relato por
Efraín Gatuzz

 

No dejéis el pasado como pasado porque
pondréis en riesgo vuestro futuro.
(Winston Churchill)

 

R

osario, Argentina.

Ana Flores procuraba hacer ejercicios al menos cuatro días a la semana. Se levantaba temprano, antes de que el sol se asomara por el horizonte. Se vestía con ropa deportiva y salía a correr durante unos veinte o treinta minutos. Nada mal para una mujer con más de setenta años de edad.

El vecindario era bastante tranquilo. Múltiples casas se repartían a lo largo de la avenida principal. Los jardines, amplios y bien cuidados, le daban cierto aire familiar al lugar. Los múltiples pinos que adornaban las calles proporcionaban sombra y oxígeno de forma generosa. Dicha zona residencial había sido concebida como un lugar para el famoso retiro dorado. Es por eso que convivían personas tan dispares como profesores, militares, políticos y científicos, todos unidos por un factor común. La vejez.

Ana hizo su recorrido habitual. Primero avanzó un par de kilómetros en dirección al este hasta llegar al cruce entre la gran avenida y la calle Cohens. Luego dobló a la derecha hasta llegar al puente de madera que se extendía por encima del río. Se detuvo sobre el puente, como de costumbre, para contemplar por un instante el agua, fría y cristalina, que corría por debajo. Siguió corriendo a lo largo del camino de tierra que se originaba en el puente y se perdía entre los árboles. Finalmente llegó a la colina. La subió, no sin cierta dificultad, y una vez arriba se sentó en el césped por un instante. Era su momento personal de relajación y meditación. El punto culminante del recorrido. Ana siempre tuvo cierta fascinación por la naturaleza.

Regresó a su casa cuando todavía estaba oscuro. Se dio un baño y luego procedió a prepararse el desayuno. Ella era la dueña de una librería que quedaba a un par de calles de donde vivía. Aunque las librerías del pueblo tienden a abrir casi al mediodía, ella procuraba llegar temprano. De hecho la puntualidad era una de sus principales cualidades. Ana era de esa clase de personas que prefieren llegar dos horas más temprano a una reunión antes que dos minutos tarde. Así que no es de extrañar que a las 8 de la mañana ya estuviese saliendo de su casa rumbo a la librería. Fue entonces cuando vio el paquete que le había llegado por correo a la entrada de su casa. Lo recogió y lo colocó encima de una mesita de madera que se hallaba cerca de la entrada. Cerró la puerta y se fue. Ya tendría tiempo de revisarlo más tarde.

«El placer de las letras» era el nombre de su librería. Aunque el lugar era pequeño tenía una amplia colección de libros, incluyendo algunos en inglés, alemán, francés y portugués. Tenía además un pequeño boletín semanal, con el mismo nombre de la librería, en el que solía escribir críticas literarias junto con algunos ensayos y cuentos de su propia autoría. Sus clientes, pocos pero fieles, incluían una amplia variedad de caracteres y gustos. Intelectuales, poetas, actores y músicos. Todos se acercaban a la librería, en especial durante las primeras horas del día, para disfrutar de un café e intercambiar algunas palabras con Ana. Ella era una anciana bastante agradable, con un amplio bagaje cultural, lo que le permitía hablar de diversos temas con bastante facilidad. Al ser extranjera era un miembro más de aquél abanico plural que conforman los inmigrantes y que enriquecen a las sociedades locales. Ana disfrutaba el tiempo que pasaba en la librería.  Se había constituido en su habitáculo personal.

—Buenos días —dijo un hombre alto y cubierto de canas al entrar a la librería mientras se dirigía a los estantes que se encontraban al fondo.

—Buenos días —contestó Ana mientras atendía a un cliente en la caja. Se dio cuenta de que era la primera vez que veía a ese hombre. Al pasar varios minutos notó que el extraño la miraba una y otra vez, tratando de disimularlo sin éxito. Era una mirada inexpresiva pero de alguna manera lucía forzada. La misma mirada que pondría un niño al decir una mentira intentando que pareciese una verdad. Ana comenzó a ponerse nerviosa.

—¿Puedo ayudarle en algo? —finalmente le preguntó al hombre.

—No gracias. Sólo estoy viendo —contestó el hombre con suavidad.

