Relato

 

Al norte del Círculo Polar Ártico donde manadas de caribúes coexisten con la moderna tecnología de los campos petrolíferos, se encuentra Barrow, hogar de la comunidad más septentrional de los Estados Unidos. La escuela Llisagvik acogía un ciclo de intervenciones impartida por autores e intelectuales de los «cuarenta y ocho de abajo», expresión que da una exacta imagen del independiente carácter de la población alaskiana.

El semestre había acabado y se había acudido a una solución de compromiso para rematar el curso académico de la escuela. Se habían vuelto a reinterpretar, sin estridencias, para demostrar el buen uso de los fondos de la comunidad. Jack Baranov había hecho lo correcto, como su predecesor en el cargo al frente de la escuela le había enseñado. A última hora, un accidente de tráfico había impedido cerrar el programa de intervenciones. Jack, apremiado por este problema tiró de agenda inútilmente. El tiempo iba en contra tanto de Jack, como de los posibles candidatos a ocupar el hueco producido por el desafortunado accidente. Hizo memoria y recordó una serie de pequeños artículos curiosos y algo heterodoxos remitidos a la Universidad de Anchorage objeto de elogiosos comentarios por parte de los diligentes chicos de la KRUA, la emisora alternativa más escuchada de Alaska.

Cuando Jack colgó el teléfono suspiró, apuntó el nombre: Elías San Juan. Acudió al servicio de reprografía encargado de confeccionar los programas. El profesor San Juan, como le llamaban en Saint George, era español. Se había ido a vivir con las escasas nutrias marinas que todavía nadaban en las costas del Mar de Bering, como él mismo decía, intentando escuchar algo inteligente. Ese país, España, evocaba ensoñaciones para Jack tan románticas como en su día lo habían sido para San Juan los viejos relatos de exploradores, colonos y expoliadores del territorio de Alaska. Había acabado viviendo en el Hotel St. George, Islas Pribilof.

A la mañana siguiente, en la pantalla del ordenador, destellaba intermitentemente una alarma en la bandeja de entrada del correo electrónico. El invitado de última hora anunciaba su propósito de aceptar la invitación de manera absolutamente desinteresada, y comunicaba que estaría presente en la recepción oficial que la escuela brindaba a los invitados, la prensa local y los líderes políticos y tribales de Barrow.

Indagó sobre la personalidad de San Juan y le preocupó la fama de imprevisible y original de que gozaba en los circuitos universitarios no oficiales. Era considerado un outsider, huía de los círculos oficiales, aparecía en numerosos e-groups y mantenía uno de los blogs independientes más frecuentados de Estados Unidos y Canadá.

Jack Baranov había conseguido mantener un antiguo y honorable apellido respetado en la comunidad, temía la controversia y era consciente de que sus actuaciones en la comunidad escolar local serían observadas con lupa.

Pasaron dos semanas y la organización, es decir, Jack Baranov, estaba preparando la complicada recepción. Si bien la capacidad de Barrow para organizar un pequeño evento no se discutía, la proximidad de la inauguración convertía la oficina de Jack en un pequeño caos de llamadas, confirmaciones de reservas y reuniones de carácter técnico con la hostelería local. Se debía prestar una especial atención a no olvidar a ninguna de las fuerzas vivas de la comunidad invitadas a la comida inaugural. La agenda de Jack era el Who´s Who de Barrow.

El viernes por la tarde se inauguraba el ciclo con un sustancioso tentempié al aire libre, con la cocina local bien representada en forma de productos del caribú y cerveza de raíces. Elk Park fue el lugar elegido, donde un pequeño paseo flanqueado por plateados abedules conducía al auditorio de la escuela.

Baranov, como organizador, presentó el ciclo y agradeció tanto al público como a los oradores sentados en la primera fila su asistencia. Algo de humor blanco, con marcados acentos locales y el panegírico habitual sobre el gran futuro del «Far North» llevaron a los primeros aplausos de compromiso a la espera de las intervenciones que comenzaban esa misma tarde. Jack no esperaba nada del otro mundo, salir de la rutina escuchando a gente hablar de ellos mismos. Parecía como si necesitaran la imagen que de ellos se tenía desde fuera para poder justificar su propia existencia. Jack sabía que, de alguna manera, mientras no fuera la gente de Barrow la que se subiera el estrado de invitados, seguirían teniendo una personalidad prestada por extraños a su peculiar manera de enfrentar la vida en el Norte.

