Y ella, casi con picardía, como bromeando:

—Ni te lo imaginarías.

Y él dijo:

—Ni quiero imaginármelo —y lo dijo con tanta gracia que se rieron los dos y entonces, sólo entonces y después de la risa fue que se abrazaron fuerte, demorándose en el abrazo y que él dijo:

—Qué bueno que es haberte encontrado.

Y ella dijo «sí» y se achicó un poco más para ahuecarse y se sentaron a tomar mate. Nada de whisky esa noche, solamente el mate amigo de siempre, de antes, de los madrugones y cuando ella preguntó:

—¿Qué hay de nuevo?

—Nada…  solamente  dice  que  estás  tomándote demasiado  tiempo  —dijo él.

—Tiene razón —contestó—, pero ya está resuelto para mí. Mañana voy.

 

Al día siguiente llegó segura y sin desviarse hasta la pequeña puerta de chapa. La distrajo, apenas, el número oxidado en el óvalo blanco. Tan absurdo como antiguo e igual y el timbre chiquitito que quién sabe si sonaba y por las dudas, casi como una cábala, repitió simplemente los dos golpes de antes en la puerta. Uno corto y otro largo.

Ana gritó desde el fondo como si hubiera estado esperando que ella llegara en ese preciso momento: «Ya voy, Mara» y a ella le alegró una vez más que el tiempo respetara las voces porque sólo en ese momento se le ocurrió pensar en Ana y los posibles cambios y en Luciana que debía de ser una mujer cuando ella sólo recordaba un bultito rosado en la cuna y el gesto de desagrado de Juananto diciendo «huele a leche cortada y llora como una marrana por la mañana justo cuando estás empezando a dormirte».

Ana abrió la puerta y la abrazó casi como todo en un mismo gesto y después la miró con fuerza, con tanta carga de ansiedad y era la misma Ana pero con tanto dolor encima que le dio miedo tanta responsabilidad o tanta esperanza puesta en su presencia cuando ella sabía ya, oscuramente, que lo único que iba a hacer allí era lo de siempre: acompañar finales.

La abrazó de todos modos mientras pensaba en cómo iba a hacer para, quizás, estirar el tiempo para atemperar todo mientras ella le cuchicheaba rapidito y cómo le salía, entrecortado y entre lágrimas, el estado en que lo iba a encontrar: las horas ensimismado y las horas de llantos y de gritos y aullidos «como si lo atraparan pesadillas aunque esté despierto» y además los papeles, «papeles, papeles, papeles que se amontonan hasta amenazar cubrirlo y que cómo puedo trato de apilar sin leerlos. No puedo —dijo—. Ya no puedo leerlo, Mara, está tan loco…».

Le preguntó dónde estaba y Ana señaló entonces el cuarto en la terraza:

—Era la habitación de Luciana, ¿te acordás?, se casó hace dos años…

Y ella le sonrió y estaba a punto de decir algo cuando la sombra se proyectó por delante suyo y tuvo que volverse a mirarlo, la sombra con la cara oscurecida por la barba de días, los rasgos angulosos, los ojos vidriados y el pelo encanecido apenas, pero sombras de gris en la maraña negra…

—Se levanta apenas —dijo Ana en voz baja—, y es la primera vez en meses que se asoma a la terraza.

Ella lo seguía mirando como hipnotizada. Él se hizo una visera con la mano para taparse el sol de los ojos y gritó:

—¡¿Es que nunca vas a subir?!

—Ya estoy arriba —dijo ella, y casi fue a la carrera, como para sacarlo de ahí, de esa patética forma de estarse parado, con esa camisola negra que apenas si alcanzaba a ocultarle los huesos, tan flaco estaba, los pantalones que también le colgaban, el temblor en la mano que se había quedado señalando en el aire, acusadora.

Cuando subió por el costado, a su izquierda, apenas se volvió y la frenó con el mismo brazo con que señalaba todavía y le dijo, ordenándole:

—Llevame adentro. El puto sol me dejó ciego —obligándola a asirlo, el brazo rígido como un inválido y a tres pasos de distancia, sin más contacto que la mano que se aferró de ella como si fuera su bastón, nada cálido por cierto sino al revés, frío e impersonal y distante y además, grotesco.

Ella trató de pasar el momento diciendo con un asomo de ternura amigable:

—Vas a tener que volver a acostumbrarte al sol —pero fue apenas terminar de decirlo y él empezó a reírse y entonces sí ya no quedaron dudas si es que las había sobre la locura porque si había algo demencial era esa risa, la cadencia aguda que se elevaba cada segundo un par de decibelios hasta hacerse dolorosa al oído y que cesó tan abruptamente como había empezado pero no teatralmente sino locamente y que paró para decirle, decir al aire, gritarle:

—¡La puta cree que vino a salvarme!