¿Viendo libros o viéndome a mí? —pensó ella sin decirlo en voz alta. A pesar de que la situación le resultaba incómoda trató de no prestarle atención. Tomó un libro y comenzó a leerlo. Al cabo de unos minutos el hombre salió de la librería luego de despedirse. Ana suspiró aliviada. Ese hombre desconocido había logrado intimidarla sin decir palabra alguna. Algo que nadie había logrado antes.

 

Casi a las seis de la tarde Ana estaba volviendo a su casa, puntual como siempre. Procedió a quitarse la ropa y se colocó un mono y una blusa ligera. Ella tenía una obsesión profunda por el orden. Era imposible que dejara una ropa mal colocada, un cuadro torcido, una mesa sucia o un libro abierto. Todo tenía que estar perfecto en su casa. Nunca se había casado, o al menos eso decían sus vecinos y clientes, y la verdad es que no se le había conocido ningún amorío. En la noche preparó una cena ligera y se disponía a comer cuando recordó el paquete que había recibido así que fue a abrirlo. Al tomarlo entre sus manos primero leyó la etiqueta del remitente.

De:  Simon W. Center

Para: Hilda Metzler

Al leer el nombre de destinatario se sintió débil y mareada. Trató de apoyarse en la pared pero no pudo evitar caerse. Vomitó y se desmayó.

 

* * *

 

Habían transcurrido unos veinte minutos cuando Ana despertó, pensando que todo había sido un mal sueño. Esperaba abrir sus ojos y encontrarse en su cama lista para comenzar un nuevo día. Pero no fue así. Lo primero que vio fue el paquete que había recogido, el cual se había caído al suelo. También se dio cuenta del vómito que había a un lado, pero eso no era importante en ese momento, aun para ella. Se levantó y revisó una vez más la etiqueta del paquete y verificó lo que había leído. La dirección era la correcta, y el destinatario también.

—Hilda… Hilda… —repitió Ana en voz alta. Ese nombre no lo conocía nadie, o eso creía ella.

Procedió a abrir el paquete y pudo ver que se trataba de una pequeña caja negra. No tenía ningún signo ni marca que lo identificara. Al abrirla vio que adentro sólo había una pistola, modelo Luger, y una fotografía. Al ver la fotografía sus labios se convirtieron en una mueca. Sus manos temblorosas acercaron el papel a sus ojos que se llenaron de lágrimas. Lágrimas de miedo. Apartó la foto de su vista y cerró los ojos un momento, tratando de olvidar esa imagen. Aunque ella sabía que esa fotografía no podía ser olvidada.  Al cabo de un par de minutos decidió ver la pistola. La sacó cuidadosamente de la caja y observó, como sospechaba, que tenía una única bala.

—Por  supuesto  que  tiene  una  sola  bala,  ¡si  sólo  habrá  una víctima! —dijo en voz alta, mientras revisaba con todo detalle el arma.

Decidió que no haría nada esa noche, así que luego de limpiar el vómito procedió a irse a la cama. Pero la verdad es que no pudo descansar. Tenía la sensación de que en cualquier momento los cazadores entrarían a la casa y terminarían ellos mismos el trabajo que al parecer debía hacer ella. Todo en su habitación le asustaba. Las sombras en la oscuridad que formaban los objetos le daban escalofríos. Cuando cerraba los ojos para intentar dormir sentía que algo se movía y se levantaba con un sobresalto. Pero lo que más le atormentaba eran los recuerdos. Aquellos momentos que creía haber olvidado comenzaron a pasar por su mente uno tras otro. Tardó mucho en dormirse mientras pensaba estas cosas y cuando al fin lo logró tuvo varios sueños perturbadores.

 

 

* * *

 

Todo estaba blanco. Un blanco intenso que parecía volverse azul en medio de la noche. El frío era penetrante, haciendo estremecer todo el cuerpo de Ana, a pesar de que ella estaba bien abrigada. El vapor salía de su boca cada vez que respiraba.

—¿Donde estoy? —se preguntó mientras miraba a su alrededor. Estaba rodeada por árboles sin hojas, todos cubiertos de nieve. La luna brillaba con intensidad mágica. No se veía un alma a lo lejos. Estaba en medio de un bosque.