Para las poblaciones del lejano norte el protocolo es tan importante como el paso de las ballenas cerca de la costa y se solía materializar en la comida del sábado, donde los organizadores, los invitados a intervenir en el ciclo y las autoridades locales, entre los que se encontraban los representantes mas importantes del North Slope Borough se reunían en una fraternal velada. La tarde estaba siendo civilizadamente animada. Jack intentaba dejar una agradable impresión a los oradores invitados al ciclo, al fin y al cabo ellos eran su mejor agencia de publicidad, si bien su conocimiento de Alaska solía ser muy limitado.

Consciente de la escasa importancia que se le daba entre las fuerzas locales y aprovechando que la velada se había resuelto en pequeños grupos de conversación, puso de largo su cortesía y se dispuso a animar la velada del único invitado que aparentemente no se había integrado en ninguno de los círculos de relajados contertulios. San Juan paseaba entre los grupos observando a los invitados de espaldas a Jack, el paso cadencioso, las manos metidas parcialmente en los pantalones. Se paró en seco delante de un gran reloj de pared, regalo de Vilhjalmur Stefansson a la comunidad cuando se celebró el cincuenta aniversario de su épica singladura a través de mil quinientas millas de hielo.

Aprovechando la ocasión de un buen tema de conversación, se acercó a San Juan, se presentó y con la seguridad de quien conoce bien el tema se dirigió al invitado de última hora:

—Veo que, aunque crítico con el Sistema, sabe apreciar una buena antigüedad.

San Juan giró ciento ochenta grados y miró con curiosidad a su interlocutor. Sonrió, le adelantó la mano y se la estrechó vigorosamente:

—La nota que acompaña al reloj narra una bella historia acerca de la tenacidad y capacidad de supervivencia, pero no cuenta nada del reloj, ni del tiempo, solo de su aventura —comentó Sanjuán con afabilidad.

—Es uno de nuestros iconos mas queridos. De alguna manera describe lo que fue el proceso de conquista del Norte. Un nuevo tipo de hombres y de mujeres introdujeron la civilización o, como prefieren ustedes, los críticos, la occidentalización; pero gracias a esfuerzos como los del finlandés, un europeo como usted puede encontrar acogedor, agradable y, hasta cierto punto, refinado un lugar tan lejano a las miradas ajenas —la voz de Jack se había endurecido ligeramente, se le había educado en la automotivación que implica ser un habitante del Ártico, lo cual no dejaba de ser una extraña manera de eliminar el complejo de inferioridad atávico propio de poblaciones largo tiempo olvidadas por sus gobiernos. San Juan rió abiertamente. Se giró y ambos quedaron de frente al reloj.

—Por dos veces he sentido la punzada de la crítica en su voz. Lamento si de alguna manera he herido su sensibilidad, pero no era mi intención, le ruego me disculpe —su rostro se ensombreció ligeramente, el tono de voz se hizo mas grave y, mirando fijamente la esfera del reloj, continuó.

—Veo que me precede mi fama pero, en realidad, se equivoca; simplemente me he rebelado frente a la generalizada pérdida del «Tiempo».

—No lo entienda como una crítica pero le recuerdo que una comunidad como esta solo puede sobrevivir si «perder» el tiempo está fuera de su vocabulario —observó con una ligera autosatisfacción Jack—. En realidad la continua perspectiva del invierno es un magnífico acicate para no perderlo.

—En absoluto Jack, si me permite la franqueza; lo que intento transmitir es justo lo contrario. Mi formación en una escuela politécnica me hizo tener al tiempo siempre presente en los cálculos, pero enseguida percibí lo que ya intuían los poetas hace mucho. El tiempo es no definible. Cualquier definición que se haya inventado siempre contiene a lo que intentamos definir, el tiempo. ¡Inténtelo, haga la prueba!