Y entonces sí la rebeló, no el insulto, no la palabra puta cargada de intención en el tono sino la estupidez de no darse cuenta que sí, que había entendido a qué había ido. Por eso lo soltó de golpe y mientras él tambaleaba y se caía, todo a un tiempo, como una marioneta suelta, le dijo sin ningún asomo de compasión:

—Me importa un carajo que te vayas a morir o a matarte, pero si estoy aquí vamos a hacerlo a mi modo para que sea con un poco de dignidad y terminemos con la farsa de la autocompasión.

No le contestó. Nada más la miró con odio. Desde la zona clara donde ella era el amarre con la lucidez. De todos modos lo ayudó a incorporarse y por primera vez le pareció que su cuerpo le recordaba vagamente algo que había creído olvidado.

 

Más tarde, una vez que lo hubo acomodado en la camita estrecha y que él hubo cerrado los ojos y a ella le pareció como que se aflojaba esa febril tensión alerta de la locura y se dormía, se animó a inspeccionar la habitación: era hasta alegre si uno la miraba olvidándose de su presencia; luminosa a pesar del empeño de las cortinas corridas y la persiana entornada. Conservaba todavía en las paredes los póster y las láminas y frases seguramente elección de una Luciana adolescente no muy distinta de sus propias hijas, pensó. Todo estaba limpio y las sábanas se notaba que también, aunque arrugadas. Había una alfombra clara con motivos incaicos que apenas alcanzaba a imaginarse entre los huecos que dejaban los papeles: ahí estaban…, pero salvo el cenicero desbordante y los papeles, claro, nada parecía evocar la locura aunque pudo imaginarse lo que debió haber sido su departamento con sólo un par de días que alguien dejara de juntar aquello y el susto de Héctor y el miedo de Ana mientras recorrían con los ojos las extrañas esculturas que formaban en el piso las pilas de papeles doblados y doblados que tuvo que ir apartando con el pie cuando entraba y que ahora simplemente se agachó a mirar mientras iba girando la cabeza que quedó de pronto en una pose extraña, casi una contorsión forzada mientras trataba de leer lo que decía cada doblez de uno que por fin separó, levantó de la pila lo fue desdoblando de los pliegues predestinados a ser una cajita secreta pero sin los recortes que impidiera leerlo y fue sólo su nombre «Mara» lo que apareció en cada ángulo, en cada doblez, en cada pliegue, cada arista, cada rincón, con una epiléptica letra de demente y supo que esa primera capa era del día, una especie de bienvenida pero a su estilo, algo así como «vamos a ver cuánto se banca la puta»… y a su pesar y con bronca se dio cuenta de que le caían lágrimas.

 

 

Se secó los ojos con el dorso de la mano y después de estirar bien el papel como para sacarle las marcas de los dobleces empezó a hacer tiras con él. Tiras finitas, meticulosas, que iba apilando a la vez en otro rinconcito que logró despejar y que se fue ampliando a medida que levantaba y hacía tiras más papeles doblados…

Cuando Ana subió con su oferta de traerle «café o mate o decime si preferís otra cosa…» hacía ya más de dos horas que él se había despertado pero no la miraba o si la miraba no la veía, la cabeza girada hacia la puerta como si estuviera esperando que alguien entrara pero tampoco la vio a Ana cuando se asomó ni pareció escuchar nada de lo que hablaron.

 

Ella le preguntó a Ana si tenía calculado cuántos de esos papelitos hacía por día. Lo dijo en un tono casual, como si se tratara de levantar una estadística. Cuando le contestó que algo así como un tercio de resma la asustó un poco la idea de tener que dejar en esa habitación tantas horas para romper en un día lo que el hiciera en dos para ir contando hacia atrás, regresivamente, y descontando hacia adelante. Entonces le sugirió que tal vez pudiera no darle tanto papel, que ya iba a encontrar con qué entretenerlo y cuando vio el equipo en el rincón «tal vez la música…» y entonces se dio cuenta que había un único CD y casi le dio miedo preguntar de qué o quién o acercarse a ver y notó la mirada de Ana, esta vez como con tristeza o decepción y tal vez pensando que no le estaba aportando nada que ella no hubiera ya probado. Pero la mirada fue así hasta que bajó los ojos y entonces Ana miró las manos de Mara que seguía, metódicamente, desdoblando y haciendo tiras los papeles doblados mientras le hablaba, como si fuera un gesto mecánico, aprendido y practicado mil veces aunque sólo hubiera empezado a hacerlo hacía apenas unas horas pero que siguió, tenazmente, una y otra tira finita, apilándose y enfrentándose a la pila de papeles doblados mientras le sugería «no te pido que se lo quites de golpe, pero unas hojas menos cada día, que ni se note» y entonces Ana empezó a decir, como para sí misma mientras seguía mirándole las manos:

—El loco de…

—¿El loco de los papelitos querés decir? Sí —le afirmó antes que ella le confirmara la pregunta. Después de todo, ¿quién que hubiera vivido en Avellaneda podía haberlo olvidado? Juan Antonio mismo, cuando abrió los ojos o cuando vio lo que miraba con los ojos abiertos; reaccionó de inmediato y suspiró con alivio.

Se lo dijo así, suspirando:

—Por un momento pensé que a lo mejor te habías olvidado. Le tenías tanto miedo. Te asustaba tanto su locura. Ese límite… Te agobiaba tanto esa persecución que creías que había decidido hacerte cuando todas las tardes te cerraba el paso en la puerta de la biblioteca y casi tenías que saltar por encima de su cuerpo y de los papeles para poder entrar y te quedabas durante horas, hasta que empezaba a entrar gente, con la sensación de que un día iba a tomar por asalto tu zona y a hacer tiras de los diez mil libros que custodiabas que pensé que no te ibas a animar…

En ese momento fue tan claro y tan lúcido que ella le contestó automáticamente:

—Tenés que producir menos de esta mierda para darme tiempo —se lo dijo como si fuera un juego que los dos estaban pactando. Un juego de cordura pero un juego de locos. Y esta vez sí la sobresaltó la risa y le pateó en el estómago el grito:

—¡La puta cree que yo lo controlo!

Resistió la tentación de frotarse los ojos y sacarse de encima todo eso y siguió cortando tiras, imperturbable, en un supremo ejercicio de conciencia aplicada a la paciencia, cortando en silencio tira tras tira mientras él paraba de gritar y se quedaba otra vez casi caído de costado mirando nada.

«Cuando las tiras empiecen a volarse voy a tener que cambiar de táctica», pensó ella «porque si no vamos a quedar atrapados y enredados en esto», pero siguió.

 

Esa noche se encontró con Héctor en el barcito de España y Mitre. Cuando se sentó le pareció que todavía tenía las doscientas o trescientas hojas hechas tiritas delante de sus ojos. Él dijo:

—Hablé con Ana antes de venir y me contó lo que estás haciendo. Dijo que tiene miedo de estar alojando a dos locos en lugar de a uno —y se rió algo nerviosamente. Ella le contestó:

—Y vos también tenés miedo.

—No —dijo él—, creo que algo tenés en la cabeza, una idea que se me escapa, pero una especie de plan.

—Se tiene que morir, ¿sabés? —le dijo ella. Lo dijo como al pasar, mientras miraba pasar los coches por la ventana, como si esperara a alguien o como si no le interesara lo que estaban hablando. Demoró en contestarle, pero finalmente:

—Creo que sí —dijo él o a ella le pareció que lo dijo porque fue apenas audible.

—No tengo un centavo encima, Héctor —agregó ella, casi una explicación de ese como estar en otro sitio, pero urgiendo a por algo.

Él aprontó la mano hacia la billetera en un gesto automático y preguntó:

—¿Qué te hace falta?

—Tizas de colores —dijo ella. Es una boludez pero no tengo plata para una caja de tizas de colores.

Él se levantó entonces diciendo:

—Me cruzo hasta la librería antes de que cierren, esperame —le dijo.

A los cinco minutos le puso delante tres cajas de tizas de colores variados y además le cerró la mano sobre un par de billetes grandes, diciéndole:

—Vas a necesitarlos. Aunque sea para el viaje —y agregó disculpándose, pero sabiendo que ya no había otra posibilidad—: Nadie te preguntó si tenías tiempo para esto, Mara…

—El tiempo se inventa, Héctor. El problema no es el tiempo. Uno le agrega o le quita horas y no importa si los relojes cuentan la misma cuenta para todos. Ana me dio las llaves para que acomodara las cosas a mi comodidad de horarios, él apenas si nota la diferencia entre la noche y el día. Es sólo que no me gusta ir o volver de noche por esta calle. Hay alguna forma de la malignidad suelta en estas veredas. Mirá la forma en que lo digo, Héctor, como si estuviéramos para creer en películas de suspenso después de las cosas que hemos pasado. Pero no encuentro otra palabra para decirlo. Lo siento en el aire y además me da la sensación de estar metida en una batalla desigual.