Pudo distinguir entre los árboles un camino escondido. Decidió avanzar a través de él, temblando por el frío. Los árboles parecían volverse más decrépitos a medida que caminaba. Decrépitos y negros. Siguió avanzando, cada vez con mayor recelo ante lo que podría encontrarse adelante. Cadáveres de árboles viejos llenaban el lugar. Algunos troncos parecían haber sido arrancados con violencia dejando apenas un muñón de madera negra que sobresalía entre la nieve. Parecía que todas las cortezas de los árboles hubiesen pasado por el fuego. Un aroma nauseabundo impregnaba el aire. Aquél olor no era desconocido para ella aunque le costó un tiempo determinar qué era.

—Carne… —murmuró en un susurro—. Huele a carne quemada.

Cuervos negros comenzaron a posarse en las ramas desnudas de los árboles. Al principio eran pocos pero luego se agregaron bandadas de pájaros que no dejaban de graznar. Sus ojos, rojos como la sangre, les daban un aspecto infernal. De repente todos voltearon y la miraron fijamente. Ana se paralizó de terror. Las aves, al unísono, se abalanzaron sobre ella con sus picos abiertos y las garras hacia adelante.

 

 

* * *

 

La alarma del reloj la despertó antes del amanecer, como era usual. Dudó un instante acerca de si debía salir a trotar o no. Se sentía cansada y sin duda alguna la estarían vigilando por lo que salir a correr sola y en la oscuridad sería peligroso. Pero el orgullo pudo más que la lógica y el instinto de supervivencia. Si estos serían sus últimos días en la tierra no los viviría ocultándose. Lo había hecho por demasiados años y estaba cansada.

Al salir de la casa observó con cuidado ambos sentidos de la calle principal por si veía a alguien. La calle estaba vacía. Comenzó a trotar pero no con la serenidad de costumbre. Estaba alerta ante cualquier sonido o movimiento sospechoso a su alrededor.

—Tranquila Ana, no pasará nada. Sigue trotando —se decía a sí misma.

Esa mañana la anciana terminó sus veinte minutos de ejercicios y cuando estaba por llegar a su casa vio un sobre justo frente a la puerta. El sobre tenía la misma etiqueta de destinatario y remitente que el paquete del día anterior. Dentro del sobre se encontraban dos fotografías. Las miró detenidamente y una vez más tuvo ganas de vomitar. Las arrojó dentro de la caja donde venían y se fue a dar un baño, tratando de alejar los pensamientos de horror y pánico que querían instalarse en su mente.

Llegó a la librería temprano. Pero al abrir la puerta se quedó de pie en la entrada, boquiabierta. Todos los libros habían sido arrojados al suelo. Los afiches que decoraban las paredes habían sido rasgados. La pequeña lámpara que se encontraba al lado de la cafetera estaba rota en el suelo. Las lágrimas bañaban el rostro de Ana mientras trataba de arreglar un poco el desastre. Tomó el teléfono y marcó el número de la policía. Al alzar su rostro pudo observar unas palabras pintadas en color negro encima de uno de los estantes. Al leer aquél mensaje palideció y comenzó a temblar.

—Usted se ha comunicado con el departamento de la policía. Le habla Antonio Sequera. ¿En qué puedo ayudarle? —dijo el oficial al otro lado de la línea al atender la llamada—. ¿Aló? ¿Con quién hablo? ¿Disculpe? ¿Acaso se encuentra en una emergen… —Ana colgó la llamada sin decir nada y rápidamente cerró la puerta de la librería mientras colocaba las persianas. Por primera vez en más de treinta años no atendería clientes.

 

* * *

 

—Hilda, wirst du sterben —repetía Ana una y otra vez, mientras recogía los libros. Lo hacía para distraerse, para mantenerse ocupada mientras pensaba en qué hacer. No era una simple cacería lo que estaba sufriendo. Aquellos miserables estaban jugando con su presa. Hombres y mujeres perversos, que no tienen lástima de una pobre anciana. ¿Para qué torturarla? ¿Para qué divertirse a su costa? Al final todos sabían cómo terminaría aquello. La anciana tomó un respiro, agotada por el esfuerzo de levantar un libro tras otro y colocarlos en los estantes. Tomo la decisión de irse a casa.

Llegó a la vivienda por inercia, sin saber cómo cruzó las calles sin ser atropellada por algún vehículo ya que ni se molestó en mirar a los lados. Su cuerpo caminaba y se movía mientras su mente se hallaba a miles de kilómetros y a décadas de distancia. Al llegar arrojó las llaves en la mesa y se sentó un instante en su sillón favorito, cerca de la cocina. Cerró los ojos tratando de descansar pero las imágenes que venían a su mente eran tan aterradoras que prefirió contemplar la habitación. Se levantó y volvió a tomar las tres fotografías que había recibido en aquellas misteriosas cajas. Cada una mostraba un cadáver. Los cuerpos, grotescamente mutilados, indicaban que las víctimas habían sido salvajemente torturadas antes de morir.  Se notaba que esas personas habían sufrido una agonía indecible.

