artículo por
Alfonso Blanco Martín

 

Me apetece tanto complicarme la vida como vivirla sencillamente. Creo que son dos caras de la misma moneda, o del mismo crustáceo por cambiar de metáfora, por hacerla más orgánica y menos socioeconómica. Y este cambio de metáfora apunta a esa complicación vital de mi deseo a la vez que la une a la sencillez de la observación de lo que le queda a uno a mano. ¿Cómo no preguntarse por el sentido, si lo tuviere, de la existencia? ¿Cómo no disfrutar de los pequeños cambios cotidianos en lo que a uno le rodea o, incluso, de sus repeticiones, ejemplo de lo consuetudinario y proposición del alejamiento de lo banal y repetido? ¿Cómo no estar enfangado en la más pura rutina y dejarse sorprender por lo que de extraordinario tiene una asociación de ideas, un deseo que explota, una inquietud que no tiene nada de unánime, una salida de tono íntima e indiscutible?

 

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Junto a un pozo sin fondo lleno de agua se produce el consuelo, frente al vértigo infinito que produce la propia expresión «sin fondo», de que la superficie líquida crea un límite desde el exterior hasta la lámina de agua que sirve de frontera entre lo gaseoso y lo húmedo. Por detrás de esa lámina casi inmaterial existe aún otro consuelo para poder enfrentarse al terror de lo que no tiene fin: es necesario que el pozo tenga un fondo porque el agua no afloraría si no estuviera apoyada en algo que la contenga, aunque haya que llamarlo sin fondo porque aquél sea inaccesible.

El pozo del que hablo y sus connotaciones es un buen paralelismo del acto de la reflexión. Uno se acerca hasta ella, como al brocal de un pozo, porque tiene sed, sed de saber, de comprender. Se asoma y ve el límite entre el agua y el aire muy abajo. No hay cubo, si quiere beber tendrá que arrojarse a él porque ese pozo se encuentra en un desierto, el desierto de lo ya pensado por otros, de lo conocido, de lo que no necesita reflexión. La sed es tan acuciante que uno se tira al pozo sin pensar en cómo podrá salir de sus profundidades una vez calmada. La frescura del agua, del primer contacto con el pensamiento, y la sombra refrescante que proporcionan las paredes del pozo convierten por un tiempo al sediento en un personaje feliz, hasta el momento en que se da cuenta que se ha refrescado, que ha apagado su deseo húmedo, que desea continuar su camino, salir de allí. El sol ilumina el agua transparente de tal forma que el antiguo sediento comprueba que aquel pozo parece no tener fondo y que bajo sus pies, bajo el círculo de la lámina inestable ahora deformado por su presencia chapoteante, se abre una inmensa cueva o hueco terrestre que parece ser capaz de contener un océano de agua. Ahí la sed de reflexión se encuentra ante sus primeras limitaciones y sus primeras infinitudes.

Y aparecen entonces con claridad unas rocas sobresalientes que permitirán al sediento salir de allí, unas rocas en las que antes no se había fijado, como si fueran nuevas, pero también se ve en ese momento otra aparente novedad, un pequeño hueco en la curva pared que le permitirá seguir investigando hasta dónde llega el agua, si hay otras salidas, otros pozos por los que asomarse al exterior o, incluso, comprobar si es verdad que el fondo es inalcanzable, intentar al menos intuirlo. Son las dos vías que el pozo de la reflexión deja abiertas para que la vida del que ha probado a apagar su sed siga enfangada en la frescura y la inseguridad de las aguas que nunca terminan de dar respuesta, o en la sequedad del desierto de lo ya digerido, de la arena fina de lo ya pensado y decidido por otros, una arena que ahora el buscador de agua sabe que podrá convertir en fértil gracias al contenido del pozo, aunque sin semillas nada brotará. Y… ¡qué curioso! el sol se ha movido y sus rayos inciden sobre el pequeño hueco en la pared desvelando unos verdores allá, al fondo, que traen un profundo aroma a huerta. Ya no queda más remedio que convertirse en inútil investigador del fondo del pozo, en buceador que descubra la configuración de las aguas y su relación con el desierto, o en práctico buscador de semillas en aquellas huertas ignotas o, finalmente, en reseco habitante del desierto a la búsqueda de los dátiles que es seguro que un cercano oasis proporcionará; al menos eso es comida aunque no tan fresca y variada como la que podría proporcionar ese mismo desierto tras sumergirse en las aguas de la reflexión o investigar las huertas del conocimiento.

El sediento, haga lo que haga y decida lo que decida, incluso aunque vuelva al desierto de lo trillado, nunca volverá a ser el mismo. Se atrevió a emprender un viaje, el de la reflexión, que cambió su vida. Aunque sea solo como recuerdo, su estancia en el pozo lo dejará marcado, como si la humedad que cubría su cuerpo una vez que emergió de aquellas aguas nunca pudiera secarse, como si sus pasos ya no pudieran ser otra cosa que humedad, como si hubiera aprendido una nueva lengua que siempre se superpondrá a su lengua materna y le hablará de otros enfoques, otras posibilidades, otras vidas aunque sean incumplidas.

El pozo siempre está a mano, la sed refulgirá un día u otro, el desierto es soportable y limitado. El camino, desdibujado, continúa.

 

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Alfonso Blanco Martín: «Nací en Madrid en 1959, soy licenciado en Historia del Arte y trabajo actualmente como informático. Estudié en Madrid y París y me gusta recordar que he trabajado eventualmente en Panamá y en Paraguay. Escribo desde hace treinta años. Leo desde siempre. No puedo separar ambas actividades aunque, evidentemente, la lectura es la primera. A estas alturas de la vida, de mi vida, no podría ni querría abandonar ni una ni otra. Y escribo para recrear algo más que lo evidente. No me gusta lo evidente. Creo que pensamos, hablamos, escribimos, investigamos, para superar lo evidente, para buscar o hallar eso que antiguamente se denominaba La Verdad. Se va a publicar próximamente mi colección de cuentos Los Dioses en París, y quizá pueda ver publicadas algunas novelas que todavía no lo han sido».

Contactar con el autor: elefanteblancoster[at]gmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Alfonso Blanco Martín ©

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiarn.º 76 / septiembre-octubre 2014
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