Jack guardó silencio e intentó probar. Echó mano de sus viejos conocimientos de secundaria, y comprobó que no alcanzaba a formular una definición del tiempo que no implicara al propio tiempo, o a magnitudes que estaban en función de él. Lo que observó con curiosidad es que todo lo que pasaba por su cabeza cuando pensaba en el tiempo eran recuerdos e incluso lapsos sin recuerdos, pero con la incontrovertible certeza del mismo, incluso en esos momentos sin recuerdos.

—No se altere, Jack —continuó San Juan—. No lo conseguirá. De hecho, si es perspicaz, observará que aunque vivimos en una constante carrera en contra del tiempo, vivimos de espaldas a él. De una forma absurda basamos el crecimiento de nuestro mundo en el ahorro de tiempo, y cuando lo tenemos lo gastamos en ocio, es decir, en desperdiciarlo a su vez. Somos hámsters corriendo en contra del giro de la rueda. Cuanto más veloces corremos, más retrocedemos.

Jack sonrió con cierta malicia, arqueó una de sus cejas. Pensó que era un tipo curioso. —Al parecer es usted uno de los pocos privilegiados que pueden prescindir de participar en esa carrera universal en la que todos corremos por la supervivencia —apuntó con cierta ironía, conociendo como conocía por la red «Augusto» el considerarse fuera del sistema.

—Es cierto: un repentino golpe de suerte me posibilitó renunciar a esa carga asnal que llaman trabajo, no tener la necesidad de tolerar la compañía de seres humanos no elegidos por mí —comentó con sus ojos fijos en Jack—. Renuncié, también, al amor de las mujeres y de los hijos por venir al acabar por parecerme injusto el preferir a unos seres humanos sobre otros, amén de las tribulaciones y sinsabores que al fin y a la postre se sortean cuando evitamos el camino de la familia. Incluso he dimitido de los placeres que me proporcionaban el arte, la música o los libros porque solo miran hacia atrás, siempre viajan contra el tiempo. Llegado el momento me he convertido en un vigilante, en uno de los pocos hombres elegidos, que observan el tiempo hacia delante.

Varanov empezaba a dudar de la idoneidad en la elección de traer a semejante colaborador, ya no contracultural, sino al parecer bastante loco, aunque la conversación era más original de lo que conseguiría paseando por la sala. Se determinó a continuar deambulando, participando de charlas más intrascendentes, pero antes no renunció a hacerle la pregunta que le venía rondando desde que comenzaron a hablar:

—Disculpe, San Juan, ¿por qué me cuenta usted todo esto?, no alcanzo a entender su propósito.

—Le comprendo perfectamente, ustedes, los norteamericanos, y discúlpeme la soberbia, son los que más empeñados están en la infructuosa carrera contra el tiempo; cualquier proceso, procedimiento, invento o tecnología ha sido optimizada por su cultura y se han convertido en los más veloces y eficaces roedores de la jaula apresurándose contra el movimiento de la rueda en un afán contagioso, y contagiado al resto de la civilización, por ganar una carrera contra el tiempo a toda costa.

Baranov no entendía nada, empezaba a discurrir alguna excusa ad hoc para finalizar educadamente la conversación y continuar con sus obligaciones como anfitrión. Cuando comenzaba a balbucear una excusa de compromiso San Juan le tomó del brazo y se acercaron al reloj. Se quitó la chaqueta y le rogó a Jack que se la sujetara; lentamente se recogió la manga de la camisa y apareció la marca que encarnaba, en forma de una señal oscurecida, algo parecido al símbolo conocido en matemáticas como infinito.

—Lo llaman Lemniscata, es un símbolo muy antiguo. Usted lo recordará de su paso por la escuela, representa el infinito. Es una marca que los varones de mi familia heredamos al nacer —efectivamente Jack reconoció en la marca el símbolo familiar del infinito—. ¿Cree usted en la fuerza del azar, Jack?, ¿piensa que somos realmente los dueños de unas vidas, las nuestras, continuamente forzadas por el azar?

Jack no pudo ocultar una sonrisa y sacó al presbiteriano que había dentro, ese personaje, que cuando no hay respuestas piensa que es porque no hay preguntas. —Nos conocemos hace solo unos minutos, disculpe que le insista, ¿por qué me cuenta todo esto?