—¡Y ahora me toca a mí! —pensó Ana, mientras sentía cómo se le secaba la garganta. Cada fotografía tenía escrito un nombre en la parte de atrás. Carl Endler, Herbert Weinmann y Diana Schmidt. Personas que conoció en su juventud, en una época remota.

Había crecido con Carl. Los padres de ambos habían creado  una profunda amistad y solían compartir cenas y excursiones juntos, además de que asistían a la misma iglesia los domingos. Carl era un chico muy apuesto, con un sentido del humor muy agudo. También era muy inteligente y perspicaz, algo que demostraba en el colegio al cual asistían. Ella sabía que Carl llegaría muy lejos en cualquier profesión que escogiera. Cuando Carl cumplió 16 años se fue al ejército. Ana nunca le dijo que estaba enamorada de él, un recuerdo que la perseguiría por el resto de su vida.  A Herbert, por otra parte, lo conoció varios años después, en una cena de gala cuyo motivo ya no recordaba. Ambos eran contemporáneos y compaginaron enseguida. Esa noche, luego de unos tragos y una cena exquisita terminaron juntos en una habitación de un hotel cercano y lujoso. Siguieron manteniendo contacto, especialmente a través de cartas, pero nunca más se volvieron a ver. Con Diana tuvo una relación difícil. Ella era secretaria personal del jefe de ambas y tenía un carácter fuerte. No eran amigas, ni colegas. Eran rivales. Aunque Ana escaló posiciones mucho más deprisa por lo que al poco tiempo no tuvo que volver a preocuparse por ella.

Ana pensaba que nunca más escucharía esos nombres. Eran parte de su pasado, un pasado que había tratado de ocultar durante las últimas décadas, pero al parecer no lo había logrado. Miró las fotos durante unos segundos antes de levantarse con rostro decidido. Preparó un almuerzo ligero, el cual comió con cierta parsimonia, para luego buscar un vestido que ponerse.

—¡No moriré como una indigente! —dijo en voz alta mientras revisaba su armario.

 

 

Luego de darse el último baño de su vida procedió a vestirse. Escogió un vestido largo de color azul turquesa el cual combinó con un collar de perlas, y unos zarcillos igualmente de perlas. Tardó unos 20 minutos en maquillarse, mucho más de lo usual. Luego se colocó unos tacones altos que combinaban con su vestido. Al verse en el espejo se sintió elegante y hermosa, como en su juventud.

Fue a la sala de estar y tomó la pistola que le habían enviado en el primer paquete. Tenía muchos años sin ver una Luger.  El contacto con el metal al tomarla de la caja le trajo a su mente algunos recuerdos que pensaba haber olvidado.

Trenes en la nieve.

Alambres de púas.

Soldados con su uniforme.

Gritos de hombres, mujeres y niños en la oscuridad.

El olor de la muerte.

 

Se sentó en un pequeño taburete en el medio de la sala frente a un espejo grande que le había regalado una vecina. Colocó las fotografías a su izquierda, en el piso. Tomó la pistola con su mano derecha y colocó el cañón del arma en su sien. Una leve sonrisa cruzó su rostro. Después de todos esos años no había nada de lo cual arrepentirse

 

—¡Heil Hitler! —gritó con todas sus fuerzas.

 

Luego disparó el arma.

arabesco separador relato Reencuentro con el pasado

Efraín José Gatuzz Suárez. Nació en Caracas el 2 de marzo de 1988. Se graduó como Doctor en física aplicada a la astronomía. Ha participado en diversos talleres de escritura, especialmente orientados a la literatura fantástica. Recientemente ha publicado relatos cortos en las revistas NM, Cosmocápsula y Sci-FdI.

Contactar con el autor: efraingatuzz [at] gmail.com

Ilustración relato: Luger IMG 6768 by Rama, Wikimedia Commons, Cc-by-sa-2.0-fr [CeCILL (http://www.cecill.info/licences/ Licence_CeCILL_V2-en.html) or CC BY-SA 2.0 fr (http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/2.0/fr/deed.en)], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarn.º 86 / mayo-junio de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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