—Sí —dijo él—, yo también lo siento. Y también siento que estás más bruja que nunca, vos.

—No, no más que nunca; pero voy a tener que recurrir a todos los trucos si es que quiero ganar esta jugada. Lo que sea tiene fuerza y la usa.

 

Varios días después llegó por detrás: por Mariano Acosta como había intentado el primer día pero esta vez evitando cuidadosamente mirar hacia el Mercado y para nada hacia España cuando cruzó Palaá.

Y aunque no tuviera nada que ver, el día fue más aliviado… Temió encontrarse con que la pila de papeles doblados se hubiera multiplicado otra vez, geométricamente, pero había muchos menos.

Cuando desdobló el primero le pateó en la cabeza y el estómago aquel poema de la calle Corrientes donde «amándote me sorprendió el amanecer» y supo que todos los del día eran iguales y se preguntó si alguna vez llegaría a una capa anterior, al menos para saber qué le había querido decir el primer día cuando empezó a querer decirle algo o cuando dijo «buscala». También supo que por eso la pila parecía más chica, por el trabajo que debió darle escribir y repetir en cada ángulo algo más que su nombre es que habían disminuido y ella iba a tener que apurarse y empezó enseguida, apenas él se durmió después de que la vio llegar y la miró sin decirle nada y en la mirada tampoco había nada.

Empezó mientras él dormía pero esta vez no duró mucho. Ana se lo había advertido:

—Hay días que no quiere saber nada de tomar las pastillas. Me las recetó el psiquiatra porque al principio prácticamente no dormía y yo no podía seguir así más tiempo. Si no las toma no duerme. Pero hoy comió mejor… —agregó. Y ella sintió que aunque intentara un esbozo de sonrisa en realidad le pareció que eso la inquietaba un poco, como si a esta altura ya todos hubieran presentido que él tenía que morirse y que la idea de que empezara a alimentarse bien sin que hubiera otro cambio casi sonaba como estar alimentando al monstruo y entonces en el tono con que lo dijo había como un asomo de reproche, como si le dijera «no es eso lo que nos prometiste».

Estuvo casi por tranquilizarla diciéndole «no va a ser por inanición, Ana», pero lo descartó porque para qué inquietarla más. Después de todo, había como una cierta ingenuidad en la forma en que Ana seguía los acontecimientos…

 

Cuando más tarde vio que él se removía en la cama como en un sueño inquieto, mucho menos aletargado que los días anteriores, decidió probar con las tizas. Le pidió a Ana que le ayudara a quitar la alfombra, que necesitaba dibujar algo en el piso y aunque Ana la miró otra vez como dudando esta vez no hizo ninguna pregunta. Tuvo que ayudar a bajarla por la escalera y eso la retrasó un poco. Para cuando subió, Juananto estaba parado, recostado en un ángulo de la habitación y la miró con desconfianza cuando entró. Después caminó algunos pasos, inquieto, como enjaulado y de golpe volvió a meterse en la cama y se sentó, arrolló la almohada detrás de su cabeza y se quedó mirándola fijo mientras ella volvía a cortar tiras. Pero esta vez su mirada era alerta, suspicaz… Le dio un poco de miedo esa mirada y por las dudas decidió seguir con eso que ahora ya parecía rutinario. De golpe lo sintió levantarse para ir al baño cuando Ana entró con las tazas de té. Cuando volvió a salir le pidió:

—Necesito mis cosas para afeitarme.

Ana hizo un gesto nervioso y amagó un «yo te afeito» pero él le gritó:

—¡Sos una maricona, Ana, no voy a suicidarme con sangre!

Mara levantó los ojos y vio a Ana entre confundida porque hacía tanto que no se dirigía a ella por su nombre, sabiendo quién era y lo que le había dicho, que no sabía si tenía que contestarle o no. Mara siguió cortando tiras y le dijo:

—Claro que no, no es digno —y extendió una tira bien finita en el piso mientras lo decía. —Juananto sabe afeitarse solo, Ana. Traéle sus cosas. Yo te aseguro que no es tan idiota como para hacerse ni un tajito.