—Le he contado todo esto a usted porque parece el único interesado en el reloj del finlandés, en realidad en el objeto de la existencia del artefacto, el tiempo. En la cena pude observar que consultaba la hora con frecuencia y que tomaba la actitud de árbitro de un juego ajustado a las reglas del tiempo. Es usted un magnífico organizador. ¡Acérquese, por favor! —le pidió amablemente a Jack. Acercó una silla y le pidió que se subiera a ella. No le gustaba un pelo andar subiéndose a las sillas en público pero, por no hacer un desaire accedió a encaramarse a la silla—. Fíjese en la aguja horaria, ¿qué tiene grabado en su superficie?

Baranov asombrado observó que en la aguja horaria se podía ver al lado de un nombre y una fecha un símbolo, el mismo que como marca en el antebrazo exhibía su invitado. Miró desde arriba a San Juan, sorprendido, pero no le dejó abrir la boca.

—Por favor, ¿sería tan amable de leerme la inscripción completa? —Jack acercó la cara a la esfera y su sorpresa le hizo abrir los ojos.

—¡Me está usted diciendo que este reloj pertenece a su familia! —Jack casi gritó por la sorpresa. La aguja pequeña tenía grabado el signo de marras, la fecha, 1872 y las iniciales B.S.J.

—No, en absoluto —le tranquilizó San Juan—, debió ser un encargo que el abuelo de mi abuelo, uno de los artesanos relojeros más reputados de la Isla de Mallorca, en el Mediterráneo, recibiera de algún cliente; mantiene la marca de familia. Por la fecha y las iniciales, supongo que se refiere a Bartomeu San Juan. Me sorprende tanto como a usted haber encontrado esta espléndida obra de la mano de mi pariente en el fin del mundo, como si dijéramos, una hermosa casualidad la de compartir la apreciación del tiempo con alguien más. Cuando comprendes que estás solo en la comprensión de todo lo que pasa, es emocionante ver que el azar nos pone en disposición de aligerar la carga y soledad de nuestro saber en hombros de un amigo. Son términos delicados y no suele ser frecuente encontrar con quien participar de la maravillosa y escondida naturaleza del tiempo.

—Me tranquiliza usted, me veía metido de cabeza en un tremendo lío de derechos legales sobre lo que al fin y al cabo no es nada más que un reloj, usted me comprenderá…

De repente la chispa que había surgido entre ambos en determinado momento se apagó como el fuego cuando le echan arena, como el Sol desaparece en el trópico. Jack no le dio más importancia al encuentro que la de unos breves minutos de conversación con alguien curioso en cuyo recuerdo solo quedaría un segundo de luz y una anécdota más para contar en invierno. No llegó a reparar siquiera como, con un leve apretón de manos, San Juan volvía la manga de la camisa a su ser, se colocaba la chaqueta y con el rostro mustio de decepción y fracaso, antes luminoso y acogedor, se apartaba del bullicio de la reunión.

El último vigilante del tiempo, consciente de la terrible soledad en que lo sumía cada fracaso en el empeño de encontrar almas rectas salió al exterior del recinto, y encaminó sus pasos hacia la línea de costa, solo y abatido, introdujo las manos de nuevo en los bolsillos del pantalón y alzó la mirada perdida hacia donde el mar se unía con el horizonte anubarrado. Una grúa del puerto se recortaba contra el ligero crepúsculo del verano ártico mientras todo, absolutamente todo, se consumía a favor del tiempo.

separador relato El reloj del finlandés

Michael Sitka. Es el seudónimo de un autor de formación científica como geoquímico. De origen obrero, madrileño y carabanchelero, tiene una compulsiva tendencia a la lectura y a las humanidades en su papel de formador de alumnos de bachillerato y secundaria. Ha recorrido miles de kilómetros por las áreas rurales de los Estados Unidos y trabajado como gestor profesional de medios sociales. Se siente un «outsider» de la literatura y es un enamorado de Ellroy, Kerouac y Cervantes.

 

 Ilustración: Adaptación de Fotografía por rorally – Pixabay [dominio público].

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Revista Almiarn.º 77 / noviembre-diciembre de 2014
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