Cuando él salió del baño, afeitado y con el pelo mojado, tenía la mirada más turbia, como cansada y cuando la miró le esbozó una sonrisa que a ella le pareció otra vez una lúcida sonrisa. Entonces dejó los papeles a un costado y mostrándole las tizas le dijo:

—Vamos a dibujar, Juan Antonio…

Y entonces él se rió, pero esta vez se rió como un chico, no como un loco, es decir, alegre y liviano. Le pareció que le gustó la idea y esa tarde ella rompió papeles mientras él dibujaba con las tizas en el piso mil formas violetas y naranjas entremezcladas, curvadas, psicodélicas, como un vitral de mandalas cruzados entre sí. Cuando terminó le tocó el hombro y le señaló en dirección a su dibujo, para que lo mirara. Respiraba como cansado pero estaba tranquilo todavía y cuando ella lo miró a los ojos, después de al dibujo, como para hacerle saber que le gustaba, él le sonrió y le preguntó:

—¿Coco…?

Ella se rió, de verdad sorprendida, y le dijo:

—No, en realidad no había pensado en Coco, pero sí, claro que sí… Coco —y agregó, enseguida, en una reacción espontánea: —cuando me puteás te parecés más a la vieja María…

Y entonces fue él quien rió, como un adulto esta vez o como el joven de antes, y la mirada traviesa apareció por encima de esa nueva turbiedad y cansancio de sus ojos y le dijo:

—-¡Las mil formas de la locura en Avellaneda City! Y cómo no se nos ocurrió antes que ése era el título…

Pero agregó, otra vez amargo y loco y triste:

—La Vieja María… sí. Tenés que terminar esto antes de que empiece a mearme y cagarme encima…

—Vamos bien, Juananto, vamos bien —dijo ella.

Él se tiró en la cama y durmió de un tirón hasta el día siguiente. Ana le contó después que desde ahí fue más rápido todo, como si se hubiera acelerado. No sé si a ella le llevó más o menos tiempo del que imaginó en un principio, pero hubo un punto de inflexión en que algo se adelantó y hizo que fuese ese día.

 

Cuando semanas después Luciana lo encontró en la cama, afeitado, limpio como casi todos los días de esos últimos, como si estuviera dormido, no quedaban en el piso ni rastros de las tiras de papeles. Ana lo había visto, la noche anterior, meter meticulosamente las tiras en una bolsa de residuos que le pidió especialmente para eso. Después se bañó, se afeitó, ordenó la cama y se tomó, parece, todas las pastillitas, todas, que le había estado dando Ana y que él aunque no tomara se guardaba. Pero eso debió de ser a la madrugada, cuando todos dormían. ¿Lo último que le habían visto hacer? Cuando se asomaron como siempre una última vez antes de acostarse, Juananto estaba sentado en el piso escribiendo. Nadie pensó que fuera diferente de otras noches.

 

Había una carta para Ana y Juanca, simple y escueta, donde pedía perdón «por las molestias y gastos ocasionados» que a todos les pareció injusta. Otra para Luciana, con una lista de los libros que tenía que encontrar en el departamento y que le dejaba: «los que no rompí ni quemé, te van a decir, los que tienen que estar bien» y que Ana y Héctor le confirmaron que sí, estaban ahí, apilados y enteros. Había una tercera, irrespetuosamente dirigida, como no podía ser de otro modo, «Al Sr. Juez o como putas sea que se estile en estos casos» donde salvaba responsabilidades ajenas y una última para ella, Mara, dobladita en los mil dobleces de las cajas secretas y con su nombre repetido mil veces en cada rincón, cada ángulo del papel, igual que aquella primera que encontró, salvo una cara del doblez en que apretadamente, con una letra de imprenta forzada, había una frase.

Héctor le dijo:

—Te la doy como la encontré, lo único que leímos es lo que dice afuera: «No la abras ahora, no la cortes en tiras, guardala como reserva para tu locura», adentro nadie sabe lo que hay, Mara, pero lo que sea, no le des más importancia que la que le diste a las demás… esto es también parte de su locura.

—No te preocupes. Adentro no hay nada. Sólo el papel en blanco, reservado para mi locura…

 

 

Elisa Mancuso. Autora argentina. Escribe desde la adolescencia, cuentos, poesía. Fué colaboradora desde 1968 a 1971 de la Revista femenina Vosotras y también publicó, en esos años, en diversas revistas literarias under. Dejó de escribir durante muchos años y desde 1984 volvió a hacerlo animándose también a la nouvelle. En los 90 hizo periodismo independiente. En 1996 publicó por su cuenta I Ching y Biorritmo – secuencia y sentido de la vida (libro sobre la correlación existente entre ambos que recibió una crítica favorable de la comunidad jungiana).

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Ilustración relato: Fotografía por Irene63 / Pixabay [dominio público]

 

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Revista Almiar – n.º 91 / marzo-abril de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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